Córdoba, 20 ene (EFE).- Julio Rodríguez es uno de tantos jóvenes de Adamuz (Córdoba) que desde el primer momento auxiliaron con todas sus fuerzas a las víctimas del trágico accidente ferroviario del pasado domingo, en el que han fallecido al menos 42 personas, y que ha recibido personalmente este martes el afecto y reconocimiento de los reyes.
«Me han dado la enhorabuena, porque por mi corta edad lo que pudimos hacer es un acto bastante bonito y que debería hacerlo toda la gente», ha relatado a EFE este joven de 16 años recién cumplidos que no se pensó ni un momento el ponerse a disposición de las autoridades en lo que define como una «masacre».
Los reyes le han trasladado que mucha gente de su edad «no estaría capacitada para una situación» de tal dimensión, pero es que tras ir contemplando en el lugar del siniestro «imágenes bastante duras», su cuerpo se «transformó en otro», fue «una cosa inexplicable», pero se obligó a «darlo todo por la gente», según ha contado.
Julio rememora que regresaba de pescar con un amigo y al entrar al pueblo se encontraron «con dos coches de policía y una ambulancia a todo gas» y tras la aprobación de su madre, que también iba con ellos, fueron detrás de las emergencias hasta llegar a la zona del siniestro, donde se encontraron lo que no esperaban «para nada».
«Aquí vimos todo lo que esto suponía, y nuestro cuerpo se transformó en otra cosa, en poder ayudar al máximo, en poder hacer todo lo que estaba en nuestra mano, y, bueno, intentamos hacer todo lo que pudimos», asegura Julio.
El tren Iryo «estaba más o menos controlado» y «había policías y bomberos dentro sacando a la gente» pero luego se descubrió «que había otro unos 800 metros más para allá, que estaba en un estado más crítico». «Mi amigo y yo nos hicimos ese camino corriendo, fuimos de los primeros en llegar y nos encontramos con la masacre».
Lejos de bloquearse, los jóvenes comenzaron a «ayudar a mucha gente que estaba desesperada porque no podía salir». «Les dijimos que ya habíamos llegado, que se tranquilizaran», asegura, hasta que los servicios de emergencias iniciaron su rescate.
Pero en el camino se sucedían «imágenes muy duras» de personas fallecidas y si miraban para un lado u otro, se encontraban «cuerpos de personas que desgraciadamente ya no tenían vida». Aún así, su determinación era ayudar a las personas que aún vivían.
Dos días después, Julio asegura que no se encuentra mal psicológicamente ni necesita la ayuda que le han ofrecido en su instituto los servicios sanitarios, si bien reconoce que igual «en unos días sí que llega ese trauma».
Y es que Julio es una de las tantas muestras de solidaridad mostrada por el pueblo de Adamuz, un «orgullo» para sus habitantes, según señala a EFE su párroco Rafael Prados, quien explica que le llamaron para poner a disposición la iglesia para acoger a los pasajeros, pero debido a la distancia se decidió por acomodar la nave del coro de la Virgen del Sol y allí se llevaron mantas, comidas y colchones.
Hasta allí llegaron los pasajeros que «no necesitaban atención médica urgente» y a los que se les atendió con todo lo que aportaron los vecinos.
«Llegaba gente en silencio, otros más tranquilos, más serenos, pero que no se creían lo que estaban viviendo. Muchas situaciones diferentes, desde personas mayores a niños», a los que todo Adamuz mostró su solidaridad hasta que ya en la madrugada se les trasladó hasta sus destinos. EFE
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