Mi plan de paz de dos puntos para poner fin a la guerra con Irán

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NUEVA YORK.– Si antes no estaba claro, ahora es innegable. El presidente Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu iniciaron una guerra con Irán asumiendo que provocarían un cambio de régimen rápido y sencillo.

Subestimaron enormemente la capacidad de resistencia de los líderes iraníes que aún viven y su capacidad militar no solo para infligir daño a Israel y a los aliados á­­rabes de Estados Unidos, sino también para bloquear la ruta marítima de petróleo y gas más importante del mundo.

Esto está causando graves daños a la economía global, incluyendo la bolsa de valores estadounidense, y Trump no tiene ni idea de cómo salir del aprieto que ha creado al iniciar una guerra sin considerar las consecuencias.

Resulta realmente vergonzoso ver al presidente estadounidense contradecirse constantemente, pasando de afirmar que los líderes iraníes supervivientes prácticamente han accedido a todas sus demandas, que la guerra está a punto de terminar y que Trump ha ganado, a admitir que no tiene ni idea de cómo liberar el estrecho de Ormuz del control iraní.

Efectivos de la Guardia Revolucionaria, la agrupación de élite del régimen iraní

Si los aliados occidentales de Estados Unidos, a quienes Trump nunca consultó antes de la guerra, no envían sus ejércitos y armadas para que hagan el trabajo por él, pues mala suerte para ellos, dice: tenemos todo el petróleo que necesitamos. Eso, claro, a menos que Trump decida “arrasar” –su palabra favorita– la base industrial y las plantas desalinizadoras de Irán hasta que Irán se rinda.

En resumen, estamos presenciando las consecuencias de poner en el Despacho Oval a un hombre impulsivo e inestable que se presentó a la presidencia principalmente para vengarse de sus adversarios políticos. Luego se rodeó de un gabinete elegido por su atractivo físico y su disposición a anteponer la lealtad a Trump a la lealtad a la Constitución.

Si a esto le sumamos las mayorías republicanas en la Cámara de Representantes y el Senado, dispuestas a darle carta blanca, todo termina por desembocar en decisiones descuidadas e indisciplinadas, incluyendo el inicio de una guerra de gran envergadura en Medio Oriente sin un plan para el día después.

Trump es un inmaduro que juega con fósforos –el ejército más poderoso del mundo– en una habitación llena de gas.

Vista de un retrato del difunto líder supremo de Irán, Ali Khamenei, y al fondo humo tras un ataque aéreo israelí en Dahiyeh, Beirut, Líbano, el otro frente de la guerra

Por si fuera poco, tenemos un secretario de Defensa, Pete Hegseth, que profesa creencias nacionalistas cristianas extremas y que, según se informa, la semana pasada celebró una sesión de oración en el Pentágono en la que oró para que las tropas estadounidenses desataran una “violencia abrumadora contra aquellos que no merecen piedad… Pedimos esto con firme confianza en el poderoso nombre de Jesucristo”. En otras palabras, ahora son nuestros guerreros religiosos contra los de Irán.

Proliferación nuclear

Si no se tratara del liderazgo de mi propio país –y si Irán no fuera, en efecto, la fuerza más desestabilizadora de Medio Oriente y su transformación no un objetivo digno para su pueblo y sus vecinos–, simplemente me sentaría a observar, disfrutando del espectáculo de Trump recibiendo su merecido.

Pero es mi país. Que Irán desarrolle armas nucleares es una amenaza que podría desatar la proliferación nuclear en todo Medio Oriente. Y todos vamos a recibir lo que Trump se merece.

¿Qué hacer? Trump debería dejar de lado su plan de paz de 15 puntos –que sería ridículamente complicado de implementar– y reducirlo a dos: Irán renuncia a sus más de 430 kilos de uranio altamente enriquecido, casi apto para fabricar bombas, y a cambio Estados Unidos renuncia al cambio de régimen.

Un cartel con la leyenda

Ambas partes acordarían entonces poner fin a todas las hostilidades. Es decir, no más bombardeos estadounidenses e israelíes, no más cohetes iraníes ni de Hezbollah, no más bloqueo del estrecho de Ormuz y, por supuesto, no más tropas terrestres estadounidenses desembarcando en Irán.

“Debemos comprender que lo que más desea el régimen iraní es mantenerse en el poder, y lo que más desean Estados Unidos e Israel es que Irán no posea una bomba”, afirmó John Arquilla, exprofesor de análisis de defensa en la Escuela Naval de Posgrado y autor del próximo libro The Troubled American Way of War (El problemático modo de hacer la guerra en Estados Unidos). “Ambas partes pueden conseguir lo que más desean si están dispuestas a renunciar a lo que más desean en segundo lugar”.

Para Estados Unidos e Israel, el segundo premio, tras eliminar el uranio altamente enriquecido de Irán, sería un cambio de régimen. Esto ya no parece probable, y Trump ya ha comenzado a sentar las bases para abandonar ese objetivo.

El domingo declaró a la prensa que, dado que Estados Unidos e Israel han asesinado a varias decenas de altos dirigentes iraníes, “se trata realmente de un cambio de régimen”. Los líderes iraníes eran “un grupo de personas completamente diferente”, que, según él, “han sido muy razonables”.

Las calles de Teherán, con un inmenso poster de fondo del difunto líder supremo Ali Khamenei

Por supuesto, esto es absurdo y una excusa para ocultar que Estados Unidos e Israel sobreestimaron enormemente su capacidad para derrocar al régimen iraní únicamente mediante la fuerza aérea.

Según se informa, el equipo de Trump ha estado negociando a través de Pakistán con el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, quien mantiene estrechos vínculos con la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, que parece ser el verdadero poder en la sombra. El régimen iraní restante bien podría estar dispuesto a considerar la posibilidad de renunciar a su uranio a cambio de su supervivencia.

Problemas sin resolver

Sí, un millón de problemas quedarían sin resolver, pero eso es lo que sucede cuando se intenta usar la fuerza sin una planificación a largo plazo para solucionar un problema complejo.

En términos generales, un problema complejo se define como aquel que se resiste a soluciones rápidas o permanentes. Implica numerosas variables interdependientes. Los resultados nunca son definitivos, simplemente son mejores, peores o suficientemente buenos.

Devastación tras un bombardeo israelí en el Líbano, el otro frente de la guerra

Cada problema complejo es esencialmente único, lo que significa que no existe un modelo perfecto preexistente para resolverlo. Y las soluciones a menudo tienen consecuencias irreversibles, lo que significa que no se puede revertir fácilmente una decisión.

Esa es, probablemente, la mejor definición del problema de Irán que se me ocurre.

Si bien puede que nunca lo haya expresado con estas palabras, si observamos las acciones del presidente Barack Obama con respecto a Irán, es evidente que comprendió que se trataba de un problema complejo y, por lo tanto, la opción más sensata era centrarse en el interés fundamental de Estados Unidos, intentar asegurarlo y aprender a convivir con las demás características del problema, mitigándolas en la medida de lo posible.

Esa fue la lógica del acuerdo de Obama con Irán en 2015, el Plan de Acción Integral Conjunto, que impuso límites verificables internacionalmente al programa de enriquecimiento de uranio del país, y su decisión de tolerar el creciente arsenal de misiles balísticos iraníes y el fomento de milicias interpuestas en el Líbano, Siria, Yemen e Irak, que no representaban una amenaza para Estados Unidos.

El acuerdo de Obama con Irán funcionó según lo previsto. Cuando Obama dejó el cargo, las restricciones a la capacidad de enriquecimiento nuclear de Irán –verificadas por inspectores internacionales– significaban que Irán, si incumplía el acuerdo, necesitaría al menos un año para producir suficiente material fisible para una ojiva nuclear, lo que daría tiempo suficiente al mundo para reaccionar.

Netanyahu y Trump el pasado mes de diciembre.

Sin embargo, Trump, a instancias de Netanyahu, retiró unilateralmente a Estados Unidos del acuerdo en 2018. Pero Trump nunca forjó una estrategia alternativa eficaz para impedir que Irán obtuviera suficiente uranio para una bomba. La administración Biden intentó solucionar el desastre de Trump, pero no logró que Irán aceptara.

Cuando Trump regresó al poder, volvió a descuidar la creación de una alternativa. Así, Irán pasó de estar a un año de tener una bomba nuclear bajo el acuerdo nuclear de Obama a estar a semanas de distancia, debido a la temeraria retirada de Trump de la estrategia de Obama sin una estrategia de reemplazo efectiva.

Y ahora, con esta guerra, Trump ha convertido la situación en un problema realmente complejo.

Por eso debemos simplificar esto al máximo. Estados Unidos debería ofrecer garantías de que pondrá fin a la guerra, mantendrá al régimen en el poder, dejará de destruir la infraestructura de Irán e incluso ofrecerá cierto alivio de las sanciones petroleras, si Irán entrega todo su material fisible casi apto para armas nucleares y detiene todas las hostilidades. Todo lo demás se pospone para otro momento.

Trump será un hombre muy afortunado si los líderes supervivientes del régimen iraní aceptan. Es una muestra de la incompetencia de Trump que ahora tengan su destino en sus manos.

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