La pregunta clave: ¿Milei se consolida o se debilita?

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Hay una pregunta central que domina la coyuntura argentina: ¿Javier Milei se consolida o se debilita? El interrogante tiene en cuenta el frente local y también, el horizonte global. Hay datos que disparan la duda; hay datos que la disipan: en ese equilibrio inestable de interpretaciones contrapuestas se juega el día a día y el futuro del gobierno libertario. Pero hay una conclusión que, por el momento, le juega a favor al Gobierno: precisamente, que la duda permanece y todavía no hay manera de despejar la incógnita. La Argentina está lejos de una crisis generalizada e indiscutida que acorrale al Gobierno exhausto contra las cuerdas, a pesar del oleaje diario.

Los vientos que soplan fuerte desde el caso Adorni y de $LIBRA y desde un set de indicadores macroeconómicos no alcanzan para dar vuelta el barco del Gobierno. El presente sí registra fisuras en el apoyo al oficialismo en la percepción pública. ¿Fruto del puro presente con posibilidad de corrección futura? La cuestión es si esa percepción es solamente coyuntural o se revertirá en los próximos meses, para durar hasta las elecciones presidenciales de 2027.

Ayer, Luis Caputo se anticipó al dato de inflación que se conocerá hoy: según el ministro, superaría el 3 por ciento. Lo hizo con un objetivo, controlar la interpretación político-económica de la suba de la inflación. Le bajó el precio al indicador de marzo y buscó crear expectativa hacia adelante: el futuro económico cercano, o mediano, como la puerta de salida del Gobierno. “Desde abril, se viene dando un proceso de desinflación y crecimiento. Se viene los mejores meses”, aseguró.

Se acumulan las generaciones de argentinos que llevan el historial de la debacle macro y microeconómica en su ADN: confrontada contra la memoria colectiva, el panorama actual no encaja en esa serie histórica de angustia argentina, al menos por el momento. No hay crisis modelo 2001, con una calle movilizada y anarquía política; ni modelo ‘89 o Massa 2023, con una inflación galopante empecinada en convertirse en riesgo de hiper o en directamente en híper; no hay tampoco una oposición tan organizada como para organizar la calle.

No hay respuesta definitiva y absoluta sobre la marcha de la economía ni a favor ni en contra: las conclusiones tajantes son más bien frutos de la lógica política que de las evidencias que ofrece la realidad.

¿Cómo nos ven?

La oposición dura ve el caos, y en algunos casos, además, lo desea. “Tenemos una tarea inmensa. Creo que se aceleran los tiempos”, dijo Axel Kicillof en el lanzamiento de la pata universitaria de Derecho al Futuro en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, el jueves último. El oficialismo ve lo contrario: una Argentina que consolida sus cimientos, y avanza. Ahora, además, el Gobierno empieza a hacer esfuerzos, hasta ahora desconocidos, para reconocer dificultades y, al mismo tiempo, convencer de su capacidad para torcerles el rumbo.

Ayer, las declaraciones de Caputo fueron por ése lado: para el jefe del equipo económico, el mes próximo mostrará recuperación del sendero de inflación a la baja. En el Gobierno, hay expectativas altas. Por un lado, con el precio de la nafta domado a través de YPF aseguran que controlarán el shock externo de la guerra en el Estrecho de Ormuz. Por otro lado, quedará atrás marzo y su clásica estacionalidad. Y lo central para el equipo económico: que la acumulación de reservas, desprendiéndose de pesos y comprando dólares, no se está yendo a precios, ni al del dólar ni al de los productos. La oferta de dólares de los sectores exportadores como el agro y la energía compensan la demanda oficial del dólar: una nueva ancla cambiaria y anti inflacionaria del Gobierno. Para la oposición, en cambio, ese proceso atrasa el dólar todavía más.

Jugadores fuertes de los mercados hacen un análisis más independiente: cuando se tiene plata hundida en un mercado emergente como la Argentina, lo mejor es ser lo más racional posible. Uno de ellos, desde Manhattan, donde sigue las inversiones argentinas, traza distinciones. “Técnicamente, el Mingo (por Domingo Cavallo) no tiene razón: esto no es estanflación. Una economía que crece al 4,4 por ciento no está en estanflación de ninguna manera. Tiene razón el Gobierno cuando se molesta con esa definición”, dice. El argentino de los mercados no es un incondicional al Gobierno: también integra en su análisis el lado oscuro de la luna. Pero le reconoce logros que considera incuestionables: superávit fiscal, crecimiento del PBI, orden en la calle, gobernabilidad en minoría, decisión política para el cambio. “Estar acá es un milagro”, subraya. Se refiere al panorama actual, con sus indicadores buenos y malos.

¿Por dónde le pasa la principal preocupación? No por el riesgo país ni por la inflación. Sí por otros dos lados. Primero, por la política monetaria: ahí ve “errores catastróficos”. “Cuestionás una variable y te dicen: no entendés nada, tenés que mirar la otra. Mirás la otra y te dicen: te faltó esta variable. Y así todo el tiempo. No hay claridad en la política monetaria”, plantea. La tasa de interés altísima de 2025 fue el síntoma de esos errores. La baja de tasas de las últimas semanas indicarían una corrección en ese rumbo.

La otra preocupación está en el nivel de actividad. La pregunta que pone sobre la mesa el inversor es: ¿cuándo empieza a quedar atrás la transición, con todos los costos políticos que tiene? A los ojos del argentino de Manhattan, el proceso de destrucción creativa para dar vuelta la lógica de la matriz productiva argentina es un trago amargo imposible de evitar. “Tratar de amortiguarlo va a demorar más el proceso”, advierte.

¿Le preocupa el caso $LIBRA o el caso Adorni a un inversor global? “Lo estamos siguiendo. ¡¿Qué están haciendo?!”, dice para reconocer su inquietud. Desde la globalidad de los mercados, la primera reacción que surge es la incredulidad, traducible en: cómo puede ser que un Gobierno meta así la pata. Preocupa sobre todo que esas denuncias le quiten al Gobierno capacidad de maniobra política, márgenes de gobernabilidad, y que eso afecte al proceso de estabilización de la economía. La pureza moral no entra en sus cálculos: la acepta como batalla perdida en la política argentina.

La Argentina de Milei, ¿cara o seca?

Esa moneda en el aire de la economía que no termina de caer de un lado o del otro de la percepción impone otra pregunta clave de este momento. Es sobre el tema de la velocidad de los cambios de época. ¿A qué velocidad cambia el mundo? ¿A qué velocidad cambia la Argentina? La aceleración de todo -de las transformación política, de la suba y la caída de la derecha mundial, de la recuperación de una visión menos extrema de la política, del reordenamiento geopolítico, del cambio de matriz económica- como la dinámica del presente. ¿La Argentina también apretó el acelerador y el Milei que vino para meterle pata a la velocidad de transformación estructural en la Argentina se está quedando sin nafta?

Por un lado, 2026 arrancó con encuestas desfavorables para Milei. ¿Es mayoría el nuevo sujeto social sintetizado en “los arrepentidos de Milei”? ¿O es la ilusión óptica que se fabrica la oposición? No paran de salir encuestas que subrayan un declive en el apoyo al Gobierno y sus políticas.

Una de las encuestas más recientes confirma lo que otras vienen publicando. Es el Tercer Informe del Termómetro Psicosocial y Económico de la Facultad de Psicología de la UBA. La incertidumbre se impone sobre la confianza y el optimismo de los meses anteriores. El 46 por ciento dice que está peor y un 36 por ciento, que está mejor. Es la primera vez que el balance sobre el bienestar da negativo. El principal factor es la economía: para el 83 por ciento, los problemas financieros son los que impactan más en su salud mental.

Para la oposición dura del kirchnerismo y la izquierda y una oposición en vías de endurecerse, como la de Pichetto, Monzó y Massot, “los arrepentidos de Milei” son un sujeto político en franco crecimiento. Su objetivo es representarlos. Para una clase política que gobernó en contra de la racionalidad macroeconómica que está produciendo algunos resultados, aunque no todos, es tarea difícil conquistar esa credibilidad.

Lo que está claro es que la potencia simbólica del Milei 2024, recién aterrizado en el poder, quedó atrás. Quedó muy lejos el mensaje y la visión mileísta más potente: hoy el discurso que dio en el Milken Institute en mayo de 2024 sería imposible. En aquel momento, desreguló la palabra política y plantó el caso argentino como parte de un mix que integraba una visión social futurista, una teoría evolutiva de la especie humana y el lugar heróico del empresario aventurero como la forma acabada de ese camino evolutivo para todos. Una especie de superación de la justicia social sin la coartada “moralista” y con beneficio para pobres, y no sólo ricos. Dos años de gestión lo cambiaron todo: su propia mochila le pone al Gobierno los límites prosaicos de la realidad.

Ahora todo mensaje se codifica en modo piloto de tormenta: las palabras o los silencios caen bajo la estrategia de gobernar en aguas borrascosas. Un presidente que putea a todos por muchos temas se llama a silencio con el caso Adorni. Y entre el jueves pasado y el último domingo, Milei se vio en la necesidad de reemplazar a Adorni como vocero. En dos posteos clave, reconoció los problemas de su plan económico al mismo tiempo que volvió a resaltar sus logros.

¿Cruje el planeta Milei?

La gestión mileísta también enfrenta un desafío planetario. El escenario global nunca es anecdótico para la marcha de un gobierno argentino, pero en el caso de Milei, ese peso se acentúa. La identidad mileísta se completa en su lugar en el mundo, como parte de una alianza global: Milei la sintetiza como pocos y al mismo tiempo, construye sentido en esa línea de puntos que va de Trump a Orban, entre otros.

Esa alianza empezó a encontrar un límite: el del voto popular. Después de visitarlo a Orban como líder hermano en la misma cruzada global, una mayoría impactante de votos dejó offside al apoyo mileísta. El húngaro perdió una elección bajo sus propias reglas, hecha para ganarla: de ahí que su derrota sea todavía más contundente. Un síntoma al que Milei no debería escapársele: que en sistemas democráticos, aún bajo presión extrema de un líder iliberal, la hegemonía nunca es eterna.

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