Cuando yo era chico se pusieron de moda los chistes de gallegos. Recuerdo que, de pronto, todos empezaron a contarlos. En el barrio, en la escuela, en la tele. Siendo ese mi origen y -en el caso de mis padres, indisimulable gracias a un acento confuso en el que además de la tonada convivían el tú y la conjugación verbal del voseo-, fui víctima fácil en mi grupo de amigos y en el de los no tanto.
Mi estrategia de supervivencia fue simple: los adopté como propios. Si me contaban uno me reía y yo les contaba otro. No es que fuera tan sabio ni “superado”, como se conocía a los que aceptaban mansamente circunstancias adversas o indeseables, sino que me salió así.
En mi barrio, el bullying era casi un deporte. Aún no se lo llamaba de esa forma, pero se practicaba con entusiasmo. Casi todos los apodos tenían su raíz en supuestos defectos físicos y no en nombres. Estaban el “Orejón”, el “Cabezón”, el “Sapo” (feo), el “Conejo” (dientudo) y el “Narigón”. En mi caso, el defecto era ser “Gallego” y, por si se me olvidaba, me lo recordaban cada tanto. Lo bueno es que a diferencia de los demás, no se notaba.
Probablemente, en la imagen del gallego en la Argentina hayan tenido mucho que ver dos estereotipos famosos. Uno, el personaje Cándida, la empleada doméstica interpretada por la actriz Niní Marshall en películas de los años 30 y 40. Inculta e ingenua, pero al mismo tiempo graciosa e irreverente, sobre ella se posa una mirada de burla pero también de cierta ternura.
El otro es el Manolito de la historieta Mafalda, donde la descripción cariñosa desaparece. Acá la imagen rústica y honesta de Cándida es reemplazada por otra menos benevolente. El hijo pequeño del inmigrante almacenero es bruto, materialista y tramposo con sus clientes. Hiriente caracterización viniendo de un autor también descendiente directo de españoles, Quino (Joaquín Lavado), aunque andaluces. Rivalidad intrapeninsular quizás, totalmente inútil porque aquí todos los españoles son “gallegos”.
La cuestión es que en mi infancia los gallegos estaban muy presentes en la cultura popular. No solo porque todavía vivían entre nosotros muchos inmigrantes, sino por personajes de ficción como los citados o como Efraín -el portero de escuela del programa Jacinta Pichimahuida y versiones posteriores, que se refería a los alumnos como “blancas palomitas”- y porque había venido a trabajar aquí una camada de actores y cantantes españoles muy queridos por el público local.
Dicen que un gallego es la suma de morriña (nostalgia) más ironía. Se podrían agregar a la ecuación el tesón, la laboriosidad y la resiliencia. El gallego se jacta de ser un tipo duro. Es ese del chiste en el que unos caníbales lo están cocinando en una olla y él pide que le agreguen sal. O el personaje aventurero y alegre de Pandeirada Sideral (Hay un gallego en la luna) o Miña terra galega, canciones autoparódicas de Zapato Veloz y Siniestro Total. Son características con las que este pueblo sufrido y postergado se identifica y que, pese a la adversidad, le dio al mundo un premio Nobel de Literatura y una de las figuras políticas del siglo 20. Sin embargo, son rasgos que históricamente han estado en un segundo plano en la consideración general.
Pero ya todo forma parte del pasado. En la Argentina hoy se afirman nuevas comunidades al tiempo que Galicia se ha convertido en una tierra de inmigrantes. Hace un mes, el Instituto Nacional de Estadísticas español informó que el saldo migratorio de esa región en 2024, último dato disponible, fue positivo en 44.190 personas. La mayoría de los expatriados llegaron de América del Sur y Centroamérica, incluyendo hijos, nietos y bisnietos de gallegos emigrados entre 1880 y 1970. Los países que dejaron atrás ya no son los mismos en los que progresaron sus antepasados. Aquellos como la Argentina, en donde, como le pasó a mi familia, no los esperaban para hacerles el pasillo, pero en los que tampoco les fue tan mal.
