Cartas en braille, amor a ciegas y una vida compartida: la historia del matrimonio mendocino que aprendió a ver con el corazón

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Hay historias que llegan directo al alma. La de Walter Álvarez y Silvina Castro, ambos oriundos de General Alvear, Mendoza, es una de esas. Porque si algo define su vínculo no es lo que ven —porque no ven—, sino todo lo que aprendieron a sentir, a construir y a sostener juntos.

Su historia empezó en uno de los momentos más difíciles.

Era diciembre de 1993 cuando Walter, con apenas 19 años, quedó ciego tras un accidente. El golpe fue brutal. De un día para el otro, su vida cambió por completo. Pero apenas dos meses después, algo comenzó a reordenarse.

Un profesor de educación física, junto a un grupo de deportistas ciegos, fue a buscarlo a su casa. Lo invitaron a sumarse. A probar, a no quedarse quieto.

Los primeros tiempos, cuando las cartas en braille afianzaron el vínculo

“Me ofrecí para enseñarle braille”

Y ahí apareció Silvina. “Yo quedé ciega a los 12 años”, cuenta ella. Ya había recorrido ese camino que Walter recién empezaba a transitar. Había aprendido braille, orientación y movilidad en una escuela especializada en Mendoza, donde vivió en un internado. Sabía lo que venía. Sabía lo que costaba.

Por eso, cuando lo conoció, no dudó. “Me ofrecí para enseñarle braille”, recuerda. Y asegura que ese fue el primer puente.

Walter empezó a ir a su casa en General Alvear. Ahí, entre puntos en relieve y dedos que aprendían a leer de otra manera, comenzó algo más que una enseñanza. Había paciencia, cercanía, confianza. Y también una admiración mutua que crecía casi sin que se dieran cuenta.

“Le costó, pero tenía un entusiasmo impresionante. Siempre se proponía metas y las cumplía”, dice Silvina. Pero el aprendizaje no fue en una sola dirección. Si ella le enseñó a leer el mundo en braille, él le enseñó a enfrentarlo de otra manera.

Aunque Silvina ya tenía formación en orientación y movilidad, había algo que todavía le costaba aceptar: el uso del bastón. Había un rechazo, una incomodidad difícil de explicar.

El día del casamiento de Walter y Silvina

Hasta que apareció Walter. “Él me mostró otra cara. Me hizo entender que tenía que usarlo. Y empecé”, cuenta.

Ese gesto, simple en apariencia, fue enorme en lo simbólico. Porque ahí empezó a consolidarse algo clave: se estaban enseñando a vivir.

A los pocos meses, el vínculo dio un paso más. En noviembre de 1994 se pusieron de novios. No recuerdan la fecha exacta, pero sí todo lo que vino después.

El día de la boda de Walter y Silvina

300 km de distancia y el valor de las cartas

Silvina se fue a estudiar a Mendoza capital, a unos 300 kilómetros de distancia. La distancia, lejos de enfriar la relación, la transformó en algo aún más profundo: se escribían cartas. Cartas de amor en braille.

“Eran cartas románticas en braille”, recuerda Walter. Y en esa imagen hay algo que lo dice todo: manos que leen palabras que alguien escribió pensando en el otro. Un lenguaje propio, íntimo, construido desde cero.

El amor creció entre viajes, aprendizajes y deporte. Porque si hay algo que los unió desde el principio fue el movimiento. “Siempre hicimos mucho deporte, muchos viajes. Pero insisto, el deporte fue y sigue siendo clave en nuestras vidas”, cuenta Walter.

El deporte, siempre una forma de vida para la pareja ciega

Ese hábito se volvió parte de su identidad. No solo como actividad física, sino como forma de vida. Como espacio para compartir, para descargarse, para encontrarse.

“Si hay alguna tensión entre nosotros, porque las hay, como en cualquier matrimonio, salimos a correr o andamos en bici y ahí se diluye todo”, explica.

El 26 de febrero de 2000 se casaron. Fue un casamiento multitudinario, lleno de gente. “Siempre tuvimos muchas personas lindas alrededor”, dice Silvina. Y esa red, ese entorno, también fue clave en la construcción de su historia.

La familia de Walter y Silvina

Hoy llevan 26 años de matrimonio y tienen tres hijas: Carolina, de casi 25; Martina, de 22; y Delfina, de 18. Una familia que creció con naturalidad, con rutinas, con acuerdos, con desafíos como cualquier otra, pero también con una mirada distinta sobre el mundo.

Walter trabaja en el Poder Judicial. Silvina es ama de casa y tiene un emprendimiento de dulces artesanales que nació en pandemia. En esos meses de encierro, lejos de quedarse quietos, reinventaron su cotidianeidad. “Pasábamos tiempo en el patio, escuchando música, haciendo gimnasia. Yo empecé a fabricar cosas para entrenar, con materiales reciclados”, cuenta Walter.

Siempre el movimiento. Siempre el hacer. Y siempre juntos.

Su historia, dicen, no es perfecta. Como cualquier pareja, tuvieron altos y bajos. Pero hay algo que se mantiene firme: la capacidad de entenderse.

Los hijos y la pareja en el bautismo del menor

“Sabemos que nadie es perfecto. Yo tolero cosas de ella y ella tolera cosas mías”, dice Walter, con una sonrisa que se intuye en sus palabras.

Y agrega, en tono de broma: “No es una historia de amor, es un pacto gastronómico. Yo no cocino nada, soy inútil para eso. Ella cocina espectacular”.

Silvina se ríe. Porque también en esos detalles cotidianos se construye el amor. Pero si hay algo que define su vínculo, es el proyecto compartido: “Un matrimonio tiene que tener proyectos”, dice ella. “Proyectos individuales y proyectos en común”. Y el deporte volvió a ser ese punto de encuentro.

Unir el océano Pacífico y el Atlántico en bicicleta

Hace pocos días, Walter y Silvina fueron noticia por una hazaña impresionante: unieron el Océano Pacífico con el Atlántico en bicicleta. Más de 1.500 kilómetros desde Chile hasta Punta Alta, en tándem y acompañados por guías.

Pedaleando juntos, en los deportes y en la vida

Una travesía que fue mucho más que un desafío físico: “Esto no es solo nuestro. Es de toda la gente que nos acompañó, que nos apoyó”, dice Silvina. Porque si algo remarcan una y otra vez es eso: la importancia de las personas. “Si vos vas con otra mirada, te llenás de gente buena”, reflexiona.

Hoy, después de más de tres décadas juntos, su historia sigue en movimiento. Silvina entrena para nuevos desafíos: quiere correr una media maratón en Mendoza, otra en Buenos Aires y sueña con completar los 42 kilómetros de la maratón internacional. Walter, a su lado, sigue proyectando, soñando, empujando.

El grupo que unió el Pacífico y el Atlántico

Y juntos siguen demostrando algo que va mucho más allá de cualquier límite físico. Que el amor también se aprende, se construye, se entrena. Y se sostiene en los gestos más simples: enseñar, acompañar, insistir, confiar.

Walter y Silvina no ven el mundo como la mayoría. Pero supieron, desde el primer día, cómo mirarse entre ellos.

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