Lo que para muchos era simplemente un galpón abandonado, oscuro y sin potencial, para Yésica Sequeira y David Vallacco fue el lienzo en blanco de un sueño que desafió toda lógica arquitectónica y económica. En el tranquilo pueblo de Ferré, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires —un lugar de menos de tres mil habitantes donde el ritmo lo marca el campo—, esta pareja decidió hacer algo que parecía impensado: convertir esa estructura industrial en la casa de sus sueños.
El proyecto comenzó casi como “un delirio”, pero con el paso del tiempo -y gracias a las redes sociales- se transformó en un fenómeno viral. Hoy, las imágenes del “antes y después” de la obra, conocida como Casa Galpón, recorren Instagram, TikTok y Facebook, donde acumulan 600 mil seguidores. Ellos demostraron que con ingenio, esfuerzo en conjunto y una pizca de locura, hasta lo imposible puede habitarse.

La historia de la Casa Galpón comenzó con una herencia y una necesidad personal. El galpón era parte del patrimonio familiar de Yésica. Lo había construido su padre en 2007, quien era el único constructor de estas estructuras metalúrgicas en la zona. Tras su fallecimiento en 2013, el lugar quedó vacío, acumulando polvo y recuerdos.
Intentaron venderlo durante años, pero el crecimiento de Ferré le jugó en contra: “Lo que antes era una zona apta para la industria, ahora está rodeado de casas residenciales. Eso dificultó mucho la venta. Ya no servía para lo que estaba pensado”, explicó Yésica en diálogo con Infobae.
La pareja, que lleva trece años de relación y formaron una familia ensamblada, comenzó a convivir definitivamente en 2020, en plena pandemia. Ante la imposibilidad de comprar un terreno o una casa terminada, la mirada se posó sobre el gigante de chapa. “Siempre soñamos con tener nuestra casa. Dibujamos mil planos. Y un día dijimos: ‘¿Si la hacemos acá?’”, recordó Yésica, quien en ese entonces vivía en la casa de su madre, que queda justo al lado del galpón.
David, ingeniero agrónomo de profesión pero con la construcción en la sangre por su padre, fue el primero en darle forma técnica a la idea. “Surgió como un delirio”, admitió entre risas. “Mi viejo fue el mejor constructor que conocí. De chico lo ayudaba y tenía toda la teoría en la cabeza. Acá la llevé a la práctica”, enfatizó.
El desafío arquitectónico: luz donde no la había
Transformar el galpón en una casa habitable presentaba un obstáculo principal: le faltaban ventanas y luz natural ya que la estructura original estaba diseñada para proteger maquinaria, no para albergar la vida cotidiana.
“Ella decía: ‘No vamos a tener luz’. Entonces se me ocurrió sacar una parte del techo de chapa y hacer un patio interno”, contó David. Esa decisión fue el corazón del proyecto. “Quitamos seis metros del fondo de la estructura para generar un pulmón de aire y luz”, agregó al referirse a uno de los rincones más instagrameables de la casa.
El diseño final, realizado íntegramente por ellos sin intervención de profesionales, resultó en una vivienda de una sola planta con tres habitaciones amplias, dos baños completos, cocina integrada y una despensa, living-comedor de concepto abierto, escritorio y galería en el frente de la casa.
Construir “a pulmón” y con materiales de demolición
Uno de los pilares que más atrajo a sus seguidores en redes sociales fue la honestidad del proceso económico. No hubo créditos bancarios ni grandes ahorros. La obra, que comenzó formalmente en 2021, se financió paso a paso, mes a mes, con lo que iban juntando.
“Con lo que teníamos ahorrado empezamos a comprar aberturas usadas, en casas de demolición. No teníamos plata para nuevas”, relató Yésica, quien se la pasó horas restaurando ventanas oxidadas y puertas viejas para devolverles la vida. La estrategia era clara: “Comprábamos algo, volvíamos a juntar plata dos o tres meses y comprábamos otra cosa”, agregó David.
Detrás de la estética industrial-chic que hoy se ve en Instagram, hubo una realidad cruda. Para financiar la Casa Galpón, la pareja tuvo que desprenderse de casi todo lo material que poseían.
“No es todo lo que se ve. Lo lindo es el resultado. El proceso es otra cosa”, advirtió David con total sinceridad. En 2023, la situación se volvió crítica cuando él se quedó sin trabajo. En ese momento, decidieron redoblar la apuesta y dedicar todo su tiempo a la obra. “Desaparecieron los ahorros, el auto… todo. Nos privamos de un montón de cosas”, recordó.
Yésica fue contundente al respecto: “Todo es muy lindo, pero para llegar a esto hay que sacrificar mucho. ¿Cuántas bolsas de cemento son?, nos preguntábamos cada vez que queríamos comprar algo personal”.
El momento de mayor avance físico ocurrió cuando David se tomó vacaciones de su empleo y, junto a su padre, levantaron todas las paredes internas en apenas 20 días. Fue un trabajo extenuante que puso a prueba su resistencia física y mental.
Incluso, la convivencia se vio afectada por la presión de la obra. Ambos admitieron que las tensiones eran constantes: “No somos una pareja perfecta. Somos recontra explosivos. Las discusiones sobre materiales o diseño eran parte del día a día”, confesó David, desmitificando la idea de que un proyecto así es un camino de rosas.
Habitar la obra: del colchón en el piso a la viralidad
La urgencia por dejar de vivir en la casa de la madre de Yésica los llevó a mudarse antes de que la casa tuviera siquiera muebles. El hito fue la conexión del agua. “Cuando pusimos el agua, empecé a ducharme acá. Y un día dije: ‘Me traigo el colchón y me quedo’”, recordó David.
Durante meses, vivieron entre el polvo de ladrillo y las herramientas, durmiendo en el suelo pero con la satisfacción de estar dentro de su propia creación. Fue en este proceso donde Yésica decidió empezar a grabar y compartir los avances en sus redes.
“La cuenta nació para registrar el proceso y dejar un recuerdo a mis hijas. Quería que vieran que cuando uno tiene un sueño, hay que trabajar mucho”, explicó ella. Sin embargo, el contenido conectó con una fibra sensible de la sociedad argentina. Cuando Yésica se animó a hablar frente a cámara y mostrar el galpón crudo, el algoritmo hizo lo suyo.
“Explotó todo, no lo podía creer. Pasamos de 300 seguidores a miles. La gente comentaba, preguntaba y, en muchos casos, también criticaba. Nos decían que estábamos locos, que no iba a funcionar. Eso generó curiosidad”, dijo David. Y ese sentimiento, rápidamente, mutó en admiración.
Con el crecimiento de la cuenta, Yésica y David se dieron cuenta de que su casa ya no era solo de ellos. Se había convertido en un motor para otros. “Hay personas que retomaron obras abandonadas gracias a nosotros”, señaló Yésica con orgullo. También recibieron mensajes de adultos mayores que se ven reflejados en su esfuerzo: “Gente grande nos dice que les recordamos a cuando ellos hicieron su casa de jóvenes, ladrillo a ladrillo”.
El uso de materiales reciclados, como pallets para muebles o estructuras recuperadas, también caló hondo en un público que busca soluciones económicas y sustentables. “Muchos no se imaginan lo que se puede hacer hasta que lo ven terminado”, afirmó David.
Juntos, levantaron paredes, hicieron revoques, colocaron cerámicas, pintaron paredes, construyeron muebles, armaron un estanque, soldaron rejas. Las tareas a las que se animaron para abaratar costos son inimaginales.
La inauguración y el futuro: una casa que nunca termina
Aunque ya habitan la casa plenamente, la inauguración oficial se hizo esperar hasta enero de 2025. Fue una celebración que trascendió las redes sociales: la pareja realizó un sorteo para que quince seguidores que no conocían pudieran asistir al festejo en Ferré. “Siempre dijimos que el día que tuviéramos la casa había que inaugurarla”, destacó Yésica.
Hoy, sus lugares favoritos han ido rotando. Para David, la cocina y la despensa son el corazón del hogar, mientras que para Yésica, la galería construida post-mudanza es el refugio ideal. Sin embargo, el proyecto sigue vivo. Aún falta cerrar el frente, construir el garage y el taller, objetivos que cumplirán a medida que la economía lo permita.
La historia de la Casa Galpón es un testimonio de resiliencia. Yésica, que durante años vivió de su emprendimiento artístico dando clases de pintura, y David, el ingeniero agrónomo que aprendió el oficio de albañil, soldador, electricista y carpinterio, lograron algo que trasciende lo inmobiliario.
Consiguieron sostener el proyecto gracias a la visibilidad que les dieron las redes, permitiéndoles trabajar con marcas y generar ingresos que reinvierten en la misma casa. A pesar del éxito, mantienen los pies en la tierra de su pueblo: “Nunca imaginamos esto. Todo lo que mostramos es real. Todo está hecho a pulmón”, aseguraron con convicción.
En un mundo de filtros y resultados instantáneos, la Casa Galpón de Ferré destaca por mostrar la verdad del proceso: el cansancio, la falta de dinero, las discusiones y, finalmente, la recompensa de ver un árbol creciendo en el patio interno donde antes solo había una fosa de taller mecánico. Como ellos mismos dicen, “cuando uno tiene un sueño, hay que trabajar mucho para lograrlo”, y hoy, sus seguidores son testigos de que ese trabajo valió la pena.
Lo que para muchos era simplemente un galpón abandonado, oscuro y sin potencial, para Yésica Sequeira y David Vallacco fue el lienzo en blanco de un sueño que desafió toda lógica arquitectónica y económica. En el tranquilo pueblo de Ferré, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires —un lugar de menos de tres mil habitantes donde el ritmo lo marca el campo—, esta pareja decidió hacer algo que parecía impensado: convertir esa estructura industrial en la casa de sus sueños.
El proyecto comenzó casi como “un delirio”, pero con el paso del tiempo -y gracias a las redes sociales- se transformó en un fenómeno viral. Hoy, las imágenes del “antes y después” de la obra, conocida como Casa Galpón, recorren Instagram, TikTok y Facebook, donde acumulan 600 mil seguidores. Ellos demostraron que con ingenio, esfuerzo en conjunto y una pizca de locura, hasta lo imposible puede habitarse.

La historia de la Casa Galpón comenzó con una herencia y una necesidad personal. El galpón era parte del patrimonio familiar de Yésica. Lo había construido su padre en 2007, quien era el único constructor de estas estructuras metalúrgicas en la zona. Tras su fallecimiento en 2013, el lugar quedó vacío, acumulando polvo y recuerdos.
Intentaron venderlo durante años, pero el crecimiento de Ferré le jugó en contra: “Lo que antes era una zona apta para la industria, ahora está rodeado de casas residenciales. Eso dificultó mucho la venta. Ya no servía para lo que estaba pensado”, explicó Yésica en diálogo con Infobae.
La pareja, que lleva trece años de relación y formaron una familia ensamblada, comenzó a convivir definitivamente en 2020, en plena pandemia. Ante la imposibilidad de comprar un terreno o una casa terminada, la mirada se posó sobre el gigante de chapa. “Siempre soñamos con tener nuestra casa. Dibujamos mil planos. Y un día dijimos: ‘¿Si la hacemos acá?’”, recordó Yésica, quien en ese entonces vivía en la casa de su madre, que queda justo al lado del galpón.
David, ingeniero agrónomo de profesión pero con la construcción en la sangre por su padre, fue el primero en darle forma técnica a la idea. “Surgió como un delirio”, admitió entre risas. “Mi viejo fue el mejor constructor que conocí. De chico lo ayudaba y tenía toda la teoría en la cabeza. Acá la llevé a la práctica”, enfatizó.
El desafío arquitectónico: luz donde no la había
Transformar el galpón en una casa habitable presentaba un obstáculo principal: le faltaban ventanas y luz natural ya que la estructura original estaba diseñada para proteger maquinaria, no para albergar la vida cotidiana.
“Ella decía: ‘No vamos a tener luz’. Entonces se me ocurrió sacar una parte del techo de chapa y hacer un patio interno”, contó David. Esa decisión fue el corazón del proyecto. “Quitamos seis metros del fondo de la estructura para generar un pulmón de aire y luz”, agregó al referirse a uno de los rincones más instagrameables de la casa.
El diseño final, realizado íntegramente por ellos sin intervención de profesionales, resultó en una vivienda de una sola planta con tres habitaciones amplias, dos baños completos, cocina integrada y una despensa, living-comedor de concepto abierto, escritorio y galería en el frente de la casa.
Construir “a pulmón” y con materiales de demolición
Uno de los pilares que más atrajo a sus seguidores en redes sociales fue la honestidad del proceso económico. No hubo créditos bancarios ni grandes ahorros. La obra, que comenzó formalmente en 2021, se financió paso a paso, mes a mes, con lo que iban juntando.
“Con lo que teníamos ahorrado empezamos a comprar aberturas usadas, en casas de demolición. No teníamos plata para nuevas”, relató Yésica, quien se la pasó horas restaurando ventanas oxidadas y puertas viejas para devolverles la vida. La estrategia era clara: “Comprábamos algo, volvíamos a juntar plata dos o tres meses y comprábamos otra cosa”, agregó David.
Detrás de la estética industrial-chic que hoy se ve en Instagram, hubo una realidad cruda. Para financiar la Casa Galpón, la pareja tuvo que desprenderse de casi todo lo material que poseían.
“No es todo lo que se ve. Lo lindo es el resultado. El proceso es otra cosa”, advirtió David con total sinceridad. En 2023, la situación se volvió crítica cuando él se quedó sin trabajo. En ese momento, decidieron redoblar la apuesta y dedicar todo su tiempo a la obra. “Desaparecieron los ahorros, el auto… todo. Nos privamos de un montón de cosas”, recordó.
Yésica fue contundente al respecto: “Todo es muy lindo, pero para llegar a esto hay que sacrificar mucho. ¿Cuántas bolsas de cemento son?, nos preguntábamos cada vez que queríamos comprar algo personal”.
El momento de mayor avance físico ocurrió cuando David se tomó vacaciones de su empleo y, junto a su padre, levantaron todas las paredes internas en apenas 20 días. Fue un trabajo extenuante que puso a prueba su resistencia física y mental.
Incluso, la convivencia se vio afectada por la presión de la obra. Ambos admitieron que las tensiones eran constantes: “No somos una pareja perfecta. Somos recontra explosivos. Las discusiones sobre materiales o diseño eran parte del día a día”, confesó David, desmitificando la idea de que un proyecto así es un camino de rosas.
Habitar la obra: del colchón en el piso a la viralidad
La urgencia por dejar de vivir en la casa de la madre de Yésica los llevó a mudarse antes de que la casa tuviera siquiera muebles. El hito fue la conexión del agua. “Cuando pusimos el agua, empecé a ducharme acá. Y un día dije: ‘Me traigo el colchón y me quedo’”, recordó David.
Durante meses, vivieron entre el polvo de ladrillo y las herramientas, durmiendo en el suelo pero con la satisfacción de estar dentro de su propia creación. Fue en este proceso donde Yésica decidió empezar a grabar y compartir los avances en sus redes.
“La cuenta nació para registrar el proceso y dejar un recuerdo a mis hijas. Quería que vieran que cuando uno tiene un sueño, hay que trabajar mucho”, explicó ella. Sin embargo, el contenido conectó con una fibra sensible de la sociedad argentina. Cuando Yésica se animó a hablar frente a cámara y mostrar el galpón crudo, el algoritmo hizo lo suyo.
“Explotó todo, no lo podía creer. Pasamos de 300 seguidores a miles. La gente comentaba, preguntaba y, en muchos casos, también criticaba. Nos decían que estábamos locos, que no iba a funcionar. Eso generó curiosidad”, dijo David. Y ese sentimiento, rápidamente, mutó en admiración.
Con el crecimiento de la cuenta, Yésica y David se dieron cuenta de que su casa ya no era solo de ellos. Se había convertido en un motor para otros. “Hay personas que retomaron obras abandonadas gracias a nosotros”, señaló Yésica con orgullo. También recibieron mensajes de adultos mayores que se ven reflejados en su esfuerzo: “Gente grande nos dice que les recordamos a cuando ellos hicieron su casa de jóvenes, ladrillo a ladrillo”.
El uso de materiales reciclados, como pallets para muebles o estructuras recuperadas, también caló hondo en un público que busca soluciones económicas y sustentables. “Muchos no se imaginan lo que se puede hacer hasta que lo ven terminado”, afirmó David.
Juntos, levantaron paredes, hicieron revoques, colocaron cerámicas, pintaron paredes, construyeron muebles, armaron un estanque, soldaron rejas. Las tareas a las que se animaron para abaratar costos son inimaginales.
La inauguración y el futuro: una casa que nunca termina
Aunque ya habitan la casa plenamente, la inauguración oficial se hizo esperar hasta enero de 2025. Fue una celebración que trascendió las redes sociales: la pareja realizó un sorteo para que quince seguidores que no conocían pudieran asistir al festejo en Ferré. “Siempre dijimos que el día que tuviéramos la casa había que inaugurarla”, destacó Yésica.
Hoy, sus lugares favoritos han ido rotando. Para David, la cocina y la despensa son el corazón del hogar, mientras que para Yésica, la galería construida post-mudanza es el refugio ideal. Sin embargo, el proyecto sigue vivo. Aún falta cerrar el frente, construir el garage y el taller, objetivos que cumplirán a medida que la economía lo permita.
La historia de la Casa Galpón es un testimonio de resiliencia. Yésica, que durante años vivió de su emprendimiento artístico dando clases de pintura, y David, el ingeniero agrónomo que aprendió el oficio de albañil, soldador, electricista y carpinterio, lograron algo que trasciende lo inmobiliario.
Consiguieron sostener el proyecto gracias a la visibilidad que les dieron las redes, permitiéndoles trabajar con marcas y generar ingresos que reinvierten en la misma casa. A pesar del éxito, mantienen los pies en la tierra de su pueblo: “Nunca imaginamos esto. Todo lo que mostramos es real. Todo está hecho a pulmón”, aseguraron con convicción.
En un mundo de filtros y resultados instantáneos, la Casa Galpón de Ferré destaca por mostrar la verdad del proceso: el cansancio, la falta de dinero, las discusiones y, finalmente, la recompensa de ver un árbol creciendo en el patio interno donde antes solo había una fosa de taller mecánico. Como ellos mismos dicen, “cuando uno tiene un sueño, hay que trabajar mucho para lograrlo”, y hoy, sus seguidores son testigos de que ese trabajo valió la pena.
