Sábado 23 de mayo. Noticias que nos llegan del Este, de la música y de la guerra. De una tarde destemplada en la primavera de San Petersburgo. Algunas nubes y unos rayos de sol intermitentes. ¡Los rayos necesarios!, habrá pensado el niño, un músico callejero de 11 años, mientras llevaba la vista al cielo que juzgaba propicio. El escenario anónimo y el público, en las inmediaciones del fastuoso Teatro Mariinsky, que nunca le falla con su recompensa. Entonces toca el saxofón. Se para en la esquina sobre Minsk Lane. Acomoda la postura y apoya los labios en la boquilla, respira, sopla y canta. Con lo poco que sabe, porque es un chico, canta. Una melodía cálida envuelve a la multitud, a veces brillante y estridente, a veces apagada, en el eco nostálgico, en el fulgor del metal.
Historias de cristos en ambulancia, cantos reveladores y pigmentos que hablan bajo el microscopio
Hay un edificio en la cuadra con un hombre que quiere dormir. Dice que es un bailarín, un “artista escénico” de la ópera y el ballet del Mariinsky, a pocos metros de su casa. Ha terminado el mediodía y de las nubes pasajeras, una oscura de mal augurio, se posa de repente. El hombre tiene sueño. Abre la ventana, empuña su pistola y con puntería diestra, le dispara al niño del saxofón.
En la madrugada del día siguiente, el domingo 24 de mayo. Muertos y cientos de heridos en el peor ataque sobre Kiev. Del bombardeo ruso con medio millar de drones y misiles arrojados sobre la capital de Ucrania (hablan en las noticias de un artefacto hipersónico llamado Oréshnik), informan la destrucción de monumentos arquitectónicos, símbolos del orgullo y la moral, arrasados entre los gritos de la gente, las explosiones y sirenas nocturnas. El daño en su conjunto, un mercado, una escuela, cantidad de viviendas, el abastecimiento de agua, el museo de Chernóbil, la Filarmónica nacional y un edificio histórico, como de fantasía, que alberga la Ópera y el Ballet de la ciudad. La Casa del Pueblo, la de la ópera pequeña, porque la grande ya tiene una historia de tragedias. Como la del fuego que devoró sus cimientos tras una función de Onegin o la de El cuento del Zar Saltán, con el asesinato de Stolypin, poco antes de la Revolución, cuando el 1º de septiembre de 1911, el Primer Ministro ruso acompañaba al Zar y a sus hijas mayores, las grandes duquesas Olga y Tatiana, a una representación de la ópera de Rimsky-Korsakov en Kiev. Tras una decena de atentados personales, al político lo custodiaba un centenar de hombres. Sin embargo, en un instante de desprotección, durante el intervalo, se puso de pie, de espaldas al escenario y uno de los asistentes policiales (infiltrado en aquel momento de la derecha más extrema, convertido luego en revolucionario bolchevique ultra fanático, como pasa con los conversos más oportunistas), se acercó y le descargó dos disparos mortales. Uno al brazo, otro al corazón. A tiempo para salvarlo, le hizo señas al Zar. Nikolai Alexandrovich Romanov —de quien ya conocemos el final junto a su desgraciada familia en Ekaterimburgo—, mortal y humano, intuyendo ser el último, en su lecho de muerte le pidió perdón de rodillas.
Retomando la historia pequeña, la del niño sin nombre de la calle Minsk, sabemos ahora que el agresor de 38 años que disparó a la mandíbula del saxofonista para que hiciera silencio, fue detenido en su departamento y confinado a prisión mientras dura la investigación del caso. El aprendiz de músico, fue trasladado de urgencia al hospital de niños y sometido a una cirugía para extraer el proyectil de su mejilla. Aitzhan Smagulov, que en realidad no es bailarín sino apenas figurante (sus padres lo fueron, la madre “artista de honor” de la Federación Rusa y el padre solista del ballet de Kazajistán), admitió su culpabilidad y declaró no tener malas intenciones. Solo asustar al chico y dormir una siesta, dijo que quería, de tan banal, más avieso. Noticias que nos llegan de la música, cuando la noche en Kiev ya no tienen fin.
