BEIRUT.- Después de tres días y medio en Turquía, este domingo el papa León XIV cambió abruptamente de escenario y contexto. En la segunda etapa del primer viaje de su pontificado, luego de dos horas de vuelo desde Estambul -en un Airbus A320 de ITA que hizo los ajustes necesarios luego de haberse detectado problemas en este tipo de avión-, aterrizó en el Líbano. Una zona de riesgo, sino de guerra, inmersa en el explosivo conflicto palestino-israelí, y diminuto país marcado a fuego por una crisis política, económica y social dramática, que arrastra desde hace décadas.
Considerado en otras épocas “la Suiza de Medio Oriente” por su coexistencia religiosa pacífica y su comparativo alto nivel de vida, el Líbano -más pequeño que la mitad de la provincia de Tucumán-, es un país de apenas 6 millones de habitantes (un 30%, cristianos), del que los jóvenes se quieren ir por la terrible situación que atraviesa.
Padeció una sangrienta guerra civil (1975-1990) que lo destrozó no sólo a nivel material, sino que dejó heridas latentes y vive un conflicto interminable con Israel, marcado por la influencia de Irán y la vecina Siria (hoy debilitados) y su vínculo con el diezmado grupo armado chiita Hezbollah (que aquí es un partido político).
En octubre de 2019 sufrió el colapso de su sistema financiero y bancario y muchas empresas se vieron obligadas a cerrar persianas, algo que motivó un aumento del desempleo en todo el país, agravado luego por la terrible explosión en el puerto de Beirut de agosto de 2020, que provocó una situación caótica en esta ciudad y en todo el Líbano. Para peor, la pandemia hizo que más del 50% de la población cayera por debajo de la línea de pobreza.
En el verano (boreal) de 2024, estalló una nueva ola de violencia cuando los ataques israelíes -que en medio de la guerra en Gaza en represalia del brutal ataque del 7 de octubre de 2023, descabezaron al grupo Hezbollah (considerado terrorista)-, alcanzaron el sur, el valle de Beqaa e incluso partes de Beirut, la capital. Esto causó una gran destrucción, forzó a miles de familias a huir de sus hogares y puso aún más presión sobre una economía ya al borde.
El 27 de noviembre de 2024 se firmó un acuerdo de alto el fuego, pero el conflicto aún continúa, como demostró el ataque israelí de la semana pasada en el sur de esta capital, que mató al número dos de Hezbollah. “Es totalmente errado hablar de cese del fuego”, dijo a La Nación el padre Daniel Corrou, director regional del Servicio Jesuita a Refugiados para Medio Oriente y Norte de África, con sede en Beirut. En diálogo telefónico, subrayó que los drones sobrevuelan la ciudad todos los días y nadie sabe cuándo atacarán.
El padre Carrou y su organización ayudan a algunos de los más de un millón y medio de refugiados sirios que viven en el Líbano, que huyeron de la guerra civil que comenzó en su tierra en 2011. “Este es un pequeño país con un gran corazón”, resaltó este jesuita, al recordar que el Líbano también hospeda desde hace décadas a unos 600.000 refugiados palestinos.
En enero de 2025 -después de un vacío de poder de dos años-, el país logró elegir un nuevo presidente -el cristiano maronita Joseph Aoun, ex jefe del ejército- y formar un gobierno. Según el complejo sistema político local, que intenta reflejar el mosaico étnico-religioso del país, en el Líbano la presidencia le toca a un cristiano maronita, mientras que el primer ministro debe ser un musulmán sunnita y el presidente del Parlamento, un musulmán chiita.
Aunque finalmente hay gobierno desde entonces, sigue habiendo una enorme fragmentación política, presiones externas y la mayoría de la población todavía no ha notado ninguna mejora en la situación económica y social.
“Muchos libaneses, especialmente los jóvenes, están perdiendo su esperanza y apuntan a emigrar en busca de seguridad y dignidad en el exterior”, asegura un informe de la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN por sus siglas en inglés), que subraya la frustración de muchos por cortes de luz diarios, falta de agua potable y, en muchos sectores, servicios básicos.
En este contexto, la visita del papa León XIV -un viaje que también heredó de Francisco, que quería venir para dejar un mensaje de aliento y para agradecer la apertura a los refugiados, pese a los innumerables problemas-, representa un bálsamo.
“Están todos muy entusiasmados, aunque no saben mucho de León y, sobre todo, están contentos de que no los van a bombardear durante la visita de 48 horas”, dijo a LA NACION Naila Sabra, libanesa de la diáspora (estimada en más de 15 millones), que vive en Italia. Exdirectiva de un organismo internacional, entre los centenares de desafíos por delante de su país, Sabra destacó las dificultades para desarmar al derrotado grupo Hezbollah “porque el ejército libanés no tiene el equipamiento suficiente para tal fin”.
En un mensaje dirigido al Pontífice publicado en redes sociales, este grupo armado chiita libanés instó al papa León XIV a rechazar la “injusticia y la agresión” israelí contra el Líbano.
“Confiamos en la posición de Su Santidad para rechazar la injusticia y la agresión a la que está sometida nuestra nación, el Líbano, a manos de los invasores sionistas y sus partidarios”, indicó.
Hizo saber, además, que iba a participar en las ceremonias de bienvenida al Papa a través de actividades organizadas por los Scouts Al-Mahdi durante su paso por Dahieh, el barrio chiita del sur de esta ciudad, aún marcado por la destrucción y cráteres.
Allí, en septiembre de 2024, fue asesinado en un ataque su líder, Hassan Nasrallah, que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, definió en ese momento un “asesino masivo” responsables de la muerte de “innumerables israelíes” y extranjeros.
