A Javier Milei lo emociona reconocerse como el presidente de las primeras veces. Su carrera política ha sido una sucesión de rupturas que le valió una inmensa atención global y agigantó su apetito de singularidad. Ese impulso lo tienta ahora con una nueva frontera: llevar a la práctica la utopía de un país sin Estado.
En el discurso que dio el jueves en el Latam Economic Forum esbozó en público una idea con la que ya había entretenido a sus ministros en la reunión de gabinete del 25 de Mayo. Planteó las ventajas de un modelo social en el que las prestaciones que hoy da el gobierno sean reemplazadas gradualmente por un mercado de seguros privados.
“Tenemos que tener claro dónde estamos parados para poder elegir hacia dónde queremos ir”, dijo Milei cuando reveló que está preparando con el ministro Federico Sturzenegger lo que llamó “la revolución de los seguros”. Afirmó también que la baja de la inflación y la estabilidad macro -aunque imprescindibles- no son el motor de la recuperación económica. Para crecer, postuló, hay que llevar al extremo la desregulación y traducirla en una constante baja de impuestos.
Milei respiró en las últimas semanas con un alivio que no sentía desde el verano, cuando la escalada de precios se cruzó con un desplome de la actividad y estalló el escándalo irresuelto de los bienes de su jefe de Gabinete, Manuel Adorni. La inflación de nuevo a la baja, el salto de las exportaciones y la estabilidad cambiaria acompañada de un riesgo país por debajo de los 500 puntos devolvieron al Gobierno a la senda del triunfalismo.

“La economía se va a llevar puesta a la política el año que viene”, anunció Luis Caputo. A su juicio va a ser tan exitoso el resultado de su plan que Milei ganará las elecciones sin despeinarse. El ministro despotrica a diario por lo que cree una injusta e interesada campaña del periodismo para instalar desánimo y distorsionar la realidad. Consideró incluso que lo quieren hacer caer en una trampa cuando le sugieren tener empatía con los que sufren. Porque eso sería “validar” una situación que considera exagerada.
El discurso de Caputo encantó a Milei, que habló en el foro justo después. Había llegado entusiasmado con encuestas que muestran un repunte en su imagen después de cuatro meses de caída.
La consultora brasileña Atlas Intel, que elabora un informe mensual para la agencia Bloomberg, registró una aprobación de Milei del 39,9% en mayo, casi cuatro puntos por encima del mes anterior. Vuelve así al umbral crítico del 40%, el número que de transformarse en votos podría alcanzarle para ser reelegido en primera vuelta. La otra cara de esos números: el 55,4% cree que el gobierno libertario es malo o muy malo. Y el 53% es pesimista sobre el futuro inmediato de la economía.
Los datos preliminares de abril sugieren otro descenso de la actividad después de las buenas noticias de marzo. El consumo de productos básicos sigue en declive (lo que influye en la baja sostenida de la recaudación del IVA), el ingreso disponible de las familias sigue sin aumentar y no hay señales de mejora en el empleo.
“Compito contra mí mismo”, dijo Milei esta semana. Asume que necesita sostener la confianza mayoritaria en los resultados positivos del programa económico.
Su discurso, empujado por el oasis de cifras recientes, abandonó por un rato el insulto a enemigos reales o imaginarios. Se instaló de lleno en la gestión de expectativas. Al decir que no basta con la baja de la inflación para reactivar, prepara el terreno para una campaña electoral que llegará antes que la prosperidad que prometió.
El paraíso se desplaza a una segunda etapa, que lleva al paulatino fin del Estado. Se sabe: la mejor forma de no hacer una revolución es explicarla sin parar.

“La teoría del caos”
El lunes, después del Tedeum en la Catedral de Buenos Aires, Milei recibió a sus ministros y colaboradores principales con la ofrenda de un librito de 80 páginas titulado “La teoría del caos”. Es una obra que recoge dos ensayos del economista libertario Robert P. Murphy.
El libro se propone demostrar la valía de un modelo al que llama “anarquía de mercado”, que consiste en eliminar el Estado y el gobierno para establecer, en su lugar, un sistema legal que funcionaría exclusivamente mediante contratos entre individuos y compañías de seguros. Agencias de arbitraje también privadas actuarían en caso de conflicto. La reputación y la presión de mercado reemplazarían al poder público.
Milei disertó ante sus ministros durante media hora sobre el concepto de la “revolución de los seguros”. Con matices y un período de “transición ordenada”, lo describió como una hoja de ruta para la Argentina.
En la hipótesis de Murphy, las aseguradoras reemplazarían a la policía, a la justicia y hasta los ejércitos. El incentivo de un ciudadano para hacer el bien consistiría en pagar primas más bajas (así como pasa ahora con los conductores de autos que actúan con prudencia). La persona contrata cobertura y a la compañía de seguros le interesa prevenir delitos porque paga si ocurren. El mercado produce orden sin coerción estatal.
Sostiene por ejemplo: “En este sistema todo el mundo compraría un seguro de asesinato, al igual que ahora los cirujanos contratan un seguro contra negligencia médica. La compañía aseguradora se compromete a compensar al patrimonio de cualquier persona que su cliente haya asesinado. Ya que la probabilidad de que alguien sin antecedentes sea declarado culpable de asesinato en el plazo de un año es bajísima, su prima también sería baja”.
Llega incluso a imaginar un “mercado de bebés a pleno funcionamiento, en el que los privilegios de paternidad se venderían al mejor postor”. Murphy postula que un esquema de ese tipo reduciría el abuso de niños. “Después de todo, los padres abusivos y negligentes son los que más probablemente ofrezcan a sus niños en adopción, mientras que las parejas enamoradas se permitirán pagar más generosamente por ellos”, escribe en el texto que Milei regaló a sus ministros.
Ideas por el estilo son el sueño de tecnoempresarios como Peter Thiel, dueño de Palantir, que encontró en el experimento mileísta un incentivo para instalarse en Buenos Aires y manejar desde aquí su imperio de la gestión masiva de datos.

Es curioso cómo Murphy resuelve el dilema que podría darse en una sociedad así en el caso de que empresas, aseguradoras y agencias de arbitraje hicieran acuerdos espurios para perjudicar a individuos, incapaces de apelar a una instancia superior. “La prensa se haría eco de estos fallos injustos, y la gente dejaría de creer en la objetividad de la Agencia X”, señala. ¿Qué pensará Milei de ese punto? Es probable que solo le guste el 95% del libro.
El Presidente propuso pensar el Estado como un prestador de seguros que actúa ante la aversión al riesgo de la sociedad. “Si desarrollamos un mercado privado de seguros que sea competitivo, profundo y completo, la justificación para que el Estado intervenga en esas áreas desaparece por sí sola. Si ustedes quieren achicar el Estado, necesitan generar los seguros que permitan sustituir la acción del Estado por el mercado de seguros”, dijo en el Latam Economic Forum.
El problema, como suele concluir Milei, son las restricciones que impiden traducir la teoría a una transformación inmediata.
Mientras promueve eliminar “el robo” que para él son los impuestos, debe lidiar con la presión del FMI para que amplíe la base de aportantes de Ganancias y elimine el monotributo.
El ministro Caputo admite que no le queda margen para ajustar el gasto. A Milei le llegan sutiles sugerencias de “abrir la mano” con políticas de incentivo, en una etapa en que el deterioro del ingreso de las familias convive con un período muy sólido de generación de divisas. “Voy a hacer lo correcto, y lo correcto es no aflojar con el ajuste fiscal”, insistió Milei ante el Gabinete. No dio lugar siquiera a comentar las expresiones del cardenal Jorge García Cuerva, sobre la “nube de desmembramiento social” que aqueja a la Argentina.
Milei prefirió calzarse el traje de profeta antes que responder. Hacia adentro usó el mensaje utópico como apelación a la unidad. Quiso dar por clausurada la crisis que había desatado Santiago Caputo cuando denunció en las redes sociales una operación en su contra por parte de Martín Menem, mano derecha de Karina Milei. No laudó ni por uno ni por el otro. Pero el empate benefició a Caputo, que exhibió como un triunfo la indulgencia con su rabieta tuitera. La próxima batalla se cocina a fuego lento.

“No es momento de rompernos entre nosotros”, resume un integrante del oficialismo que acepta en privado lo que sus jefes niegan: el Gobierno quedó golpeado por los escándalos y una sucesión de datos económicos frustrantes. Las internas y la costumbre de Milei de dividir el campo propio (sobre todo al destratar a Mauricio Macri y al Pro) parecen deportes de riesgo en la antesala del recambio presidencial.
Aunque el Gobierno conserva niveles de apoyo sólidos, la probabilidad de que en 2027 su continuidad se defina en un balotaje se incrementó de manera sensible, según un consenso de los sondeos independientes. La salud de una economía heterogénea inclinará la balanza al final. ¿Conseguirá que un modelo de exportación primaria sostenga la paz social en un país que concentra la mitad de su población en conurbanos afectados por la pobreza estructural y la desindustrialización?
Milei pasó de adjudicarse el “mejor gobierno de la historia” a fantasear con ser el último. Pero antes de convertirse en el primer líder que elimina el Estado le toca resolver la módica demanda ciudadana de llegar a fin de mes.