¿Habrá una corrección profunda de los mercados este año? Todas las teorías en danza

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En el episodio 5 de la primera temporada de Seinfeld (1990), aparece un monólogo de stand up en el que el comediante cuenta que él no es un inversor curtido: “Todo el mundo me dice: ‘Tenés que hacer que tu plata trabaje para vos.’ Yo decidí otra cosa: voy a trabajar yo, y la plata se queda tranquila. Porque cuando mandás tu plata a trabajar, muchas veces la echan. Volvés y preguntás: ‘¿Qué pasó? Yo tenía mi plata acá, estaba trabajando para mí.’ — ‘Ah sí, me acuerdo de tu plata. Llegaba tarde, pedía días libres…’”.

En la década del 90, cuando se filmó esta escena (y en los últimos 70 años, en realidad), el equivalente a que el dinero “se quede en el spa, relajado, descansando” solía ser una estrategia clásica conservadora de mitad bonos de Tesoro o empresas de primera línea, mitad un índice de la Bolsa (S&P 500). Podía haber algunos años malos, pero a la larga se ganaba y operaba la magia del interés compuesto. Ese fue el consejo básico de asesoría financiera durante décadas.

Pero las cosas están cambiando. La fragmentación geopolítica, los conflictos armados globales, la deuda soberana récord, la batalla de aranceles y la burbuja de valuaciones de tecnología crearon un contexto de fragilidad que hace que proliferen los “Dres. Doom” (ultra-pesimistas que ven en 2026 una corrección profunda de los mercados).

“Los tiempos que vienen serán radicalmente distintos a todo lo que la mayoría de la gente ha experimentado. Se parecerán más a la turbulenta era pre-1945 que al mundo que conocemos desde la segunda Guerra Mundial”, comentó días atrás Ray Dalio, de Bridgewater Associates, a Fortune. Dalio estudió en profundidad 500 años de ciclos económicos en todo el mundo, y advierte que estamos entrando en la fase más peligrosa. Un dato clave que indica que “algo está roto” es que normalmente el dólar y los bonos del tesoro se aprecian en los momentos de pánico: que esto no ocurra sugiere que la confianza en los activos de la economía más grande del mundo está cuestionada.

Y Dalio no es el único con esta postura. Michael Burry (predijo el crash de las hipotecas) se llamó a silencio mientras “shortea” a las tecnológicas. Jim Rogers (co-fundó Quantum Fund con Soros) dice que en 2026 se podría dar “la mayor crisis financiera de nuestras vidas”. Y Richard Bernstein (estratega de Janus, maneja US$19.000 millones) augura una “década perdida para el S&P 500” (algo que ya sucedió después de la caída de las tecnológicas en el 2000).

Estamos viviendo uno de los momentos más prolíficos para el pensamiento económico y tecnológico de la historia. Hay algo diferente ahora, una percepción de transformación en tiempo real, de que el suelo se mueve mientras uno camina”, cuenta a LA NACION Alexis Caporale, un ingeniero y emprendedor que creó su primera empresa a los 19 años (Bixti) y que fue parte del equipo fundador de World Fund, un VC de 300 millones de euros dedicado a soluciones tecnológicas para el cambio climático.

“Lo primero que empieza a hacerse visible es un fenómeno más amplio que la simple automatización, algo así como una industrialización de las disciplinas del conocimiento. Profesiones que siempre se definieron por la aplicación de criterio se están reconfigurando. El trabajo ya no consiste tanto en ”hacer» como en operar, supervisar y validar sistemas que llevan la ejecución. Se masifican esas disciplinas, entonces baja el costo y aumenta el volumen, pero también se comprime la calidad promedio”, explica Caporale, que hoy gestiona su patrimonio a través de un fondo propio con una estrategia para el “nuevo mundo” basada en “inversión en valor” (la filosofía de Warren Buffet).

“Como en toda industrialización, los extremos son distintos al centro. Habrá ámbitos donde la presencia humana siga siendo crítica —por responsabilidad, por complejidad, por confianza— y otros donde el valor esté en lo que no se puede estandarizar ni escalar. La misma lógica por la cual conviven hoy productos industriales y artesanales. Lo que cambia es que ahora esa lógica alcanza al conocimiento”, sostiene Caporale.

Para el inversor y estratega, estamos en una transición tan profunda que lo más probable es que muchos de los pensadores que plantean cambios inminentes muy profundos tengas razón a la vez. Burry con su idea de una corrección en el corto plazo porque se rompió el mecanismo de precios (la inversión pasiva en índices hace que suban porque entra capital, y entra capital porque subieron, sin importar los fundamentals). Marc Andreessen con su tesis de deflación por productividad: como la IA baja el costo de producir casi todo, entonces el PBI real se expande, y aunque los salarios nominales caigan, el poder adquisitivo podría crecer porque todo se vuelve más barato. Pone el foco en el destino de largo plazo —la abundancia— y pasa rápido sobre el caótico camino intermedio.

Además de Burry y Andreessen, Caporale sugiere mirar a un analista menos conocido pero ascendente, Stefano Bernardi, un inversor italiano que viene construyendo una tesis sobre el fin del ciclo de los estados-nación. Argumenta que los estados están en una crisis estructural de deuda y legitimidad, y que la empresas tecnológicas, el capital privado con alcance global y las infraestructuras descentralizadas empiezan a ocupar funciones que antes eran exclusivamente estatales.

Las tres visiones difieren, a veces radicalmente. Pero todas parten de premisas plausibles. Y ahí aparece la pregunta: ¿qué pasa si todos tienen razón? Al fin y al cabo, la historia económica rara vez elige una sola narrativa. Si Burry tiene razón, el mercado va a sufrir una corrección importante, algo que puede convivir perfectamente con el escenario de Andreessen. Una economía real que crece por productividad no necesita un mercado bien valuado. Los mercados y la economía real divergen todo el tiempo. Lo que cambia es la distribución. Pierden los que tenían capital en los activos equivocados. Ganan los que tienen exposición a negocios con cash flows reales y ventajas competitivas duraderas. Si Andreessen tiene razón, el resultado es abundancia material con una fractura social enorme. “La deflación por productividad no distribuye sola sus beneficios. Los captura quien posee el capital. Y si el capital es ahora el código, los modelos, los chips, los centros de datos, la pregunta de quién los posee es la más importante de los próximos veinte años”, dice Caporale.

Bernardi, por su parte, describe un deterioro que vuelve todo más complicado. Con corrección financiera, millones desplazados del mercado laboral y deflación en los precios, las estructuras políticas van a enfrentar una presión enorme para rediseñar el contrato social.

¿Y qué pasa con los economistas? Curiosamente, el “Dr. Doom” por excelencia, Nouriel Roubini, ahora está más moderado y espera una recesión corta. Más miradas en este contexto atrae el académico de Oxford y ex columnista del FT John Kay con su concepto de la “incertidumbre radical”, la que no es estimable en distribución de probabilidades: no sé qué tecnología va a dominar en 2030, ni cuáles empresas van a existir para esa época y cuáles no. El spa de los ahorros de Seinfeld nunca estuvo tan alborotado.

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