
Cada mañana, antes de ponerse el uniforme, Doralisa Torres hace una pausa. Cierra los ojos y medita. “Le pido a Dios fortaleza, paciencia y ternura. Los niños son frágiles y dependen del mejor cuidado que podamos darles”, dice.
Enfermera oncóloga con años de experiencia en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, hoy coordina el área de oncología y oncopediatría en la Clínica Anglo Americana. Su jornada no se mide solo en procedimientos, sino también en gestos.
Cuando entra a la habitación, no empieza hablando de medicamentos. Empieza sonriendo. Sabe que muchos niños asocian la bata blanca con dolor, por eso busca transmitir tranquilidad desde el primer saludo. Con el tiempo entendió que su trabajo no se limita a canalizar una vía o vigilar una transfusión: en oncología pediátrica el cuidado es integral y también impacta en la familia.

La mayoría de los pacientes lleva catéteres venosos que exigen estricta asepsia. Durante la quimioterapia pueden atravesar fases de neutropenia o plaquetopenia, con riesgo de infecciones o sangrados. Son etapas críticas que obligan a redoblar la vigilancia y a trabajar de la mano con los padres.
“Les enseñamos a tomar la temperatura, a reconocer signos de alarma y a saber cuándo acudir a emergencia. Ellos están con el niño las 24 horas. Sin la familia, el tratamiento no funciona”.
Cuando el proceso se prolonga durante meses o años, el vínculo se vuelve cotidiano. Aunque la formación recomienda mantener distancia profesional, en la práctica se construye confianza, clave para la adherencia. El equipo multidisciplinario trabaja coordinado, pero son las enfermeras quienes permanecen más tiempo al lado del paciente.
“No todas tienen esa sensibilidad. Cuidar a un niño con cáncer es un privilegio. Es una vocación”.

El campanazo y la esperanza
En oncología, uno de los momentos más esperados es el “campanazo”: cuando el niño culmina su tratamiento y toca la campana que simboliza el fin de una etapa. Doralisa ha vivido decenas.
“Es una emoción enorme. Hemos pasado incertidumbre, complicaciones, lágrimas. Y al final verlos salir saltando, felices… eso no tiene precio”.
Recuerda con nitidez a un niño con leucemia linfática aguda que, durante la inducción del tratamiento, desarrolló una neutropenia y plaquetopenia severas. Sufrió una hemorragia cerebral y cayó en coma. El diagnóstico fue devastador: muerte cerebral.
La madre, sin embargo, no dejó de acudir cada día al hospital. A las doce del mediodía, pese a las restricciones de visita, el equipo permitió su ingreso. Se acercaba a la cama y oraba. Le hablaba. Le repetía que iba a ponerse bien.
“Así pasó casi un mes”, relata Doralisa. Hasta que una noche el niño despertó. Se incorporó en la cama y pidió ir al baño. Contra todo pronóstico.

Quince años después, en un pasillo, un joven la llamó por su nombre. Era él. Ya era ingeniero, había viajado a Europa y regresaba al país para impulsar un proyecto social.
En la práctica diaria, acompañar puede significar sostener una mano antes de una punción, explicar con paciencia un resultado de laboratorio o simplemente escuchar el miedo de una madre.
En un área donde la palabra cáncer pesa, ella ha aprendido que la cura no se construye solo con fármacos. También se construye con confianza, educación, trabajo en equipo y una presencia constante que le diga al niño, incluso en los días más duros, que no está solo. Dice que la mayor satisfacción, el regalo más hermoso que recibe, es un abrazo tierno y escuchar en voz baja un “te quiero mucho, gracias por todo, ya no tengo miedo”.
