LIMA.– “En las últimas décadas, nuestro país se quedó atrapado en sus heridas y sé que sería más fácil quedarnos en el insulto y la crítica. Pero nosotros apostamos por dar un paso hacia el diálogo, el consenso y la reconciliación”, dijo Keiko Fujimori arriba del escenario del Estadio Monumental de Lima, vitoreada por una multitud de fanáticos y escoltada por sus candidatos a la vicepresidencia, Miguel Torres y Luis Galarreta.
Esa frase en el cierre de campaña sintetiza la dualidad que maneja la candidatura presidencial de Fuerza Popular, por un lado pesadillas sobre el fantasma del autoritarismo de su padre Alberto Fujimori y por el otro, la resignificación del apellido en un contexto de percepción de necesidad de orden.

La escena transcurría a unos 40 minutos del Palacio de Gobierno. Era de noche, pero el estadio estaba encendido en naranja. Miles de personas agitaban banderas, repetían consignas y coreaban su nombre. “¡Keiko presidenta!”. En los parlantes sonaba una canción pegadiza que mezcla campaña y ritual. Al aparecer en el escenario, vestida de blanco y con una campera roja, sonrió, levantó la mano y aguardó en silencio. Una profesional de la política que tras años de carrera sabe perfectamente cómo manejar los tiempos, sabe cuándo dejar que el clima crezca antes de hablar.
“¡Queremos un gobierno que nos traiga paz, que recupere el orden! No los voy a defraudar”, prometió Keiko Fujimori, administradora de empresas de 51 años, en su cuarto intento por ganar la presidencia de Perú.
La imagen es una puesta en escena de lo que su figura encarna, persistencia, identidad y una promesa de orden en medio de la incertidumbre.

Hija del expresidente Alberto Fujimori, que gobernó entre 1990 y 2000, su identidad política está atravesada por una herencia que divide. Para sus seguidores, ese apellido remite a la derrota del terrorismo y a la estabilización económica tras años de crisis. Para sus detractores, evoca un régimen autoritario, marcado por violaciones a los derechos humanos y corrupción, por las que su padre fue condenado a 25 años de prisión.
En esa ambivalencia se construye buena parte de su trayectoria política.
“Nosotros representamos progreso, ellos retroceso”, afirmó Fujimori ante sus simpatizantes, que la llaman “la china”, por sus rasgos asiáticos. En el público, muchos sostenían carteles con su rostro junto al de su padre. En otros, se ve la consigna sintetiza la propuesta de la candidata: “Vuelve Fujimori, vuelve el orden”.

En los últimos años, Perú atravesó una inestabilidad política persistente, presidentes que no terminan sus mandatos, crisis institucionales recurrentes y un deterioro en la seguridad ciudadana. El aumento de extorsiones, homicidios y economías ilegales se convirtió en una preocupación central. En ese escenario, la promesa de autoridad de Fujimori recuperó atractivo.
Fujimori ordenó su discurso alrededor de esa demanda, tanto en el acto de cierre como durante toda la campaña. “Queremos un gobierno que resuelva problemas”, repitió incansablemente. La idea de eficacia aparece como respuesta a un Estado percibido como ausente o ineficiente. A eso suma una agenda clásica que contempla defensa de la inversión privada, estabilidad macroeconómica y continuidad de políticas económicas que han sido, durante décadas, un punto de consenso en el país.
“Convocaremos a los mejores”, dijo, en una apelación a la tecnocracia. También insitió en la independencia del Banco Central “para que no haya inflación”, una señal hacia sectores empresariales y financieros que observan con atención el rumbo político.
En el estadio, la música volvió a subir. La multitud coreó su nombre. Ella saluda, sonríe y repite la promesa de orden, gestión y cambio.
Para el cierre de su discurso antes de que comience la veda electoral, la candidata subrayó que en esta campaña “no me han visto pisar el palito”.
“Del otro lado cambian de discurso, de plan de gobierno, y me atacan. No vamos a caer en ese juego”, indicó. Y agregó: “Los cimientos de una nación no se pueden construir en base al odio”.
Trayectoria
Keiko Fujimori inició su trayectoria política en un contexto marcado por la figura de su padre, el entonces presidente Alberto Fujimori. Su primera exposición pública relevante se dio en 1994, cuando, con apenas 19 años, asumió el rol de primera dama tras la separación de sus padres, lo que la colocó en el centro de la escena política y mediática del país. Desde allí, comenzó a construir una imagen propia dentro del entorno del fujimorismo.
Su salto formal a la política ocurrió en 2006, cuando fue elegida congresista por Lima con una de las votaciones más altas del país. Durante su paso por el Congreso (2006-2011), consolidó su liderazgo dentro de Fuerza Popular y se posicionó como heredera del capital político del fujimorismo, en un contexto en el que su padre enfrentaba procesos judiciales y una condena por violaciones a los derechos humanos y corrupción.
A partir de ese momento, Keiko comenzó a perfilarse como candidata presidencial. En 2011 se postuló por primera vez a la presidencia, logrando pasar a la segunda vuelta, lo que marcó la consolidación del fujimorismo como una fuerza política vigente. Ese proceso fue clave para instalarla como figura central de la derecha peruana y como referente de un electorado que reivindica, en mayor o menor medida, el legado de los años 90.
Keiko Fujimori es una de las figuras más persistentes de la política peruana contemporánea. Ha sido candidata presidencial en múltiples ocasiones —2011, 2016, 2021— con derrotas ajustadas que no la retiraron del escenario, sino que consolidaron su liderazgo. En cada elección, logró mantenerse como una de las principales opciones e incluso llegar al balotaje.
Esa continuidad le permitió construir algo poco frecuente en el Perú reciente, un espacio político estable. Fuerza Popular, el partido que fundó y lidera, combina estructura territorial, disciplina interna e identidad definida. En un sistema fragmentado, esa capacidad de organización se constituyó en una ventaja competitiva.
Su estilo político también se fue ajustando con el tiempo. De una postura más confrontativa en sus primeras campañas, pasó a un discurso que busca mostrarse más moderado, sin abandonar los ejes centrales, en un intento de ampliar su base sin perder el núcleo duro que la sostiene.
Sin embargo, su figura sigue atravesada por controversias. Entre 2020 y 2021 fue procesada por lavado de activos y organización criminal en el marco del caso Odebrecht y el llamado “caso cócteles”, vinculado al financiamiento irregular de campañas. Pasó meses en prisión preventiva, en un proceso que impactó en su imagen pública y reforzó los cuestionamientos de sus adversarios.
Ese episodio se convirtió en un punto de inflexión. Para sus críticos, confirmó prácticas políticas opacas y para su entorno, fue una muestra de persecución. Tal como ella dijo en alguna entrevista, para ella significó una prueba de resistencia.

La resiliencia es, de hecho, uno de los rasgos que más destacan incluso quienes la cuestionan. Pocas figuras han atravesado derrotas electorales, procesos judiciales y niveles de rechazo tan altos sin desaparecer del escenario. Fujimori no solo se mantuvo en el centro del poder sino que volvió a competir y con impactantes resultados.
En paralelo, desarrolló una estrategia territorial sostenida. Sus recorridas por mercados, barrios populares y ciudades del interior no son nuevas, pero se intensificaron en los últimos años. “Estoy agradecida con cada uno de ustedes que me han abierto las puertas de su casa”, suele decir. “Allí donde hay recursos, no hay gestión”, afirma. La crítica apunta menos a la falta de dinero que a la incapacidad de ejecutar políticas. Su respuesta es un Estado “ágil”, con capacidad de intervención rápida.
Pero más allá de sus propuestas, lo que define a Keiko Fujimori es su lugar en el sistema político peruano. En un escenario volátil, su figura ordena y polariza al mismo tiempo. Es una referente clara pero también uno de los liderazgos con mayor rechazo. Pero a más de dos décadas del fin del gobierno de su padre, el rechazo automático al fujimorismo parece haberse atenuado en algunos sectores.