PRAIA DO ROSA (Enviado especial).– La noche de los chicos argentinos en Praia do Rosa se construye por capas. Primero, el centrinho. Son cerca de las 22 y los bares todavía están llenos. En uno de ellos se corta la luz durante algunos minutos y las mesas quedan iluminadas por celulares. En una están los «Dueños de la Guardería», así se llaman en Instagram. Son 13 amigos que llegaron desde Buenos Aires y todos viven en distintos barrios cerrados de Tigre.
“Tenemos 18 y 19 años. El año pasado habíamos ido a Chapa y este año vinimos para acá”, dice Camilo Musadi. El cambio de destino aparece como un dato, no como una decisión excepcional. Lautaro Antonio suma: “Va cambiando el destino según la edad. Nosotros fuimos a Pinamar con 16 años, luego a Chapadmalal y ahora Rosa. Son nuestras primeras vacaciones internacionales entre amigos”.

Entre los comentarios cruzados todos explican que acá viene “el círculo”. Cuando hablan del “círculo” se refieren al universo de amigos y conocidos de la zona norte. A la vez, las fiestas que se organizan en Buenos Aires ahora se hacen en Rosa. Por eso, este paraíso se convierte en enero en una especie de anexo selvático del norte del conurbano bonaerense.
“Hay dos boliches donde se hacen casi todas las fiestas. Vinieron muchas productoras de la Argentina. Son productoras chicas, algunas con 5000 seguidores en redes, que alquilan el boliche y hacen lo mismo que hacen allá, pero acá”, cuenta Lautaro.

El grupo de Tigre está parando en una posada. No alquilaron casa. “No tiene servicios, así que es lo mismo que una casa. Nos chocamos entre nosotros, somos muchos para el espacio que hay”, detallan, entre risas. El alojamiento lo consiguieron desde la Argentina: “Lo vimos por Facebook, aunque también estaba publicado en Airbnb”. Afirman que tuvieron en cuenta el riesgo de estafas, pero que confiaron porque la dueña tenía Instagram y se presentaba como una especie de guía turística. La posada queda a pocas cuadras del centrinho.
Esa noche, el punto de encuentro es Mar del Rosa. La preventa de la fiesta a la que irán arrancó en 15 dólares y se agotó rápido. Ahora solo quedan tickets por 75 o 95 dólares en las zonas VIP. En la cuenta de Instagram del lugar, la descripción dice: “Música, noites longas e boas histórias”. Pero otro boliche en donde suele haber fiestas de argentinos es Pico da Tribu. Por lo general, en la noche no se suelen mezclar los brasileños con los turistas.

Las noches en Rosa se empiezan a gestar en las redes sociales. Todos los grupos de adolescentes tienen un Instagram y a través de las redes se pasan información de las fiestas u organizan sus propios eventos en las casas que alquilaron. Juan Martín Navajo, de 22 años, que se encuentra caminando por el centrinho con sus amigos describe: “Nuestro grupo se llama ‘Losdesiempre’. No todos lo usan para lo mismo, pero nosotros con el grupo organizamos juntadas o fiestas en nuestra casa. También nos pasan data de jodas que de otra manera no te enterás. La idea es poner en la bio que estás en Praia do Rosa y ahí vas agregando a todos los grupos que quieras”.
A pocas cuadras, en el jardín delantero de una casa, otro grupo juega al beerpong. Son Facundo Tisman y sus amigos, todos de Tigre. El grupo se llama «La12mala» en Instagram. Tienen entre 21 y 22 años, y vienen a Praia do Rosa desde los 19. “Es la edad en la que empezás a venir”, resaltan. Alquilaron una casa y pagaron alrededor de 500 dólares cada uno. También van a Mar del Rosa. “La casa que alquilamos este año no está tan buena como la de años anteriores, pero igual sirve. En una horita cerramos acá y nos vamos a la fiesta, justo Mar del Rosa es a pocas cuadras de acá”, comenta Tisman. El juego sigue mientras se hace la hora de ponerse la camisa e ir a la fiesta.
En la puerta del boliche, un grupo de chicas espera. Candelaria Schulz, Lara Eiffler, Dominique Von y Valentina Cettolo están juntas. Son once en total, por eso su grupo se llama «__laseleccion». En la bio de Instagram tienen el historial de viajes: Europa 2023, Chapadmalal 2024, 2025 y 2026 Praia do Rosa. Ese registro se repite en muchos grupos, como una forma de dejar constancia del recorrido.
El dress code se repite en casi todos los casos. Las chicas llegan con botas altas hasta debajo de la rodilla, polleras o vestidos cortos; en la mayoría de los casos, todo negro. Los chicos usan bermudas y camisas claras, casi siempre blancas.
Muchos llegan a la fiesta en Uber, en autos alquilados o en camionetas que trajeron desde la Argentina. De hecho, algunas pick up llegan con la caja llena de chicos y chicas y cada tanto la policía militar los detiene.
“Somos 15 amigos y alquilamos una chata porque mezclamos dos grupos y hay algunos de 25 años. Vamos a todos lados en la caja o hacemos dos viajes. A uno lo tenemos de remisero”, apunta entre risas Manuel Funes, de 22 años. “Hicimos una previa eterna, se nos hizo tarde. Es que nos quedamos hasta las 20 en la playa y colgamos. Ya estamos de joda hace varias horas. Es hermoso Rosa, para venir con amigos es espectacular. Nada más lindo que estar con toda la banda en la playa”, agrega.
Con la madrugada ya avanzada, la escena se repite: grupos que entran y salen, celulares que vuelven a encenderse, mensajes que circulan para saber dónde sigue la noche. Praia do Rosa funciona como un escenario conocido para una generación que se mueve en bloque, organizada por redes, por referencias compartidas y por una lógica que traslada códigos de un lugar a otro.
La noche termina cuando se acaba la música. Al día siguiente volverá la playa y, unas horas más tarde, otra noche similar. Así, verano tras verano, Rosa se consolida como una escala fija en el calendario juvenil argentino, con todo lo que eso implica para un destino que alguna vez fue una especie de secreto y hoy aprende a convivir con su propia popularidad.