Dolly, juega conmigo: un festival sucio y salvaje que logra incomodar al espectador, pero no mucho más que eso

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Dolly, juega conmigo (Dolly, Estados Unidos/2025). Dirección: Rod Blackhurst. Guion: Rod Blackhurst, Brandon Weavil. Fotografía: Justin Derry. Música: Nick Bohun. Editor: Justin Oakley. Elenco: Fabianne Therese, Max the Impaler, Russ Tiller, Michalina Scorzelli, Seann William Scott, Ethan Suplee, Kate Cobb. Duración: 82 minutos. Calificación: Restringida para menores de 17 años. Distribuidora: BF Paris. Nuestra opinión: regular.

Cuando un género se empeña tanto en volver a sus orígenes, surge una pregunta inevitable: ¿Es que no hay nada nuevo para contar? ¿O será que la moda retro nos ha invadido de tal manera que volver sobre nuestros pasos es hoy una forma de avanzar? No es de extrañar que estos y otros interrogantes invadan la mente del espectador mientras asiste a ese festival sucio y salvaje que es Dolly, juega conmigo.

Macy (Fabianne Therese) es la típica chica en apuros que, de excursión rural con su novio Chase (Seann William Scott), se va a topar con un horror en un entorno de naturaleza pesadillesca. Previo a iniciar el viaje, suceden dos acontecimientos que tendrán mucha importancia para lo que viene después: mientras él deja a su hija en casa de su hermana, ella descubre que le va a proponer casamiento. Sin embargo, a Macy no le convence la idea de perder su soltería, y mucho menos ser madrastra o, potencialmente, madre.

2 stars

Llegados al bosque, y luego de sorprenderse por la cantidad de muñecas que cuelgan de los árboles, la pareja se enfrenta por primera vez con la asesina del póster: Dolly. La figura embutida en una terrorífica máscara de muñeca de porcelana, de enorme porte y fuerza irreal, le parte una pierna y la mandíbula a Chase, y se lleva a Macy a su casa, perdida en el bosque. Su objetivo es “criar” a la joven como si fuera su hija pequeña. A partir de entonces, Macy se ve obligada a vestirse con ropa infantil, seguirle la corriente a Dolly en decisiones absurdas y enfrentar los castigos del monstruo ante cada intento de escape.

Dolly, juega conmigo se nutre del slasher de los 70, pero no busca reinventarlo ni encontrar un camino propio

Dolly, juega contigo dialoga directamente con los slasher de la década del 70, como The Last House On The Left o La masacre de Texas. Tanto su fotografía como su estética, sumado al hecho de haber sido filmada en 16 mm, remiten a una representación de aquella construcción primigenia del subgénero. El problema es que, semejante culto al cine de entonces, la termina convirtiendo en una propuesta que tiene demasiado poco para ofrecer. Da la sensación de que sus responsables nunca entendieron que la gracia de homenajear a períodos anteriores no es calcar sus virtudes y sus defectos, sino tomar los primeros y reinventarlos hacia una narrativa nueva, acorde al momento en que el nuevo proyecto ve la luz.

Luego de unos primeros minutos, donde estética y transgresión llaman la atención, la película se hunde en una sucesión de decisiones de guion incomprensibles, sumadas a una falta de ritmo que arruina cualquier atmósfera que la puesta en escena haya buscado lograr. La violencia y el morbo se suceden (lo que está bien en un producto como este), pero dominan de tal manera el conjunto, que ahogan cualquier intento de desarrollo de personajes o progresión dramática. Nada de eso se encuentra, apenas un punto de partida para nada original, que no muestra suficientes elementos como para avanzar.

La película se hunde en una sucesión de decisiones de guion incomprensibles, sumadas a una falta de ritmo que arruina cualquier atmósfera que la puesta en escena haya buscado lograr

Y cuando lo hace, es mediante decisiones incongruentes que hasta resultan risibles, incluso no siendo una película para reírse. Chase intentando ser un héroe, con la mandíbula colgando; o la conducta absurda de Macy en su paso por la casa, son algunos de los problemas de lógica interna que abundan en el film. También, la trama gira sobre sí misma demasiado tiempo, tanto que se marea; y de pasada, marea al que la está viendo.

Entre un grotesco intencional y otro involuntario, la película de Rod Blackhurst (basada en el cortometraje Babydoll de 2022, también de su autoría) logra incomodar, pero no consigue construir nada a partir de ello.

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