Hay ciertas ventajas en pasar la infancia en una calle cortada. Cuando uno doblaba por Rosales entrando desde Alberdi, el mundo se terminaba a mitad de cuadra: unos troncos apoyados en horizontal hacían de barrera y anunciaban que no había nada más allá. O sí. No era una gran barricada. Era, sobre todo, un lugar en el que sentarse y apoyar las bicicletas después de un raid por el barrio durante la hora sagrada de la siesta adulta.
Ahí comíamos helados de palito en verano, mientras se derretían sin contemplaciones y había que salvarlos con un lengüetazo rápido. La cuadra de Rosales era una emboscada perfecta para el heladero: tenía que hacer una vuelta en U para irse. Nosotros nos creíamos con suerte cuando, en realidad, el afortunado era él. En una sola pedaleada podía venderle a los tres vecinos de enfrente, a las chicas del edificio de al lado, a mi vecinita de la esquina y a algún amigo que justo se sumara al grupo. Diez helados en una pasada.
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La pandilla de mi barrio no era exactamente una pandilla. No éramos amigos entre todos, sino más bien un rejunte: chicos unidos por una bicicleta o unos patines naranjas con tiras (esos que hacían un ruido ensordecedor sobre el pavimento rugoso) y una cantidad de tiempo libre hoy difícil de imaginar. Mientras uno volviera para la hora del Nesquik, nadie hacía demasiadas preguntas.
Había reglas, claro. No se hablaba con extraños ni se aceptaban caramelos. No se cruzaban las avenidas Libertador ni Maipú. No se caminaba por la vía muerta del tren, hoy Tren de la Costa. Aunque ésta última no se cumplía. Salvo el paso ocasional de una zorrilla, uno podía avanzar por los costados y llegar a esa vista desde lo alto del puente con la sensación exacta de estar haciendo algo apenas prohibido y peligroso.

Las aventuras incluían fogatas en el terreno baldío sobre la barranca, que una retroexcavadora había convertido —a mis ojos— en un acantilado perfecto. También estaba la visita ritual a la mansión abandonada y, sobre todo, el salto del alambrado más allá de la barricada de troncos para colarnos en la quinta de Cornejo Saravia, con una barranca cubierta de hiedra que llegaba casi hasta la estación Olivos. ¿El monstruo? Un cuidador que nos corría a escobazos hasta el mismo alambrado por el que habíamos entrado.
Mucho después entendí que todos esos recuerdos tenían un nombre. En el cine y la televisión existe un género reconocible apenas aparece: chicos en bicicleta, lejos del mundo adulto, en barrios tranquilos donde algo extraño irrumpe. E.T., Los Goonies, Cuenta conmigo (del hace muy poco fallecido Rob Reiner) Súper 8 y más recientemente Stranger Things y su aclamada temporada final. Lo llaman Kids on Bikes, efectivamente chicos en bicicletas. Hay un grupo de chicos, nunca estas aventuras se viven en soledad; los monstruos se combaten con la fuerza de muchos y los misterios se resuelven con un ingenio colectivo. Están las bicicletas, claro, que no son un detalle: son el primer gusto físico de la libertad, de autonomía de movimiento y también del riesgo más allá de una calle cortada. El tiempo: los años ochenta, desde sus comienzos hasta su final. Después está el barrio, en el género un suburbio o pequeño pueblo del midwest americano: bosques profundos, terrenos vacíos y algo oscuro que siempre se esconde más allá de ese prolijo mundo con una cerca de maderitas blancas. Los adultos luchando sus batallas, ausentes o inútiles por su incomprensión. Los chicos en bici (tal vez menos en Stranger Things) tienen que hacer un trabajo para convencer a los adultos, por eso es mejor evitarlos, a ellos y a la autoridad. Ese es tal vez el motor argumental que impulsa cada relato. Eliott esconde a E.T. de sus padres metiéndolo en su ropero, los Goonies descubren su mapa del tesoro y se embarcan en una aventura para encontrar el botín y salvar sus casas de la demolición, los chicos de Cuenta conmigo emprenden su larga caminata para encontrar el cuerpo del niño desaparecido. Y después están los monstruos, desde los cuentos infantiles esas metáforas que cada uno se encargará de interpretar. Miedo a crecer dirán algunos; el miedo y la ansiedad en su versión más general y pura, dirán otros.
Por qué cada vez que tenés muchas opciones para elegir terminás confundido y menos satisfecho
Los monstruos, en esas historias, nunca están del todo afuera. Viven cerca: en una casa abandonada, en el bosque, del otro lado de la vía. Como en nuestros barrios. Y quizás por eso funcionan: porque no hablan solo de criaturas imposibles, sino de ese momento en que la infancia empieza a correrse y el mundo se vuelve un poco más grande.
Hoy las calles ya no están cortadas y los chicos no se ausentan durante horas sin aviso y sin chances de ser contactados. Pero cuando vemos a esos personajes pedalear contra el atardecer, no estamos mirando una serie: estamos volviendo por un rato a esa cuadra en la que el mundo terminaba y empezaba exactamente al mismo tiempo.
Los chicos en bici, en cualquier caso, son un maravilloso subgénero de la ciencia ficción y la nostalgia. No tanto de futuros posibles, sino de un pasado compartido. Yo pienso en Tom Sawyer y HuckleberryFinn, en Mujercitas, en La Isla del tesoro y en Holden Caulfield en El guardián entre el centeno de J.D. Salinger como las lecturas que acompañaron mis años ochenta, mi barrio y mis monstruos. Y esos siempre son lugares a los que cada tanto también quiero volver.