
Una vez que el dentífrico sale del pomo, ¿quién mierda vuelve a meterlo adentro?
Mi pasado empezó a emerger y no lo puedo parar. El desencadenante fue el intento de secuestro en Caracas. Todas mis disertaciones habían salido bien y estaba terminando mi viaje en paz, sin problemas, hasta que ese taxista y su cómplice creyeron que porque tengo setenta y cinco años iba a entregarme. No me conocen.
Tuve una de las mejores formaciones en supervivencia que existen: haber sobrevivido a los nazis siendo judío.
Hasta marzo de 1944, Budapest había sido un lugar razonablemente seguro. Pero a partir de la decisión de Hitler de ocuparla, todo cambió con rapidez. En pocas semanas ya habían deportado a medio millón de judíos. De una semana a otra, caminar por la calle se volvió una actividad extremadamente peligrosa.
A pesar de tener quince años, yo percibía sus manipulaciones para que los judíos colaboráramos pacíficamente con nuestro propio exterminio. No les creía nada sus eufemismos como “reubicación”, “evacuación” que eran palabras razonables para llevarnos al matadero. Mucho menos creía sus promesas a cambio de que colaboráramos con ellos entregando a personas “no esenciales”.
Un día, apenas había llegado del colegio, escuché gritos fuera de casa. Corrí las cortinas de mi habitación en el primer piso y vi a dos soldados nazis gritándoles a dos compañeros de mi clase. Después de unas pocas palabras, los chicos se bajaron los pantalones. Los guardias se miraron entre sí complacidos y sin más, les dispararon a los chicos en la cabeza.

Sesenta años después de aquella escena, todavía puedo escuchar el sonido seco de los disparos. Recuerdo a mis amigos desmoronándose y a los militares retomando su caminata por la ciudad como si nada extraordinario hubiese ocurrido. Puedo sentir el olor a pólvora -que seguía flotando en el aire- mientras se alejaban.
Bajé corriendo a contarle a mi madre, que aunque se mostró desesperada, tampoco supo cómo reaccionar. ¿Qué podía hacer, después de todo?
Luego de ese episodio pasé meses sin volver al colegio. Al principio fueron como unas vacaciones, pero con el correr del tiempo, estar preso sin razón se volvió desesperante. Me escapaba a pesar a las órdenes de mis padres, y en cada salida me jugaba la vida. Mi cuerpo percibía el peligro que mi mente trataba de ocultar, pero era adolescente y aún en esas condiciones necesitaba vivir.
Muchas veces se habla de los horrores de la guerra. Eso es una abstracción. Para mí, la guerra es ver cómo fusilaron a mis dos compañeros del colegio solo por estar circuncidados. O recordar a ese matrimonio de ancianos, más jóvenes de lo que soy yo ahora, avanzando resignadamente hacia el tren que iba a trasladarnos a Auschwitz.
Cuando nos dirigíamos hacia la estación desde donde iban a deportarnos, nos cruzamos con un oficial húngaro. Yo sabía que la policía de Hungría tenía muchos conflictos con los soldados nazis que habían invadido su país, y en un rapto de lucidez inventé una excusa para hablarle a ese oficial. Bastó que le dijera dos palabras para que los nazis intentaran hacerme callar y le dieran al policía un motivo para hacer valer su fuerza. Después de intercambiar gritos, los soldados alemanes cedieron al reclamo del húngaro, que exigía trasladarme a la oficina policial para interrogarme. Después de caminar dos cuadras con el policía, me dejó ir a mi casa porque lo único que le importaba era no dejarse avasallar tanto por los nazis. Increíblemente, había logrado salvarme.
Pero antes de irme con el oficial, giré la cabeza para ver por última vez el tren que me hubiese llevado a una muerte segura. Mis ojos se cruzaron con los de la aquella anciana que se sabía condenada. Tuve que bajar la mirada porque no pude sostenerla. El recuerdo de sus ojos todavía me persigue.
—Tenías quince años… apenas pudiste salvarte vos —me dijo un amigo terapeuta al que le compartí el proceso que estaba atravesando.
—No sabés lo que era la mirada de esa mujer. Había cierta admiración por mi audacia y por el hecho de que al menos uno de nosotros pudiese escapar, pero también era una mirada melancólica, de despedida. Es la primera vez que puedo ponerlo en palabras, como si sus ojos me hubiesen dicho: “Seguí adelante, no pienses en nosotros, tenés toda la vida por vivir”. Hoy, tantas décadas después, no logro perdonarme por no haber intentado rescatarlos. Ayudé a tanta gente después, y sin embargo a ellos los abandoné.
Salvarme del secuestro en Caracas me conectó automáticamente con aquellos mecanismos de supervivencia y aquellas emociones. Fue como abrir una caja de Pandora que había obturado durante décadas.
Llevo cincuenta años ejerciendo la medicina, operando pacientes cardíacos gravísimos, y la conexión que siento cada vez que entro a un quirófano es una extraña sensación de familiaridad que nunca antes había asociado con mi propia vida. La incertidumbre de no saber si el paciente que está en mis manos va a salir vivo es, en algún sentido, como volver a recorrer las calles de mi Budapest: ese Budapest en el que crecí y del que tuve que huir.

A veces, cuando estoy haciendo un trasplante de corazón y siento latir ese músculo en mis manos, me doy cuenta de lo frágil que es todo, igual que lo era entonces en mi ciudad ocupada por los nazis. En los dos lugares reina el peligro. La vida y la muerte están ahí, separadas por milímetros.
Siempre sentí que esa sensación de peligro me calmaba. Ahora me doy cuenta de que, en realidad, no me calma nada. Solo necesito esa tensión, esa adrenalina, para evadirme del dolor y la angustia que siento hace sesenta años. Mientras estoy plenamente concentrado me abstraigo de todo lo demás. No tengo margen para ocuparme de mi dolor.
Trabajo seis o siete días a la semana, dedicándome un mínimo de diez horas diarias. Mi familia lo padece, en especial mi mujer, que durante décadas me rogó que trabajara menos. Nunca me entendió y yo nunca pude hacer las cosas de otro modo. ¿Cómo iba a trabajar menos si no podía parar porque el desasosiego me corroía el alma? ¿Cómo podría haberlo hecho diferente si hasta el episodio en Caracas todas estas emociones estaban sepultadas? Y si no hubieran intentado secuestrarme, ¿habría aparecido todo esto o hubiera seguido reprimiéndolo hasta el final de mi vida?
Qué ironía que recién a esta edad, cuando estoy cerca de morir, puedo entender mi historia. Darme cuenta de que el trauma nunca desapareció sino que se transformó en hábitos, compulsiones, carreras, máscaras. Que mis mecanismos de defensa se volvieron mi identidad, y también, en una forma de no sentir.
Quizás mi vocación por salvar vidas día tras día, compulsivamente, no sea otra cosa que mi esfuerzo inconsciente por alejarme de aquel dolor, por redimirme de la culpa que sigo sintiendo haber sobrevivido. Por no haberme animado a ayudar de alguna forma a aquel matrimonio de ancianos. Quizás haber sobrevivido, más que una suerte, haya sido una condena.
—¿Será que toda mi vida fue un esfuerzo infructuoso por reparar ese hecho traumático?, pregunté.
—¿No es acaso lo que hacemos todos?, me preguntó mi amigo terapeuta.
***
No podemos enterrar nuestro pasado sin enterrarnos con él.
A veces más que reparar nuestra historia, necesitamos dejar de huir.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
