María, una mujer que roza las cinco décadas, alguna vez creyó que estaba destinada a ser la protagonista de una historia de amor serena y fiel a los mandatos. Hoy, como si escribiera en una hoja en blanco frente a ella podría narrar un relato diferente, más intenso de lo que jamás hubiera imaginado, con claroscuros, y un apartado casi inverosímil de su experiencia después de 100 citas que no había imaginado tener años atrás.
¿Pero cómo fue que pasó de ser madre, esposa devota y y mujer entregada a la complacencia, a esta otra, autónoma, auténtica, y con una exquisita capacidad de disfrute?
El primer amor: “Un noviazgo soñado que no alcanzó”
De chica, María creía –o confiaba con la ingenuidad luminosa de los diecisiete años– que tenía todo para ser feliz. Era querida, sociable, inteligente, y más de una vez escuchó que la describían como `muy linda´. Lejos estaba ella de saber que las mujeres eran capaces de perder su esencia no por falta de amor, sino por exceso de entrega.
Su primer novio llegó a los diecisiete y duró hasta a los veintiuno. La vida le sonreía, en especial porque María había abrazado a la familia de él como propia, y ellos la adoraban: “Algo invaluable para una adolescente marcada por la separación de sus padres a los siete años. Pablo era bueno, afectuoso, tranquilo… demasiado tranquilo. Sin ambiciones, sin metas, sin ese fuego que empuja a construir”, describe María, mientras rememora su pasado.
El quiebre llegó el día en que su padre les ofreció su ayuda para casarse. El comportamiento de Pablo cambió, algo dentro de él se quebró y le confesó a María que no quería contraer matrimonio con su segunda novia: “Fue un noviazgo soñado que no alcanzó. Y él era mi primer novio. Nos separamos. Y mi vida tomó otro rumbo”.
El segundo amor: el noviazgo de la salvadora
Después de Pablo llegó Martín, el definitivo, creyó María. Él era brillante, estudioso, comprometido: todo lo que a su primer novio le faltaba. Y María, fascinada por su empuje, quiso ser su sostén, su impulso, su refugio.
“Él venía de una familia conflictiva: madre depresiva, padre pródigo, una vida marcada por la escasez”, relata María. “Yo tenía un entorno más estable. Y ahí, sin querer, empecé a salvarlo”.

Tras ocho años de noviazgo, llegaron la boda y dos hijos. Después, María atravesó una carrera universitaria arrumbada entre malas praxis en sus dos partos, que derivaron en una necesidad de cuidados incesantes y la carga emocional de una maternidad sin red. Con el tiempo, lo que había empezado como amor se convirtió en una rutina de maltrato, adicción al trabajo y soledades profundas.
“Así pasaron veinticinco años”, continúa María. “Más de la mitad de mi vida. Martín no pudo sostener la soledad y se desentendió emocionalmente de nuestros hijos –entonces de diez y trece años– para empezar una nueva vida con una mujer que conoció en Tinder: alguien proveniente de La Rana, dedicada a la prostitución, con cinco hijos, un nieto y su madre a cargo. Él, que alguna vez había sido brillante, terminó sosteniendo económicamente una estructura ajena, atrapado en una relación donde el interés pesa más que el amor”.

La vida después: entre directivos, idealizaciones y cien citas
Tras el infierno, el duelo y la ruptura, María, a diferencia de su exmarido, se reconstruyó desde cero. Lo hizo con mucho miedo, y con desconfianza también, pero se animó a salir al mundo con la ilusión de hallar esa llave mágica perdida.
Y lo que para ella había comenzado como una aventura curiosa por el universo romántico, se transformó en una odisea que acaba de cumplir sus cien citas: “A pesar del temor, encaré la vida con una claridad nueva”, cuenta. “Llegaron los directivos brillantes, intelectuales, exitosos, divorciados. Hombres con agendas imposibles, responsabilidades múltiples y domicilios en zona norte o sur que transformaban cada encuentro en una odisea logística”.
“Pero algunos de ellos me enseñaron algo: Me devolvieron la mirada sobre mí misma. Me admiraron. Me desearon. Me vieron profesional, mujer, individuo. Me recordaron quién había sido antes de perderme”, continúa. “Y sin embargo, la química inicial –esa efervescencia de los comienzos– es difícil de sostener cuando las vidas no encajan del todo. La idealización sube muy rápido… y después cae. En dos años tuve cien citas y once vínculos. Muchos intentos. Muchos espejos. Muchas despedidas”.
Detenerse: volver a ser el centro
María observa su hoja, su historia de vida y de amores, y tipea: la realidad fue mucho más dramática de lo que puedo describir en unas pocas líneas. Es que para ella es como si fueran varias vidas en una; solo las cien citas de los dos últimos años contienen tanta riqueza, que conforman una crónica aparte.
Hoy tiene tiempo para contemplar su vida porque llegó aquel día en que simplemente le puso pausa a su búsqueda de `la llave mágica´ que le mostrara el verdadero amor: “La vorágine se detuvo cuando entendí algo fundamental: yo no quería completar a nadie, ni que me completaran. Quería complementar. Sumar. Potenciar. Y sobre todo, volver a ser el centro de mi propia vida. Viví en un contexto de situación extrema y podemos estar muy mal, pero el tiempo siempre vuelve a la esencia de cada uno y cada cual está con lo que se merece. Desde la distancia, dos años de separación y veinticinco juntos, veo que alejarme de mi matrimonio fue lo mejor que me pudo pasar…”

“Hoy encaro los vínculos de otra manera: menos idealización, menos urgencia, menos palabras, más hechos, más realidad, más disfrute paulatino, más autonomía, más reciprocidad”, reflexiona. “No espero formalidad inmediata ni promesas grandilocuentes. Espero verdad. Quizás la próxima vez que escriba esté acompañada por quien me lea. O quizás no”.
“Pero si esta crónica llega a alguien que transita la misma turbulencia de citas, intentos, ilusiones y desilusiones, quiero que se quede con una certeza: todo empieza en uno. En mirarse. En recuperarse. En volver a elegirse. Y recién ahí aparece el amor que puede durar”.
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