El mundo y su futuro parecen haberse convertido hoy en un juego de suma cero, en el que no existe el empate y todo lo que gana una parte es a expensas de lo que pierde la otra. En un tiempo exasperado e inclemente, de fanatismos extremos e intolerancia irreductible, la negociación, la compasión, la clemencia o la flexibilidad se consideran sinónimo de derrota. Este modelo mental se extiende a casi todos los campos de lo humano, desde el deporte a la economía, desde las relaciones personales a la política, y atenta contra las nociones de cooperación, aceptación y solidaridad.
El concepto de suma cero forma parte de la Teoría de Juegos, desarrollada a partir de 1944 por el matemático húngaro-norteamericano John von Neumann y el economista alemán Oskar Morgenstern, quienes lo concibieron en principio como una herramienta para entender la toma de decisiones en la economía y luego se aplicó a la estrategia militar y demás actividades. El matemático estadounidense John Forbes Nash Jr., premio Nobel en 1994 y de cuya vida trata la película Una mente brillante, con Russell Crowe, dirigida por Ron Howard, fue una figura esencial en el desarrollo de estas especulaciones estratégicas, entre las que se encuentra también el Dilema del Prisionero, a través del cual se muestra cómo el egoísmo puede impedir que dos personas (o grupos, o países) cooperen, aunque esto perjudique a ambas partes.
En el momento actual de la humanidad, somos testigos a diario del modo en que tanto gobernantes como líderes de diferentes disciplinas y esferas coquetean con la suma cero y con el Dilema del Prisionero con angustiante irresponsabilidad y desprecio por el destino de millones de vidas y por el estado del planeta. Patrick Jake O’Rourke (1947-2022), periodista norteamericano de estilo filoso y agudamente satírico, uno de los precursores de la corriente testimonial y subjetiva que se conoció como “nuevo periodismo” en los años 70, lo advirtió con anticipación: “Los derechos positivos, afirmó, son el derecho a la vivienda, el derecho a la educación, el derecho a la salud, el derecho a un salario digno. A estas cosas yo las llamaría, más bien, derechos políticos, más que derechos positivos. Y son muy difíciles de sostener, porque ahora se trata de cosas que se ven como de suma cero”. Es decir, lo que se invierte en ellas es visto como pérdida por los gobernantes. No se puede destinar ese dinero a armas o a inversiones antiecológicas, por ejemplo, que para ellos parecen ser prioritarias.
De acuerdo con estimaciones de sitios especializados, como War Zone o Galaxia Militar, los misiles que se arrojan en la(s) guerra(s) de Medio Oriente cuestan cifras como 472 mil dólares cada uno (el AIM-9X Sidewinder), un millón de dólares (el AIM-120D Misil aire-aire), o seis millones de dólares (el AGM-88Gaire-superficie), siempre por unidad. Son apenas tres ejemplos de una larga serie de cifras obscenas si se toma nota de que, según el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, en 2025 eran necesarios 16.900 millones de dólares para abordar las insuficiencias alimentarias globales (que afectan a unos 1500 millones de personas) y cerrar la brecha entre necesidades y recursos.

La confrontación de lo que se destina a mantener funcionando la industria de la guerra y lo que se escatima para paliar necesidades básicas de seres humanos muestra una triste evidencia de lo que produce la suma cero aplicada a gestionar políticamente el planeta. Mientras unos mueren bajo bombas, otros mueren de hambre. Estos son los que pierden. Y ganan los conocidos de siempre. “Mi principio rector es que la prosperidad puede ser compartida”, afirma Julia Guillard, primera ministra de Australia entre 2010 y 2013. “Podemos crear riqueza juntos. La economía global no es un juego de suma cero”. O no debiera serlo, pero para eso falta mucho.
