Alertan por el boom del “plastic eating”: adolescentes copian un desafío viral que pone en riesgo su salud

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La circulación de videos en redes sociales que muestran a jóvenes masticando comida envuelta en plástico, sin llegar a tragarla, encendió alertas entre especialistas en salud, nutrición y salud mental por los riesgos físicos y psicológicos que implica esa práctica. La tendencia, conocida a nivel internacional como plastic eating, comenzó a visibilizarse en Douyin, la versión china de TikTok, y luego saltó a TikTok y a otros países de Europa y América bajo el hashtag #PlasticEating. El mecanismo que muestran esos contenidos consiste en colocar film transparente sobre la boca o envolver la comida en plástico, masticarla para sentir el sabor y después escupirla o retirar el plástico, con la idea de “engañar” al cerebro, simular el acto de comer y evitar la ingesta de calorías.

Aunque en las publicaciones suele aparecer como un “tip”, un “hack” o un desafío llamativo, los especialistas consultados por LA NACION advirtieron que no se trata de un juego inocente ni de un simple reto viral, sino de una conducta alimentaria de riesgo que puede camuflar o agravar trastornos de la conducta alimentaria, además de exponer a quienes la practican a episodios de asfixia, ansiedad, alteraciones digestivas y una relación cada vez más conflictiva con la comida y con el propio cuerpo.

La práctica empezó a ganar visibilidad en videos de Douyin en los que se veía a jóvenes colocando papel film sobre la boca o usando una barrera plástica para masticar alimentos calóricos sin tragarlos. Con la lógica de circulación habitual de las plataformas, ese contenido empezó a replicarse fuera de China y a aparecer en TikTok en otros idiomas y contextos. La propuesta se presenta como una supuesta forma de “disfrutar” la comida sin aumentar de peso y con la promesa implícita de adelgazar a largo plazo. Sin embargo, los profesionales consultados señalaron que esa idea parte de una lógica riesgosa y engañosa.

Mabel Bello, directora médica, fundadora y presidenta honoraria de ALUBA-Fundación Fundaluba, asociación dedicada al tratamiento y la prevención de trastornos alimentarios, advirtió ante LA NACION que la patología alimentaria es frecuente en distintos países y aparece con fuerza en la adolescencia, en ambos géneros, aunque con mayor frecuencia en mujeres. Explicó que las prácticas para mantener un bajo peso suelen implicar conductas de riesgo, evitación y mecanismos purgativos, y remarcó que muchas veces la obsesión por el cuerpo delgado se instala como un imperativo de aceptación y éxito. También señaló que estos cuadros suelen asociarse al miedo a crecer, al futuro, al temperamento obsesivo y al perfeccionismo.

Bello sostuvo además que en muchos casos estas conductas aparecen desde la adolescencia e incluso desde la infancia, en un contexto atravesado por inseguridades y por una cultura que presenta la delgadez como sinónimo de valor, aceptación y reconocimiento. En ese marco, señaló que el tratamiento más efectivo requiere abordajes terapéuticos grupales, autoayuda y medicación, porque es allí donde se trabajan los temores y las obsesiones hasta lograr, de manera gradual, una mejora clínica y la posibilidad de asumir el futuro sin esos miedos.

En una línea similar, Laura Salzman, licenciada en nutrición y presidenta del Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires, planteó a este medio que este fenómeno no debería ser nombrado como un “reto”, sino como una conducta alimentaria de riesgo. “Hay que desnaturalizar esa idea. Hay que cerrar esa puerta que se abre respecto de la noción del reto”, señaló. Para Salzman, este tipo de videos reproducen conductas similares a las de los trastornos de la conducta alimentaria: restricción extrema, una relación disociada con la comida, búsqueda de satisfacción inmediata y, a la vez, interrupción del placer.

“Hay algo muy fuerte vinculado al deseo y al placer que se corta y que es propio de los trastornos de la conducta alimentaria. No poder disfrutar, la culpa y, sobre todo, el disfrute cortado”, explicó. Según indicó, el control inhibitorio que permite sostener este tipo de prácticas no aparece de manera aislada, sino que forma parte de dinámicas más amplias ligadas a la restricción y a la desconexión con el acto de comer. Por eso insistió en que estas conductas no deben ser banalizadas ni presentadas como una simple moda.

La especialista agregó que masticar comida para escupirla es una práctica conocida en la clínica de los trastornos alimentarios y alertó que, cuando se viraliza en redes, puede contribuir a normalizar comportamientos que desde la salud mental y la nutrición se sabe que son problemáticos. Para Salzman, el tema es especialmente sensible en la adolescencia, etapa en la que todavía hay mucho por hacer en prevención antes de que el trastorno quede instalado.

Según explicó, entre los riesgos concretos aparecen la detención del crecimiento, alteraciones en el desarrollo puberal y la posibilidad de que no se produzcan cambios esperables para esa etapa. Mencionó, por ejemplo, la interrupción del ciclo menstrual en las chicas y otros efectos vinculados al impacto de la restricción sobre el desarrollo biológico. A eso sumó un deterioro de la salud mental, aislamiento, angustia y un debilitamiento de los vínculos sociales.

“Yo me quedaría con tres ejes”, resumió. Por un lado, el riesgo para la salud mental y la profundización de una situación psicopatológica marcada por un gran control inhibitorio. Por otro, la restricción del placer y del deseo en una etapa vital. Y, finalmente, el recorte de los vínculos sociales, cuando por miedo a engordar muchos adolescentes dejan de compartir espacios ligados a la comida. En ese proceso, explicó, aparece una retracción vincular que puede profundizar el aislamiento y el deterioro en la salud mental.

Salzman también remarcó que el impacto en jóvenes y adolescentes es “altísimo” porque son los grupos que pasan más tiempo en redes, comparten contenidos para sentirse parte y pueden terminar estimulándose mutuamente a reproducir esas conductas. Por eso consideró clave que las familias estén atentas a lo que miran y comparten sus hijos, y que ese análisis también ingrese a los espacios de consulta profesional. “No lo dejaría librado al azar”, afirmó al referirse al uso de redes sociales y a la necesidad de conversar sobre esos contenidos de manera permanente.

Una práctica de riesgo

La nutricionista también advirtió sobre una cuestión específica de esta práctica: masticar y escupir no es inocuo. “Refuerza la restricción y la obsesión alimentaria, mantiene el circuito del atracón y la culpa, trae problemas digestivos por las secreciones de las enzimas, altera la regulación del apetito y aumenta la ansiedad en torno a la comida”, explicó. En ese sentido, insistió en que el abordaje no debe quedar en manos de una sola disciplina. “El equipo ideal es nutrición, psicología y medicina, trabajando con las familias. Los ejes son la educación alimentaria, nutricional y la educación emocional”, señaló.

Desde la medicina clínica, Ramiro Heredia, del Departamento de Medicina Interna del Hospital de Clínicas José de San Martín de la Universidad de Buenos Aires (UBA), puso el foco en los riesgos físicos inmediatos. “En primer lugar, existe el riesgo de asfixia, ya que estamos envolviendo los alimentos que vamos a consumir con una lámina de plástico. Esto, si llegara a aspirarse, podría incluso poner en riesgo la vida”, dijo a LA NACION. Además, advirtió sobre la erosión del material y la posibilidad de ingerir micro o macroplásticos, en un contexto en el que la ciencia y la comunidad médica tienen cada vez más conciencia sobre sus efectos nocivos para la salud.

Heredia también vinculó la práctica con una relación no saludable con la comida. En su opinión, estos desafíos virales pueden perpetuar o agravar trastornos de la conducta alimentaria preexistentes. Por eso consideró central el papel del consejo médico, las autoridades sanitarias y los comunicadores a la hora de prevenir conductas que pueden poner en peligro la vida de las personas.

El psicólogo Sergio Héctor Azzara, docente e investigador de la UBA y de la Universidad de la Defensa Nacional (UNDEF), advirtió a LA NACION que este tipo de contenido puede tener un impacto significativo porque trivializa conductas muy cercanas a los trastornos de la conducta alimentaria. Explicó que, en la adolescencia, el cerebro todavía está en desarrollo, en particular las áreas prefrontales vinculadas al control de impulsos y a la evaluación de riesgos, mientras que los sistemas de recompensa dopaminérgicos son muy sensibles a la aprobación social. “Eso hace que los adolescentes sean particularmente vulnerables a contenidos virales que prometen soluciones rápidas para controlar el peso o mejorar la imagen corporal”, sostuvo.

Para Azzara, estas prácticas resultan atractivas porque ofrecen una ilusión de control y de respuesta inmediata. “Vivimos en una cultura que valora el resultado rápido, sin proceso, sin esfuerzo: bajar de peso rápido, verse bien rápido, resolver todo con trucos. Para alguien con insatisfacción corporal o miedo a engordar, una práctica que promete sentir que comés sin ingerir calorías puede parecer una solución ingeniosa, cuando en realidad refleja una relación muy problemática con la comida”, afirmó.

El especialista definió a las redes sociales como “Amplificadores culturales”. Según explicó, cuando una conducta extrema aparece repetida en videos cortos, con una estética atractiva o un tono humorístico, empieza a percibirse como algo normal. A eso se suma el funcionamiento del algoritmo, que tiende a reforzar los contenidos con más interacción y puede encerrar al usuario en una burbuja de videos sobre dietas, cuerpos ideales o “trucos” para no comer. “El objetivo del algoritmo no es que tus conductas sean saludables, sino que sigas mirando la pantalla”, resumió.

En ese punto, Azzara advirtió que la lógica algorítmica no busca ofrecer información saludable ni psicológicamente protectora, sino detectar qué capta la atención del usuario y reforzarlo. Cuando el sistema identifica interés en ese tema, explicó, comienza a enviar más contenido similar, lo que termina armando una burbuja informativa en la que casi no entra información contradictoria. En adolescentes, ese efecto puede ser todavía más fuerte porque muchas veces tienden a percibir ese universo de publicaciones como si fuera la única información disponible.

Entre las señales de alerta que deberían observar las familias, Azzara mencionó cambios en la relación con la comida, rituales extraños al comer, evitación de ciertos alimentos, preocupación excesiva por las calorías o el peso y consumo muy intenso de contenidos sobre dietas y cuerpos en redes. También llamó a prestar atención a cambios en el estado de ánimo, ansiedad, baja autoestima y síntomas depresivos. “Estas prácticas no son inocentes ni saludables. Los trastornos de la conducta alimentaria son problemas serios de salud mental”, afirmó.

El rol de las plataformas también fue señalado por Gabriel Garriga, especialista en redes sociales. Según explicó, a diferencia de otras redes, TikTok funciona como un “mar de usuarios” de todas las edades que ingresan, muchas veces, con la sola intención de distraerse. En ese entorno, dijo, los videos que más se viralizan suelen ser los que disparan una emoción: alegría, miedo, impresión o admiración. Los desafíos insólitos o peligrosos, agregó, encuentran terreno fértil entre adolescentes, en parte por el deseo de llamar la atención y demostrar que no le temen al peligro.

“El algoritmo es una herramienta peligrosa para quienes tienen tendencias adictivas. Cuando detecta un tema sobre el que viste varios videos, comienza a bombardearte con otros similares, porque el objetivo básico de las redes es que te quedes la mayor cantidad de tiempo en la plataforma”, explicó. Garriga sostuvo además que los contenidos con “tips” o “hacks” tienen como fin enganchar a los usuarios, sin que necesariamente importe el riesgo que puedan conllevar.

También afirmó que las redes “disfrazan” muchas veces la realidad y construyen una especie de realidad paralela, con códigos propios que pueden confundirse con la vida cotidiana. Cuando ambas dimensiones se mezclan, advirtió, los usuarios pueden correr riesgos serios. Consultado sobre la responsabilidad de las plataformas cuando este tipo de contenidos empieza a circular, fue categórico: “Toda la responsabilidad”. Según dijo, las empresas tienen capacidad de control y deberían fijar límites claros en función del respeto por valores humanos básicos.

En la misma línea, el periodista y comunicador español Luis Kindah, que vive en la Argentina y crea contenido en redes, consideró que el fenómeno se vuelve viral por lo chocante de la propuesta. “Tengo entendido que es en países asiáticos. No sé hasta qué punto esto será una práctica que realmente esté teniendo impacto o si es más bien una idea que se ha vuelto viral por la misma excentricidad de la propuesta”, señaló a este medio. Y agregó: “Si me preguntás por qué se vuelve viral, creo que es precisamente por lo chocante del asunto. Una práctica tan polémica genera retención de audiencia, además de interacciones, que son algunas de las variables principales por las que se rigen los algoritmos a la hora de viralizar algo”.

La percepción de quienes integran el público adolescente aparece en sintonía con ese diagnóstico. Valentina, de 15 años, contó a este medio que este tipo de contenido sí le aparece en redes. “Me re llegó. Ese exacto no sé, pero videos así sí, un montón. En TikTok siempre aparece algo de cómo comer menos, cómo no tener hambre o cosas así medio raras”, dijo. También sostuvo que circulan todo el tiempo videos sobre bajar de peso, calorías, cuerpos y qué comer o no comer. “Para mí lo muestran más como un tip o una ayuda que como algo peligroso. Ese es el problema, porque capaz una lo ve y piensa que no es tan grave”, explicó.

Sobre el efecto del algoritmo, fue directa: “Ves uno y después te aparecen mil más parecidos”. Su testimonio coincide con lo que marcaron los especialistas sobre la forma en que estos materiales se presentan: no como señales de alarma, sino como soluciones supuestamente útiles o inofensivas.

En tanto, en la Argentina, el desarrollo de la plastic eating aún no se volvió masivo y los expertos alertan que es fundamental la mirada atenta de los padres de adolescentes ante conductas sospechosas.

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