El partido era a las 22. Como se les hacía tarde, Juan Cruz Leal, de 21 años, y su amigo Daniel Khune decidieron ir en moto a la cancha donde tenían que jugar al fútbol. Nunca llegaron: en el camino se cruzaron con Lucas Gómez, un oficial de la Policía de la Ciudad al que llaman El Ciego, que los baleó suponiendo que esos jóvenes eran motochorros que lo seguían, lo que le hizo pensar que estaba “ante un peligro inminente”.
Sucedió a las 22.07 del 12 de marzo pasado en Martín Rodríguez y Suboficial Perdomo, en Ituzaingó. Gómez disparó, al menos, tres veces. Dos proyectiles hirieron a Leal, estudiante de Ingeniería en Sistemas, personal trainer y programador. Uno de los proyectiles impactó en su pierna izquierda y le dañó la arteria femoral. Fue trasladado al Hospital Bicentenario, de Ituzaingó, donde murió después de sufrir tres cardiorrespiratorios. Su amigo también fue herido, pero se salvó.
“Las pruebas son contundentes. Espero que la Justicia vaya por la prisión perpetua. Todo está muy claro”, dijo a LA NACION Diego Leal, padre del joven asesinado.
La investigación está a cargo de la fiscal de Ituzaingó María Alejandra Bonini e interviene el juez de Garantías de Morón Ricardo Fraga. Este viernes se cumple el plazo para que la representante del Ministerio Público pida la prisión preventiva del policía arrestado.

El Ciego Gómez, de 34 años, está imputado por el delito de homicidio agravado por ser cometido por un miembro de fuerza de seguridad pública y por la utilización de un arma de fuego, en concurso real con homicidio agravado por ser cometido por un miembro de fuerza de seguridad pública y por la utilización de un arma de fuego en grado de tentativa.
El día del crimen, el imputado estaba de franco. Regresaba a su casa en su moto Honda XR 150, acompañado por su novia. Leal y Khune iban a jugar al fútbol en la HondaCB del programador y personal trainer.
“Me retiraba de la iglesia de mi papá, llegando a la intersección de Cerrito y Martín Rodríguez, en Ituzaingó, donde giré a la derecha. A unos escasos diez o 15 metros, aproximadamente, visualicé por mi espejito retrovisor una moto negra con la luz blanca alta a una distancia de unos 100 metros. Apuré la marcha para llegar a la avenida que me dirige hacia mi casa y en ese trayecto realicé unos 100 metros, en los que visualicé por el mismo espejito retrovisor que la moto ya se encontraba a unos escasos 20 metros, aproximadamente”, dijo Gómez en su declaración indagatoria, a la que tuvo acceso LA NACION.
Relató que se corrió hacia el carril izquierdo para esquivar un lomo de burro y que, en ese momento, vio por tercera vez la moto. Entonces, explicó, quiso esconderse detrás de una camioneta estacionada “para frenar contra el cordón y que ellos continúen su marcha”. Según Gómez, la moto donde circulaban Leal y su amigo frenó detrás de él a “unos escasos metros”.
A continuación observó que uno de los ocupantes de la moto estaba apoyado en su pierna izquierda en el asfalto. “Ante lo que yo llevé mi mano al arma en mi cintura y traté de bajarme de la moto. La moto se cayó y yo golpeé mi rodilla contra el suelo. En ese momento dije a viva voz: ‘¡Pará, alto, policía!’. No sé si los chicos me escucharon. Vi que el chico de atrás cruzó de vereda y el de adelante hizo ademanes con las manos, ante lo que efectué dos disparos con mi arma [su pistola reglamentaria]. Disparé para repeler la agresión con la que ellos se venían con la moto, porque claramente era una moto más grande en porte y yo prioricé cuidar la vida de mi señora y la mía”, declaró.
Leal y Khune no seguían a Gómez y a su novia: llevaban un bolso con botines, agua mineral y vendas. No tenían armas.
“Mi hijo iba a jugar a la pelota y pasó lo que pasó. El policía habrá supuesto algo que solo estuvo en su cabeza y disparó sin mediar palabra”, afirmó el padre de la víctima a LA NACION.
Esa trágica noche, Diego no estaba en el país: estaba de vacaciones en Florianópolis. Un familiar lo llamó para avisarle que Juan Cruz, su único hijo, estaba en grave estado. Se tomó el primer avión que pudo y regresó.
“Era un pibe normal, sano. Solo quería vivir y ser feliz. Era el mejor hijo del mundo, te lo aseguro. Era un ser especial, demasiado para este mundo. Ahora lo único que me queda en la vida es pedir justicia y que haya una condena de prisión perpetua, por la memoria de Juan Cruz”, dijo, emocionado.
El joven asesinado por Gómez estaba de novio. Además de estudiar Ingeniería en Sistemas y de ser personal trainer y programador, trabajaba en el gimnasio de su padre, Zero Gym, en Ituzaingó.
“Tenemos en claro la calificación. No hay ninguna justificación de la actuación del policía Gómez. No hay ninguna prueba para establecer una legítima defensa. No había riesgo para su vida como para decir que repelió una agresión con su arma de fuego. Supuso que le iban a robar y efectuó disparos, pero eso no se condice con las pruebas reunidas en el expediente”, afirmó a LA NACION el abogado Marcelo Biondi, que representa al padre de la víctima
Gómez, defendido por los abogados Guillermo Endi y Agustina Vivas Ferlin, pidió ampliar su declaración indagatoria. Se fijó fecha para hoy.
“Mi asistido se defendió de una agresión ilegítima, ya que el que venía manejando la moto [Leal] se la tiró encima. Disparó para defenderse. Los peritajes determinaron que la dirección de los disparos fue de arriba hacia abajo. Si la ambulancia hubiese llegado rápido la víctima no se hubiera muerto”, explicó Endi a LA NACION.

Hasta su detención, El Ciego Gómez cumplía funciones en la División Motorizada de la Superintendencia de Tránsito y Transporte de la Policía de la Ciudad. En la actualidad se encuentra en disponibilidad con un expediente abierto en la Oficina de Transparencia, informaron a LA NACION fuentes del Ministerio de Seguridad porteño.
En la indagatoria sus defensores le preguntaron si por su experiencia como policía podía calificar como un “intento de robo” lo que él mismo había definido como una “maniobra de agresión”. La respuesta fue sintética: “Sí”.
También, ante preguntas de sus abogados, el imputado se definió como un buen tirador y aseguró que no había tirado a matar, sino que su propósito había sido el de inmovilizar a quien creía su atacante (la víctima) y repeler la agresión.
Para Biondi, con diez años de experiencia como policía Gómez tendría que haber tomado otros recaudos. “No hubo agresión. No hubo discusión. Se equivocó y tendrá que pagar las consecuencias. Hay una familia destruida. No podemos avalar que porque una persona piense que le van a robar dispare y mate a otra”, dijo el abogado que representa al padre de la víctima.
