Calle por calle

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CARACAS.- Calle por calle los venezolanos se buscan la vida. No queda otra. La inflación se devora los ingresos y puede empeorar. Hay que salir a buscar los mejores precios, hay que recortar las compras, solo las estrictamente necesarias, y hay que gastar rápido los bolívares cuando caen, porque se vuelven agua en un dos por tres. De reojo, los ciudadanos, la inmensa mayoría, observa las noticias, los despliegues militares, las arengas, los anuncios de que todo parece estar a punto para algo, pero se desconoce cuándo, cómo y dónde.

Después de más de un cuarto de siglo, los venezolanos han aprendido a capear el temporal. Ha habido tantos, se ha estado tan cerca, y tan lejos, que siempre es un comienzo, pero con la incertidumbre metida entre pecho y espalda.

La gente sabe cuándo viene el agua, que escasea aún en las viviendas más acomodadas. También dónde están los mercados, de calle, que venden productos frescos y a mejor precio. Todos, casi, sufren la intermitencia del sistema eléctrico y de la débil conexión a internet. Los que pueden aún se protegen con seguros privados que se pagan en dólares, porque la opción de recurrir a la sanidad pública es penosa y peor el remedio que la enfermedad.

Nadie, léase muy pocos, le cree a Maduro y su combo ni una sola palabra. Los venezolanos también quieren que lo que vaya a pasar, pase y no les termine de estropear aún más su vida. Que se vaya el hombre, que sea pacífico y poco más, porque han aprobado varios cursos avanzados para enfrentar las dificultades. Muchos de los que emigraron, por ejemplo, según infinidad de crónicas, son apreciados por su capacidad para poner ánimo donde hay gravedad, por su disposición a encontrar soluciones a los entuertos que hunden a otros y por un no-sé-qué contagioso.

Calle por calle”, alardea Maduro, más para vigilar a los propios venezolanos y esparcir el temor que por certeza de una estrategia invencible para ocupar espacios de resistencia ante el peligroso invasor. Las convocatorias del régimen son, desde hace rato, pura pantalla, porque hasta una buena parte de quienes le profesaban simpatía tiene que pensar, antes que en el fusil, en la hallaca y en el regalo del Niño Jesús. Amor con hambre no dura, aunque, ciertamente, tampoco se lleva bien la digestión con tanta angustia.

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