Hay personas que determinan nuestras elecciones a lo largo de la vida. Brigitte Bardot fue una de ellas para mí. Cuando tenía 15 años, una imagen de la ya mítica BB abrazando a una foca arpa recién nacida en Terranova, Canadá, en apoyo a la campaña de Franz Weber, quedó impresa en mi retina para siempre. Era la primera persona de la que yo tenía conocimiento que se preocupaba por los animales.
Por mi parte, soñaba con salvar a todos los animales del mundo. Y ella, ícono de gracia, sensualidad y belleza, dedicaba su vida a ellos. Las pequeñas focas eran golpeadas con hachas y palos en la cabeza, hasta morir, con el objetivo de obtener su inmaculada piel blanca, que solo duraba diez días a partir de su nacimiento: luego se tornaba amarillenta y dejaba de ser tan valiosa. ¿Algo más cruel?
Ese abrazo representaba la salvaje belleza de ambas, la inocencia, la pureza y la injusticia. Y recorrió el mundo. Muchos años más tarde me crucé en mi camino cientos de personas a las que esa imagen les había abierto los ojos ante los actos más crueles perpetrados hacia los animales, transformado su visión para siempre.

Brigitte Bardot tenía algo más de 40 años y hacía unos pocos que había dejado su carrera de actriz y cantante en el ápice de su fama con solo 38, cuando dijo: “Les debo mi belleza y mi juventud a los hombres. Voy a darles mi sabiduría y experiencia a los animales”. Así fue.
En junio de 1973, durante un rodaje en Niza, la actriz escuchó que una cabrita que estaba en el set sería asada o bien se concluiría la filmación. La compró, y esa misma noche fue llevada al hotel adonde se alojaba (probablemente el mítico Negresco). ¿Quién hubiera tenido el coraje de negar la entrada de una pequeña cabra a la habitación de la mujer más icónica del mundo por esos años? La foto de ella con la cabra sobre la cama también recorrió el mundo y el episodio marcó el fin de su carrera de artista.

A partir de ese momento, dedicó su vida a la defensa animal y fundó una organización. En una conocida entrevista con el periodista francés Lucien Bodard, una Brigitte muy joven decía: “Es cierto, creé un mundo a mi manera que trato de conservar, como esa imagen que tenía del mundo cuando era niña, de un mundo que tiene que ser hermoso, y que yo trato de preservar. Y no es fácil, pero trato de que sea lo más lindo y honesto posible. Es mi objetivo de vida”, declaraba BB.
A partir de ese momento, vivió a orillas del Mediterráneo, en La Madrague, su casa en St. Tropez, rodeada por sus animales. Tuvo cuatro maridos y un hijo. Creó tres santuarios para animales en Francia y, desde la sede de su fundación en la elegante Rue Vineuse, se combatían crueles tradiciones y espectáculos. Ayudaba a pequeñas organizaciones a salvar animales en Francia y en más de setenta países.

Cuando cayó el muro de Berlín, en Europa del Este el bienestar animal era inexistente. Su fundación hizo múltiples campañas dedicadas a los animales de esos países. Brigitte no dudaba en escribir a reyes, presidentes y ministros abogando por cambios de leyes y sanciones, y me animaría a asegurar que no debe haber quedado un mandatario sin leerlas atentamente. Ella utilizaba su belleza y su fama para lograr su objetivo.
Hacia su fundación me acerqué cuando deseaba desesperadamente hacer algo por los animales en nuestro país. En plena zona elegante de París, gatos, papagallos, perros, dando vueltas, pues siempre se atendían urgencias, me dijeron.
Amigos –muchos de ellos, actores– desde los cuadros colgaban de las paredes, rodeados de animales y con ella. Alain Delon y sus perros, y tantos más. Consejos, ideas, ayuda para la sociedad protectora de animales del pueblo más cercano adonde yo vivía, adonde los perros se mataban entre ellos, hacinados. El refugio estaba lindero a un basural, como la mayoría de los refugios de los pueblos del interior. Hoy ha cambiado mucho, aunque todavía persisten algunos. Con el tiempo, una confianza mutua, supervisando y ayudando.

Muchísimos años mas tarde, cuando combatíamos las carreras de galgos en nuestro país, un proyecto de ley fue presentado en el Congreso de la Nación. Nuevamente recurrí a BB, solicitando una entrevista con ella y su mensaje para mi país. No solo lo concedió, respondiendo a mis preguntas sobre la problemática de los galgos, sino que adjuntó una carta abierta a la Cámara de Diputados, acompañada por una foto de ella: esta vez, con pelo gris y mil arrugas, y en lugar de la pequeña foca arpa abrazaba un galgo. La imagen produjo en mí, y en los que la vieron, creo, un efecto como el de aquella primera, inolvidable.

La noche en que se aprobó la ley, afuera del Congreso, mientras se llevaba a cabo una vigilia de galgueros, proteccionistas y galgos, esa imagen de ella en la portada de la revista OHMYDOG! fue distribuida entre la muchedumbre. La ley se promulgó. Hoy las carreras de galgos están prohibidas en la Argentina. Y a pesar de que todavía existe el maltrato hacia esa mansa raza, Buenos Aires se ha convertido en una ciudad “galguera” en el buen sentido de la palabra.
Gracias Madame BB, por inspirar, por destinar belleza, gracia y talento a mejorar la vida, y nunca claudicar.
