Hay algo que parece constitutivo en los hermanos Milei, algo que está en sus genes y llevan en la sangre: son verticalistas. Las ideas y los actos de quienes los rodean deben responder a su voluntad. Uno es sanguíneo; la otra, cerebral; uno domina el espacio intelectual; la otra, el terreno de lo concreto. Son opuestos muy complementarios cuyo ADN común, sin embargo, los hace similares en muchos aspectos, y determina un gobierno capaz de llevar al extremo el afán de control sobre lo que se piensa y lo que se hace, no solo en la propia tropa, sino inclusive más allá. Este verticalismo remite sin esfuerzo al de los Kirchner, que también convocaba alrededor, más que compañeros de ruta embarcados en un proyecto común, un ejército de subordinados dispuesto a abdicar de toda idea o iniciativa propia para someterse a la orden del líder, que no admite cuestionamiento alguno y espera, por el contrario, una adulación incondicional capaz de alimentar un ego necesitado e insaciable.
El país político, por esto, sigue viviendo bajo el imperio del miedo. Por cualquier disidencia, aun la expresada con cautela y ánimo constructivo, el ingrato queda reducido a la condición de hereje y es expulsado de la corte que rodea al poder. El miedo es control. Más todavía cuando es infundido por arrebatos de ira que superan el límite de lo racional. El espectáculo de agachadas y obsecuencias resulta penoso, y esto es algo que hoy no se limita a los funcionarios y la militancia libertaria. Incluye también a quienes el temor a perder lo que tienen les hace callar lo que en verdad dirían, para decir en cambio lo que ordena repetir la policía del poder.
¿Qué pierde en dignidad una persona que renuncia a su autonomía? ¿Qué pierde un gobierno que busca confirmarse en su propio relato a la fuerza, aun a costa de alejarse de la realidad? La que sin duda pierde es la democracia, cuya necesaria pluralidad de voces queda ahogada por un discurso oficial que se pretende hegemónico. Tal vez por eso hizo tanto ruido el simple y sensato reclamo de Patricia Bullrich, que instó a Manuel Adorni a presentar su declaración jurada “de inmediato” para acallar el escándalo por su crecimiento patrimonial, que a golpe de revelaciones judiciales profundiza el daño a un gobierno que prometió acabar con la corrupción endémica del país.
Bullrich habló por muchos de los que en la Casa Rosada no se atreven a hablar, y así, además de propiciar una suerte de catarsis en sordina en muchos funcionarios, recuperó para ella un espacio de autonomía que había concedido desde que migró de Pro a la escuadra libertaria, aun a costa de poner de lado principios que siempre había defendido y al punto de terminar justificando lo injustificable.
Karina Milei exige incondicionalidad. Patricia Bullrich busca estar, incidir, hacer, y es incondicional hasta que no lo es
Esta vez, Bullrich alzó la voz. ¿Lo hizo por el más elemental olfato político, que no le falta? Puede ser. De cualquier modo, fue un gesto saludable, en un gobierno que exige subordinación y poco valor. Eso sí, también podría plantarse de la misma forma, ante ciertos desbordes, en defensa de principios republicanos o democráticos, que también los tiene, aunque a veces decida ponerlos en el freezer. Acaso actitudes así le reporten incluso un crédito político a usufructuar en el futuro. En la lucha por el poder, los políticos suelen olvidar que a veces los principios pagan.
Tal como están las cosas, hay dos mujeres fuertes en el Gobierno. A una de ellas la une un vínculo incondicional y hasta indisoluble con el Presidente, que va más allá de la sangre que todos los hermanos tienen en común. La otra mantiene con él una relación política coyuntural determinada por el resultado de las últimas elecciones presidenciales, aunque los acerca la fuerza de gravedad de la órbita inédita que los cambios de fondo de esta administración le imprimieron al país.
¿Qué grado de tensión habrán generado los dichos de la senadora sobre Adorni entre Bullrich y Javier Milei, quien sostiene a su jefe de Gabinete contra viento y marea? Milei, que se beneficia de la mejor imagen de ella respecto de la suya, dice que no hay tal cosa. Hasta Adorni dijo el jueves que “Pato es una fenómena”, aunque por lo visto no seguirá su consejo. No hay obligación de creerles. La relación más delicada, sin embargo, es la de Bullrich y Karina Milei, quien no digiere gestos emancipatorios. Y menos venidos de una “impura” que pone bajo amenaza su objetivo de colocar, en las elecciones del año próximo, un candidato propio en la jefatura de gobierno porteña.
Karina Milei necesita control y exige incondicionalidad. Patricia Bullrich busca estar, incidir, hacer, y es incondicional hasta que no lo es. Ambas, mientras Milei se ocupa de los números y de llevar su “batalla cultural” al mundo, se miden en el terreno. Acaso estemos ante la gestación de un nuevo triángulo de hierro distinto del anterior, aunque también desparejo y con tensiones parecidas.
En Bullrich tal vez exista otra tensión. Esta, interna. Aquella que a veces, no siempre, enfrenta en uno mismo la voluntad de poder con los principios que se han defendido. Y no es un tema menor. Para nadie. Porque si desplazamos los principios para privilegiar en exclusiva la consecución del rédito político en desmedro de una ética republicana, repetiremos una vez más el libreto de siempre, ahora llevados por un gobierno que, desde el otro extremo ideológico, replica los métodos de aquel que, además de abrirnos la grieta, nos dejó en pampa y la vía.