La muestra “Continente Oscuro” explora la dimensión política y feminista del surrealismo

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La muestra “Continente Oscuro” explora la dimensión política y feminista del surrealismo

Con el tiempo, el surrealismo, aquel movimiento que en sus orígenes evocaba mundos simbólicos, oníricos y el inconsciente, tomó otro cariz en manos de artistas mujeres, quienes conectaron la imaginación con una vocación de crítica social y política.

En ese territorio ingresa Continente Oscuro, curada por Leandro Martínez Depietri en el MACBA, desde donde se enfrenta la visión tradicional del movimiento como un club masculino centrado en mundos fantásticos, para reivindicar un cariz revolucionaro, pero desde una introspección sobre temas como el cuerpo, el lugar de la mujer, el hogar como hecho político, a través de casi 90 obras —pintura, escultura, fotografía, collage, dibujo, grabado, video, cerámica y objetos intervenidos— que ocupan los cuatro pisos principales del museo.

En ese sentido, el nombre de la muestra es un guiño consciente, ya que retoma la expresión freudiana sobre la sexualidad femenina, para revertir su connotación estigmatizante y convertirla en un sitio de resistencia crítica y creatividad, explica el curador en un recorrido con Infobae Cultura.

En lo curatorial, la exhibición evita el esquema cronológico y opta por una disposición ensayística de las obras que se reúnen bajo núcleos temáticos que privilegian relaciones transversales –una apuesta consciente por romper las cronologías tradicionales y priorizar la vitalidad de los conceptos.

La exhibición del MACBA ingresa en el movimiento como herramienta transformadora

A través del enfrentamiento de obras de diferentes generaciones se disuelven las fronteras convencionales entre modernidad y contemporaneidad, para crear un espacio de múltiples temporalidades. En esa disposición, en el conjunto, se observa la onírico en el espíritu de lo grupal.

Otro de los ejes del montaje es desmontar el reduccionismo que limita el surrealismo a la simple producción de mundos fantásticos. Desde su nacimiento, el movimiento buscó transformar la realidad a través del poder de la imaginación y el automatismo, pero no se limitó entonces sólo lo fantástico: buscó modificar las condiciones materiales de existencia.

Este prisma cobra un matiz especial al centrarse en el trabajo de artistas mujeres, muchas de las cuales explotaron el surrealismo como herramienta de liberación identitaria y sexual. Desde los años ochenta, investigaciones académicas, como las de la historiadora del arte estadounidense Whitney Chadwick, comenzaron a iluminar los aportes de figuras como Leonora Carrington, Leonor Fini, Claude Cahun, Dora Maar o Meret Oppenheim, quienes hicieron del surrealismo un campo fértil para experimentar con la transición de género y desafiar los límites de la sexualidad.

Al analizar la selección de obras, Martínez Depietri destacó la presencia de artistas que, desde los años ochenta, han impulsado revisiones críticas del canon surrealista internacional. Citando a Chadwick, el curador comenta: “Las mujeres mostraban en las exposiciones internacionales y usaban el surrealismo para reinventarse en la vida”.

Otro de los ejes del montaje es desmontar el reduccionismo que limita el surrealismo a la simple producción de mundos fantásticos

El núcleo inicial, Formas sumergidas, se centra en los estados límite de la conciencia y en la relación entre la playa, el océano y el inconsciente. El recorrido inicia con un óleo de Dignora Pastorello, en que representa a la Gradiva errante, figura concebida en la novela de Wilhelm Jensen en 1903 y reinterpretada tres años después por Sigmund Freud, que retrata a una joven en pleno desplazamiento para ejemplificar la manifestación de deseos reprimidos y la influencia de la psique en la apreciación artística.

Así, reconfigurada por artistas mujeres como protagonista y no como musa, marca el tono para una serie de obras que exploran la fragmentación del cuerpo, el erotismo y la búsqueda de formas interiores.

Entre las piezas se encuentran grabados de Elsa Bairon realizados en 1991, dibujos juveniles de Martha Zuik—quien expuso internacionalmente junto a figuras como Picasso y Matisse— junto a obras de Grete Stern, Rosa Revsin, Clara Esborraz, Valentina Quintero, Nora Correas, Rebeca Guitelzon, Cristina Schiavi, Fernanda Laguna y la influencia poética de Alfonsina Storni en el grabado de Ana María Moncalvo titulado “Yo en el fondo del mar”.

En Mitos latentes (Primer piso), surge el diálogo entre surrealismo y antropología. Martínez Depietri remite al viaje de tres surrealistas —Wolfgang Paalen, Alice Rahon y Eva Sulzer— por Canadá y Alaska en 1939, fascinados por el arte de las culturas totémicas: “Paalen propone una discusión con la lectura de Freud del tótem como símbolo fálico, y dice: Estas culturas son matrilineales. El tótem es un signo femenino y de comunicación con otros órdenes de la naturaleza.”

En el piso de

Este enfoque, recalcó, tuvo repercusiones directas en la producción artística latinoamericana, como en los tótems astrales de Raquel Forner durante la carrera espacial o en el trabajo escultórico de Magda Frank, convencida de que el arte precolombino era surrealista “por su capacidad de asumir el caos” y, más acá en el tiempo, en El beso de las babosas de Trinidad Metz Brea.

Sobre una vitrina, se encuentran unos grabados hermosos de Moncalvo para sus leyendas guaraníes de 1947, recientemente expuesto en Madrid, “donde se ven las formas totémicas y la comunión con otros órdenes de la naturaleza”, como dos pinturas de Florencia Bohtlingk, Ad Minolitti, Lea Lublin y Yente, por nombrar algunas. Entre las rarezas, la muestra incluye también la única pintura conocida de Alejandra Pizarnik, discípula de Juan Batlle Planas en los cincuenta.

Martínez Depietri trazó conexiones entre la reconfiguración del imaginario totémico, lo doméstico y lo ominoso en clave feminista en el piso dedicado a la Extrañeza familiar, en el primer subsuelo, donde se examina cómo las artistas subvierten expectativas de género y “convierten la maternidad, la casa y la vida cotidiana en territorios inquietantes y críticos”.

Los collages de Mariana Tellería resignifican imágenes de moda transformando vestidos en pieles de seres que habitan otros espacios, mientras que grabados como los de Aída Carballo convierten puertas y umbrales en escenarios de profundidad perturbadora.

La exhibición reúne casi 90 obras —pintura, escultura, fotografía, collage, dibujo, grabado, video, cerámica y objetos intervenidos— que ocupan los cuatro pisos principales del museo

Un cuadro de los ‘50 de Leonor Vassena dialoga con la contemporánea Jimena Losada, más allá una obra de Verónica Gómez, República de los niños I, realizada en exclusiva para la muestra convive con Liliana Parra, Liliana Porter, Mildred Burton, Sofía Finkel, Marie Orensanz, Catalina Oz, Nicola Costantino, Emilia Gutiérrez y Graciela Sacco.

En el segundo subsuelo se entralzan las secciones Deseo y abyección y Mundo cruel, en las que el eje ingresa en la tensión entre fascinación y repulsión, una temática central del surrealismo disidente, especialmente en la línea de Georges Bataille. “La preocupación de los surrealistas era cómo transformar el uno en el otro para generar sociedades más inclusivas”, señaló el curador.

Obras contemporáneas de Florencia Rodríguez Giles, como la serie “Biodélica”, y videos de Narcisa Hirsch, en los que se representa la oralidad femenina y su vínculo con el deseo y lo abyecto, articulan estas preocupaciones.

“El cuerpo femenino, que para los surrealistas era metáfora de la escritura automática, es ahora resignificado por las artistas y las disidencias, alterando la fetichización de sus partes y generando nuevas expresiones”, afirma.

La muestra ofrece un análisis sobre el carácter antifascista del surrealismo, estableciendo puentes entre los años 40, los 70 y el presente

El recorrido incluye piezas como las series “Las ataduras” de Silvia Brewda, producidas durante la dictadura argentina de los años setenta, que no se exhibían desde 1978 y más alla la Venus de toalla de Josefina Labourt.

Alli, la muestra ofrece un análisis sobre el carácter antifascista del surrealismo, estableciendo puentes entre los años 40, los 70 y el presente. Se exhiben piezas de Raquel Forner, activa en agrupaciones antifascistas y cuya obra de 1947 La conferencia sugiere una crítica a la repartición del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, y de la austríaca Mariette Lyddis, radicada en Argentina, cuya pintura Del odio y la malicia aborda la temática de la guerra. En diálogo, obras contemporáneas como los gouaches críticos de Mónica Heller y las creaciones de Vero Gómez, que abordan directamente temas políticos, extienden el tema hasta la actualidad.

La dimensión política de la muestra se despliega también en la revisión de la historia del patrimonio indígena argentino, como en la pieza de Flor Bohtlingk sobre la restitución de la calavera del cacique Mariano Rosas, un hecho que, recuerda el curador, se mantuvo oculto en el Museo de La Plata hasta 2004: “Es el archivo secreto de la nación, lo que queremos ocultar. Pero está ahí como potencia”, reflexionó.

La selección incluye obras de Josefina Ausländer, quien debió exiliarse durante la dictadura y cuya producción recién ahora se redescubre en retrospectivas internacionales, las esculturas de Lucía Pacenza y Labourt, que despliegan una crítica a la alienación y la violencia, anclando el presente en una genealogía viva de resistencias.

La puesta construye un archivo material y conceptual que reactualiza el surrealismo como una herramienta para pensar el presente

La muestra recupera además prácticas artísticas poco visibles, como las de Vilma Villaverde, ceramista cuya obra permanece fuera de circulación en Argentina, pero no en Francia, como también puede observarse obras de las jóvenes Sonia Ruiz, Ornella Pocceti y Renata Juncadella.

En conjunto, la puesta construye un archivo material y conceptual que reactualiza el surrealismo como una herramienta para pensar el presente, revelando no sólo mundos fantásticos, sino también las zonas de crítica, desecho y potencia que pueden transformar nuestra experiencia de lo real.

La exhibición busca así tender líneas de continuidad y ruptura, mostrando cómo las artistas —ante la invisibilización y el canon masculino— han heredado y transformado los impulsos subterráneos del surrealismo. La confrontación entre lo que se quiere ocultar y lo que se presenta como potencia revolucionaria es, en palabras del curador, el latido central de este Continente Oscuro.

*Continente Oscuro, en el MACBA, Av. San Juan 328, CABA. Todos los días de 12:00 a 19:00 hs. Entradas: General, $8000; Estudiantes, docentes y jubiladxs acreditadxs, $4000 (*); Niños de 6 a 12 años: $4000, menores de 6, personas con discapacidad, sin cargo. Miércoles: General, $4000; Estudiantes, docentes y jubiladxs acreditadxs: sin cargo (*) y menores de 12 años: sin cargo. El descuento aplica solo para residentes. Para acceder a los descuentos se deberá presentar la acreditación correspondiente, ya sea de manera física o digital.

Fotos: Julián Bongiovanni / MACBA

La muestra “Continente Oscuro” explora la dimensión política y feminista del surrealismo

Con el tiempo, el surrealismo, aquel movimiento que en sus orígenes evocaba mundos simbólicos, oníricos y el inconsciente, tomó otro cariz en manos de artistas mujeres, quienes conectaron la imaginación con una vocación de crítica social y política.

En ese territorio ingresa Continente Oscuro, curada por Leandro Martínez Depietri en el MACBA, desde donde se enfrenta la visión tradicional del movimiento como un club masculino centrado en mundos fantásticos, para reivindicar un cariz revolucionaro, pero desde una introspección sobre temas como el cuerpo, el lugar de la mujer, el hogar como hecho político, a través de casi 90 obras —pintura, escultura, fotografía, collage, dibujo, grabado, video, cerámica y objetos intervenidos— que ocupan los cuatro pisos principales del museo.

En ese sentido, el nombre de la muestra es un guiño consciente, ya que retoma la expresión freudiana sobre la sexualidad femenina, para revertir su connotación estigmatizante y convertirla en un sitio de resistencia crítica y creatividad, explica el curador en un recorrido con Infobae Cultura.

En lo curatorial, la exhibición evita el esquema cronológico y opta por una disposición ensayística de las obras que se reúnen bajo núcleos temáticos que privilegian relaciones transversales –una apuesta consciente por romper las cronologías tradicionales y priorizar la vitalidad de los conceptos.

La exhibición del MACBA ingresa en el movimiento como herramienta transformadora

A través del enfrentamiento de obras de diferentes generaciones se disuelven las fronteras convencionales entre modernidad y contemporaneidad, para crear un espacio de múltiples temporalidades. En esa disposición, en el conjunto, se observa la onírico en el espíritu de lo grupal.

Otro de los ejes del montaje es desmontar el reduccionismo que limita el surrealismo a la simple producción de mundos fantásticos. Desde su nacimiento, el movimiento buscó transformar la realidad a través del poder de la imaginación y el automatismo, pero no se limitó entonces sólo lo fantástico: buscó modificar las condiciones materiales de existencia.

Este prisma cobra un matiz especial al centrarse en el trabajo de artistas mujeres, muchas de las cuales explotaron el surrealismo como herramienta de liberación identitaria y sexual. Desde los años ochenta, investigaciones académicas, como las de la historiadora del arte estadounidense Whitney Chadwick, comenzaron a iluminar los aportes de figuras como Leonora Carrington, Leonor Fini, Claude Cahun, Dora Maar o Meret Oppenheim, quienes hicieron del surrealismo un campo fértil para experimentar con la transición de género y desafiar los límites de la sexualidad.

Al analizar la selección de obras, Martínez Depietri destacó la presencia de artistas que, desde los años ochenta, han impulsado revisiones críticas del canon surrealista internacional. Citando a Chadwick, el curador comenta: “Las mujeres mostraban en las exposiciones internacionales y usaban el surrealismo para reinventarse en la vida”.

Otro de los ejes del montaje es desmontar el reduccionismo que limita el surrealismo a la simple producción de mundos fantásticos

El núcleo inicial, Formas sumergidas, se centra en los estados límite de la conciencia y en la relación entre la playa, el océano y el inconsciente. El recorrido inicia con un óleo de Dignora Pastorello, en que representa a la Gradiva errante, figura concebida en la novela de Wilhelm Jensen en 1903 y reinterpretada tres años después por Sigmund Freud, que retrata a una joven en pleno desplazamiento para ejemplificar la manifestación de deseos reprimidos y la influencia de la psique en la apreciación artística.

Así, reconfigurada por artistas mujeres como protagonista y no como musa, marca el tono para una serie de obras que exploran la fragmentación del cuerpo, el erotismo y la búsqueda de formas interiores.

Entre las piezas se encuentran grabados de Elsa Bairon realizados en 1991, dibujos juveniles de Martha Zuik—quien expuso internacionalmente junto a figuras como Picasso y Matisse— junto a obras de Grete Stern, Rosa Revsin, Clara Esborraz, Valentina Quintero, Nora Correas, Rebeca Guitelzon, Cristina Schiavi, Fernanda Laguna y la influencia poética de Alfonsina Storni en el grabado de Ana María Moncalvo titulado “Yo en el fondo del mar”.

En Mitos latentes (Primer piso), surge el diálogo entre surrealismo y antropología. Martínez Depietri remite al viaje de tres surrealistas —Wolfgang Paalen, Alice Rahon y Eva Sulzer— por Canadá y Alaska en 1939, fascinados por el arte de las culturas totémicas: “Paalen propone una discusión con la lectura de Freud del tótem como símbolo fálico, y dice: Estas culturas son matrilineales. El tótem es un signo femenino y de comunicación con otros órdenes de la naturaleza.”

En el piso de

Este enfoque, recalcó, tuvo repercusiones directas en la producción artística latinoamericana, como en los tótems astrales de Raquel Forner durante la carrera espacial o en el trabajo escultórico de Magda Frank, convencida de que el arte precolombino era surrealista “por su capacidad de asumir el caos” y, más acá en el tiempo, en El beso de las babosas de Trinidad Metz Brea.

Sobre una vitrina, se encuentran unos grabados hermosos de Moncalvo para sus leyendas guaraníes de 1947, recientemente expuesto en Madrid, “donde se ven las formas totémicas y la comunión con otros órdenes de la naturaleza”, como dos pinturas de Florencia Bohtlingk, Ad Minolitti, Lea Lublin y Yente, por nombrar algunas. Entre las rarezas, la muestra incluye también la única pintura conocida de Alejandra Pizarnik, discípula de Juan Batlle Planas en los cincuenta.

Martínez Depietri trazó conexiones entre la reconfiguración del imaginario totémico, lo doméstico y lo ominoso en clave feminista en el piso dedicado a la Extrañeza familiar, en el primer subsuelo, donde se examina cómo las artistas subvierten expectativas de género y “convierten la maternidad, la casa y la vida cotidiana en territorios inquietantes y críticos”.

Los collages de Mariana Tellería resignifican imágenes de moda transformando vestidos en pieles de seres que habitan otros espacios, mientras que grabados como los de Aída Carballo convierten puertas y umbrales en escenarios de profundidad perturbadora.

La exhibición reúne casi 90 obras —pintura, escultura, fotografía, collage, dibujo, grabado, video, cerámica y objetos intervenidos— que ocupan los cuatro pisos principales del museo

Un cuadro de los ‘50 de Leonor Vassena dialoga con la contemporánea Jimena Losada, más allá una obra de Verónica Gómez, República de los niños I, realizada en exclusiva para la muestra convive con Liliana Parra, Liliana Porter, Mildred Burton, Sofía Finkel, Marie Orensanz, Catalina Oz, Nicola Costantino, Emilia Gutiérrez y Graciela Sacco.

En el segundo subsuelo se entralzan las secciones Deseo y abyección y Mundo cruel, en las que el eje ingresa en la tensión entre fascinación y repulsión, una temática central del surrealismo disidente, especialmente en la línea de Georges Bataille. “La preocupación de los surrealistas era cómo transformar el uno en el otro para generar sociedades más inclusivas”, señaló el curador.

Obras contemporáneas de Florencia Rodríguez Giles, como la serie “Biodélica”, y videos de Narcisa Hirsch, en los que se representa la oralidad femenina y su vínculo con el deseo y lo abyecto, articulan estas preocupaciones.

“El cuerpo femenino, que para los surrealistas era metáfora de la escritura automática, es ahora resignificado por las artistas y las disidencias, alterando la fetichización de sus partes y generando nuevas expresiones”, afirma.

La muestra ofrece un análisis sobre el carácter antifascista del surrealismo, estableciendo puentes entre los años 40, los 70 y el presente

El recorrido incluye piezas como las series “Las ataduras” de Silvia Brewda, producidas durante la dictadura argentina de los años setenta, que no se exhibían desde 1978 y más alla la Venus de toalla de Josefina Labourt.

Alli, la muestra ofrece un análisis sobre el carácter antifascista del surrealismo, estableciendo puentes entre los años 40, los 70 y el presente. Se exhiben piezas de Raquel Forner, activa en agrupaciones antifascistas y cuya obra de 1947 La conferencia sugiere una crítica a la repartición del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, y de la austríaca Mariette Lyddis, radicada en Argentina, cuya pintura Del odio y la malicia aborda la temática de la guerra. En diálogo, obras contemporáneas como los gouaches críticos de Mónica Heller y las creaciones de Vero Gómez, que abordan directamente temas políticos, extienden el tema hasta la actualidad.

La dimensión política de la muestra se despliega también en la revisión de la historia del patrimonio indígena argentino, como en la pieza de Flor Bohtlingk sobre la restitución de la calavera del cacique Mariano Rosas, un hecho que, recuerda el curador, se mantuvo oculto en el Museo de La Plata hasta 2004: “Es el archivo secreto de la nación, lo que queremos ocultar. Pero está ahí como potencia”, reflexionó.

La selección incluye obras de Josefina Ausländer, quien debió exiliarse durante la dictadura y cuya producción recién ahora se redescubre en retrospectivas internacionales, las esculturas de Lucía Pacenza y Labourt, que despliegan una crítica a la alienación y la violencia, anclando el presente en una genealogía viva de resistencias.

La puesta construye un archivo material y conceptual que reactualiza el surrealismo como una herramienta para pensar el presente

La muestra recupera además prácticas artísticas poco visibles, como las de Vilma Villaverde, ceramista cuya obra permanece fuera de circulación en Argentina, pero no en Francia, como también puede observarse obras de las jóvenes Sonia Ruiz, Ornella Pocceti y Renata Juncadella.

En conjunto, la puesta construye un archivo material y conceptual que reactualiza el surrealismo como una herramienta para pensar el presente, revelando no sólo mundos fantásticos, sino también las zonas de crítica, desecho y potencia que pueden transformar nuestra experiencia de lo real.

La exhibición busca así tender líneas de continuidad y ruptura, mostrando cómo las artistas —ante la invisibilización y el canon masculino— han heredado y transformado los impulsos subterráneos del surrealismo. La confrontación entre lo que se quiere ocultar y lo que se presenta como potencia revolucionaria es, en palabras del curador, el latido central de este Continente Oscuro.

*Continente Oscuro, en el MACBA, Av. San Juan 328, CABA. Todos los días de 12:00 a 19:00 hs. Entradas: General, $8000; Estudiantes, docentes y jubiladxs acreditadxs, $4000 (*); Niños de 6 a 12 años: $4000, menores de 6, personas con discapacidad, sin cargo. Miércoles: General, $4000; Estudiantes, docentes y jubiladxs acreditadxs: sin cargo (*) y menores de 12 años: sin cargo. El descuento aplica solo para residentes. Para acceder a los descuentos se deberá presentar la acreditación correspondiente, ya sea de manera física o digital.

Fotos: Julián Bongiovanni / MACBA

  

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