La inteligencia artificial generativa irrumpió en las aulas argentinas sin que la mayoría de los docentes se diera cuenta. Muchos profesores coinciden en que los primeros indicios surgieron a principios del ciclo lectivo 2023, pocos meses después del lanzamiento de la primera versión de Chat GPT.
En las salas de profesores de las universidades empezaron a circular por ese entonces comentarios que indicaban que algo había cambiado, posiblemente para siempre: “Un chico con dificultades para redactar me entregó una monografía impecablemente escrita”; “Recibí cinco trabajos prácticos idénticos, donde se incluían conceptos que no habíamos estudiado”; “Les mando a hacer un trabajo en grupo en clase y, cuando paso a mirar, varios están con el Chat GPT abierto”.
Para cuando los docentes y universidades comenzaron a ponerse al día, muchos alumnos ya utilizaban la inteligencia artificial (IA) para hacer o corregir monografías, redactar parciales domiciliarios, elaborar resúmenes y resolver problemas matemáticos, entre otras tareas académicas.
Pasaron dos años y medio desde entonces, pero la situación, destacan algunos expertos, sigue siendo incierta. “Las universidades deben armar el cohete mientras salen al espacio”, sintetiza Santiago Bellomo, decano de la Escuela de Educación de la Universidad Austral y el doctor en filosofía, con especialidad en filosofía de la innovación educativa.
En el último tiempo, muchos profesores universitarios argentinos directamente abandonaron los clásicos parciales y finales domiciliarios, y pasaron a evaluar a sus estudiantes mediante exámenes orales o evaluaciones escritas en clase. En paralelo, universidades extranjeras y programas de becas para estudios en el exterior, como la prestigiosa Beca Chevening, adquirieron herramientas digitales que prometen detectar el uso de inteligencia artificial en los textos y se lo comunicaron a sus alumnos y postulantes advirtiéndoles sobre posibles penalizaciones.
Pero tanto en la Argentina como en el resto del mundo, los especialistas son conscientes de que este fenómeno tecnológico está en constante evolución: la IA es cada vez más sofisticada y, por tanto, cada vez más difícil de detectar.
“Quien diga que tiene respuestas y soluciones para todos los desafíos de la IA en educación está, cuando menos, exagerando -sostiene Bellomo-. Los informes sobre el uso real de IA y sus impactos son incipientes y muy dinámicos. Lo poco que hay es meramente exploratorio, y aporta evidencias de meses anteriores en los que contábamos con IA de mucha menor potencia y sofisticación”.
Entre quienes estudian el tema, destaca, existen ciertos consensos. Por un lado, creen que la IA puede ser “potenciadora del aprendizaje”. Pero, por el otro, concuerdan en que “el mal uso de esta tecnología” puede generar un “bypass cognitivo”, al relegar en la tecnología el esfuerzo intelectual.
“Por momentos estamos relegando el pensamiento”, afirma Emmanuel Iarussi, doctor en Ciencias de la Computación, investigador del Conicet y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Ante todo, él apela a la importancia de resguardar la etapa formativa de los estudiantes y llama a los docentes a mantener un “rol motivador”. La IA, cree, desafía más a los alumnos que a sus profesores.
“Si lo puede hacer la IA, ¿vale la pena aprenderlo?»
“La otra vez, un alumno me dijo: ‘Si todos estos problemas matemáticos que estamos viendo en clase los puede resolver la IA, ¿para qué los estamos estudiando? ¿Vale la pena aprenderlos?’ Y es muy buena la pregunta. La verdad es que para construir un razonamiento más complejo que lo que pueda hacer el GPT, necesitás antes haber aprendido los pasos anteriores. No podés pasar del punto cero al punto 100 de un salto, necesitás hacer todo el camino”, sostiene.
Iarussi cree que hoy la IA está totalmente arraigada a la comunidad educativa. Los exámenes de la materia que dicta se hacen con hoja y papel, de manera presencial, por lo que la IA no irrumpe en la evaluación. Esta tecnología, sin embargo, sí tiene presencia en el estudio de sus alumnos. Lo notó particularmente este año, durante las semanas previas a un parcial.
“El cuatrimestre pasado fue muy llamativo, nadie nos consultaba dudas antes del parcial. Y cuando llegó el parcial, a muchos les fue mal. Cuando me senté a hablar con algunos, me comentaron que para resolver las guías de ejercicios, en vez de ir a preguntarle al docente, le preguntaban a Chat GPT. Hay una diferencia muy grande entre lo que hacen los docentes, que no te dan la respuesta, sino que te guían para que vos llegues a la respuesta, y GPT, que te la da. Vos leés la respuesta y entendés, pero cuando lo querés replicar, al no haber aprendido a razonarlo vos mismo, se te complica”, afirma.
Entre los docentes universitarios se abrió una especie de grieta. De un lado están quienes tomaron los avances tecnológicos como una oportunidad y, del otro, quienes los vieron -y aún los ven- como una peligrosa amenaza. “Entiendo y empatizo completamente con la resistencia que le genera la IA a algunos docentes, porque es muy movilizante, cambia mucho la forma de trabajo”, dice Iarussi.
“Hay cosas que vamos a perder y otras que vamos a ganar”
Sobre la nostalgia que prima en algunos ambientes académicos, Karina Galperín, directora general de estudios de la UTDT, afirma: “Claramente vamos a perder cosas, pero también vamos a ganar otras. Vamos a perder las cosas que eran el centro de nuestro mundo mental. No me queda claro que esas aptitudes sean necesarias en el mundo de futuro. Cuando se hizo la imprenta, se pasó de la lectura intensiva a una lectura extensiva. Pasó lo mismo con los diarios digitales. Hoy nadie lee un diario de corrido. Tenemos 20 disponibles, y leemos un poco acá un poco allá. ¿Es mejor o peor? Es distinto”.
Galperín también es profesora de la licenciatura en Historia y de la licenciatura en Ciencias Sociales de Di Tella. Es una de los tantos docentes que decidieron volcarse hacia la modalidad de evaluación oral. “El parcial domiciliario se volvió un problema mayor de lo que siempre fue. Se ha revalorizado una práctica que en Di Tella era muy esporádica y minoritaria, que es el examen oral. Creo que es un entrenamiento súper útil para los chicos. No se me ocurre ningún empleo en el que en algún momento no tengas que lucirte hablando o explicando algo a alguien”, afirma.
“Estoy convencida de que la educación occidental, que hace 500 años está centrada en la expresión escrita, va a tener que cambiar y va a tener que centrarse en la expresión oral”, sostiene.
Hace ya un tiempo que Galperín incorporó la IA a algunas de sus clases. La docente plantea una pregunta, la resuelve con los estudiantes, y después le hace la misma pregunta a la IA. Este ejercicio, dice, abre un diálogo en clase sobre los errores de la IA y el razonamiento detrás de ellos.
“Creo que la inteligencia artificial nos corre del lugar de productores al lugar de editores, pero editores especializados, que tienen que saber bien la materia que se está tratando. No digo que la IA haga las cosas por vos, sino que haga rápido cosas que después podés modificar, corregir, expandir, etcétera”, opina.
La Universidad de Buenos Aires está realizando un relevamiento sobre uso de inteligencia artificial en alumnos y docentes. El objetivo es definir, a partir de los resultados, de qué manera afrontar el nuevo escenario universitario. “Los docentes usan la IA para el armado de clases y para el establecimiento de rúbricas. Los estudiantes también la usan, pero no tenemos del todo claro el modo. La idea no es prohibir la IA, sino ver de qué manera utilizarla para abrir nuevas oportunidades y potenciar el trabajo de los estudiantes”, adelanta Catalina Nosiglia, secretaria de Asuntos Académicos de la UBA y profesora de Política Educacional de la Facultad de Filosofía y Letras.
Motivar a los alumnos
Uno de los principales desafíos que tienen hoy los docentes universitarios es motivar a los estudiantes en un contexto donde lo que aprenden muchas veces puede resolverse con un clic, a través de la IA. El panorama actual, sostiene Iarossi, produce una desmotivación general en los alumnos. “Para ellos es difícil encontrar el punto medio en que tienen que construir ellos pero saben que con un clic lo pueden resolver. Cuando yo estudiaba no me pasaba eso. Me incentivaba el hecho de pensar: ‘Che, me estoy volviendo bueno en hacer esto, que es súper difícil de hacer’. Ahora, muchas de las cosas que están haciendo los alumnos, hasta avanzados en su carrera, se resuelven muy rápidamente con GPT. Y eso es un problema, en muchos alumnos percibo una falta de capacidad de asombro y una especie de hastío”, dice.
En este contexto, destaca la importancia del rol motivacional del docente, “demostrar que todavía hay cosas que no pueden hacerse con IA, que se pueden construir cosas mejores y razonamientos más complejos”.
Bellomo pone el foco en el acompañamiento personalizado de los estudiantes, tarea que considera complicada, sobre todo en clases grandes. “El docente que lo logra no debe preocuparse tanto por la detección del uso de la IA en las tareas. Se dará cuenta fácilmente y podrá sacar provecho con intervenciones efectivas”, sostiene.