Los Años Locos en la Argentina: de visitas ilustres, plumas y balcones alquilados

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Las mujeres se sentaron al volante, fueron candidatas a diputado -con “o”, todavía no había “diputadas”-, y se cortaron el pelo. El edificio Barolo asomó su faro entre tanto edificio con mansarda, la gente se enfermó de “neurastenia”, Luis Ángel Firpo se volvió un ídolo de masas y el príncipe de Gales -más tarde Eduardo VIII, quien abdicaría por amor a Wallis Simpson- visitó Buenos Aires. En los Años Locos, posteriores a la Belle Époque y al desastre de la Primera Guerra Mundial, la sociedad pareció quedar patas para arriba y, después de la oscuridad, impuso un momento de bienestar y disfrute, antes de la Segunda Guerra que vendría. Después del éxito de su libro de 2022, Historias de la Belle Époque en la Argentina, Daniel Balmaceda, uno de los autores de historia argentina más prolíficos de la actualidad, indaga los sucesos que sucedieron en ese período, en su nuevo libro Los Años Locos en la Argentina.

El autor, que hoy se dedica a la escritura a tiempo completo desde la ciudad uruguaya de Colonia, cuenta que para trabajar en forma constante tiene que “tener varios libros funcionando a la vez”. “Mis investigaciones no son en este momento para mi próximo libro, sino para mis próximos libros, en plural. Y eso optimiza mucho en el momento de ir a un archivo, a una biblioteca, a una hemeroteca, porque lo que hago es juntar. Veo una página sábana de un diario y en la columna 3 hay algo que interesa para otro libro, y voy guardando”.

-¿Los mayores hallazgos provienen de las pequeñas anécdotas, de las que precisamente tenés millones?

-Sí, absolutamente. Pero en general esos pequeños hallazgos terminan completando, tal vez, alguna biografía o alguna escena histórica que está incompleta. Un ejemplo sería el caso de Manuel Belgrano. De él decían algunos contemporáneos que tenía actitudes afeminadas. Al investigarlo, te das cuenta a qué se referían, y esto no se había contado bien. Él pertenecía al grupo llamado dandismo, que conoció en Londres en un viaje que hizo con Rivadavia, en una misión diplomática. De hecho, los dos posaron de la misma manera en los cuadros que pasaron a popularizarse, con las calzas, que son los pantalones bridge, de montar. Rivadavia también posó de la misma manera y era el modelo del dandismo.

-¿En qué consistía?

-Era una moda que hacía que el hombre se cuidara el corte de pelo, las manos, que usara camisas limpias, pañuelos que no estuvieran sucios, pantalones de montar y botas, aunque no tuviera caballos. Porque había que parecer que estaban siempre en la campiña, por más que estuvieran en la ciudad. Cuando llegó a Buenos Aires, algún oficial dijo: “Belgrano tiene maneras afeminadas”, que era una forma de decir que había cambiado y se había cuidado el aspecto, cosa que los hombres de aquel tiempo no hacían. Entonces esos pequeños detalles son pequeños, sí, pero en realidad completan un poco la escena.

Durante los cuarenta años que transcurrieron desde 1871 hasta 1914, la Belle Époque impuso sus costumbres y su estética. Esto se interrumpió con la Primera Guerra Mundial. Entre 1918 y 1939, antes de la Segunda Guerra Mundial, hubo una especie de “recreo”, durante el cual tuvieron lugar los Años Locos.

-Los Años Locos, el título del libro y de una era, parece aludir a una época de fiestas, y eso está asociado también a la Belle Époque. ¿Años Locos tiene por ahí más que ver con los cambios que hubo entonces?

-Hay que diferenciar la Belle Époque de los Años Locos, por supuesto. Son momentos muy distintos, separados por la Primera Guerra Mundial. El recreo fue el momento en que se terminó esta guerra. En ese momento no esperábamos tener lo que tuvimos después. Así que los años 20 sí tuvieron mucho, sobre todo, de participación de la juventud. La juventud de los años 20 tenía entidad propia, a tal punto que pasaron a ser considerados un grupo social al cual se le podían vender cosas.

-¿Y por qué se produjo ese cambió?

-Principalmente por el impulso de las mujeres. La mujer tuvo, por las cuestiones de la guerra, que abandonar los lugares clásicos que se le daba y ocupar espacios de producción. Cuando terminó la guerra no dio marcha atrás. Y eso hizo que ya la mujer comenzara a tener una identidad muy marcada, a tal punto que se cortó el pelo. No quería exhibir el busto, en general trataba hasta de ser más chata. Tenía actitudes que antes eran más características de los hombres, como por ejemplo fumar en público, armar salidas grupales. Comenzaron a manejar, se multiplicó la cantidad de mujeres al volante, aparecieron las academias de manejo y las salidas de chicas. Eran cuatro, cinco o seis chicas arriba de un auto, porque una de ellas manejaba y se iban a Palermo paseando.

Daniel Balmaceda en la presentación de Los años locos en la Argentina, en la reciente Feria del Libro

-Todo eso no tenía nada que ver con lo vivido por sus padres.

-Claro. De hecho, los padres veían con mucha preocupación el tema de cómo se cortaban las faldas, esto de los cortes de pelo, del uso de plumas, de fumar, de armar programas, inclusive a la noche. No eran solo pícnics entre jóvenes, sino que 50 chicos decidían hacer una fiesta y se ponían a bailar. Porque, además, ahora sí tenían algo que los padres y abuelos no habían tenido, que era la música portátil. A partir de la vitrola y de la radio comenzaron a tener música en una caja. Una música que podían llevar. No tenían que ir a una glorieta de un parque ni a un teatro. Es muy notable el cambio.

-Todo iba muy rápido.

-Todo rápido, todo ya. Porque, además, apareció la venta en cuotas. Macoco Álzaga Unzué se podría comprar un auto, pero la mayoría no. Y lo que pasó fue que en ese momento, que vos podías pagar en dos años un auto, aumentó muchísimo el parque automotor. Aumentó el consumo y el descontrol del consumo, porque no había educación financiera. Se compraba en cuotas, pero nadie pensaba en cuándo tenía que pagar las cuotas.

-Y llegó el crack del 29.

-Eso terminó derivando en el crack del 29 en el mundo entero. El endeudamiento fue una de las causas principales, pero aparte muchas empresas tenían grandes problemas para cobrar lo que habían vendido, por esto de que la gente no tenía una conducta de cuotas. No eran los bancos los que financiaban, eran las propias compañías de automóviles, de electrodomésticos, de lo que sea. Eso fue letal.

-Tus historias son, en un porcentaje muy alto, historias reales. ¿La historia de los balcones, llenos de “ramilletes” de señoritas viendo pasar al príncipe de Gales cuando visitó la Argentina, fue real?

-Absolutamente.

-¿De dónde obtuviste esa información?

-Hay algunas historias que uno conoce, mínimamente. Vino el príncipe de Gales, pero queda muy chata la información si solo tenés el título, que vino, que durmió en el Palacio Ortiz Basualdo e hizo tal y tal actividad. Fue a un campo, cantó con Gardel, tocó el ukelele. Los detalles están en las publicaciones, en las crónicas periodísticas de aquel tiempo, que marcan como un evento social la invitación de una familia a todas estas señoras y señoritas para ver al príncipe de Gales. Porque, además, y esto sí es copiado de la Belle Époque, los balcones se alquilaban en muchos casos.

-La famosa frase “para alquilar balcones”.

-Para alquilar balcones es justamente cuando vos tenías balcones sobre Avenida Santa Fe, sobre Callao, sobre lugares donde podía pasar un desfile, un visitante ilustre o un funeral. Los que tenían balcones tenían un privilegio y los podían alquilar. Se alquilaban por medio de los diarios con avisos y algunos ofrecían un servicio de lunch. El balcón, en aquellos tiempos, era un ambiente importantísimo de la casa. Y a la hora del té, se aprovechaba mucho porque, con buen tiempo, todo el mundo tomaba el té en el balcón. Por eso, la llegada de una figura ilustre como el príncipe de Gales hizo que lo aprovecharan. En el caso de la Avenida Callao, por ejemplo, la mayoría no se alquilaron porque, justamente, eran las propias familias las que querían aprovecharlo invitando a su gente.

-¿Otras anécdotas de esa ilustre visita?

-Victoria Ocampo, en sus memorias, cuenta el día que el príncipe de Gales fue a su casa, llegó con el ukelele y se puso a tocarlo. Y otra anécdota fue cuando el Príncipe fue a un sótano a bailar, conoció a una pareja y esa gente termina presentándole a Wallis Simpson. Es decir, a esa gente la conoció acá, en un sótano en la calle Libertad. Y también por los diarios te enterás de que Einstein se tiraba panes con los estudiantes de ingeniería en el banquete que estos le hicieron. Empezaron una guerra de panes y Einstein se prendió.

-Einstein no la pasó muy bien acá, ¿verdad?

-No.

-¿No le cayeron bien los argentinos?

-No, el tema era que no lo entendían. Él vino con la Teoría de la Relatividad, que ya llevaba muchos años. Nadie le entendía lo que estaba diciendo y estaban más atentos a su aspecto, poco distinguido, con sandalias, con un traje claro y muy despeinado. Hoy el estereotipo del científico loco es ese hombre despeinado, que es justamente Albert Einstein.

Albert Einstein en Buenos AiresEinstein durante una conferencia en el Colegio Nacional Buenos AiresActa firmada por Albert Einstein en ocasión de su conferencia en el Aula Magna de la Universidad de Buenos Aires, en marzo de 1925

-¿Fue superficialidad o fue ignorancia?

-Fue superficialidad, sí, porque era una visita ilustre. Era un premio Nobel y todos querían verlo, saludarlo, participar de esas actividades, pero no entendían de qué estaba hablando. No había forma de que entendieran lo que él trataba de explicarles. Así que era más figurar que otra cosa.

-¿Cuál fue el hallazgo que más te impactó de todo lo que contás en el libro?

-La noche previa a la elección que terminó con Hipólito Irigoyen en la segunda presidencia, en un bar de la Avenida de Mayo una mujer se sentó a tomar un café y en los diarios al día siguiente salió que estaba vestida de amazona. O sea, era tan sin sentido decir “una mujer con pantalones”, que directamente ponían “vestida de amazona”. A esa mujer, hombres y mujeres la abuchearon en el bar. Ella terminó su café con mucha dignidad, se levantó, se fue caminando por la Avenida de Mayo y la siguieron abucheando en la calle. Una mujer con pantalones en 1928 era un escándalo que salió en los diarios. Eso me pareció claramente llamativo.

Un salto al futuro

Cuando hace unos años, mientras Daniel Balmaceda investigaba el período de la Belle Époque para su anterior libro, fue encontrando lazos con lo que seguiría después, en memorias, libros familiares, cartas y diarios íntimos que traspasaban su período de estudio. Ahí percibió el cambio de época y consideró que tenía que dar ese salto hacia los años siguientes.

-¿Cómo describirías la vida cotidiana de esa época?

-En el mundo laboral había muchas posibilidades. Aumentaba la oferta laboral y aumentaba también tu calidad de vida. Y existía la necesidad de divertirse. Como espectadores, fue muy popular el deporte en los años 20. Y también la oferta de entretenimiento, de teatros, de cines, la llegada del cine sonoro, la aparición de la radio. Todo terminó siendo, en el día a día, actividades naturales de cualquier persona. Para a partir de media tarde encontrar algún tipo de distracción, de salidas. Comienzan a surgir los cócteles que, a fin de la década, solucionaron el problema de espacio. Vos querías invitar a mucha gente y la podías tener parada. Empiezan a aparecer los tragos, todo el servicio de bandejas y cosas por el estilo. Así que marca un cambio importante.

-¿Quiénes fueron los personajes centrales de esa época?

-Yo diría que todas las mujeres que se dedicaron a la política. Julieta Lanteri, por ejemplo, que decidió ser candidata a diputado porque no existía la palabra diputada, encontrando un hueco legal que se lo permitía; no podía votar, pero nada le impedía ser candidata. También fueron muy protagonistas Victoria Ocampo, Alfonsina Storni, Benito Quinquela Martín. Fueron nombres fuertes durante esa época. Marcelo T. de Alvear, por supuesto, y sobre todo Regina Pacini, que le dio un impulso a los artistas, que nunca habían tenido. Y también podría nombrarte a los deportistas, algunos muy destacados. Luis Ángel Firpo fue el primer gran ídolo deportivo. Nunca se había visto una devoción hacia un boxeador como ocurrió con Firpo.

Alfonsina Storni, en una imagen de 1928

Victoria OcampoMarcelo T. de Alvear y Regina Pacini, protagonistas de una larga historia de amor

-¿Y lugares emblemáticos?

-El Pasaje Barolo, la Munich de la Costanera y el Luna Park. El Luna Park era un centro de exposiciones. Estaba donde hoy está el Obelisco. En septiembre de 1923 hubo una exposición de aparatos de radio. Y Domingo Pace, el dueño del Luna Park, dijo: “Vamos a habilitar la exposición a la noche para que la gente vea cómo funcionan, vendiendo entradas”. Fue tal el éxito que decidió que tendrían que poner un ring para dedicarse al boxeo. Y a partir de esa noche, el Luna Park se convirtió en un templo del boxeo.

-¿Y el Barolo?

-Luis Barolo tenía tres terrenos sobre la Avenida de Mayo y tomó la decisión de construir. No pudo ver su obra, murió antes. Después de inaugurada entró en un litigio muy importante. Pero fue un edificio que era un atractivo turístico muy fuerte para Buenos Aires. Llegaban visitas ilustres, equipos de fútbol a competir y los llevaban al zoológico y al Barolo. Y la cervecería Munich fue un lugar de mucha actividad social; era el paseo por excelencia. Ya pisando el final de esta década, allí Antoine de Saint-Éxupery se comprometió con Consuelo Suncín, con quien se iba a casar. La Munich también tuvo mucha importancia en la construcción porque era un lugar absolutamente moderno, con un sótano para el despacho de cerveza como nunca se había visto.

-Frente a problemas de salud sin explicación en esa época, vos hablás de la neurastenia como respuesta a todo…

-Era la enfermedad de moda en los años veinte. Era una forma de decir lo que no se sabía. Cualquier desorden mental se le atribuía a la neurastenia, que era algo así como un estrés. Pero no era un estrés. Era algo mucho más amplio.

-¿Y detonaba el empeoramiento del cuadro?

-Sí, porque además había una oferta de medicamentos para tratar la neurastenia. Es una época de mucha oferta de soluciones médicas sin ningún tipo de sustento. También había mucha actividad de las curanderas.

-¿La publicidad ya tenía mucha influencia en el consumo?

-Como es una época de mucho consumo, la publicidad iba acorde con ese consumo. Tenía mucho peso Hollywood, que se convirtió en un lugar ejemplar. Las revistas del corazón decían que en Hollywood las actrices consumían verduras frescas. Antes de los años veinte, no existía la ensalada mixta. Las verduras se cocinaban, no se comían naturales. Acá veían que en Hollywood estaban divinos porque comían verdura fresca y empezaron a consumir verduras frescas. Eran muy imitadores.

-¿En qué época te hubiera gustado vivir?

-Mis tiempos más estudiados y más profundizados son los de la época de la Revolución de Mayo o de la guerra de la Independencia. Me sentiría muy cómodo reconociendo los lugares, las personas y los momentos. Pero en cuestiones de higiene, de salud y de tantas otras cosas sería un tiempo muy difícil para vivir. Siento que con comodidad podría plantarme en los años veinte, lo más parecido a nosotros hoy. Además, es una época en que lo pasaban muy bien. Por eso el libro es una invitación a pasear por esos años. Todo lo anterior es muy distinto. Nos costaría, hasta en algunos casos, hablar y sentirnos cómodos con la tonada de entonces, más española.

-¿Qué libro va a salir después de este?

-Tengo un abanico de libros en preparación. En este momento estoy combinando la ficción con la no ficción. Casi estoy convencido de que el próximo paso que voy a dar es uno más de ficción. Es una novela policial ubicada en el 1900.

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