Medio siglo sin ir a la Luna desde la óptica argentina

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Ese lunes de exitismo, el comentario de Miss Taquini, la profesora de inglés que teníamos en tercer año, retumbó disonante en el aula, quizás por eso la recuerdo con tanta nitidez. “Está todo guionado”, nos quiso desilusionar. Éramos exultantes quinceañeros por cierto que impactados con lo que habíamos visto y escuchado la noche anterior, en blanco y negro, con fritura de radio.

Lo del guion cuanto menos le bajaba el precio a la frase luego eternizada de Neil Armstrong, la del pequeño paso suyo y el gran salto para la Humanidad. Para ser justos, Miss Taquini no llegó a sentenciar que todo era un golpe de efecto geopolítico para ganarles la carrera a los soviéticos (creo que la palabra geopolítica ni siquiera era corriente en 1969) pero ese era el pensamiento subyacente que a ella le encogía el glamour del suceso. Hasta balbuceó en inglés, no sé si para que practicáramos o para descargar sus reivindicaciones, algo como un rezongo premoldeado sobre el costo también sideral de la misión: “mientras todo el mundo mira la Luna, en la Tierra seguimos con los pies en el barro”.

Con el correr de las décadas una parte de los luno-escépticos, categoría integrada en especial por rusos, se radicalizó, abrazada a la idea de que todo fue un montaje estadounidense hecho en un estudio de televisión. Sin embargo, aun incluidos los miembros vitalicios del club de las teorías conspirativas -con sus payasescos abanderados, los terraplanistas-, la llegada del hombre a la Luna marcó fuerte a tres generaciones. En primer lugar, la mía, los baby boomers (nacidos entre 1946 y 1964), quienes recibimos, supongo, el mayor impacto emocional.

Si se cuenta desde el homo sapiens, hace trescientos mil años que los seres humanos contemplan la Luna, ansían verla llena, se iluminan y navegan con ella, la usan como reloj, le cantan, la veneran, le dedican poemas, le atribuyen el ritmo de la vida, la relacionan con la fertilidad, le adjudican el dominio de los ciclos sobre la naturaleza, dicen que alumbra el amor, que influye en el alma, que derrocha magia. Trescientos mil años vienen a ser entre diez y quince mil generaciones. ¡Y resulta que nos cayó a la nuestra, a los baby boomers, el privilegio de estar respirando y de preludiar la vida adulta en el momento en que la Humanidad conquista la Luna! ¿Cómo eso no nos iba a marcar para siempre?

Aunque el suceso incluyera a un Richard Nixon plantando bandera y hoy a un Donald Trump que esparce su nacionalismo adanista y hasta ningunea la participación de la Agencia Espacial Europea en el programa Artemis, aunque ahora la competencia sea con el programa Shenzou de los chinos y detrás en la fila estén los indios y los japoneses, ir a la Luna, descubrir el lado oscuro que nunca nadie vio, alistarse otra vez para pisarla y para poner allí una estación habitable por supuesto que estremece.

Somos los que cuando ahora se evoca a la Apolo XVII, la interrupción abrupta de la conquista lunar, cuando se cita el lapso de 54 años sin Luna que la Artemis II acaba de cancelar esta misma semana sentimos que nos están hablando a nosotros casi de la vida entera: de nuestro ciclo vital. La conquista lunar de algún modo nos dimensiona el paso del tiempo. Claro, no es lo único.

Quiso la casualidad que el mismo 17 de diciembre de 1972, día en que los astronautas Eugene Cernan (fallecido en 2017) y Harrison Schmitt (hoy de 90 años, geólogo, exsenador republicano) regresaban a la Tierra de su caminata, la última por el suelo lunar, Juan Domingo Perón se volvía a Europa tras haber pasado un mes más que histórico en la casa de la calle Gaspar Campos, adonde había arribado el 17 de noviembre para cerrar 17 años de exilio. Sí, una fiesta para los devotos de la numerología. Aunque en rigor el recurrente 17 criollo no viene de la Apolo XVII sino de una persistente pleitesía del peronismo a la génesis de 1945.

Resulta lógico que la conquista de la Luna, mojón impar, remueva toda clase de sentimientos y de ideas sobre el irrefrenable afán del ser humano por dominar la naturaleza y por expandir los horizontes. Aunque parece que tan irrefrenable no era el afán. Después de siete misiones, un buen día la NASA dejó de enviar astronautas a nuestro satélite natural, decisión tal vez a contramano de lo que muchos terrícolas de a pie imaginaban, la continuidad natural, sine die, de los alunizajes del período 1969-1972, los tiempos de Nixon, de la Guerra Fría original.

Cernan, el comandante de la Apolo XVII, dijo antes de embarcarse en el módulo lunar Challenger para pegar la vuelta: “nos marchamos y venimos, y si Dios quiere regresaremos con paz y esperanza para toda la Humanidad”. No pudo ser. Además de que hubo que esperar más de medio siglo, lapso durante el cual seis de cada diez personas que había entonces en el mundo se murieron, de la hegemónica guerra de Vietnam saltamos a la amenazante guerra de Irán y a la reposición -reciente- del inescrutable riesgo nuclear. Para el caso tampoco resultó muy certera aquella premonición emblemática de Perón, “el año dos mil nos encontrará unidos o dominados”. Nos encontró colapsados. Sucedió después de clausurarse una década de peronismo neoliberal.

A la misma hora a la que Cernan y Schmitt andaban por la Luna a bordo del rover haciendo experimentos científicos y juntando rocas (trajeron 110 kilos), en Buenos Aires corría el rumor de que Perón iba a poner como presidente de la Nación a un dentista, su delegado personal, un fiel servidor de origen conservador que había iniciado su carrera política como funcionario de la dictadura del 43: Héctor J. Cámpora. Así fue.

El calendario político estadounidense hizo que la Apolo XVII fuera dejada para después de las elecciones de noviembre de 1972 en las que el presidente Richard Nixon se jugaba la reelección. Nixon hasta tuvo dudas sobre si lanzar o no la Apolo XVII. Temía que un accidente similar o peor al que había sufrido la Apolo XIII (inmortalizado en 1995 por la película de Ron Howard) le hiciera perder el poder, cosa que dos años después ocurrió, pero no por tropiezos de la carrera espacial sino por haberse enredado él con el caso Watergate. En 1972 Nixon suspendió los viajes a la Luna principalmente por razones económicas (se llevaban el 4 por ciento del presupuesto estadounidense), por la pérdida del interés público (¿cuántos conocían en 1972 los nombres de Cernan, Schmitt y de Ronald Evans, el tercer astronauta?), porque Estados Unidos consiguió ganarle la carrera a la Unión Soviética y porque la NASA apostó a las estaciones orbitales y creyó que el transborador reutilizable, su nuevo invento, sería más barato y llegaría a servir alguna vez como medio de transporte espacial. Cometido que Carlos Menem intentó celebrar sin excesiva hondura técnica en 1996 en Tartagal el día que habló de llegar a la estratósfera en un par de horas y bajarse en Japón.

Perón decoló junto a Isabel y López Rega en un avión de Líneas Aéreas Paraguayas que lo llevó a Asunción para visitar a su viejo amigo el general Alfredo Stroessner. Minutos más tarde, cuando Juan Manuel Abal Medina, el encargado de hacer el anuncio como un hecho consumado informó que el elegido era Cámpora, los gritos de José Rucci, secretario general de la CGT, llegaron hasta la Luna. Rucci amenazó con alquilarse un avión para ir a Asunción a hacerle un planteo al general, pero sus compañeros le recordaron que al general no se le hacían planteos y desistió.

Sin embargo, lo verdaderamente trascendente resultó ser lo que todo el mundo tuvo frente a los ojos y nadie supo ver. Maestro de la ambigüedad, Perón hizo saber mediante voceros oficiosos que se volvía a Madrid por apenas un mes, pero se fue del país y no volvió más. Bueno, volvió recién medio año más tarde, el 20 de junio de 1973, nunca mejor dicho tarde. Lanusse le había trabado la candidatura presidencial pero no le había impedido permanecer en el país. Irse fue una decisión suya, antagónica con el slogan “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. En ese semestre la principal salida de Madrid del líder exiliado, que ya no tenía por qué estar exiliado, fue para ir a Rumania, donde se juntó con el dictador Nicolae Ceausescu.

A Cámpora lo dejó solo, tanto para la campaña como para empezar a gobernar, respaldado en teoría por todos los sectores peronistas, es decir por ninguno. Esa orfandad fue la que lo volcó a los brazos de los Montoneros, quienes lo hicieron suyo. El gobierno de Cámpora resultó un desastre. Terminó a los 49 días porque Perón, quien queda dicho que lo había puesto, lo sacó. Cualquiera pensaría que lo destituyó debido a la Masacre de Ezeiza, 20 de junio de 1973, el día del “regreso definitivo” de Perón, cuando la derecha y la izquierda peronista se agarraron a tiros. Pero hoy se sabe que ya tres días antes de la masacre, cuando Cámpora llegó como presidente a la España franquista para buscar al líder y traerlo por segunda vez al país, en Puerta de Hierro Perón no lo dejó hablar, lo sentó en un sillón, lo destrató y le descargó un enojo feroz, marcial, irreversible.

La estadía de Perón durante la dictadura de Alejandro Lanusse ese mes que coincidió con las vísperas del lanzamiento de la última misión Apolo también tendría una enorme trascendencia histórica, pero por algo que no pasó. Perón, quien había arribado en el chárter de Alitalia acompañado por 146 dirigentes peronistas sindicalistas, actores, leyendas del deporte, escritores, militares y curas, se estrechó en Gaspar Campos en un abrazo memorable con Ricardo Balbín, con quien entabló a lo largo de varios encuentros una relación tan estrecha que ambos llegaron a pensar en una fórmula conjunta. Esa fantástica idea, que probablemente hubiera cambiado de manera fundamental el destino del país, se frustró debido a la resistencia de sectores peronistas por un lado, con López Rega a la cabeza, y a reparos radicales, por otro.

Aquel era un país de 24 millones de habitantes, algo más de la mitad de los que hay hoy. Aunque el Indec comenzó a medir la pobreza en 1974, estudios académicos estimaban en 1972 que estaba entre 3 y 5 por ciento. La desocupación era de 5,5 por ciento. La inflación fue ese año de 64, 1.

Había una clase media masiva y un ingreso per cápita cercano al de varios países europeos, como Grecia y España. Hoy, con un ingreso per cápita nominal más alto, existe mucha mayor desigualdad y la pobreza afecta a una parte considerable de la población.

Dictaduras no hay más. El país atraviesa, como se sabe, el período más largo de la historia de democracia ininterrumpida. Eso sí, a los partidos políticos, en 1994 solemnemente incorporados a la Constitución como “instituciones fundamentales de la democracia”, casi nadie les dice partidos. Se los llama, vaya uno a saber por qué, espacios.

Artemis III será en 2027 un vuelo de prueba orbital. La nueva Apolo XI será Artemis IV, el primer alunizaje tripulado desde 1972 está previsto para principios de 2028. Sólo si por algún motivo se lo postergara para después del 20 de enero de 2029 quedaría afuera de la era Trump.

Ya no será una primera vez, claro. Habrá que ver cómo vive ese alunizaje, -sin dudas mixto-, con cuánto asombro, con cuánta fascinación, la generación Alfa, los nacidos entre 2010 y 2024.

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