Imágenes y testimonios de la isla donde George Orwell escribió su obra maestra

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Barnhill, una granja retirada en los confines de Escocia. “Extremadamente inaccesible”, según George Orwell, que se refugió allí en la posguerra para dar a luz una nueva novela, 1984. La última, una obra genial que, en 2026, ya no se lee como alegoría de un futuro sombrío sino del incierto presente. Para apocalípticos —o realistas, según cómo se mire— la era orwelliana está en pleno apogeo. Las visiones de esta ficción distópica, cuya trama sigue a un hombre que intenta resistir el orden asfixiante de un gobierno altamente totalitario, proliferan con inquietante familiaridad hoy en día.

La vigilancia omnipresencia y la multiplicidad de telepantallas. La neolengua que limita el vocabulario y aniquila la capacidad crítica. La flagrante manipulación de los hechos y la reescritura caprichosa de la historia. La exacerbación del odio hacia el enemigo prefabricado. El doble discurso de personas que, para alinearse servilmente al discurso del líder, sostienen creencias contradictorias sin chistar ni hacer cortocircuito… E incluso ese mundo imaginario de la novela, dividido en grandes esferas de influencia, controladas por gobiernos autocráticos que constantemente anudan y rompen alianzas, encuentra ecos en el actual tablero geopolítico. “La guerra es la paz”, esa consigna para suprimir disidencias internas alimentando la inquina hacia el adversario, bien podría ser el lema de unos cuantos déspotas de turno…

Adaptada al cine, la tevé, la radio, el teatro, la ópera, el cómic, el ballet, etcétera, 1984 ha inspirado desde publicidades (como aquel fastuoso anuncio dirigido por Ridley Scott, transmitido con gran fanfarria por Apple para lanzar su primera Mac al mercado) hasta novelas satélite (Julia, 2023, de Sandra Newman, narra las vicisitudes de la susodicha amante del protagonista Winston). Sin obviar, claro, el sensacionalismo de famosísimo reality, con una de sus versiones actualmente en danza en la tevé argentina, donde el incorpóreo Gran Hermano controla la guerra… de egos entre actrices y exvedettes. Otra confirmación de la advertencia orwelliana: la actual cultura del exhibicionismo en el mundo del espectáculo.

George Orwell

Desde que se publicó en 1949, 1984 deplorablemente nunca perdió vigencia, pero hoy sus vaticinios parecerían más oportunos que nunca. “Nos habla con fuerza porque brindó el análisis más lúcido de la estructura del totalitarismo y sus mecanismos. Orwell descifra sus signos, detalla sus instrumentos y descubre un manual seguido por muchos regímenes”, opina el gran cineasta haitiano Raoul Peck (autor del excelente documental No soy tu negro, 2016) que, en su reciente producción 2+2=5 revisita esta visionaria obra a la luz de nuestros días, estableciendo un estremecedor paralelismo con la actualidad. Estrenado este documental recientemente en cines europeos con entusiasta acogida de crítica y audiencia, a la vez que también el teatro está llevando la historia a las tablas. En la sala Fernán Gómez de Madrid, por ejemplo, el público asiste a la rebeldía de Winston en la versión de Carlos Martínez-Abarca, una puesta en la que la tecnología es uno de los personajes principales porque, como dice el director, “¿Cuántas veces creemos que dominamos lo que en realidad nos domina?”.

Más allá de las adaptaciones y los análisis, el mito de 1984 tiene un anclaje geográfico: aquella granja “extremadamente inaccesible” en la isla de Jura donde Orwell escribió la novela mientras batallaba con una tuberculosis galopante. Este es el corazón de An Extremely Un-get-atable Place (Ediciones GOST), el nuevo fotolibro del artista británico Craig Easton que, cámara en mano, viajó al sitio de origen de la distopía para retratar los paisajes y la intimidad que rodearon al autor en sus últimos años. LA NACION conversó con el multipremiado fotógrafo sobre esta serie que busca presentar a Orwell como un hombre esperanzado y vital, a contramano del cliché de ermitaño taciturno que se recluye en un lugar remoto, en condiciones muy precarias para escribir una historia fatídica sobre el futuro.

El fotógrafo se hospedó en la misma granja en la que Orwell escribió 1984

Los confines de Jura

Llegar a Barnhill es hoy tan complicado como hace siete décadas: desde tierra firme, la travesía involucra —al menos— dos barcos, un trayecto en coche y, para rematar, una caminata de seis kilómetros por tierra. Está en el extremo norte de Jura, isla escocesa en las Hébridas Interiores de apenas 52 km de largo y 13 de ancho, terruño de dos centenares de habitantes, ampliamente superados por la población de ciervos: 25 por cada persona.

Quienes la han visitado aseguran que, aun en días soleados, la atmósfera es fantasmal y melancólica. En esa línea, las imponentes imágenes de An Extremely Un-get-atable Place: caminos solitarios de tierra que se pierden en la inmensidad de las colinas, cielos plomizos, ramas y raíces cubiertas de musgo, árboles azotados por la inclemencia de ventarrones, los ciervos rojos en pleno trote, la casa en medio de la nada, los rincones que hablan de una vida despojada.

Easton logró hospedarse mediante amigos de amigos que conocían a los dueños de la granja, “la misma familia que le rentaba la casa a Orwell”. Barnhill, revela, parece detenida en el tiempo. “Nadie más ha vivido ahí desde los 40, solo se alojan trabajadores de la finca o cazadores de ciervos que van de paso”. Durante su estancia, “sacaba fotos en el día y, por la noche, me sentaba frente al fuego con un ocasional vasito de whisky a leer los diarios y las cartas de Orwell para hacerme una idea de cómo fue su vida en este sitio”. Un lugar que a él mismo le resultó “desafiante y reparador por partes iguales, que me dio la chance de reenfocar mis energías en tiempos de tanta confusión y agitación política”.

nota sobre el fotolibro de la isla de 1984 de george orwell

El resultado es su visión personal de los dos años de Orwell en Jura, del 46 al 49. Una mirada que cuenta con el aval de Richard Blair, hijo del autor de (la también influyente) Rebelión en la granja que firma el epílogo de An Extremely… con la gratitud de quien ha viajado a su niñez a través de fotos tan evocadoras. Solo falta imaginar a su papá mirando por la ventana envuelto en el humo de su cigarrillo, regando los narcisos, diagramando su huerta con esmero o, cómo no, conjurando las desventuras de Winston Smith en 1984.

En la quietud de esa isla de impactante belleza agreste, Orwell disfrutaba mucho de la vida campestre: plantaba árboles frutales y hortalizas esperando verlos crecer; criaba gansos, pescaba caballa, abadejo y langosta, cazaba conejos. Invitó a muchos de sus amigos a visitarlo, hizo buenas migas con su casero… “Fue un refugio para él, un remanso de tranquilidad y esperanza donde construir un futuro junto a su hijo pequeño, tras la muerte de su esposa y el fin de la Segunda Guerra”, asegura Easton, que ve en esa mudanza un gesto de optimismo, y en la escritura de su novela más conocida “no un intento por profetizar sino más bien una advertencia”.

-Aun así acabó “vaticinando” muchos de los mecanismos de control de este presente cada vez más polarizado…

-Vivimos una época aterradora con el ascenso de los populismos despóticos, pero si miramos hacia atrás, miles de años de historia prueban que la tiranía ha sido la norma; las últimas décadas de libertad -en algunos países- han sido, en realidad, la anomalía. Por eso el arte importa, para aprender las lecciones del pasado. Que 1984 siga siendo tan citada, más que un síntoma de alarma me parece un acto de resistencia. Nos da el coraje para recordar que las cosas no tienen por qué ser así, que podemos disentir, luchar. Es lo que hace el protagonista de la novela: pese a estar roto por el sistema, una y otra vez lo intenta.

-Si tuvieras que destacar un atributo de Orwell, ¿cuál sería?

-Que nunca se encerró en una postura política. Se cuestionaba constantemente, al punto de ponerse en riesgo. Por caso, en España, donde pelea contra el fascismo -y una bala franquista lo hiere-, pero las filas comunistas lo expulsan por denunciar que la propaganda soviética manipulaba la verdad sobre lo que ocurría en el frente.

Imágenes de An Extremely Un-get-atable Place (Ediciones GOST), el fotolibro del artista británico Craig Easton

La verdad como campo de batalla

En la Guerra Civil Española, Orwell vivió en las filas del POUM la experiencia de un socialismo revolucionario, democrático y solidario, pero el sueño se derrumbó pronto bajo la propaganda y la represión estalinista (que con tanto acierto describió Ken Loach en su film Tierra y libertad, 1995). Distorsiones, acusaciones fabricadas, paranoia política: “La sensación de que la verdad objetiva está a punto de desaparecer me aterra mucho más que las bombas”, expresó quien, pese a no renunciar a sus ideales socialistas, se negó a ser prisionero de esa ideología. De hecho, nacido Eric Arthur Blair en una familia que prosperó gracias al colonialismo, forjó su conciencia anti-imperialista “en el corazón mismo del infierno”, sirviendo de joven para el ejército británico en Birmania. Expresó su culpa por haber sido “un engranaje más” de esa maquinaria brutal de sometimiento, que denunció en novelas, ensayos, columnas, crónicas periodísticas. También criticó los privilegios de las élites, expuso las penurias de los sin techo, la ardua realidad de los mineros…

Solo en un aspecto, Blair (que adoptó el nom de plume George Orwell en el 33, en honor a un río) se permitió cierta forma de dogmatismo. La única manera de preparar una buena taza de té -“uno de los pilares de la civilización”, en sus sentidas palabras no exentas de humor- era siguiendo las once reglas de oro que él mismo fijó en su artículo A Nice Cup of Tea. Siempre fuerte y sin endulzar; las hojas de la India (colonia inglesa, todo hay que decirlo) directamente al agua hirviendo, preparado y servido en porcelana, jamás de los jamases en plata para no alterar el noble sabor de la que era su bebida preferida.

En sus fotos, Easton insinúa los placeres austeros de la vida del autor en Barnhill -además del perfumado té, la jardinería…-, pero va un paso más lejos y, como parte del proceso del revelado, sumerge los negativos en una solución infusionada de té. “Experimenté con una loca variedad”, se sonríe sobre este guiño a la célebre obsesión del escritor. “Lo más encantador es que el resultado es impredecible: no hay dos copias iguales. La tonalidad depende de la temperatura, del tiempo de inmersión, de cuánto se agite la imagen en el tanque”. ¿Le hubiera ahorrado tiempo -y algún que otro dolor de cabeza- alterar las fotos digitalmente? Obviamente, pero para Craig “la esencia del proceso creativo no solo está en la inspiración sino en el trabajo duro”.

Esa misma resistencia al “camino fácil” explica su elección de equipo: una vieja cámara Deardorff de los años 50 -de madera, con fuelle-, una caja llena de películas de 10×8 pulgadas, un trípode pesado como un yunque. No es que Easton sea un ludita -usa cámaras digitales para otros encargos-, pero pensó que la velocidad no hacía match con este proyecto. Para alguien acostumbrado a abordar temas de largo aliento y rigor intelectual, el proceso es parte del mensaje, y empieza antes de gatillar: con mucha investigación previa.

Su serie Thatcher’s Children -que empezó en 1992 y retomó entre 2016 y 2020- es un buen ejemplo. Aquí aborda la nefasta herencia del gobierno de Margaret Thatcher a través de la historia de una familia del norte de Inglaterra, los Williams, capturando cómo la falta de oportunidades perpetuó el ciclo de pobreza y privación de tres generaciones. En 2021, Bank Top le valió el premio Mejor Fotógrafo del Año de los Sony World Photography Awards, uno de los más prestigiosos del mundo. Apenas algunas de las cocardas de este oriundo de Edimburgo, que actualmente reside en Bristol y es miembro de la Royal Photographic Society.

La última resistencia

“No estoy satisfecho con el libro, aunque tampoco del todo descontento (…) Creo que la idea es buena, pero la ejecución habría sido mejor de no haberlo escrito bajo la influencia de la tuberculosis”. Con su modestia habitual, así le escribía Orwell a su editor Fredric Warburg en octubre de 1948. Es una de las tantas citas que Easton intercala entre sus fotos, quizá para recordar que, detrás de la obra maestra, hubo muchísimo esfuerzo. Terminar la novela fue, sin duda, una prueba de resistencia para el padre de 1984: con la enfermedad avanzada y sin ayuda para transcribir su manuscrito, debió mecanografiar el original en la cama, a ritmo agotador, entre episodios de tos y fiebre. Ni bien finiquitó, fue llevado a un sanatorio de Inglaterra. Le pesaba dejar Barnhill, pero iba a regresar en cuanto se sintiera mejor. Murió en enero de 1950 con apenas 46 años, sin poder volver a la isla.

En vez de abrir An Extremely… con una cita de 1984, como se hubiese esperado, Easton escogió un texto que George publicó en el 46 en la revista de izquierda Tribune. Se titula “Algunas reflexiones sobre el sapo común”, y habla de lo que, en definitiva, él quiere transmitir con sus fotos: “Cuán importante es encontrar alegría en las pequeñas cosas de la vida, sea un paisaje o una tetera cachada”.

“¿Es políticamente reprochable señalar que, a menudo, la vida merece más la pena gracias al canto de un mirlo, a un olmo amarillo en octubre o a algún otro fenómeno natural que no cuesta un céntimo?”, escribe Orwell en el mentado ensayo. Y con enternecedora lucidez prosigue: “Creo que al conservar el amor infantil por cosas como los árboles, los peces, las mariposas y los sapos, uno hace que un futuro pacífico y digno sea un poco más probable, y que al predicar la doctrina de que nada es digno de admiración excepto el acero y el hormigón, uno simplemente se asegura un poco más de que los seres humanos no tengan otra salida para su energía sobrante que el odio y el culto al líder”.

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