
El encendido progresivo de las velas en la corona de Adviento se ha consolidado como un ritual que trasciende la mera decoración navideña, convirtiéndose en un momento de reflexión y encuentro familiar en numerosos hogares durante diciembre.
Este símbolo, presente en iglesias y casas de distintas tradiciones cristianas, mantiene una vigencia que se remonta a siglos atrás y que, en la actualidad, también es adoptado por familias sin un contexto religioso estricto, integrándose a los rituales decembrinos como un recordatorio visual del paso del tiempo y la esperanza ante la llegada de la Navidad.
El Adviento corresponde a las cuatro semanas previas a la Navidad y representa un periodo de preparación espiritual. La costumbre de encender una vela cada domingo se ha extendido más allá de los templos, alcanzando espacios comunitarios y hogares donde, más allá de la fe, se valora el sentido de unión y la oportunidad de compartir momentos de introspección y convivencia. En este contexto, la corona de Adviento se erige como un elemento que marca el inicio de las celebraciones de fin de año y refuerza la cohesión familiar.
El origen de esta tradición se remonta a antiguas prácticas europeas, particularmente entre culturas germánicas que empleaban guirnaldas circulares para simbolizar el ciclo de la vida y la renovación durante el invierno.

Con el tiempo, estas costumbres se integraron al cristianismo, especialmente en Alemania durante el siglo XVI, adquiriendo un sentido litúrgico orientado a la preparación para la Navidad.
La forma moderna de la corona se consolidó en el siglo XIX, cuando Johann Hinrich Wichern, pastor luterano, utilizó un aro con velas para enseñar a niños pobres el significado del Adviento. Su iniciativa se difundió rápidamente, convirtiéndose en una práctica adoptada por diversas confesiones cristianas tanto en Europa como en América.
El diseño circular de la corona es su rasgo más distintivo y encierra un profundo simbolismo: representa la eternidad, la continuidad y el amor infinito, al carecer de principio y fin. Tradicionalmente, se elabora con ramas verdes, que evocan la vida en medio del invierno, aunque en la actualidad es frecuente encontrar versiones confeccionadas con materiales sintéticos o decorativos, sin que ello altere su significado esencial.
Los adornos varían, pero las coronas más tradicionales incluyen hojas verdes, lazos rojos, frutos y elementos naturales que remiten a la vida, la luz y la llegada de un tiempo nuevo.

Uno de los aspectos centrales de la corona de Adviento son sus cuatro velas, que se encienden sucesivamente cada domingo antes de la Navidad. En algunas tradiciones, cada vela posee un color y un significado particular: la primera simboliza la esperanza y la promesa de un nuevo comienzo; la segunda, la fe o la paz, aludiendo al camino espiritual y la preparación interior; la tercera, generalmente de color rosa en ciertas liturgias, representa la alegría y la celebración; la cuarta, el amor, como recordatorio del espíritu navideño y la unión familiar. En determinados hogares, se añade una quinta vela blanca que se enciende en Navidad, simbolizando la luz del nacimiento o la renovación espiritual.
Más allá de su dimensión religiosa, la corona de Adviento se ha transformado en un símbolo de unión familiar. El acto de encender cada vela suele ir acompañado de instantes de reflexión, oración o simple convivencia, consolidando la tradición como un ritual que inaugura las festividades de diciembre.
Así, la corona de Adviento continúa siendo uno de los elementos más representativos de la temporada, evocando para millones de personas el valor de la esperanza, la luz y la renovación.