Hay paisajes imposibles de abarcar de una vez y para siempre. Exigen tiempo, silencio, y una mirada capaz de percibir el temblor del agua, la vibración de una rama, la súbita aparición de un ave. La Galería Julia Baitalá presenta El alma mínima de un junco acaricia la fuerza del agua, exposición de pinturas al óleo sobre tela y papel de Mercedes Larreta, con curaduría de María Lightowler.
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En estas obras, el paisaje deviene materia viva: un entramado de agua, vegetación y animalidad donde cada elemento parece responder a una misma respiración. Hay en ellos una trama de gestos mínimos pero intensos, capaz de envolver también la presencia humana, que es puro enigma.

Larreta trabaja sobre escenas de una quietud apenas aparente. Nada es lo que evidencia a primera vista en sus pinturas. Aves, ramas, reflejos y superficies líquidas organizan un universo en sutil tensión, signado por desplazamientos mínimos que eluden toda grandilocuencia. Más que representar la naturaleza, su pintura parece demorarse en sus ritmos, en sus variaciones, en su latido.
“Esta muestra combina tres elementos que contemplo y que me siguen emocionando cada día: el agua, los pájaros y la vegetación de las lagunas de la provincia de Buenos Aires. Hay una que para mí es muy especial, porque conozco a todos sus habitantes, que son casi siempre los mismos: dos garzas blancas, una mora, una cigüeña, patos y biguás”, dice la artista en diálogo con LA NACION. Y añade: “Tengo en mi cabeza todos los sonidos de los pájaros. Podría distinguirlos con los ojos cerrados. También todos los olores del barro, las algas secas y los troncos húmedos. El agua está presente en muchísimas de mis obras: a veces es protagonista; otras, aparece en los fondos que después pinto por encima y quedan escondidos, pero que me sirven de soporte. Los loros y las cacatúas vienen de mi infancia. En casa de mis tíos abuelos habitaban el living, junto con perros pequineses”.

Artista visual y poeta, Larreta se formó con Eduardo Audivert, Guillermo Roux y Eulogio de Jesús. Su práctica propone un diálogo sostenido entre pintura y poesía, y en los últimos años presentó su obra en Buenos Aires, Nueva York y Madrid, además de participar en ferias e instituciones europeas.
Con sus imágenes crea un mundo en el que lo humano, lo animal y lo vegetal conviven como parte de un mismo organismo. La muestra propone una experiencia de contemplación atenta, sostenida por una pintura que encuentra su fuerza en lo leve.

Para agendar
El alma mínima de un junco acaricia la fuerza del agua. Hasta el 28 de abril en Galería Julia Baitalá, Antezana 150. Actividades: el miércoles 15 de abril, de 18 a 18.30, armonización con Cuencos tibetanos, a cargo de Anabella Museri. El jueves 23 de abril habrá un recorrido por la exposición con presencia de la artista, a partir de las 18.
