Las razones por las que tener más de 50 está de moda

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Durante años, la industria de la imagen, que marca el ritmo de lo visible, lo deseable y lo aspiracional pareció olvidar algo esencial: que envejecer es parte de la vida. Mientras el discurso de la diversidad ganaba terreno en pasarelas, campañas y editoriales, una dimensión seguía postergada: la edad. Se celebraban los cuerpos diversos, las etnias, los géneros… pero no los años.

Eso, por suerte, está cambiando y hoy es tendencia.

Como bien describe Sebastián Campanario en su libro La revolución Senior, los mayores de 50 han dejado de aceptar un guión ajeno. Ya no encajan en el molde de la pasividad ni en el cliché del retiro. Gracias a una mayor esperanza de vida, mejor salud y acceso a la información, los seniors están más activos, conectados e influyentes que nunca. Y lo más importante: han decidido hacerse visibles con estilo propio.

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Los estereotipos tradicionales ceden ante nuevos modelos de envejecimiento. Las personas + 50 hoy participan en carreras universitarias, emprenden, viajan solas, corren maratones, se capacitan, crean contenido y viven con una energía que desafía cualquier etiqueta.

Porque el nuevo lujo es la autenticidad. Y en eso, la generación +50 lleva ventaja. Lograron “reinventar la edad” y pasar del prejuicio a la proyección.

En el plano simbólico y cultural, están surgiendo referentes que no solo desafían el edadismo, sino que lo hacen con glamour.

Cada vez más marcas están incorporando modelos de más de 50 años para representar a un público amplio y romper con la idea de que la moda es solo para jóvenes. El ejemplo más reciente lo dio Saint Laurent, al presentar al actor Christopher Walken, de 81 años, como su nuevo embajador. Sin retoques ni estereotipos, la marca eligió su elegancia natural y su magnetismo para representar el verdadero lujo: el que no necesita gritar para imponerse.

Gracias a una mayor esperanza de vida, mejor salud y acceso a la información, los seniors están más activos, conectados e influyentes que nunca

Marcas como Zara, L’Oréal o Dove han comenzado a incluir en sus campañas rostros que superan los 50, 60 o 70 años, no como símbolo de “excepcionalidad”, sino como representantes de una mayoría creciente.

Así también encontramos mayores de 50 años que están utilizando las redes sociales para compartir su estilo de vida, moda y belleza, convirtiéndose en influencers para un público que se identifica con ellos.

Este cambio no es solo narrativo, también es económico, generando un fenómeno global que ya mueve billones. Moda, turismo, salud, tecnología, bienestar, diseño y finanzas: todo comienza a reconfigurarse para atender a un consumidor informado, exigente y con poder adquisitivo real porque un porcentaje de personas +50 tienen lo que el mercado ansía: tiempo, recursos, experiencia y deseo y están listas para usarlo.

Pero no solo consumen, también emprenden, lideran, innovan. Y lo hacen con la confianza de quien ya no necesita validación externa para saber lo que vale.

Campanario en su libro advierte que, en economías envejecidas como Japón o Europa, este grupo ya moviliza mercados enteros, y América Latina debe prepararse para ello.

En este nuevo escenario la moda, la imagen personal y el concepto de belleza adquieren un papel esencial. Vestir bien ya no es solo una cuestión estética: es una declaración de identidad que refleja cómo cada persona abraza su ciclo vital.

La industria lo entendió. Las marcas comienzan a diseñar con una mirada más inclusiva, prendas adaptadas a diferentes edades, cuerpos y estilos de vida, que priorizan la comodidad, la funcionalidad y la elegancia atemporal. La clave está en adoptar un estilo propio que acompañe cada etapa con respeto, creatividad y autenticidad.

Más que una categoría, la longevidad será un eje transversal que transformará la belleza, la moda, el diseño, el deporte y la alimentación. A medida que se disuelven los viejos estigmas ligados a la edad, el mercado de la longevidad se perfila como uno de los más poderosos y transformadores del futuro cercano. En lugar de correr contra el tiempo, las personas comienzan a cocrear su propio ritmo de vida, abrazando el paso de los años.

En este cambio cultural también comienza a desmoronarse una idea profundamente instalada: la crono normatividad —esa expectativa social de cumplir ciertos hitos a edades determinadas, como casarse a los 30, retirarse a los 60 o dejar de vestirse “moderno” después de cierta edad—. Romper con esa rigidez abre paso a una visión más fluida, diversa e inclusiva de la belleza y el bienestar.

En este nuevo paradigma, los distintos momentos de la vida no compiten entre sí, sino que se integran. Cada edad tiene su estética, su potencia y su narrativa propia.

Cada década suma capas y la arruga no resta belleza, le da contexto.

Instituciones como la Asociación Estadounidense de Personas Jubiladas en Estados Unidos o el Centre for Ageing Better en el Reino Unido trabajan activamente para visibilizar el potencial cultural y económico de este grupo. Campañas como #AWorld4AllAges —impulsada por la ONU y la OMS— nos recuerdan que hablar de inclusión y dejar afuera a los mayores es, sencillamente, una contradicción. La edad es parte de la diversidad. No nombrarla, no representarla, es perpetuar una desigualdad silenciosa.

Porque la verdadera tendencia es vivir bien… sin fecha de vencimiento.

No hay vuelta atrás, la generación +50 no está reclamando espacio: lo está ocupando. Con estilo. Con voz. Con historia.

Este tema toca fibras profundas. Todos envejecemos y nos damos cuenta de cuán devastador es sentirse invisibles.

Y sí, no discriminar significa abrir espacio. No por nostalgia, ni por corrección política, sino porque estamos marcando agenda. Porque estamos vivos, presentes y —lo más importante— más vigentes que nunca.

La verdadera tendencia es vivir bien, sin fecha de vencimiento

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