La defensa de la yerba

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En la causa conocida como Los cuadernos de las coimas, un imputado ofreció una explicación alternativa muy risueña: los bolsos no contenían dinero, sino yerba.

La hipótesis invita a reflexionar sobre los límites de la reinterpretación judicial de la realidad. Porque hay defensas que discuten los hechos; otras, en cambio, discuten su calificación jurídica. Y están, finalmente, aquellas que se permiten un gesto más ambicioso: discutir la naturaleza misma de las cosas.

La reciente afirmación de Oscar Thomas, exdirector ejecutivo de la Entidad Binacional Yacyretá, referida a que los bolsos transportados en los episodios investigados no contenían dinero sino yerba para el mate pertenece, sin duda, a esta última categoría.

No se trata de una simple negación. Es, en rigor, una relectura que transforma un extendido sistema de recaudación ilegal en una suerte de circuito paralelo de abastecimiento matero, cuidadosamente organizado, reiterado en el tiempo y, curiosamente, documentado con una precisión que rara vez acompaña a las costumbres domésticas.

La hipótesis de la yerba para el mate tiene, hay que reconocerlo, cierta elegancia conceptual. Allí donde el expediente parecía ofrecer una narrativa lineal —recorridos, entregas, montos—, aparece ahora una capa de sentido alternativa que invita a reconsiderarlo todo: no eran coimas, sino insumos; no había recaudadores, sino facilitadores; no había bolsos cargados de dinero, sino discretos contenedores de tradición. No había corrupción, sino amables rondas de mate

Podría incluso sostenerse que estamos ante un caso de error colectivo: jueces, fiscales, empresarios y testigos habrían interpretado durante años como corrupción lo que no era más que una práctica cultural intensamente arraigada.

El derecho, sin embargo, suele mostrar cierta resistencia frente a estas mutaciones tardías. No por falta de imaginación, sino por exceso de pruebas, porque lo que está en juego no es solo el contenido de los bolsos, sino el conjunto de circunstancias que los rodean: la reiteración de los recorridos, la identidad de los participantes, la coincidencia de las declaraciones y la increíble consistencia de las anotaciones, corroborada por una concienzuda investigación por calificados periodistas de este diario.

Todo ello compone un cuadro que, hasta ahora, había sido leído en una clave bastante uniforme. La introducción de la yerba como elemento explicativo no invalida necesariamente ese cuadro, pero sí lo desplaza hacia una zona más exigente: la de lo verosímil.

Y es en ese terreno donde la defensa enfrenta su mayor desafío. Porque la verosimilitud no se decreta, sino que se construye. Y rara vez se la construye contra la acumulación de evidencia.

En este punto, la cuestión deja de ser jurídica para volverse casi epistemológica: ¿hasta qué punto es posible reconfigurar el significado de hechos ampliamente documentados sin alterar su estructura?

Dicho de otro modo: ¿pueden bolsas de dinero convertirse retrospectivamente en bolsas de yerba mate sin que algo —en el relato, en la lógica o en el sentido común— se resista?

Tal vez la respuesta no dependa exclusivamente de los tribunales.

Hay, en toda comunidad, un umbral implícito de credibilidad. Un punto a partir del cual las explicaciones dejan de competir entre sí y comienzan a ordenarse por su cercanía —o su distancia— respecto de lo evidente. Ese umbral no siempre es fácil de definir, pero suele ser fácil de reconocer.

Y, cuando se lo atraviesa, el problema ya no es probar los hechos, sino sostener la versión. En ese sentido, la defensa de la yerba representa algo más que un argumento procesal. Es, en cierto modo, un experimento sobre los límites de la reinterpretación.

Un experimento interesante, pero, sin dudas, demasiado exigente para un expediente judicial.

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