Lecturas. Los ecos del Antiguo Testamento en el presente

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¿Cuáles son las probabilidades de que se editen casi en simultáneo dos ensayos sobre un mismo tema de autores tan disímiles como el italiano Roberto Calasso (1941-2021) y el canadiense Jordan B. Peterson (1962)? ¿Y cuáles son las probabilidades de que ese tema sea el Antiguo Testamento? Pero las coincidencias insondables del tiempo y el espacio se agotan ahí, porque no es difícil descubrir desde sus primeras páginas que El libro de todos los libros, publicado por Calasso en su idioma original en 2019, y Nosotros que luchamos con Dios, publicado por Peterson en 2024, son muy distintos.

Acerca de la trayectoria de Calasso, un erudito que consagró su obra (Las bodas de Cadmio y Harmonía, Ka, La Folie Baudelaire) a pensar la dinámica social, histórica y cultural de la mitología, la literatura, las religiones y el arte, sería justo decir que es uno de esos escasísimos escritores sobre los cuales cualquier celebración de contratapas resulta verídica. Por lo tanto, describirlo –como lo hace la faja de la edición de Anagrama– como “intelectualmente emocionante y poseedor de una especie de ironía empírea que lo hace diferente a cualquier otra cosa” es acertado.Y esta amplia lectura sobre La Torá, los reyes Saúl y Samuel, David y Salomón o la salida de Moisés de Egipto no es una excepción.

La trayectoria de Peterson, psicólogo, influencer y educador online, como él se presenta en la plataforma de la Academia Peterson, está ligada a las redes sociales y al éxito de libros de autoayuda para adolescentes con un ligero miedo a las mujeres, como 12 reglas para vivir. Peterson es un auténtico bestseller, si bien su semblante y su salud no volvieron a ser los mismos luego de que él propusiera, llevase adelante y saliera vergonzosamente derrotado de un “debate” con el filósofo esloveno Slavoj Žižek en 2019, donde en representación nada menos que del conservadurismo capitalista, el canadiense no logró explicar dónde existía el “marxismo cultural” que asegura combatir.

Sin duda, la formación y el modo en que Calasso y Peterson piensan no podrían volverlos más distintos y entretenidos para el lector a la hora de analizar los fundamentos de la Biblia. “El acto de leer no formaba parte de la teología, sino que era su presuposición”, escribe Calasso, mientras que para Peterson al leer “percibimos de acuerdo con nuestro fin”. Pero, ¿qué distingue a estas lecturas de la historia de Dios? ¿Y cuáles son sus fines?

En este punto, lo que ambas perspectivas puedan revelar en términos incluso simpáticos sobre los méritos y las carencias de una inteligencia lectora no pueden escapar del contexto de la realidad: leer la historia bíblica de Dios, los judíos e Israel significa discutir, inevitablemente, el fundamento de lo que Israel y los judíos, invocando el nombre de Dios, llevan adelante desde hace años en Palestina. Y es entonces cuando, tanto lo que se lee como lo que se omite leer, se traduce en formas de iluminar u oscurecer lo que la Corte Internacional de Justicia o Amnistía Internacional, por ejemplo, han calificado de genocidio en Gaza.

Calasso, cuyo conocimiento de la historia universal y los dioses no tiene remilgos, empieza El libro de todos los libros mencionando el dilema “a veces visible, a veces casi imperceptible”, entre las dinastías reales y el carácter sagrado de los líderes de Israel, y subraya el modo en que tal dilema se traduce en la Biblia en llamados divinos a terribles masacres y sacrificios. Yahvé, explica Calasso, le recordó al rey Saúl lo que debía hacer frente al primer pueblo que los judíos enfrentaron en el desierto, los amalecitas, y su líder, el rey Agag: “Derrotarás a Amalec y decretarás el anatema sobre todo lo que posee: no tendrás piedad de él y matarás a hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y carneros, camellos y asnos”.

Para los informados, estas palabras, “que resonarán durante siglos en los oídos de los judíos”, remarca Calasso, describen lo que el lenguaje moderno de la guerra llama “limpieza étnica”, y son las mismas a las que el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, aludió en varias ocasiones para comparar la lucha contra Hamas como una lucha contra Amalec y a los soldados de Israel como “parte de un legado de 3000 años”.

Avanzando en su lectura, sin embargo, Calasso también escribe: “Las palabras decisivas contra el sacrificio, las que marcan una cesura con respecto a cualquier época precedente y concepción sacrificial, las dijo Jesús citando a Oseas: ‘Si supierais lo que significa ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, jamás habríais condenado a inocentes’”. Una vez más, una lectura seria del Antiguo Testamento no puede hacerse evitando las discusiones serias. Y Calasso añade algo más: “Todos los rasgos de Amalec –el parentesco con sus enemigos, el nomadismo, el ataque insidioso desde los puntos de menor resistencia, el rechazo a la confrontación bélica frontal– son aplicables a los judíos en los términos descritos por los antisemitas. La matriz de los argumentos contra los judíos se encontraba en lo que la Biblia había dicho de Amalec”.

Leídos por Peterson en Nosotros que luchamos con Dios, los mismos asuntos resultan muy distintos. Al describir la partida de los judíos y Moisés al desierto y compararlo con Harry Potter (por “la línea genealógica dual del héroe”) y Obi-wan Kenobi (por “la vara mágica de su autoridad divina”), apenas se alude de forma aséptica a “una amenaza seria, los amalecitas”, que “los israelitas vencen”. Lo que a Peterson le importa es presentar a Moisés como modelo de una masculinidad capaz de entrar en “el dominio del potencial mismo”, una prédica previsible de la autoayuda en clave bíblica que invita, una y otra vez, “al liderazgo” y a lo sagrado, que es “lo que nos conmueve cuando lo encontramos”. Pero, ¿y si eso que encontramos está habitado por alguien más?

Forzado a tomar posición tras el ataque de Hamas en octubre de 2023, Peterson escribe: “Un Dios justo y misericordioso, ¿ofrecería una tierra ya ocupada a un pueblo nuevo? La respuesta, quizás, es ésta: los que se organizan ellos mismos, psicológica y comunalmente, en una jerarquía de orden adecuadamente divino, triunfarán inevitable y finalmente sobre quienes no lo hacen”.

Peterson evita explicar demasiado su argumento ambiguo cuando añade a esto “los sacrificios adecuados” que constituyen “el ser social productivo” de quienes “luchan con Dios”. En todo caso, habitué de las entrevistas complacientes con Netanyahu, Peterson fue menos ambiguo cuando le pidió desde X al Primer Ministro israelí que “les diera el Infierno” a los palestinos. Y, por eso mismo, la mayor revelación que las lecturas de Calasso y Peterson ofrecen del Antiguo Testamento es que cada generación encuentra en sus páginas la excusa precisa para discutir o celebrar su violencia.

El libro de todos los libros

Por Roberto Calasso

Anagrama

Trad: Pilar González Rodríguez

491 páginas, $33.750

Nosotros que luchamos con Dios
Por Jordan B. Peterson
Planeta

Nosotros que luchamos con Dios

Por Jordan B. Peterson

Planeta

Trad: Juan J. Estrella González

670 páginas

$40.900

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