Si escribir es una condena, la vida entre rejas se parece bastante a la vida frente a un escritorio. El delito es la falta de inspiración o el plagio, y la sanción, la página en blanco o el escrache. Quienes escribimos nos quejamos: decimos que no hay penitencia máxima que aquella que nos ata al teclado QWERTY como un grillete ajustado y que el deadline es nuestra pena de muerte, pero ni siquiera el castigo más infame (15.000 caracteres a entregar mañana a la mañana) se compara con la suerte de los escritores que aparecen en Condenados a escribir, el ensayo de la académica italiana Daria Galateria, recién publicado acá. De celda en celda, ella repasa el destino de aquellos que alcanzaron el epítome del acto de escribir: terminaron presos de sus palabras.
Robos, difamación, conspiración, elegías a dictadores o, más penosamente: asesinatos a sangre fría. Los cargos son múltiples. Los escritores de cualquier época dieron con sus huesos en la cárcel por muchos motivos. Algunos fueron auténticos criminales, otros, pobres inocentes (como Apollinaire, al que encarcelaron por una falsa acusación: dijeron que se había robado la Gioconda).
En todos los casos, Galateria ofrece una visión romántica del presidio que se convierte en una fuente de inspiración para aquel que pueda sacarle el jugo. “Fueron muchos los literatos que se beneficiaron de su paso por la cárcel, de vivir en tan reducido espacio durante un tiempo más o menos largo”, escribe, y cita algunos ejemplos famosos. Sospechoso de espionaje, el alemán Heinrich von Kleist escribió La marquesa de O mientras estaba encerrado en la fortaleza militar de Joux y el francés Jean Genet usó el papel de las bolsas de pan para escribir cinco novelas, entre ellas Querelle de Brest, a espaldas de los guardias de las cárceles que frecuentaba como uno entra y sale del subte. Jean Cocteau dijo de él: “Genet siempre ha vivido en la cárcel, así que es libre”.
Es que varios escritores se alegraron del tiempo y la concentración que ofrece una temporada entre rejas. Alejados de los vicios mundanos, sin distracciones ni visitas impertinentes, ellos mataron el tiempo escribiendo. Y ellas también. “Todas las mujeres, sin distinción, confiesan que la prisión fue la época en que se sintieron más libres”, asegura Galateria: “Como no tenían que cuidar de nadie, pudieron por fin cuidar de sí mismas”. Es famoso el caso de la italiana Goliarda Sapienza, que llegó a ir a prisión por voluntad propia y que dijo sentirse más aceptada por sus compañeras reclusas que por los intelectuales de su país.
En Condenados a escribir se revisan los casos de 43 autores no como un memorándum legal sino como un manifiesto vitalista: privados de la libertad, no necesitaron una lima para traspasar los barrotes. Apenas, lápiz y papel.

“Encendieron una luz en mi cabeza, me empujaron a crear fantasmas que algún día convertiré en realidad”, dijo el Marqués de Sade a la sombra de la prisión de Charenton, a la que llamaba con ironía “la Gran Esperanza”. De ahora en más, prometo no quejarme tanto: escribir es una condena, sí, pero es una dulce condena. Encadenado al escritorio aun cuando las palabras se me resistan, dejaré volar la imaginación y haré mías las palabras de Genet, en alguna de sus infinitas incursiones carcelarias: “Mis muros son transparentes”.
ABC
A.
Nacida en Roma en 1950, Daria Galateria es profesora de literatura francesa y tradujo la edición canónica en italiano de En busca del tiempo perdido.
B.
En el año 2000 condujo una serie de lecturas titulada Alle otto della sera (“A las ocho de la tarde”) en la RAI, con historias de escritores encarcelados.
C.
Su libro Condenados a escribir reúne los textos radiales que van desde Voltaire hasta Goliarda Sapienza, para ironizar sobre la cárcel como espacio de libertad.
