El cartel decía: “Cena con desconocidos. Una mesa, caras nuevas y un único fin: conocernos”, y estaba en el medio del patio de comidas de uno de los shoppings más visitados de la ciudad. Era como un aviso de almacén que promociona descuentos, menudos de pollo a tantos pesos, el kilo de lechuga un poco más caro, pero atravesado por otra cosa. Otra atención. Lo miré, lo leí, le saqué una foto para guardarlo por algún motivo y después lo que me pasó fue una angustia porque sentí un pequeño golpe de soledad. Eso, completamente rodeada de aire pero sin espacio para respirar. ¿Por qué alguien querría asistir a un encuentro así?
Más tarde recordé lo difícil que es para mí moverme entre extraños. No sirvo. Y menos si estoy sola. Puedo conocer gente junto con amigas, ir con ellas al cumpleaños de alguien que no sé y ponerme a hablar con quien sea pero nunca si soy la única en el lugar así. No voy a reuniones sola y a casamientos sola y no se me ocurre salir de noche sola aunque sí puedo hacer cosas sola siempre que siga estando siempre sola: me gusta viajar sola, ir al cine sola, ver un recital sola. Pero llegar a una reunión y no conocer a nadie y estar obligada a montar una sonrisa medida para hablar y decir “buenas, ¿cómo están? Soy Dolores”, por favor. No lo sé hacer, no me sale, ¿quién se sometería a esto a propósito y pagando?
Después me di cuenta de que me gusta la idea, de que hay que pararse de algún modo contra las aplicaciones para salir con otra gente porque basta de celulares, de redes sociales, de selfies planificadas, la luz que ilumina perfecta, el mejor perfil, “poné la cámara más abajo que se te marca el cuello”. Yo puedo y quiero usar el celular para buscar una dirección, comprar plantas para el living de casa, mirar toda la ropa que no voy a tener, pero no para elegir personas como zapatos. Talle 36, hebilla nacarada en la punta, morocho, con título universitario y buenos labios. ¿A quién le dan ganas las pantallas?
Después también sentí que es una gran pena que se hayan terminado los lugares que antes se usaban. Sé de un hombre que hoy tiene 44 años y tres hijas que conoció a su esposa en el colectivo. Viajaban al trabajo en la misma unidad los mismos días a la misma hora hasta que una mañana él la miro más, le dejó la mirada y le habló. Conozco a una chica que se puso de novia con un chico que iba a comprar cosas al negocio que ella atendía aunque no las precisaba, solo para verla y verla otra vez. Tengo una amiga que ya convive con el hombre con el que se puso a hablar en una fila. Me pasó alguna vez a mí: cuando era adolescente conocí a un chico en la sala de espera del dermatólogo.
Después entendí que las cosas cambiaron tanto que ya no es fácil eso de hablarle a alguien en un colectivo y listo. Sacar un tema de conversación cualquiera a otro cualquiera en una especie de veo-veo y que la palabra termine en una charla en un café. Primero porque la gente no mira a la gente cuando viaja de un lado a otro y segundo porque la gente desconfía de la gente. ¿Quién se anima a hablarle a un desconocido? ¿Quién se anima a responderle a un desconocido? Todo requiere más atención.
Entonces pensé que los lugares de encuentro no son suficientes o peor, no alcanzan. Se fueron rompiendo por los golpes, los fuimos rompiendo con los golpes, quebrando, olvidando y ya no más colectivos, trenes, charlas porque sí en la calle, en un supermercado, en la puerta de la farmacia, ya no más una “hola, disculpá, ¿vos sabés para qué lado queda la calle Gorriti? Voy al 200”. Ni siquiera quedan los bares o los boliches porque ya no funcionan como funcionaban. ¿Qué nos pasó que también eso se rompió? Por eso lo último que pensé fue qué buena idea esta de juntar gente. Pagar para tener de nuevo o de alguna forma algo que se perdió.
