El equilibrio nuclear que definió la posguerra fría atraviesa una transformación profunda. China expande su arsenal, Rusia queda sin límites formales tras la expiración de New START y el compromiso estadounidense con sus aliados vuelve a ser objeto de debate. De esta manera, el sistema de disuasión entra en una etapa más incierta.

En su libro The New Nuclear Age, Ankit Panda, un especialista en estrategia nuclear del Carnegie Endowment for International Peace, sostiene que ya entramos en una “tercera era nuclear”. En esta entrevista, analiza qué cambió y cuáles son las características de este nuevo período.

–Usted sostiene que estamos entrando en una “tercera era nuclear”.
Están ocurriendo varias transformaciones simultáneas que hacen de este un período cualitativamente distinto en la convivencia con las armas nucleares. La primera es el regreso de la competencia entre grandes potencias. Pero ya no se trata de dos superpotencias, como en la Guerra Fría: ahora hay una tercera, China, que se volvió central en el equilibrio estratégico, especialmente en el Indo-Pacífico. En la última década, la relación con Estados Unidos se deterioró y la dimensión nuclear de ese vínculo cambió profundamente. Beijing modifica políticas nucleares que mantuvo estables durante décadas: aumenta su arsenal y desarrolla nuevos sistemas. Eso deja a Estados Unidos ante una situación inédita: ya no debe pensar la disuasión frente a un solo rival nuclear, Rusia, sino frente a dos.

Al mismo tiempo, el entorno tecnológico es muy distinto al de la Guerra Fría. Las armas nucleares no han perdido relevancia; en cierto modo, importan más. Siguen vigentes tecnologías tradicionales, como la defensa antimisiles –que volvió al debate en Estados Unidos con iniciativas como el “Golden Dome”–, pero también aparecen armas hipersónicas, inteligencia artificial, capacidades cibernéticas, sistemas espaciales y cambios en el dominio submarino. A esto se suma que muchos de los mecanismos de control negociados durante la Guerra Fría están desapareciendo. Hace pocos días expiró el tratado New START, lo que por primera vez desde 1972 deja a Washington y Moscú sin límites cuantitativos sobre sus arsenales. Y el Tratado de No Proliferación también enfrenta presiones crecientes.

A la luz de la guerra iniciada el 28 de febrero en Medio Oriente, la pregunta aparece sola: si ese conflicto confirma el diagnóstico de una “tercera era nuclear” o si introduce algo verdaderamente nuevo en la lógica de la disuasión.
Panda no ve un quiebre. “Mi respuesta básica es que la guerra no introdujo un factor mayormente nuevo”, dice.
–¿Qué cambia cuando la disuasión deja de ser de dos actores y pasa a involucrar a tres?
–En teoría, un triángulo de disuasión no es necesariamente inestable. Si los tres países valoraran únicamente la capacidad de represalia ante un ataque nuclear, el equilibrio podría sostenerse. El problema es que Estados Unidos, Rusia y China no comparten la misma estrategia nuclear. Y gran parte de la complejidad actual deriva, en particular, de la estrategia estadounidense, porque Estados Unidos no se limita a garantizar represalias si su territorio es atacado. Históricamente –aunque no sabemos si eso sigue siendo exactamente igual hoy– buscó proteger también a sus aliados en Europa, Asia oriental y Australia. Para asegurarles que estaría dispuesto a librar una guerra nuclear en su defensa, desarrolló una estrategia basada en la “contrafuerza”: la capacidad de destruir las fuerzas nucleares del adversario si el presidente así lo decidiera.
Durante décadas, eso obligó a Washington a seguir de cerca el tamaño y la composición del arsenal soviético –y luego ruso–, porque neutralizarlo requería capacidades suficientes, incluso combinando medios nucleares y no nucleares. Hoy, con el crecimiento del arsenal chino, el número de objetivos potenciales en Rusia y China aumenta. Y eso plantea una pregunta central: ¿qué debe hacer Estados Unidos? Si ampliara su arsenal, es difícil imaginar que Moscú o Beijing no respondieran. Ahí surge la dinámica inestable. Cada país tiene estrategias, alianzas y doctrinas distintas. En Washington, el debate refleja esa tensión: algunos sostienen que Estados Unidos debe expandir su arsenal para mantener el nivel de riesgo históricamente aceptado; otros creen que debería abandonar la contrafuerza y centrarse solo en la represalia, porque cualquier expansión alimentaría una nueva carrera armamentista.

–China pasó de aceptar un alto nivel de “vulnerabilidad nuclear” a construir cientos de silos para misiles, sin ofrecer una explicación pública clara. ¿Qué cambió en el pensamiento de Beijing?
–Eso no significa que China haya dejado de aceptar vulnerabilidad. En cierto modo, la pregunta es por qué no expandió antes su arsenal. Tras el fin de la Guerra Fría, la relación con Estados Unidos siguió una trayectoria relativamente positiva, sobre todo después de 2000. Pero a mediados de la década de 2010 comenzó a deteriorarse rápidamente, y es entonces cuando observamos estos cambios drásticos en la estrategia nuclear china. Una explicación posible es que Beijing perciba hoy una probabilidad mucho mayor de conflicto con Estados Unidos. En ese contexto, busca capacidades de disuasión que desalienten una intervención en defensa de Taiwán o, al menos, establezcan límites claros si esa intervención ocurriera. También existen factores tecnológicos y burocráticos. La reorganización del Ejército Popular de Liberación en 2015, con la creación de la Fuerza de Cohetes bajo Xi, pudo haber fortalecido a sectores favorables a una expansión del arsenal.

Lo que más preocupa, del enfoque chino, es la opacidad: sin claridad sobre las motivaciones, en Washington tenderán a asumir los peores escenarios. Y la historia de la Guerra Fría muestra que esa incertidumbre suele alimentar carreras armamentistas.
–Usted advierte que el riesgo principal de la inteligencia artificial no es que una máquina decida lanzar un misil, sino que facilite la localización y destrucción de fuerzas nucleares rivales. ¿Por qué ese escenario sería más desestabilizador?
–Si algún país delegara completamente en la inteligencia artificial la decisión de lanzar armas nucleares, sería alarmante. Pero no creo que eso responda al interés racional de la mayoría de los Estados con arsenal nuclear. La historia de la guerra ha sido, en gran medida, un intento constante por reducir la llamada “niebla de la guerra”, es decir, la incertidumbre sobre dónde está el enemigo y qué está haciendo. La estabilidad nuclear depende de la capacidad de segundo golpe: la certeza de que, incluso después de sufrir un ataque, un país podrá responder. Esa capacidad suele descansar en submarinos ocultos bajo el mar o en misiles móviles que se desplazan por el territorio y son difíciles de localizar.

Si un Estado empieza a creer que su adversario dispone de herramientas basadas en inteligencia artificial capaces de detectar esos sistemas, entonces su sensación de vulnerabilidad aumenta. Y cuando aumenta la percepción de vulnerabilidad, también crece el incentivo a usar las armas antes de perderlas en una crisis. No afirmo que la inteligencia artificial vaya realmente a volver completamente transparente el campo de batalla; muchas de esas expectativas pueden ser exageradas. Pero las tecnologías no necesitan cumplir plenamente sus promesas para influir en la forma en que los líderes y planificadores militares piensan sobre ellas. Incluso una tecnología sobreestimada puede generar efectos reales.

–Usted identifica tres eras nucleares y sostiene que, tras la Guerra Fría, hubo un período más optimista, aunque breve, a la que llama “era de la esperanza”. ¿Cuándo cree que terminó esa etapa y comenzó la actual?
–Las “eras nucleares” son, en parte, construcciones analíticas. Hay historiadores que incluso cuestionan si tiene sentido hablar de más de una desde 1945. Pero para mí, el primer gran punto de quiebre es el final de la Guerra Fría. Ese momento abrió una etapa más optimista, aunque también compleja en términos de proliferación y seguridad. Esa fase se extiende, en líneas generales, hasta comienzos de esta década, alrededor de 2020; la pandemia puede verse como un punto de ruptura simbólico. En los últimos cinco a diez años no solo hubo retrocesos en el orden nuclear, sino en el orden internacional en su conjunto: la guerra en Ucrania, el debilitamiento de la gobernanza global, tensiones en la cooperación, restricciones migratorias y retrocesos en el comercio liberalizado. En muchos sentidos, lo que ocurre en el ámbito nuclear forma parte de un deterioro más amplio del sistema internacional.

–Si Estados Unidos debilitara su compromiso de disuasión extendida con aliados como Japón, Corea del Sur o Australia, ¿qué tan real es el riesgo de que esos países decidan desarrollar armas nucleares propias?
–Es un riesgo real, pero no sencillo ni inmediato. La proliferación nuclear es costosa, técnicamente compleja y tiene desventajas estratégicas, aunque algunos perciban beneficios en términos de disuasión. Este es un momento especialmente difícil para los aliados de Estados Unidos. La reciente crisis en torno a Groenlandia mostró a muchos europeos que el peor escenario ya no era solo un abandono estadounidense, sino la posibilidad de que Washington se vuelva activamente hostil. Hoy varios aliados enfrentan una decisión incómoda: acomodarse a un Estados Unidos que parece alejarse de sus valores e intereses, o avanzar hacia una mayor autonomía. Pero desarrollar armas nucleares o invertir masivamente en defensa no es algo que pueda hacerse de la noche a la mañana.

Además, muchos no tienen la capacidad industrial para montar un programa nuclear sin costos enormes. De hecho, para algunos sería inviable. Lo cierto es que la probabilidad de nuevos Estados nucleares, especialmente entre aliados de Washington, ha aumentado. Durante la Guerra Fría, la preocupación se centraba en aliados occidentales como Alemania Occidental, Suecia, Italia, Corea del Sur o Taiwán, y Estados Unidos hizo grandes esfuerzos para mantenerlos no nucleares. Tras el fin de la Guerra Fría, el foco pasó a adversarios o países no alineados. Hoy el debate vuelve a incluir a democracias aliadas. Incluso si la política estadounidense cambia, este momento no será olvidado. Algo estructural se ha modificado.

–En un mundo con más actores nucleares, ¿es más difícil contener una crisis y evitar que escale, en comparación con la Guerra Fría?
–Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética entendieron que un mundo con más centros de decisión nuclear sería más complejo y peligroso. Una guerra podría iniciarse en lugares lejanos donde las superpotencias tuvieran poca influencia. La experiencia entre India y Pakistán es un ejemplo claro: incluso con cierta influencia estadounidense, el riesgo de escalada ha sido real. Hoy me preocupa que ese consenso se esté erosionando. En algunos círculos estratégicos de Estados Unidos incluso se sostiene que ciertos aliados deberían desarrollar armas nucleares. La idea de que menos centros de decisión implican mayor estabilidad ya no es tan firme.

–Irán es hoy el Estado no nuclear más cercano al umbral. Si cruzara esa línea, ¿alteraría de manera significativa el equilibrio regional?
–Sí, creo que alteraría el equilibrio regional. Irán es hoy el Estado no nuclear más cercano a producir al menos un arma, posiblemente varias. Tiene material suficiente para unas diez u once, aunque la situación exacta de ese material es ambigua. Una proliferación en Medio Oriente podría desencadenar una cadena muy peligrosa. Arabia Saudita ya señaló que, si Irán obtiene la bomba, también buscará armas nucleares. El Tratado de No Proliferación quizá podría sobrevivir a un caso iraní, pero dudo que resistiera una proliferación saudita, y mucho menos la nuclearización de un aliado estadounidense. Por eso la urgencia de frenar la proliferación en Medio Oriente es hoy mayor que hace diez o veinte años. El desafío iraní no es nuevo, pero sus implicancias son más graves que antes.
–Usted cierra su libro reivindicando la prudencia como valor estratégico. En un contexto en el que la decisión nuclear puede depender de una sola persona, ¿qué tipo de liderazgo requiere esta era?
–Cada vez más Estados con armas nucleares son autoritarios o avanzan en esa dirección. En los países donde aún se elige a los líderes –como Estados Unidos o India– es clave reflexionar sobre quiénes llegan al poder. Durante la Guerra Fría existía una conciencia más aguda de la responsabilidad existencial que recaía en el presidente estadounidense. El famoso anuncio de Lyndon Johnson en los años sesenta –el “Daisy ad”– advertía justamente sobre el riesgo de una guerra termonuclear. Hoy tenemos una generación de líderes que creció en un mundo relativamente más pacífico que el de la Segunda Guerra Mundial. No vivieron de primera mano la devastación total, y eso influye en la percepción del riesgo. Es necesario que vuelvan a imaginar con claridad lo que implicaría una guerra nuclear y asuman esa responsabilidad incluso en tiempos de paz.