El salón de actos está vacío y cubierto de andamios. Donde antes hubo filas de butacas hoy hay una estructura metálica que sube hasta el cielorraso y divide el espacio en niveles de trabajo. El piso original permanece protegido por capas de madera y tela. La gran araña ya no cuelga del centro y el vitral que durante décadas filtró la luz desde lo alto fue desmontado por completo. El auditorio del Colegio N°3 “Mariano Moreno”, sobre la avenida Rivadavia 3577, es hoy el punto más visible de una restauración integral que atraviesa todo el edificio.
Las imágenes actuales contrastan con los registros históricos. En fotografías tomadas a comienzos del siglo XX —algunas fechadas en agosto de 1915— el mismo salón aparece lleno: butacas alineadas, un balcón superior con barandas curvas, la araña central encendida y el vitral dominando la escena desde arriba. El espacio estaba pensado como un lugar de encuentro, actos escolares y ceremonias públicas. Más de un siglo después, ese mismo recinto es intervenido para recuperar su funcionamiento original luego de haber permanecido cerrado durante más de once años por problemas estructurales.

El Mariano Moreno fue construido entre 1909 y 1910 e inaugurado en 1911. Su origen institucional es anterior: en 1898, el entonces Colegio Nacional de Buenos Aires habilitó la Sección Oeste ante el crecimiento de la matrícula. Ese antecedente dio lugar, con el tiempo, a la creación del actual colegio, que se consolidó como una de las instituciones educativas públicas más emblemáticas de la ciudad de Buenos Aires. Desde 2010, el edificio está declarado Patrimonio Histórico y Cultural, una condición que obliga a que cualquier intervención edilicia respete su arquitectura original, sus espacios simbólicos y sus materiales históricos.
La obra en marcha no es una refacción puntual ni una modernización aislada. Se trata de una restauración patrimonial integral impulsada por el Ministerio de Educación porteño, en el marco del plan de recuperación de edificios escolares con valor histórico. El objetivo es consolidar la estructura del edificio, corregir daños acumulados durante décadas y mejorar las condiciones de uso, sin alterar la identidad arquitectónica del conjunto.
Las tareas abarcan distintos sectores del colegio. Incluyen la restauración de la mansarda histórica, la recuperación integral de los vitraux originales, la puesta en valor del Salón de Actos —que volverá a funcionar como auditorio—, la renovación de núcleos sanitarios, el reacondicionamiento de la instalación eléctrica, la impermeabilización general del edificio y la restauración de carpinterías, herrerías, pisos y cielorrasos.
LA NACION hizo un recorrido por el edificio, en el barrio de Almagro, para observar de cerca el avance de la obra. En el auditorio, los andamios permiten trabajar sobre el cielorraso ornamentado y las molduras originales. Las yeserías muestran distintos niveles de deterioro: en algunos sectores, el material se había disgregado por la humedad; en otros, las sujeciones originales estaban comprometidas. El trabajo se realiza de manera manual y progresiva, revisando ornamento por ornamento y reforzando solo cuando es necesario.

De la recorrida participaron los responsables directos de la obra: Ignacio Curti, subsecretario de Gestión Administrativa; Julia Brogognoni, coordinadora de Obras; Mariana Bonaiuto, supervisora de la obra; y María Belén Ramírez, jefa de obra patrimonial de la empresa a cargo de los trabajos. Todos ellos brindaron precisiones técnicas sobre el alcance de la intervención y las complejidades de ejecutar una restauración integral en un edificio histórico con actividad educativa en funcionamiento.
Uno de los trabajos más delicados es la restauración del vitral original del Salón de Actos. Se trata de una pieza compuesta por 178 fragmentos, todos diferentes entre sí. Para intervenirlo fue necesario desmontarlo por completo. Cada pieza fue numerada, catalogada y evaluada según su estado de conservación. María Belén Ramírez explicó a LA NACION que el proceso comenzó con un relevamiento detallado del color y de las patologías del conjunto. “Detectamos que había dos tonalidades originales. Hicimos muestras de color para definir cuál respetaba mejor la originalidad”, señaló.
Ramírez detalló que el deterioro del cielorraso estuvo directamente vinculado a las filtraciones: “En algunos sectores el yeso se disgregó y empezó a morir. El trabajo es ir sector por sector, revisar si los ornamentos están seguros y reforzar cuando los alambres están deteriorados”. Según explicó, el equipo que trabaja en ese sector está integrado por restauradores especializados y el proceso “es casi arqueológico: vas limpiando, vas viendo cuál es la enfermedad del edificio y tratás de resolverla con las metodologías que tenemos hoy”.

Sobre la limpieza del vitral, Ramírez explicó que el conjunto presentaba intervenciones previas y un alto nivel de suciedad acumulada por años de abandono. El proceso contempla una limpieza en seco, una limpieza posterior con productos neutros que no afecten químicamente el material y la reintegración de piezas faltantes con colores similares a los originales. “Cada pieza encastra en la estructura. Son todas distintas. Se hizo un fichaje y un relevamiento de la patología de cada una porque no había informes previos”, explicó.
Por encima del vitral se encuentra la mansarda, una estructura original del edificio construida en madera y revestida exteriormente con pizarra. Julia Brogognoni explicó a este medio que se trata de uno de los sectores más comprometidos del edificio. “Las filtraciones por la mansarda fueron el principal motivo por el que el salón estuvo cerrado durante once años”, indicó. La obra comenzó en octubre, lleva varios meses de ejecución y tiene un plazo total de 270 días.

Brogognoni remarcó que la complejidad de la intervención no es solo técnica. “Es una obra con la escuela funcionando. Hay que sectorizar espacios, coordinar con el equipo directivo y avanzar por etapas”, explicó. En la misma línea, Curti señaló que la condición patrimonial del edificio implica una responsabilidad adicional: cada intervención debe ser supervisada y ajustarse a criterios de conservación.
Bonaiuto, supervisora de la obra, explicó que la restauración no implica eliminar todas las capas existentes. “Se hacen cateos para llegar al color original. Se limpia, se consolida el material y se pinta respetando ese tono, pero con materiales actuales. No se trata de descapar todo, sino de preservar”, explicó.

Uno de los principales desafíos de la intervención es la convivencia entre la obra y la actividad educativa. Durante el receso de verano, el avance se concentra en los sectores que requieren mayor intervención y que no pueden trabajarse con el edificio en uso pleno. “La ventana más importante es el verano. No se llega a hacer una intervención de este tipo solo en dos meses, por eso la obra empezó antes, en octubre, con trabajos preparatorios, para aprovechar al máximo este período”, explicó Brogognoni. La estrategia incluyó intervenir primero los espacios con mayor disponibilidad y aquellos que presentaban situaciones más urgentes, como núcleos sanitarios y áreas con filtraciones.
Cuando comiencen las clases, el ritmo y la modalidad de trabajo cambiarán. Según detalló Brogognoni, las tareas continuarán en la medida en que los espacios puedan ser sectorizados e independizados del uso escolar. “Si hay áreas que la escuela puede desocupar, se sigue avanzando. Todo se organiza en coordinación con el equipo directivo”, señaló. En algunos casos, los trabajos deberán adaptarse a horarios específicos, contraturnos o fines de semana, para minimizar el impacto sobre la actividad cotidiana.
En la misma línea, Curti explicó a LA NACION que esta dinámica es habitual en obras de este tipo. “El desafío siempre es hacer una obra patrimonial con la escuela funcionando. Hay que sectorizar, planificar muy bien y avanzar por etapas. No se puede intervenir libremente cuando hay clases, pero tampoco se detiene la obra”, indicó. El funcionario remarcó que el objetivo es sostener el mayor ritmo posible sin afectar la seguridad ni el normal desarrollo de las actividades educativas.

Bonaiuto agregó que la planificación contempla distintos escenarios según el calendario escolar. “Durante el verano se avanza más fuerte. Cuando vuelven las clases, se reorganiza el trabajo para continuar en los sectores que no interfieren con la circulación de estudiantes y docentes”, explicó.
Según explicaron durante la recorrida, la obra tiene un plazo previsto de finalización en julio, de acuerdo con el cronograma técnico establecido desde su inicio en octubre.
Mientras la obra avanza, el edificio continúa en uso. Allí funcionan dos instituciones: el Colegio N°3 Mariano Moreno, de nivel secundario, con una matrícula de 923 estudiantes, y el IFTS N°28, de nivel superior no universitario, con 213 alumnos en las carreras de Higiene y Seguridad en el Trabajo y Pedagogía y Educación Social con orientación en Derechos Humanos.
En los pasillos y espacios comunes, las placas conmemorativas recuerdan la historia institucional. El origen del colegio, la fecha de inauguración del edificio y los nombres que forman parte de su identidad conviven hoy con señalética de obra y superficies protegidas. La restauración integral en marcha busca cumplir con el mandato que impone su condición patrimonial: recuperar el edificio en su conjunto y asegurar su uso futuro sin alterar su forma original. Cuando los andamios se retiren, el auditorio volverá a abrirse. El espacio será el mismo, pero ya no estará detenido en el tiempo.