Vanessa Bell, escritora y curadora, propone recorrer algunos de los lugares más emblemáticos para comer sándwiches de miga en Buenos Aires. En esta nueva edición de “Con otros ojos”, el recorrido atraviesa cafés y confiterías tradicionales para explorar la historia, las transformaciones y los rituales alrededor de uno de los productos más representativos de la gastronomía argentina.
El episodio pasa por Café Mar del Plata, Caren, Las Violetas y La Pasta Frola. Entre recetas clásicas, versiones reimaginadas y relatos familiares, el capítulo muestra cómo el sándwich de miga sigue ocupando un lugar central en la vida cotidiana porteña.
Café Mar del Plata: reinventar el clásico
La primera parada es Café Mar del Plata, en La Paternal, el proyecto de Martín Piroyansky y Diego Berakha. Para Vanessa, el lugar representa “esta nueva ola del sándwich de miga reversionado”, donde conviven sabores clásicos con combinaciones más experimentales.
Piroyansky cuenta que la idea nació a partir de su amor por los cafés y del deseo de crear “una especie de bar de viejos”. A partir de ahí apareció el sándwich de miga como eje de la propuesta. “Nos dimos cuenta de que en general uno los compra para llevar, pero no hay tantos lugares donde sentarse específicamente a comer sandwichitos”, explica.
El menú mezcla tradición e innovación: desde el clásico jamón y queso hasta opciones como brie, rúcula y pera o kimchi con trucha ahumada. Sin embargo, para Martín hay una regla clave: “Primero hay que hacer muy bien lo clásico y después invitar a probar cosas distintas”.
Caren: tradición familiar y búsqueda constante
La segunda parada es Caren, una confitería familiar fundada en 1969 que con el tiempo convirtió al sándwich de miga en su producto más emblemático.
Augusto Vázquez, hijo del fundador y actual dueño, cuenta que el local nació inspirado en las grandes confiterías porteñas y que originalmente estaba más asociado a la repostería europea. “En los últimos años el sándwich de miga pasó a ser nuestro producto más icónico y buscado”, explica.
Hoy tienen más de 25 variedades y siguen desarrollando nuevos sabores. Aunque el de jamón y queso continúa siendo el más vendido, también aparecen opciones como mortadela con pistacho y albahaca o pastrón con pepino agridulce. Para Augusto, una de los diferenciales de Caren está en el pan: “Lo hacemos nosotros mismos y se corta en el momento en que se arma el sándwich. Eso hace que la miga quede alta, aireada y fresca”.
En el subsuelo trabaja Hugo López, sandwichero de la casa desde hace más de cuatro décadas. “Se va aprendiendo del sandwichero titular”, resume sobre un oficio que, en lugares como Caren, todavía se transmite de generación en generación.
Las Violetas: historia, inmigración y memoria afectiva
En Almagro, Vanessa llega a Las Violetas, una de las confiterías más tradicionales de Buenos Aires, fundada en 1884. Allí el recorrido se vuelve más histórico y personal.
Bell repasa las distintas teorías sobre el origen del sándwich de miga argentino: desde la influencia del tramezzino italiano hasta la versión que lo vincula con los ingenieros ingleses del ferrocarril y los clásicos cucumber sándwiches británicos.
También aparece el costado emocional del producto. “Para mí los sándwiches de miga están muy vinculados a mi infancia”, cuenta Vanessa, recordando las meriendas con su abuelo en una histórica confitería de Juramento.
La Pasta Frola: frescura y sabores que cambian
El recorrido termina en La Pasta Frola, sobre Avenida Corrientes, una confitería fundada en 1917 que Vanessa frecuenta tanto por trabajo como por placer.
Allí destaca especialmente la frescura y el relleno generoso de los sándwiches. Entre los sabores más pedidos aparecen clásicos como jamón y queso, pero también opciones más contemporáneas como pavita, rúcula y tomate seco o el de alcaucil y queso.
Gerardo, uno de los mozos del lugar, cuenta cómo cambiaron los consumos en las últimas décadas: “Antes era todo jamón y queso, jamón y tomate, jamón y huevo. Después empezó a ampliarse con opciones vegetarianas y sabores distintos”.
Mientras termina el recorrido en La Pasta Frola, Vanessa se queda disfrutando uno de sus favoritos del momento: el sándwich de alcaucil y queso. En esa escena final aparece la idea que atraviesa todo el capítulo: entender al sándwich de miga no sólo como un clásico gastronómico, sino también como una costumbre profundamente ligada a la memoria y a la identidad porteña.
