“¿Qué haríamos sin la música?”, se pregunta Rodolfo Mederos, como al pasar, cuando el anfitrión de la mágica noche del jueves en el Teatro Coliseo, el brasileño Egberto Gismonti, le cede por un instante el micrófono. Fue a mitad de las dos horas de concierto, donde la sala llena se entregó en silencio al exquisito espectáculo Celebración Universo Gismonti, en el que el notable artista de 77 años celebró su retorno a Buenos Aires junto a su pequeño grupo, conformado por el violonchelista Jaques Morelenbaum y el guitarrista Daniel Murray, para evocar revelaciones, discos y momentos emblemáticos de una trayectoria de casi sesenta años de periplo creativo.
Ese universo estuvo hecho de sonidos y matices, de sensibilidades y texturas, de hondura espiritual y música popular brasileña tanto como de una erudición interpretativa y un cruce singular con el jazz, la música clásica y de cámara; un viaje que, como sugiere Mederos, entiende a la música como elemento esencial de una humanidad en crisis. Una suerte de bálsamo y a la vez de ofrenda, en este caso una música instrumental que sumió a la audiencia en una escucha atenta y respetuosa, capaz de dejar en la puerta todo lo mundano para regalarse una experiencia de belleza. Mística, y en trance.
La presencia del bandoneonista fue un instante de gracia de los tantos que ofrecieron los invitados que desfilaron en un concierto íntimo, que desde el comienzo concentró en Gismonti a un cálido maestro de ceremonias, hablando como si estuviera en la confianza de su hogar con un portugués que si bien por momentos era para entendidos, mayormente se escuchaba fresco y divertido. “Tengo dos palabras. Gracias. Y la otra: gracias, familia”, arrancó. Despertó con ello los aplausos de un público leal, al que conoce desde mediados de los setenta cuando visitó Argentina por primera vez.
Hay quienes se preguntan en la platea si el volumen está más bajo de lo normal, pero se sabrá que es una estrategia narrativa. Gismonti empieza el set con su guitarra de diez cuerdas acompañado del sólido y lírico Daniel Murray. Tocan suavemente, en murmullos de acordes y arpegios, se pasean por “Alegrinho” y “Preludio” en un ritmo que crece de a poco, trepida hacia movimientos saltarines. Cada vez que terminan un tema, se dan la mano: un gesto que Gismonti repetirá con todos sus invitados. Ambos acarician las cuerdas, percuten, meten intensidades, hacen sonar a las guitarras con recursos expresivos que llevan a imaginarlas como arpas, bajos o incluso berimbaus, ese instrumento africano que se hizo famoso en las rodas de capoeira.
“¿Cuántos años pasaron desde la primera vez que vine? ¿Cuarenta? ¿O setenta?”, dice Gismonti, de pie, vestido con su tradicional gorra de lana roja, una camperita con capucha y un pantalón estilo bombacha de campo. Entre aquellos momentos de su vínculo con Argentina ponderó en sus últimas entrevistas a MIA (Músicos Independientes Asociados) cuando Lito Vitale –que está sentado en la platea junto a Hilda Lizarazu, en primera fila– lo convenció para que fundara su sello discográfico Carmo, nombrado así en homenaje a su ciudad carioca de origen.
Invitados de lujo
Juega con las palabras y el espectador se ríe, lo sigue en complicidad. “Esta noche tengo una complicación. Porque conforme fue pasando el tiempo, se me agrandaron la lista de amigos para invitar”, agrega luego, antes de llamar al Chango Spasiuk. Es uno de los tramos más profundos, interpretan “Cigana”, tema de uno de sus tantos trabajos musicales para el cine de Ruy Guerra, un hermoso diálogo entre piano –Gismonti abandonará la guitarra definitivamente y se sentará al piano hasta el final–, acordeón y guitarra. Minimalista y elegiaco, las notas se despliegan en el aire despertando lágrimas en no pocos espectadores, y Spasiuk parece particularmente afectado, tal vez por la reciente muerte de su maestro, el gran Raúl Barboza.
Cada tema se alarga en intercambios fecundos entre los instrumentistas, lúdicas improvisaciones que nunca suenan forzadas ni ampulosas. No hay duración prevista: todo puede fluir según lo que se vaya tejiendo en el vivo. Otro sello del artista de culto y vanguardista tanto como letrado y popular, tan inescrutable como coleccionista de formas musicales, mestizo orfebre de sonidos atávicos, autor de una obra magnánima sobre la cultura, la historia y los paisajes indígenas, rurales, negros y a la vez urbanos y contemporáneos de Brasil.
Egberto Gismonti mueve las manos como si condujera una orquesta y toca “Carinhoso”, el clásico de otro célebre invitado en la memoria: Pixinguinha. Fue entonces que apareció en el escenario Rodolfo Mederos, y el teatro aplaudió efusivamente. El legendario bandoneonista, con sus habituales morisquetas, despertó gestos aniñados de Gismonti, que lo animó a una extensa introducción en “Palhaco”, otro de los clásicos de todos los tiempos del brasileño, y después se sentó a su lado, cual novato oyente, a escuchar un tango que Mederos, a solas y tan magnánimo como la sala, sacó de la galera como un mago encantado. “La música, en tiempos de inteligencia artificial y post humanismo, es el único lenguaje artístico que no impone nada: propone”, ha dicho Gismonti en una entrevista antes de tocar en Buenos Aires.
Luego fue el turno de Tom Jobim –otro invitado de peso en el acervo compositivo brasileño–, quizás no tan cercano a Gismonti como Villa-Lobos, Hermeto Pascoal, Baden Powell o Naná Vasconcelos, con una versión inclasificable, de solo piano, de “Retrato en blanco y negro”, para poco después llamar a otro invitado de lujo, Jaques Morelenbaum, con quien recreó sofisticadamente el mundo de Heitor Villa-Lobos, el autor de la modernidad brasileña, descollando en “Realejo/Miudinho” bajo una sinergia única y palpitante, que dejó a la platea con ganas de más: pocos se preguntaron por qué Morelenbaum, conocido por sus arreglos para Caetano Veloso, no apareció más en el escenario. Su vibración quedó flotando en el éter.
Nadie pudo sentirse ajeno a un Gismonti íntegro y descomunal, con la fibra intacta de sus creaciones, consustanciado con su público en cuerpo y alma. Un espíritu inquieto y amigo de las contradicciones y los errores –como él mismo se definió–, universo ecléctico donde conviven la música académica, Debussy, Chopin, Rachmaninov, las danzas y rítmicas del Amazonas, el jazz y el rock. Gran conocedor de los géneros populares de Brasil como maracatú, choro, frevo, baiã, el forró nordestino, sin dejar de lado su faceta camerística y sinfónica, becado para estudiar con la famosa Nadia Boulanger, eximio intérprete de los conciertos de Ravel, con sus hijos Bianca y Alexandre como músicos reconocidos, con caminos propios.
“El último tema, pero nunca se sabe”
Multiinstrumentista, compositor, productor y arreglador para orquestas sinfónicas de todo el mundo, el cóctel Gismonti, no apto para paladares rígidos y estructurados, trasciende las fronteras y los límites sin renunciar a las raíces de su inmenso país, tanto en sus geografías, regiones y pensamientos como en sus nexos expandidos con la modernidad. No por algo es considerado unánimemente por la crítica mundial como uno de los músicos más lúcidos y perspicaces de su generación, y el Teatro Coliseo se rindió a sus pies: vio a un Gismonti vital, en permanente movimiento, nada fosilizado y con viejas y nuevas músicas rindiendo homenaje a clásicos de su trayectoria, a los que sigue descubriendo en el calor del vivo, tal vez la forma más enérgica y honesta que conserva la música en el presente de tiempos acelerados y urgentes, donde la memoria parece un convidado de piedra.
El concierto fue llegando a las casi dos horas de duración, Daniel Murray regresó para una bellísima versión solista de “Agua y vino” –tema versionado por Pedro Aznar, entre otros– y el armoniquista Franco Luciani fue el último invitado argentino, interpretando con Gismonti la balada “Caravela”, una dosis de virtuosismo y elegancia. Y luego, como epílogo, una ofrenda maravillosa de Gismonti sentando al piano, solo, como si nada más bastara. Primero con otro clásico, “Frevo”, que hizo mover a los espectadores en sus butacas y, después de amagar con la retirada –“Este es el último tema, pero nunca se sabe”, adelantó–, una prolongada improvisación en las teclas pasando por todos los estados de ánimo e incluyendo citas como “Silence”, el tema de giras en el mundo con Charlie Haden, con un talento de concertista y de esponja popular de ritmos, melodías, variaciones y tímbricas de la música en sus más diversas formas, de unir la tradición y la modernidad brasileña a la vez que expandirla universalmente en olas de libertad y herejía.
Un reencuentro con amigos. Fraternal, latinoamericano, popular y erudito, cosmopolita y brasileño, minimalista y volcánico, tan plástico y flexible como visceral y entrañable, que se podría sintetizar en el saludo final, cuando Gismonti llamó a todos sus invitados y el Chango Spasiuk corrió una silla para que él pase al frente y se extasiara con la platea completamente de pie, aplaudiendo a rabiar como si lo quisiera retener un pedazo más de noche, a sabiendas que el anfitrión lo había entregado todo. Erguido y sonriente, Gismonti agradeció con un gesto sutil y quiso permanecer en la misma línea de sus compañeros, sin falsa modestia, mientras juntó sus manos con reverencia oriental y se despidió con un hasta pronto de su amada cofradía.