Aunque aún existen discrepancias, parece saldado el debate sobre qué subordina a la otra, si la política o la economía. Estoy convencido de que la ordenadora es la política. Si quieres buena economía, dadme buena política. Desde la patria antigua, la anterior a 1810, los desaguisados políticos produjeron frustraciones y también estragos. Aquel “acato (las reales cedulas), pero no cumplo” de los adelantados hasta el triunfal fracaso del gobernador Pedro de Cevallos –luego nuestro primer virrey– quien derrotó a la flota inglesa en 1763 recuperando Colonia del Sacramento del dominio portugués, llevando la operación militar a Río Grande Sur, jalonando su marcha con un triunfo tras otro. Empero, mientras el gran prócer de la Argentina ancestral obtenía victorias, en París el 10 de febrero de 1763 la política concertaba un pacto de paz que devolvía Colonia a Portugal y desbarataba el control logrado en el área riograndense, geopolíticamente rioplatense ¿Para qué insistir en la división entre saavedristas y morenistas que nació unas horas después de instalarse la Primera Junta. Incalculables males aparejó al país naciente esa prematura pugna. La sobreviniente puja –tan feroz como innecesariamente desalmada– entre unitarios y federales nos deparó nada menos que la mutilación del país heredado, el que se extendía desde la región amazónica hasta el cabo de Hornos y desde los fiordos hoy chilenos hasta el Mato Grosso y las Misiones Orientales. La política se dedicaba a pelear sin ahorrar sangre, dilapidando el tiempo, carente de una sostenida estrategia constructora de un país. La pugnacidad se imponía sobre la posibilidad de pensar qué Argentina buscábamos. Qué nación aspirábamos a consolidar para que nos cobijase y proyectase a todos. En ese mismo momento histórico en Washington –no exento de diferencias políticas– se llevaba a cabo la marcha al Oeste y al Pacífico sin la cual los Estados Unidos no serían lo que consiguieron desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, es decir constituirse en la primera potencia de la tierra. También coetáneamente, Brasil desarrolló su expansión territorial de un modo que no suele describirse. Lo hizo circularmente extendiendo el control costero y buscando el dominio de las vertientes del Amazonas y de la cuenca del Plata. Envolvió su actual interior al grado de que hay zonas en la Amazonia en las que aún se vive como hace tres siglos. Luego el barón de Rio Branco completó esa arquitectura jurisdiccional hasta erigirlo en un gigante. La política hizo sus barullos, pero no entorpeció el objetivo central.
Se debe poner el acento en el valor del territorio porque una nación son sus valores, su cultura, sus gentes, pero también sus recursos. A mayor vastedad superficial, más potencialidades. Irrefutablemente.
En la Argentina apenas tuvimos una época en la que la meta estratégica y la mirada elevada se impusieron sobre las querellas del día a día. Fue la Generación del Ochenta. Plagada de conflictos políticos, revoluciones, asonadas e inclusive no poca corrupción. Empero, nadie se oponía a abrir el país a la educación universal, a la inmigración, a los capitales, a construir ferrocarriles, puertos, silos. Nadie impugnaba el progreso. La ideología no trababa lo fundamental. Había concordancias en lo esencial. La confrontación se ceñía a cómo gobernarlo, si con un cenáculo o con la participación ciudadana. Ni Alem ni Yrigoyen cuestionaron la ley 1420, al extranjero que llegaba o al capital que se invertía. La política coadyuvó al avance económico. De hecho gozamos en esa era de la Argentina de políticas de Estado. La intransigencia se ceñía a no continuar con la aristocracia. Pero aristócratas y demócratas quería un potente país.
Hoy estamos en un momento que debería ser bisagra entre el país que estamos impelidos a dejar atrás, al decadente moral y marialmente que ha consumido nuestras energías durante ocho –quizás algo más de nueve, sin dudas demasiadas- décadas y que retome el rumbo de grandeza, de clases medias esplendorosas, de ascenso social dinámico.
¿De qué depende que la bisagra posibilite un giro virtuoso hacia un ciclo fértil? De una “señora” esquiva y escurridiza, escaldada por recurrentes deslealtades y engaños que ha sufrido: la confianza. Es hondo el problema en derredor de ella. La perdimos y nos desencontramos hace añares. Reconstruirla es toda una faena. El primer empeño –parece que hoy mismo se está demostrando en los hechos– no es ni siquiera acumular reservas en el Banco Central y garantizar la estabilidad macroeconómica con superávit y reduciendo el gasto público. Las reservas que hay que agrandar son dos intangibles: credibilidad y confianza. Las dos aunadas producen divisas y lo que es más trascendente atraen inversiones que activan la economía. Este encadenamiento culmina con los ansiados trabajo y producción. Y con una economía estable y sana.
Hoy el escenario es que desde las elecciones de octubre pasado los argentinos compraron 4 mil millones de dólares, pero al circuito bancario, a pesar de la ley vulgarmente conocida como “dólar-colchón”, ingresaron 770 millones, apenas menos que una sexta parte ¡Ni hablar de los 350.000 millones que se fueron atesorando en los pasados decenios! La credibilidad y la confianza restauradas podrían realizar un Plan Marshall vernáculo con el 25% de ese monto sin recurrir a otra “ayuda” que a la propia.
¿Cómo se restablecen la credibilidad y la confianza? Con la ejemplaridad de los dirigentes. Ortega y Gasset tiene luminosas páginas acerca de ella. Es el rey de Dinamarca yendo a Palacio en bicicleta para ahorrar energía en la Segunda Guerra, o la futura reina británica Isabel II alistándose como enfermera en esa conflagración. No voy al extremo del honorable y olvidado doctor Elpidio González que rechazó la jubilación de privilegio que le concedió el presidente Justo. Elpidio fue un gran dirigente que entró al gobierno como digna clase media y salió literalmente pobre. Simplemente, se reclama austeridad republicana, probidad, ambición volcada al país, ausencia de codicia personal. Miguel de Unamuno hace un siglo lo expresó para España. Cien años después vale para nosotros: “(la Argentina) necesita más ambición nacional, menos codicia personal”.
La cuestión es angustiosamente más gravosa. No hemos perdido sólo la confianza en la política, en los dirigentes e instituciones en general. No confiamos en nuestro país, en sus posibilidades de salir adelante, no obstante sus evidentes potencialidades. Por eso, “señoras” confianza y credibilidad: nos comprometemos a buscarlas empeñosamente hasta encontrarlas. De ese reencuentro depende la vida digna y próspera de nuestra nación y por añadidura de toda la región sudamericana.
Exdiputado nacional por el partido UNIR