Mauricio Dayub: “Nadie tiene que cambiar su rumbo para deslumbrar”

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Hablar con Mauricio Dayub es encontrarse con la emoción una y otra vez. Es actor, productor y director, pero mucho más que eso: es un hombre que siente de veras, que ama, que agradece el camino recorrido, que no pierde de vista el infinito trabajo que le costó. “Creo que lo mío es un poco el triunfo de la imperfección. A pesar de que me he dedicado toda la vida a que me salga lo mejor. La gente cree que el éxito está relacionado con determinados patrones. Cuando uno no encaja en esos patrones, todos se convencen de que uno no es para eso. Pero el éxito es como un tiro que a veces ni siquiera dispara uno, es un tiro por elevación”.

En cartel tiene El equilibrista desde 2019, en su octava temporada de éxito por todo el país y con gira internacional, y El amateur en su segunda vuelta, a punto de comenzar su quinta temporada. Además, el martes 14 de abril presentará los libros de ambas obras, que publica por primera vez la editorial Orsai, como parte de su nueva colección dedicada al teatro.

–¿Cuántas funciones de El equilibrista y de El amateur ya hiciste?

–Con El equilibrista pasé las 850. El dato curioso es que llevo 72 ciudades de gira, en ocho años. Con más de 450.000 espectadores. Debo ser el único actor que hace cinco años está en gira de corrido con las dos obras. Además, siempre en cartel en Buenos Aires. A veces una, a veces la otra. Con El amateur ahora empezamos el quinto año de esta versión, hice cuatro años antes. O sea que entre las dos versiones también llevo ocho años, 700 funciones y 51 ciudades que he recorrido en estos cuatro años.

El equilibrista, El amateur, Toc Toc. Todas obras de muchos años, muchas funciones.

–Antes de hacer las primeras 50 funciones nunca sé de qué se trata del todo el espectáculo, porque es el público el que termina de redondear las ideas.

–Cuando aceptaste Toc Toc pensaste que no iba a funcionar…

–Es verdad. Es que era una obra muy difícil de leer. La que tuvo la visión fue Lía Jelin, la directora. Fue la primera que insistió para hacerla. La rechazaron muchos productores y actores.

Dayub en El equilibrista, todo un clásico de la cartelera teatral

–¿Vos leíste el guion?

–Sí, leí el guion y lo primero que le dije al productor fue que quería hablar con la directora para ver cómo íbamos a hacer, para que no fuera una burla para los pacientes. Y Lía me llamó, me habló mucho de la tragedia y no tanto del humor. Que la gente se podía reír, pero que ella se iba a enfocar en el dolor.

–¿Nunca te pasó que alguien se sienta ofendido?

–Me nombraron padrino de la Asociación Argentina del Síndrome de Tourette, hace 10 años que trabajo en eso para difundir este trastorno. Porque en la obra el personaje tiene una forma del trastorno que representa a menos del 10% de la población con Tourette, es el que insulta o hace gestos obscenos. Es un trastorno neurológico que comienza antes de los 10 años, con movimientos físicos, sonidos, que no se pueden controlar. Es hereditario y no tiene cura, pero con un buen tratamiento se mejora notoriamente. Donde más ponemos el énfasis es en la difusión, en que se sepa de qué se trata para actuar, porque incluso algunos médicos tampoco saben demasiado. Han llegado muchos casos a la Asociación que perdieron mucho tiempo hasta llegar al diagnóstico, porque les dicen que son cosas de la edad. Y los chicos no entienden qué les está pasando y terminan disimulando, encubriendo, en vez de tratarlo.

–Con muchos años en cartel con esa obra, te atreviste a perder el equilibrio. Te fuiste de Toc toc para hacer un unipersonal absolutamente tuyo, en la producción, en la actuación, en parte de la escritura…

–Yo sigo mi vocación. Hay algo que me guía, que tiene que ver con eso. No sé el resultado, pero sí que lo que hago lo hago convencido de que esa es la mejor manera. Creo que lo mío es un poco el triunfo de la imperfección. A pesar de que me he dedicado toda la vida a que me salga lo mejor. La gente cree que el éxito está relacionado con determinados patrones. Cuando uno no encaja en esos patrones, todos se convencen de que uno no es para eso. Pero el éxito es como un tiro que a veces ni siquiera dispara uno, es un tiro por elevación…

Mauricio Dayub en Toc Toc, en la temporada marplatense de 2012

–Pero te tiene que encontrar preparado.

–De eso doy fe, es uno de los méritos que me puedo reconocer. En un momento hice un pacto conmigo mismo.

–¿Cómo fue eso?

–Había escuchado que a Ronaldinho, el jugador de fútbol, le habían hecho un botín con piel de camello porque era tan resistente como el cuero, pero tenía la sensibilidad que le permitía a él saber con qué parte del pie pegarle a la pelota para dirigirla a donde tenía que mandarla. Cuando leí eso andaba como podía, de pensión en pensión. ¿Quién me iba a construir un botín con piel de camello a mí? En ese momento recuerdo haber hecho un pacto conmigo: iba a seguir convencido en lo que yo creía. Si me perfeccionaba, mejoraba y pulía lo mío, en algún momento se podía dar. Y si no se daba, me había pasado la vida haciendo lo que quería. Y eso era suficiente, estaba bien. Siempre me lo acuerdo, cuando recibo algún elogio, reconozco que eso sí estuvo bien, lo demás no sé. Nadie tiene que malograr su vida por falta de adhesión. Yo era inofensivo, advertía cómo me corrían de los lugares. Paula [Siero, su compañera desde hace más de 20 años] siempre dice que no cambio de idea ante la negativa, que insisto igual. Lo que se me opone no me hace daño. Veía que era muy distinto cómo me trataban a mí respecto de los otros…

–¿Y por qué?

–Yo pensaba, ¿qué habrá que tener? Tal vez por no hablar inglés, por no haber conocido a los demás cuando eran chicos, por venir de otra ciudad, por no estar a la moda, no tener facilidad para el lobby, no ser bonito y ser del interior [el actor nació en Paraná, Entre Ríos]. Pero es muy curioso porque a partir de que las cosas cambiaron, siento que fui reconocido por esos valores que ya tenía antes y que habían sido rechazados; por las mismas cosas, porque no hablar inglés era simpático, porque ser del interior era ser más sencillo, porque no conocer ni las calles me hacía más humilde. Por eso creo que nadie tiene que desviar su rumbo para deslumbrar, porque es probable que si lo desvía no se encuentre a sí mismo, y los demás no te van a reconocer esos valores que ya tenías de antes. Lo que me elogian lo traje de Paraná. Lo tenía cuando me rechazaban todos. Lo traje de mi casa, de mi familia.

–Ese pacto que hiciste con vos mismo, ¿a qué edad fue?

–A los 20 años. Me sentía perdido. Estaba en una pensión, con miedo; pensaba que a la noche cualquiera de los que dormían al lado me podía matar. Tuve suerte, porque era gente buena. Pero en esa pensión en Constitución subía por una escalera caracol hasta llegar a mi habitación y en cada curva sentía que estaba en peligro. En ese momento estudiaba en la escuela de Carlos Gandolfo y muchas noches no me animaba a volver a la pensión; así que me quedaba en el bar de la esquina, para ver si alguna compañera o compañero me invitaba a algún lado. Una vez vino uno de mis hermanos y le mostré donde vivía. Yo pensé que me iba a decir que era muy chiquito. Entró, miró y dijo: “De acá te tenés que ir”.

Trabajar, trabajar, trabajar; la clave del éxito de un actor que no le teme a caer y levantarse

–¿Y a dónde te fuiste? ¿A otra pensión?

–Tuve otra vez suerte porque una compañera me ofreció un lugar arriba de la escalera de su desván, una especie de baulerita, y ahí me construí un lugar para dormir.

–Igual era sacrificado, podías vivir mejor en Paraná…

–No era una opción; mi fantasma era volver derrotado. Me pasó hasta con Toc Toc. Siempre que algunos actores me esperaban afuera o me golpeaban el camarín para saludar, me decían: “Qué suerte que te haya tocado a vos”. Y yo pensaba: “¿Cómo sabés que a mí no me tendría que haber tocado? ¿Qué tengo yo que no puedo?”. Y además, qué desagradable, qué equivocada está la sociedad, porque yo me consideraba muy parecido a ellos. Y ellos pensaban que a mí no se me podía dar. ¿Pensaban que a ellos tampoco? ¿A quién le tiene que tocar? ¿Qué tenés que reunir? Un amigo me dice que lo mío es cosecha tardía, me encanta que haya sido así. Hay gente a la que hasta le da lástima el tiempo que me llevó. Sin embargo, yo estoy feliz con eso. Porque el tiempo te forma y cuando se te dan las cosas formado no viene ni con pánico escénico ni con estrés. Viene con agradecimiento, porque sabés que pagaste el peaje que había que pagar. En ese sentido creo que pude tener éxito porque el éxito no me vio venir. No me vio cara ni de Alcón ni de Darín. En un descuido, me colé. Yo no estaba en los planes del éxito.

Historias de gente común

–¿Cómo te llevas hoy con el éxito?

–Me llevo muy bien, porque es un éxito personal. Cuento historias de mi familia, de mi barrio. Cosas que me impactan a mí y tengo la posibilidad de escribirlas, de actuarlas, de producirlas. Me represento a mí mismo, tanto arriba como abajo del escenario. En mis espectáculos, en los comienzos, tenía 40 personas y me parecían suficientes, porque me permitían desarrollarme. La gente en el hall siempre me decía: “Éxito, querido”. Yo no sabía lo que me deseaban. Cuando tuve éxito, me di cuenta de qué me deseaba la gente. Porque en ese momento no lo necesitaba, estaba bien como estaba. Que coincida lo que yo siento, lo que a mí me gusta, con el gusto del espectador, eso es el éxito. El espectador me ayuda a financiar los ideales.

–Con El equilibrista te pasó algo maravilloso, te animaste a perder el equilibrio.

–Sobre todo, abrí mi corazón. Siempre traté de que nadie me conociera. Y pasé a contar algo muy íntimo… Fui a pedirles permiso a mis hermanos para hacerla, a pesar de que la historia era esencialmente mía. Me animé y además representa a muchos espectadores, en muchas ciudades del mundo. Este año vuelvo a España, a los Estados Unidos. En mayo voy a un festival en República Dominicana.

–¿Cómo empezás con la escritura de la obra?

–La escribí con Mariano Saba y Patricio Abadi. La escribí para darme un gusto personal, porque se han hecho tantas cosas sobre inmigración, que yo creía que iba a funcionar para pocos, no que iba a interesarle a muchos. La pensé como un proyecto personal después de llevar casi 10 años de éxito con Toc toc, 1535 personas por semana, 2753 funciones. Pensaba qué podía venir después de eso, ¿esperar el colectivo hasta que pase otro éxito? Y me subí, increíblemente, a uno más fuerte. La verdad es que mi guía fue volver al inicio. Hacer lo que más me gusta, pensar lo que me gusta compartir con la gente, cuáles son las mejores personas con las que puedo construirlo. No mirar la planilla ni el Excel. Como nadie me llamaba para trabajar, intenté escribir una obra. Y como nadie me la quiso producir, me la tuve que producir. Fue por necesidad, por ganas de crecer, por probar, por vocación.

–¿Cómo aparece tu vocación?

–Cuando, de chico, le dije a mi mamá que quería ser actor, largó una carcajada, me tomó la mano y fuimos a la casa de una vecina, Elsa. Lo dije y se volvió a reír. Entonces pensé que no lo tenía que decir nunca más, me lo callé. Pero un día en el cine, viendo una película que trataba sobre chicos que tenían la misma edad que yo, me agarró una palpitación enorme. No entendía cómo no me había enterado de que se había filmado esa película. Yo quería estar ahí, ser uno de esos chicos, ser amigo de ellos. No entendía del todo dónde se filmaban las películas, pero no tenías dudas. Solo que tuve que ir por otro camino. Porque, bueno, como digo siempre, soy muy educadito. Me acostumbro con mucha facilidad a hacer lo que no me gusta. Trato de ser buen hijo, de ser buen amigo. Hasta que un día me animé a perder el equilibrio, porque me di cuenta de que, si seguía así, no iba a poder ser quien soy.

Dayub, el actor que se animó a perder el equilibrio para conquistar el éxito personalAyudar a la suerte, otra de las máximas de Mauricio Dayub

–¿Nunca te sentiste abatido?

–Nací en la calle Libertad, en Paraná. Yo digo que he podido viajar y he visto muchas cosas, pero para mí todo está en la calle Libertad, todo ya lo vi ahí. Mi Aleph es la calle Libertad. Cuando llegué a Buenos Aires, fui a vivir a la casa de una chica en la calle Libertad. Era muy raro seguir viviendo en la misma calle, aunque eran mundos opuestos. Una noche tuve que irme de esa casa, crucé al hotel de enfrente y la habitación para dormir esa noche costaba lo que yo tenía para vivir hasta el fin de mes. Alguna de esas noches, en las que no tenía chances, pensé en ir al subte que siempre está calentito. Pero no sabía que cerraba a las 12, provinciano total. Y ahí me agarró una angustia, sentí que había fracasado…

–¿Y luego, cómo sigue tu historia? ¿Cuál es tu próxima imagen ya habiendo pasado esa sensación de inminente fracaso?

–Me acuerdo de los Premios María Guerrero, en los que estaba ternado como mejor actor con Oscar Martínez. Yo hacía de Miguel Hernández, era mi primer protagónico. Y mientras nombraban a los ternados, lo miré a Oscar, le vi las uñas bien cortadas, el anillo, el reloj, los zapatos. Me miré a mí mismo y vi que estaba todo salpicado de pintura, que no me había limpiado bien porque pintaba departamentos en esa época, vi mis pantaloncitos, y pensé que no podía ganar porque no podía pasar así al escenario. Ganó Oscar, por suerte. Pero me acuerdo de que en esa obra, en un momento, el poeta Miguel Hernández salía de su pueblo, iba a la estación de Orihuela, se tomaba el tren a Madrid y pasaba toda la noche pensando que iba a encontrarse con los grandes poetas. Toda la escena transcurría con un cenital y un banquito. Y en ese banquito me di cuenta de que la gente veía la pequeña estación de Orihuela, veía la noche por la ventana del tren, mis pensamientos, el miedo, la llegada a Madrid… Ahí pensé que, entre el público y yo, iba a haber romance. Me di cuenta de que lo mío podía ser posible.

La identidad

–¿Qué hubiese pasado si el Mauricio de los 20 años se enteraba de lo que le esperaba en el futuro?

–Lo ideal hubiera sido lo mismo, pero menos boxeado. Haber corrido a menos técnicos porque me dejaban mal colgada la luz en esa lucha por la perfección, por el respeto, por el trabajo. Me trataban como a un chico. Tengo una obra que se llama El batacazo, que analiza la suerte, y digo que la suerte hace estragos beneficiando a equivocados.

–Tarda en llegar, pero llega.

–En mi caso, sí. Y creo que hay cosas para atraer la suerte. Pero si no llega, no hay que torcer, no hay que cambiar. Porque si yo me hubiera querido parecer a los que les iba bien, me hubiera disfrazado de actor y hubiera hecho cierta carrera que iba a ser infinitamente menor a lo que yo siento que soy conmigo mismo, más allá del resultado. Cuando las cosas te van bien es más difícil desarrollarse, porque tenés que responder, y es con resultados. Cuando no te va bien, vos te seguís forjando hasta que te vaya bien, y ese forjarse te da identidad. Y la identidad te hace ser único. Entonces, cuando se te da, ya tenés las herramientas. No se atrae lo que uno quiere, se atrae lo que uno es.

En 2020, por su gran trabajo en El equilibrista Mauricio Dayub se llevó el ACE de Oro

–Como constante tuya, hay algo de esa confrontación entre lo antiguo y lo nuevo.

–Sí. En general, creo que cuando escribo intento desmitificar verdades mal aprendidas. El amateur intenta decirte que para lograr lo que querés no hace falta tener ningún rasgo físico específico. No hace falta vivir en un barrio, ni ser de una clase especial. Que si trabajás y te esforzás, es ese tesón, esa disciplina, esa garra lo que te hace lograrlo. Creo que lo que he hecho siempre fue trabajar. Mi maestro de teatro en Santa Fe me contaba que, en el camarín, el gran actor ruso Konstantín Stanislavski decía: “Humildad, humildad, humildad”. Yo diría: “Trabajo, trabajo, trabajo”.

–Además de aplaudir de pie, a la salida mucha gente te espera para saludarte.

–Es muy lindo lo que pasa en la salida. Es tan lindo, que me ha llevado a pensar que lo que más me gustaría es ser como la gente me imagina. Yo no soy lo que los espectadores se imaginan. Me dicen cosas tan hermosas… Una vez leí que cuando León Gieco llenó el primer Luna Park, a la salida todo el mundo lo esperaba, incluidas mujeres que lo deseaban, y cuando llegó a su casa la mujer le había dejado una notita que decía que no se olvide de sacar la basura.

–Hay algo de eso, de tener la misma pareja o los mismos amigos, que te baja a tierra, ¿cierto?

–Te pone donde tenés que estar. Yo creo que a mí se me dio porque dejé más grasa en el plato, porque me acosté más temprano, porque me levanté más temprano, porque vi algo donde parecía que no había nada, porque puse más de lo que la mayoría creía que había que poner. Pequeñas cosas. Nunca hice mi mejor función cuando vino alguien puntual. Hice no sé cuántas series en Pol-ka y nunca entraba en los 12 o 15 nombres que aparecían en los créditos principales, siempre había uno que entraba antes. Yo le preguntaba a mi representante por qué. Realmente puse de moda el gris que ellos veían en mí.

–¿Tenés que entrenar mucho para hacer las dos funciones?

–Sí, tengo que elongar mucho. Tengo una rutina, porque las dos son muy físicas. El equilibrista me exige más porque no tengo respiro, siempre me están mirando a mí. En El amateur sé que en algún momento se pasa la pelota y que tengo tiempo para tomar aire. Tuve que ordenar mi vida en función de esto que hago, si no, no puedo hacer la cantidad de funciones que hago.

–En una sola función de El equilibrista, perdiste el equilibrio en la cinta y te caíste, ¿cómo fue?

–Al principio, el director buscaba otro final porque estaba seguro de de que me iba a caer. Yo le decía que iba a poder. El que me enseñaba me dijo que me faltaban horas de vuelo arriba de la cinta para poder hacerlo en el escenario, porque las miradas y la luz influyen mucho. Una mañana vi que en mi cuarto había dos columnas y le dije a Paula que, por ese mes y medio que faltaba para el estreno, iba a dejar tensa la cinta y la íbamos a tener que pasar por arriba. Antes de comer, me subía; después de bañarme, me subía; todo para tener esas horas de vuelo. El que me enseñó la técnica me dijo un secreto que me acompaña hasta hoy: “Cuando sentís que te estás por caer, tenés los tobillos. Si los tobillos no alcanzan, tenés las rodillas; si no alcanzan, tenés la cadera. Después tenés los hombros, después la cabeza y después tenés los brazos. ¿Cómo te vas a caer, teniendo tantas posibilidades?”. Cuando subo, sé que tengo todo eso, que no estoy solo. Pero yo me caía como un piano. Y pensaba, ¿cómo me voy a sostener en el final con toda la emoción, cansado, con la mirada de todos encima? Esa vez que me caí fue porque lo hacíamos en el pasillo del Chacarerean, donde corría el riesgo de caerme arriba de la gente. Ese día había invitados a quienes conocía, y me distrajo la mirada de ellos. Llevábamos dos o tres semanas. La obra habla de animarse a perder el equilibrio; si no te sale, tenés que probar de nuevo. Yo trato de que esa subida cristalice la frase de mi abuelo y no un artificio de lo bien que lo puedo hacer. Lo que más googlea la gente cuando termina la función es la edad que tengo. Desde chico, lo que me gustaba era el logro de conseguir algo, no simplemente conseguirlo y usarlo. Y algo de eso está presente en el final de la obra.

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