Fue Rita en Son Amores, Sandra en Costumbres Argentinas, la querida Hilda en Los Roldán y la reciente Vizca en En el Barro. Lola Berthet abrió las puertas de su casa a LA NACION para ser ella, mamá, actriz y mujer. Entre mate y mate se ríe recordando las viejas épocas de la televisión. “¡Fui disco de oro y no canto!”, dijo divertida sobre aquellas cosas disparatadas que no se imaginó que se podían dar gracias a la actuación, habla del éxito de la serie de Netflx donde interpreta a una de las secuaces de la Gringa (Verónica Llinás). Hacía un tiempo que no se la veía en la pantalla chica, salvo su papel este año en El tiempo de las moscas, y asegura que no fue por elección.
Fotos de Sandro, una bata roja colgada en el perchero de entrada que, por supuesto, tiene explicación; discos, imágenes de Diego Maradona -a quien además lo tiene tatuado- son algunos de los objetos que hacen de su casa un hogar y le dan identidad, como si cada cosa llevara su nombre y el de su hijo de 12 años, Juan Fidel, protagonista del espacio, y también de la charla. Es que desde hace un tiempo Berthet se convirtió en una de las referentes de la lucha por la Ley de Emergencia en Discapacidad. En diálogo con este medio contó cómo fue recibir hace aproximadamente una década el diagnóstico de autismo de su hijo, cómo lo acompaña y la lucha por sus derechos.
—¿Cómo surgió la propuesta de ser La Vizca en En el barro?
—Me llama [el productor de Underground, Pablo] Culell para avisarme que había un personaje para mí y a los cuatro días ya estaba reunida con todo el elenco, con él y con Sebastián (Ortega). Ahí me entero de que mi jefa iba a ser Vero Llinás, que para mí fue como esos placeres de la carrera y que estaban Charo (López), Meche (Portillo), que se nos fue y la China (Suárez) y tuvimos un abrazo espontáneo de las que venían haciendo la primera.
—¿Habías visto El Marginal?
—Sí y Tumberos. Me parece muy interesante la temática. Y acá me encontré con muchas compañeras, con las que capaz que me había cruzado en alguna película y otras de teatro. Están “las pendejas”, que son un amor y estaban alucinadas porque era la primera vez que grababan una serie. Ese grupo heterogéneo de mujeres fue maravilloso porque aparte pudimos dialogar.
—¿Qué te atrajo de la Vizca?
—El grupo de nuestro pabellón y el ida y vuelta que tuvimos enseguida con Vero y con la China; la admiración que le tiene la Vizca a su jefa y hasta el disfrute. Esta cosa tan maravillosamente monstruosa que creó Vero y tan fuerte y tan violenta con la relación con la China. Y de amor, odio y posesión.
—¿Y la relación entre ustedes? Meche (Portillo, quien falleció el 27 de noviembre pasado), por ejemplo, que no había estado en otros proyectos; Verónica, con mucha experiencia; la China, más mediática. Las cuatro son muy distintas.
—Fue todo maravilloso porque son todas muy profesionales y divertidas también y hablamos de nuestros hijos. Imaginate que éramos como veinte mujeres. Entonces, los temas eran los hijos, en el medio hablás con los pibes que te llaman al llegar del colegio, muy ameno todo. Tenemos un grupo de WhatsApp, El Vaginal donde estamos todas.
—¿Está muy activo?
—Sí, fui a un canal y [Cecilia] Rossetto empezó: “Lola te vemos”. Nos reímos de los comentarios, juntarnos es un despelote. La última fue para ver el primer capítulo, con los técnicos y con los que podían porque hay mucha gente con hijos, funciones. Siempre planeando. Ahí te das cuenta quién se levanta temprano, una que lee todo junto cuatro días después. La China manda audio.
—La China es mucho más mediática que muchas de ustedes, ¿llegaban al elenco los escándalos?
—La China fue una protagonista más, viene actuando desde chica y lo que me reí con esa mujer; hablamos de nuestros hijos. Una persona generosa y humilde. No se habló de ningún tema, fue todo natural. Lloramos de angustia y felicidad cuando terminamos y el vacío del día después, nunca había visto tanta cofradía.
—¿Cómo estás viviendo el día después? Estuviste este año también en El tiempo de las moscas.
—La verdad que la recepción de la gente fue de un amor y de un reconocimiento maravillosos. Trato de contestar en redes y hay gente que dice: “Ustedes la conocen ahora pero yo la sigo hace un siglo”. Es hermoso lo que está pasando. Además, se festeja porque es producción nacional en este momento complicado.
—Hacía un tiempo que no te veíamos en ficción en pantalla; actuabas, pero tal vez no en producciones tan comerciales. ¿Cómo fue este regreso?
—Venía de hacer El apego y después estuve dirigiendo el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti.
—¿Proyectos para lo que resta el año?
—Espero que salgan algunas cosas, tampoco hay tantos proyectos en general.
—Ante la falta de proyectos se dice, por ejemplo, que Canal Nueve podría remasterizar La extraña dama. ¿Te gustaría que vuelvan a pasar algunas de las ficciones en las que estuviste?
—Sí, no tengo problema. Me parece que está bueno que haya producción nueva. Pero también hay gente que se está bajando de las plataformas por cuestiones económicas. Entonces, estaría bueno que la ficción de aire tenga más oportunidades.
—El cierre de Polka, donde trabajaste, también fue fuerte.
—Son cosas que duelen. Cuando ya se cierran las cosas es porque algo está pasando y no está bueno. Ya venía mal de antes.
—En Los Roldán hacían más de cuarenta puntos de rating, ¿cómo manejaste en ese momento la fama?
—Vos pensá que yo fui disco de oro. Y no canto. “Sos actriz, vas a cantar”, dijo Sebastián [Ortega, el productor de la ficción]. Corté a disco de oro. O sea, Sebas tiene algo, la ve. Lo mismo me pasó con Javier Diment, el director de cine, cuando me llamó para protagonizar La memoria del muerto vio teclas en un piano, que tiene que ver con lo dramático y el género de terror que yo no veía. Decías: “Si ellos me dicen esto es porque saben que lo puedo hacer”. Creo que en la época de Los Roldán solo mi mamá, mi papá y mi hermana me llamaban Lola, el resto era todo Hilda. No viví nunca ninguna situación de violencia ni de invasión, pero era tan fuerte que sí, me guardaba un poco en casa.
—¿Y el día después?
—El personaje no se apagó, al día de hoy la gente lo menciona. Después de eso hicimos La Lola, Vecinos en Guerra, que ahí quedé embarazada y me tomé un año sabático, cuando nació Juan Fidel. Aunque a los cinco meses ya estaba filmando. Después hubo un parate en la actuación y ahí empezó también el parate en la televisión.
—Entonces no fue por elección…
—No, no. Yo no decidí dejar de trabajar. No, no, no.
—¿Cómo lo viviste en lo personal y en lo económico?
—Di clases. Además uno como actor sabe cómo es y las tiras eran anuales y mantuve siempre la misma vida. Y después arranqué con El Apego, que estuve en la producción desde cero. Empezamos a ganar en España con la peli, se estrenó en Nueva York compartiendo cartelera con David Lynch.
—¿De qué trata y dónde podemos verla?
—Es un thriller melodramático, psicológico, que trata de una médica, que soy yo, en la época de los 70, que se dedica a hacer abortos a la gente pobre y no le cobra. Y cuando encuentra a alguien que, por ejemplo, ya no puede abortar, le ofrece su casa, y después a esa criatura la vende a una familia. Mi personaje también tiene una relación con su madre tremenda, porque nace de una violación. Toca un montón de temas. Se puede ver en Cine.ar.
—En el último tiempo te vimos en pantalla no como actriz, sino como madre. Pidiendo por la Ley de Emergencia en Discapacidad. ¿Cómo fue llevar esa bandera?
—Por mi hijo. Me salió de las entrañas. Me acuerdo el día en que prendí la tele y escuché que, por decreto, el presidente Milei dijo que en el CUD [Certificado Único de Discapacidad] se podía poner “imbécil” o “débil mental”. Mi hijo tiene el diagnóstico de trastorno madurativo del desarrollo no especificado. Veníamos igual de un colapso, de un aumento en los prestadores, que son los que tratan a nuestros hijos y a las personas con discapacidad. Mi hijo tiene maestra integradora en el colegio, acompañante terapéutico, foniatría, psicología, psicopedagogía, musicoterapia, terapia ocupacional, todo el combo. Hay gente que necesita otras terapias por su discapacidad física. Después de eso vino la agresión a Ian Moche, que la sentí como propia. Y ahí se empezó a salir a la calle, empezamos poquitos en el anexo del Congreso y se empezó a llenar tanto de familiares como de prestadores. Y ahí sale la ley de Emergencia y empezó a hacerse viral.
–Te movilizaste…
–Las actrices, al ser parte de la cultura, podemos dar voz a muchos que no pueden. En este caso, yo empecé a hablar como madre, sabiendo también que soy actriz. Y se empezó a generar esto y terminamos en ley votada, vetada, judicializado todo. Las prepagas son un descontrol, porque hacen lo que quieren, avaladas por este gobierno también. Hay algo que está pasando que, y yo lo digo sin ningún drama, el ministro de Salud, Mario Lugones, pareciera que está protegiendo un negocio. Meterse con el colectivo más vulnerable, que la corrupción se haya metido con eso también. Estamos hablando de derechos. Acá y en el mundo entero. Se tuvo que sacar una ley de Emergencia para subsistir del colapso que se generó. Nunca había pasado un colapso tan grande y con una agresividad tan explícita hacia el colectivo. Esto ya es otra cosa. Estos no escuchan, agreden de una manera que ya ni siquiera es falta de respeto, es crueldad pura, y encima logran un colapso total.
—¿Cómo está todo ahora?
—Han hecho una reglamentación. Yo voy de a poco también porque es una locura de repente tener la vida cotidiana, con tu hijo, con todo, y tener que aprender de cosas judiciales, porque pasó todo a la Justicia. Creo que se generó algo también en los padres y en la comunidad de preguntarnos entre nosotros, y también hay un colectivo muy grande de gente que sabe, y eso está buenísimo para poder preguntar. Pensaba también con la reforma laboral cómo se va a ajustar a las personas con discapacidad. Pero estamos en un país que adhiere a la Convención Internacional de Derechos Humanos. Este gobierno no sé si la leyó. Por mi hijo, voy a salir las veces que sea necesario.
—¿Cómo fue, yéndonos para atrás, el momento del diagnóstico de Juan Fidel?
—Él iba al jardín y nos citó una maestra y nos dijo que lo veía deambular y con la mirada un poco perdida. Nosotros acá no nos dábamos cuenta porque el autismo tiene una inteligencia para resolver muy interesante. Yo estaba acostumbrada a que mi hijo me agarrara y me llevaba donde él quería. Pero no hablaba.
—Con vos se comunicaba bárbaro.
—Claro y con el padre nos acomodábamos a eso. Fue a salita de dos y la maestra nos sugirió hacer una interconsulta. Fuimos a una neuróloga con la que no nos fue bien, ni lo tocó, porque estaba resfriado, no tenía ni un juguete y dijo “si este chico es autista, se viene mucho papelerío”. Nos tiró toda una bomba, salí llorando. No se trata así el tema. Después conseguimos otra neuróloga que dejó que el caminara por el consultorio, lo revisó, le hizo hacer cosas. Neurodivergencia significa que el cerebro trabaja diferente. Yo aprendí muchísimo lo que es el silencio y la pausa con mi hijo. Eso no significa que no se les pueda poner límites, pero es todo desde otro camino. Pero hay algo que yo entendí mucho que es la templanza y el placer de poder meterte en el mundo de él. Que eso es maravilloso. Esta doctora nos dijo que vayamos de a poco y no desesperáramos, que siguiera con musicoterapia y la psicopedagoga: “Este pibe puede llegar a tener un espectro autista, pero, ojo, es muy inteligente”. El día que llegó el CUD me cayó la ficha, el cansancio, lloré y el papá me dijo algo clave: “Este papel son sus derechos, todo va a estar bien”.
—¿Seguís en pareja con el papá?
—No, pero está muy presente.
—¿Y el día después, cuando ya tenías el certificado?
—Te van cayendo algunos clics, quedás abrumado. Yo soy una persona curiosa, leo mucho y se logró un grupo terapéutico copado. Él está bien y es feliz, festeja lo que logra en la escuela y lo que no se logra, no pasa nada.
—¿Cómo es Juan?
—Un amor. Le gusta mucho lo antiguo, Gardel, Nino Bravo, es fanático de Sandro. Tiene un mundo sin maldad. Ahí tenemos que aprender nosotros. Va doble jornada al colegio y después está el acompañante terapéutico que lo puede llevar a las terapias.
—¿Y qué rol ocupa Sandro en tu casa? Veo muchas fotos de Roberto Sánchez por todos lados.
—Todo en este momento. Traje discos de mi viejo. Ahí está la bata roja. También le gusta Palito. Juan va encontrando y amo que compartamos la música. El otro día tocó con Rafael Varela, el hijo de La Gata. Tiene una afinación increíble. Me llamó la biógrafa de Sandro. Yo a él lo conocí en un Gran Rex al que me invitó cuando hice el disco de Oro. Vimos con mi hijo la obra del año pasado y un amigo de Sandro me escribió para que fuéramos a visitar su colección de objetos. Juan se emocionó mucho porque estaba con un saco de Sandro de verdad.
