Roberto Argüello, una vida de película: fue campeón y sparring de Sampras, quedó frenado por el servicio militar y se reinventó tras tocar fondo

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Roberto Argüello nació en 1963 en el barrio rosarino de Echesortu, a pocos metros de la Facultad de Medicina y a tres cuadras de la Terminal de Ómnibus, en la misma zona donde 50 o 60 años antes había vivido Alfonsina Storni. Su papá, Roberto, era metalúrgico, y su mamá, Eduarda, ama de casa; se casaron “de grandes” y Roberto fue el único hijo de la pareja. Argulín, como lo apodaron durante la adolescencia, empezó a jugar al tenis a los cuatro años, en el club Remeros Alberdi, frente al río Paraná.

“Mis padres jugaban al tenis, me tiraban la pelotita, yo corría atrás con una raqueta de madera de 400 gramos, pesadísima, no la podía levantar, y por eso es que aprendí a pegarle siempre con las dos manos. Un profe del club de esa época le dijo a mi papá: ‘Cuando su hijo sea grande va a haber que pagar para verlo jugar’. Mi papá se quedó: ‘¿Qué dice? ¿Por qué?’. ‘Mire: deja picar la pelota una, dos, tres veces hasta que la tiene a la altura de la cintura y le pega. Tiene criterio. El resto de los chiquitos salen corriendo como locos’. Tuvo razón”, relata Argüello ante LA NACION, desde El Salvador, el país de América Central en el que trabaja desde octubre de 2024 y donde logró salir adelante emocional y físicamente tras épocas tormentosas, en las que sintió haber “tocado fondo”.

Argüello, en 1986: el rosarino se formó impactando la pelota con ambas manos de drive y de revés, una inusual técnica que mantuvo como profesional

Ganó el Orange Bowl, para menores de 14 años, en 1977. Volvió a lograr el emblemático torneo juvenil, en Sub 18, en diciembre de 1981. Envalentonado por el título en la Florida estadounidense, se sentía preparado para dar el salto a profesionales, pero en 1982, luego de ser citado para la Copa Davis, todo se interrumpió abruptamente: tuvo que cumplir con el servicio militar, perdió los puntos del ranking y dejó de empuñar la raqueta para manipular el fusil. Tras un año, empezó de nuevo, con escasez de recursos, y en su segundo torneo oficial, ganó un título ATP: en 1983, en Venecia. Llegó a ser N° 38 del ranking mundial, en abril de 1984. Y, también, jugó dos series para el equipo argentino de Copa Davis, en tiempos de Guillermo Vilas y José Luis Clerc.

Naturalmente zurdo, sacaba con ese perfil, pero tuvo una característica inusual, que en el tiempo se vio sólo en cuentagotas entre los profesionales: golpeaba con dos manos de drive y, también, de revés. Desconcertaba a los rivales.

“Como no podía levantar mi primera raqueta, que parecía un árbol de pesada, me las ingenié así, agarrándola con las dos. Le pegaba con la zurda pero mi golpe de drive lo hacía con dos manos, soltando la mano derecha al final y, el revés, con las manos invertidas. Un golpe rarísimo, lo sé, pero era mi mejor tiro. Una pena que nadie me enseñó a sacar con la derecha, porque hubiera tenido un saque por derecha y otro por izquierda. Hubiera sido una ventaja mayor”, sonríe Argüello, que en pocos días cumplirá 63 años. Y apunta: “Había un jugador de Estados Unidos, Luke Jensen, que ganó el dobles de Roland Garros con su hermano Murphy [en 1993], que era diestro pero también sacaba como zurdo de igual manera. Mi patrón de juego era como diestro, pero sacaba con la zurda”.

Argüello en la portada de la revista

-¿A tus rivales les costaba más leerte los golpes?

-Sí, era un gran beneficio. Además, con los efectos y los ángulos, al tener habilidad de los dos lados, confundía. Lo único que me perjudicaba un poco era en el alcance de brazos. Pero era rápido y flaquito, leía bien el juego y variaba mucho. El otro no sabía dónde estaba parado, le hacía un nudo. Me preguntaban cuál era mi drive y cuál el revés, pero no se los iba a decir nunca, jaja. Ya con diez añitos jugaba con los grandes y los volvía locos: les hacía tiempo, iba a buscar la toalla, secaba la red, no me calentaba nunca, era maduro emocionalmente. Vine con el chip incorporado. Aprendí a jugar mucho en el frontón. Después me fui al club Provincial, donde había más competencia, estaban Gustavo Tiberti, Alejandro Novillo, los mejores de Rosario menos Carlos Castellán, que era del Jockey. Empecé a competir en las categorías bajas y fui creciendo, llegué con catorce años a tener un nivel alto y en el 77, que fue un gran año, porque gané el Banana Bowl y el Sudamericano en Caracas, quedaba el Orange Bowl, pero mis padres no podían pagar el viaje. Entonces, el Atlético del Rosario, donde yo ya jugaba, organizó asados para recaudar dinero para mi pasaje y, una señora que tenía una familia en Miami, consiguió que me alojara ahí. Llegué allá, hablaba algo de inglés porque mi mamá me había mandado con siete u ocho años a aprender. Le decía: ‘¿Para qué? Mejor comprame soldaditos, autitos’. ‘No te vas a arrepentir’, me decía. Ella tenía una visión especial. Dejar a un hijo viajar solo no era fácil. A los doce años me ponían en el tren de Rosario a Buenos Aires, llegaba a las once de la noche, me iba a buscar Gerardo Wortelboer, que fue capitán de Copa Davis, me llevaba a su casa, en Ramos Mejía. Y me pasaba el sábado y domingo en el Buenos Aires Lawn Tennis Club entrenando. En esa época dorada también estaba el Profe Belfonte; el doctor Horacio Billoch Caride, presidente del club, nos abrió las puertas a los chicos del interior del país para que pudiéramos entrenarnos. Los mejores tenistas estaban ahí. Hasta los 17-18 años pude dormir en el club, debajo de la tribuna, era como mi casa.

-En 1979, con 16 años, tuviste un gran desafío, al jugar contra Ivan Lendl en el Abierto de la República, en el BALTC. ¿Cómo fue la experiencia?

-Estaba sacando mis primeros puntos de ATP, jugué la qualy, la pasé y fue un shock. Me toca en la primera ronda contra Lendl, que era 25° del mundo. Digo: ‘¡La pucha! Me podría haber tocado otro’. Me ganó 6-3 y 6-2, pero viví un momento increíble. Todo el mundo vino a vernos, la cancha estaba llena. En el primer game saqué yo. Lendl le pegaba muy fuerte, era grandote. Y me dije: ‘Voy a hacerle saque y volea para sorprenderlo’. Él no lo esperaba. Saco, voy a volearle, cambio de mano, toque cortito, punto. ¡Para qué! La gente explotó. Se lo hice de vuelta y me devolvió para el otro lado, pero yo le cambié la mano, toque cortito, punto. Hice los cuatro puntos igual, el público se volvió loco, pero fue lo peor que pude hacer, porque a Lendl lo calentó que un pendejo lo estuviera tocando de entrada, sin respeto. Pero se acomodó y me ganó.

La publicación periodística del título de Argüello en el emblemático Orange Bowl de 1981, en la categoría de 18 años; ya lo había ganado en Sub 14, en 1977

-¿Qué significó ganar el Orange Bowl en Sub 18, antes del salto al profesionalismo?

-Fue una gran victoria. A los 18 años era mi última vez, salí preclasificado número uno y estaba nervioso. Fui con mi compañero Alejandro Olmedo Zumarán, que falleció, pobre, buen chico. Nuestro capitán era Raúl Pérez Roldán, que no nos daba mucha bola. Yo no sufrí ni maltrato ni nos daba consejos: nos ignoraba, nos decía a la hora que jugábamos y no más. Estaba con los hijos de él, creo que había un torneo en Nueva York y se fue antes de mi final. Raúl tenía una doble personalidad: con nosotros era simpático, pero con los hijos y la mujer era muy duro, les pegaba delante de nosotros. Un desastre.

-¿Cómo siguió tu carrera?

-Después de ganar ese torneo estaba más o menos 140° del mundo. Estaba entrenando en la Copa Davis, en 1982, el año de la Guerra de Malvinas, porque teníamos que jugar contra Francia, que tenía a (Yannick) Noah. La Asociación de Tenis me dijo que no me preocupara porque me habían conseguido a alguien que me iba a hacer zafar del servicio militar. Tranquilo, me voy el fin de semana a Rosario a visitar a mis padres, llego, me instalo y tocan la puerta. Era un soldado. ‘¿Usted es Argüello? Venga conmigo’, me ordenó. ‘No, pero represento a Argentina, juego la Davis’, le digo. ‘Viene ahora o lo llevamos directo al sur’, me respondió. ‘¿Quééé?’, dije. Entonces, mi mamá y mi papá me llevaron en el auto hasta la puerta del Batallón 121, ahí en Rosario. Yo, todo facherito, con rulos, pantalón largo… y les digo a mis viejos: ‘Espérenme acá quince minutos que ya vuelvo’. ¡Y no volví más! Tuve mala suerte, porque había un teniente coronel que me conocía, le expliqué la situación, estaban todos con el pelo cortito y le dije: ‘Mire, en estos días tengo que jugar la Davis. Además, la Asociación me dijo que estaba solucionado el tema’. Me dijo: ‘Vamos a ver qué se puede hacer’. Me dejó en un costadito esperando, pero al rato entran cuatro o cinco autos militares negros, con altos capos, yo sentado en un banquito en la oficina, pasa un general y grita: ‘¿Qué hace ahí sentado?’. Le cuentan que era el tenista y dice: ‘¡Qué tenista!’. Pum, adentro. Me cortaron el pelo.

El equipo argentino de Copa Davis en la serie perdida 4-1 ante Ecuador, en 1985, en el BALTC: el capitán Wortelboer, Miniussi, Bengoechea, Jaite, Argüello, Clerc y el Profe Belfonte

-¿Cuánto tiempo estuviste en el servicio militar?

-Un año adentro. Eso fue a principios de año y fue un golpe. En esa época, al ganar el Orange Bowl, hubiera tenido patrocinadores al toque, seguramente exhibiciones con Borg, Connors, McEnroe, Vilas… Ganar el Orange era como el futuro del tenis mundial, todos ponían las fichas ahí. Podría haber entrado en el circuito directo por la puerta grande y no jugando Satélites. Pero me quedé encerrado en Rosario, estuve cuarenta días en un campo haciendo la instrucción con otros soldados, durmiendo en carpa. No lo podía creer. Pasé de un mundo de fantasía en el tenis al servicio militar. Tenía una gran impotencia y perdí todos los puntos del ranking; la Asociación no hizo nada. Pero le metí garra. Cuando terminé la instrucción me dejaban salir algunas tardes y me iba a entrenar y a jugar algunos torneítos. Un día nos despertamos y nos dicen: ‘Estamos en guerra con Inglaterra’. ‘Encima que me enganchan acá, ¿voy a tener que ir a una guerra?’, pensaba. No sabíamos qué iba a pasar, teníamos un miedo terrible, éramos chicos, no sabíamos ni disparar. Y lo que hicieron fue incorporar a la clase anterior, la ‘62, y a nosotros nos dieron licencia durante esos dos meses y pico que duró la guerra. Nos volvimos a casa hasta que la guerra se terminó y tuve que volver al Batallón. No estuve cerca de ir a Malvinas, por suerte. Un tiempo antes, después de ganar el Orange Bowl, fui convidado por (Leopoldo) Galtieri en la Casa Rosada. Fui yo, también fue Agustín (Garizzio), que ganó en la categoría de 12 años, y Gaby Sabatini. Fuimos desde Rosario con mi mamá, contentos porque nos invitaban de Presidencia, sin saber mucho lo que pasaba en el país. Algunos me decían que tendría que haber utilizado esa visita para pedir que me sacaran del servicio militar, porque venía de representar a Argentina y lo seguiría haciendo, pero no lo pensé así.

Tras ganar el Orange Bowl 1981, Argüello (con saco y corbata) fue recibido por el presidente de facto Leopoldo Galtieri; también asistieron Agustín Garizzio (campeón Sub 12) y Gaby Sabatini

-Viviste un cambio rotundo en tu vida.

-Sí, sí. A fin de 1982 me liberaron y arranqué en el circuito en el ‘83, que terminó siendo mi mejor año. Me casé con mi primera señora, Cecilia, con la que tuvimos mellizos varones, que ahora tienen 37 años, uno vive en España y otro en Rosario, por suerte están bien los dos. Mi mamá me aconsejó que me buscara un entrenador y fue lo que tendría que haber hecho. Pero me puse de novio con Cecilia, a ella no la dejaban viajar si no estaba casada; tenía un padre a la antigua, digamos. Así fue y salimos al circuito con unos pesos guardados que tenía de un contrato con Topper, sacamos los pasajes y a Europa. Llegamos a París y desde ahí nos tomamos un tren a Lisboa, para jugar el Satélite de Portugal. Estaba durísima la qualy, había jugadores como el sueco que fue entrenador de Federer, Peter Lundgren, al que me costó ganarle en tres sets. Había otros jugadorazos. Y terminé ganando el torneo.

-¿De ahí fueron a Venecia, donde ganaste el ATP?

-No. Antes pasé por el Satélite de España, que estaba cerca. Jugué la qualy, le gané a (Gustavo) Luza y, en la última ronda, contra Ramiro Benavides, un boliviano que falleció hace poco, le gané el primer set y si ganaba el partido no podía llegar a Venecia, donde ya me había anotado. Entonces, le dije: ‘Me lesioné la pantorrilla, no puedo jugar más’. Le di el partido y tenía que llegar al día siguiente, que era sábado, para firmar en Venecia. Salimos corriendo al hotel y me fui. Llegamos a la estación de tren muertos de sueño y desde ahí un barco a la Isla de Lido, donde se jugaba el torneo, como a las tres de la mañana, con los bolsos, las raquetas… Bajamos y no había nadie. De repente veo a un tipo y le preguntó dónde había un hotel, caminamos un montón arrastrando los bolsos, llegamos al hotel, que era bueno, costaba más de cien dólares, no había otro. Nos acostamos a las cuatro, dormí dos o tres horitas, firmé la qualy, jugué y la pasé. Entré en el cuadro y me tocó el preclasificado número 1, Eliot Teltscher, que en esa época jugaba de compañero de dobles de (John) McEnroe. Cuando lo veo, digo: ‘¡La puta madre! Tanto sacrificio para nada’. Y, bueno, le gané en el tercer set. Y así fue, sorpresa tras sorpresa. Levanté un match point en octavos contra Jaime Velazco; después contra el uruguayo Diego Pérez, que era durísimo; las semifinales con un francés, Bernard Fritz; y la final contra un estadounidense que era una pared, Jimmy Brown. Ganar un ATP fue emocionante, ahí dije que había valido la pena el sacrificio. Automáticamente saqué más puntos, empecé a entrar directo en los torneos. Un año después, llegué a las semifinales de Niza, perdí contra el sueco (Henrik) Sundstrom, que después se destapó y ganó Montecarlo. Miré el ranking, me vi 38 del mundo, me encontré en los mismos vestuarios con McEnroe, Connors y no lo podía creer. ‘¿Qué hago acá?’. Y es como que dije: ‘Hasta acá llegué’. Inconscientemente me puse límites, me conformé. Si hubiera tenido un entrenador, me habría puesto el objetivo de ser 20° del mundo, teniendo que mejorar el saque, la volea, yendo a tal o cual torneo, teniendo un guía, un patrocinador… Me faltó dirección. Además, yo todavía sentía una gran injusticia por lo del servicio militar. De ahí salí como un lobo herido, corría hasta las pelotas que se iban afuera. Pero esa fuerza mental del principio nunca más la tuve. No me preparé como debía, para dar el siguiente paso.

Con 14 años, antes de viajar al primer Orange Bowl

-Siempre anduviste por el circuito sin coach, salvo un corto período con Alejandro Gattiker.

-Sí, fue en el 85. Me vino muy bien, porque en esa época tuve varias victorias muy buenas. Una contra Aaron Krickstein en Ginebra, contra Noah en Barcelona… Pero la sociedad duró unos meses. Yo fui su primer jugador.

-¿Cómo hacías los planteos estratégicos?

-Nooo, era muy autodidacta. Mi señora me ayudaba. Se me acercaban algunos entrenadores, pero había pocos, yo no sabía en quién confiar, me faltó gente que me aconsejara. Tampoco tenía tanto dinero para pagarles. Hoy los ves a los jugadores con grupos enormes; lo nuestro era a pulmón. Aunque jugadores de mi nivel, como Leconte, Wilander o (Thierry) Tulasne, llegaban a los torneos en Porsche. Yo llegaba en el tren, buscando un hotel barato con mi señora. Ellos tenían patrocinadores, una cuenta bancaria cargada y yo con el mango justo. Nos cuidábamos hasta para comer y viajábamos con los mellizos, que nacieron en el ‘89, sobre el final de mi carrera [se retiró en 1991].

-¿Cómo fue enfrentar a tu ídolo, Vilas, por primera vez?

-Fue en el República de 1981. Paso el cuadro y en el segundo partido me toca contra Vilas. Entró en la cancha central como con 80 raquetas bajo ese brazo enorme que tenía. ¡Era una estrella! Lo había visto en el 77 cuando ganó el US Open. Enfrentarlo en su casa era un sueño. Yo vivía debajo de la tribuna, salí de la habitación, caminé unos pasos y entré en la cancha, con dos o tres raquetitas, dos muñequeras y frente a la bestia. Era verano, de noche, la cancha llena, partido televisado, el corazón me iba a 200 revoluciones por hora. Yo era flaquito, no tenía ni músculos. Pensaba: ‘Este me va a matar’. Y de repente empiezo a escuchar mi nombre desde la tribuna; no lo podía creer. Tenía algunas cosas de inconsciente y dije: ‘Vilas tiene dos brazos, dos piernas y una cabeza, como yo. Si le tiro un drop-shot va a tener que correr’. Empezó el partido, sacó él y en el primer punto le tiré un drop, se vino a la red, globo con top, otra vez drop y gané el punto. ¡Para qué! El estadio se vino abajo y a Vilas le salía la vena, recaliente estaba y terminó siendo un partidazo que duró más de dos horas y media. Perdí el primer set 6-4; en el segundo yo iba 5-3 y 40-15, si hubiese ganado ese set, quizás… pero me ganó 7-5. Me sentí cómodo jugando contra un top ten [el Poeta era 6°], de igual a igual, con mi estrategia, suelto. Me dio confianza para llegar lejos en mi carrera.

Clerc, Vilas, Alejandro Ganzábal, Argüello, el Profe Belfonte y Ricardo Cano, el equipo de la Copa Davis que venció 5-0 a Italia, en el Foro Itálico de Roma, en 1983

-A Vilas le gustaba entrenarse con vos.

-Sí, es verdad. Para mí él era un ejemplo de jugador, de sacrificio, de perseverancia. Me buscaba mucho para entrenar. Lo que pasa es que un poco le escapaba, porque el sistema que tenía era llegar y hacer media hora de drive cruzado. ¡Media hora de drive cruzado! Hacés diez minutos y se te quema la cabeza. Terminaba y decía: ‘Ahora media hora de revés cruzado’. ¡Nooo! Así entrenaba él. Y después de mí pasaba otro. Tenía dos o tres jugadores toda la tarde, se llevaba la comida, se la pasaba en la cancha. Entrenaba parado, hacía direcciones, repeticiones… Un poco de volea. El saque, prácticamente, nada. Y hablaba con el Profe Belfonte, con Tiriac, probaba sus ocho raquetas, sacándole el plomo a una y a la otra, contando historias de sus viajes.

-También compartiste el equipo de Copa Davis con él y Clerc.

-Sí, claro, cuando no se llevaban bien. Yo entrenaba con uno o con el otro, pero ellos nunca lo hacían juntos. Batata tenía otro carácter: un poco más abierto, más joven también, más bromista. Para mí no era incómoda la situación porque estábamos juntos en el equipo; era incómodo entre ellos. La experiencia de haber compartido vestuario con ellos en la Davis fue fantástica. La Copa, en aquella época, era muy importante. Eran los tres días de competencia, venía Estados Unidos con McEnroe y era con público a full todos los días, bocinas en las tribunas, con la gente que gritaba cuando Guillermo hacía la Gran Willy o su clásico passing de revés. Yo debuté en 1983, en Roma, contra [Francesco] Cancellotti, que era muy buen jugador [7-5 y 6-4, con la serie definida, por el quinto punto del éxito 5-0 ante los locales]. Inolvidable. Lo viví muy intensamente, nervioso, parecía como entrar en el Coliseo Romano, me tiraban monedas, me decían de todo. Más allá de las diferencias, sentía buena onda en el equipo, con el Profe Belfonte, Richard Cano, Tiriac. También jugué un tiempo después contra Ecuador [por la 1ª ronda de 1985, en el Buenos Aires LTC y cayó con Raúl Viver; la serie terminó 4-1 para los visitantes].

Argüello, en 1982, jugando en el court central del Buenos Aires Lawn Tennis Club; durante mucho tiempo se alojó en los dormis que había debajo de las tribunas

-¿Qué personalidades famosas conociste por el tenis?

-Al Papa Juan Pablo II. Fuimos varios tenistas argentinos a visitarlo al Vaticano. Me sentí como si estuviera frente a Dios. Me preguntó de dónde era, le mencioné Rosario y me dijo que ubicaba la ciudad de nombre. En Montecarlo, en la fiesta del torneo, al lado mío estaba bailando Carolina de Mónaco y yo decía: ‘¿Qué estoy haciendo acá?’. Estábamos con Guillermo Rivas y me decía que la encarara. ‘Nooo, es princesa, no me va a dar bola’, me reía. Además, en esa época creo que ya estaba el romance con Guillermo… En Roland Garros, una vez, Batata me invitó a comer junto con Panatta, Bertolucci, Nastase, que fue con un guardaespaldas grandote, jaja. Fuimos a un lugar que también era discoteca. Me vi comiendo en la misma mesa y decía: ‘¿Qué hago acá?’. Eran actores de cine. Yo los había visto a por TV y de golpe estaba con ellos.

-¿Cómo decidiste el retiro?

-Ya había tenido a mis hijos, viajábamos con ellos, que tenían seis meses. Era durísimo llegar a Europa, alquilar un auto, instalarte en el cuarto con todas las cosas. Venía perdiendo varios partidos 7-5 o 7-6 en el tercero. En agosto de 1990 gané mi último Challenger, que fue en Ginebra. Llegué a la final contra Daniel Orsanic, con quien ya había entrenado y venía subiendo. En la final me enchufé, la magia surgió por todos lados. Orsa me decía: ‘Dale, Argulín, nunca te vi jugar así’, jaja. Le metí un 6-3 y 6-0, pobre Orsa. Pero en 1991 fue un año duro, me separé, los chicos eran chiquitos, un poco el tema económico influyó, era difícil viajar todos juntos. Ya estaba cansado de los viajes y me retiré. Empecé a jugar interclubes en Francia, para el club Stade Français; era el capitán del equipo y jugador. Estuve en París dos o tres años. Me casé con mi segunda señora, Patricia. Y ya con ella hice toda la etapa de entrenador. Estuve en París, Estados Unidos, Japón, Suiza, Luxemburgo, Alemania, Kuala Lumpur, en fin…

Argüello, en 1985, con el escudo de la Asociación Argentina de Tenis en el saco, antes de la serie de Copa Davis frente a Ecuador

-¿Cómo llegaste a trabajar para la federación de Japón?

-Con Patricia entramos en Saddlebrook, cerca de Tampa, en la academia de Harry Hopman. Era un country club con canchas de tenis y golf, donde estaba como head coach Álvaro Betancur [extenista colombiano], a quien yo conocía. Yo estaba buscando trabajo como entrenador. Toco la puerta de una casa que figuraba en alquiler, me abre una señora japonesa, que no hablaba inglés, buscó un papel que decía que tenía que llamar a otra persona. Resulta que esa mujer era la presidenta de la federación de Japón: había ido a esa academia de Estados Unidos a buscar un entrenador, no le gustaba ninguno y se iba al día siguiente. ¡Lo que es el destino! Llamé al contacto, a una persona que sí sabía inglés, nos pusimos de acuerdo, me hicieron una oferta y a las dos semanas me fui a Japón. Viví en Tokio. Fue muy interesante por la cultura, la comida, que es de mis preferidas. Trabajé con Miho Saeki, que fue top 60 del mundo. Después con Gouichi Motomura, 130 del mundo. Aprendí algo del idioma. Lo que más me sorprendió fue el respeto a los mayores que tienen. El anciano es el que tiene sabiduría. También el respeto entre colegas, la fidelidad en el trabajo, muchos valores humanos que les enseñan desde chicos. Para competir les falta la picardía latina, pero son personas muy trabajadoras. Se han reconstruido después de la guerra con disciplina. En Japón estuve un año, pero iba y venía a Estados Unidos con esos jugadores. Hasta que me instalé en la Florida.

-¿Ahí fuiste sparring de Pete Sampras?

-¡Sí! Fue en esa época. Estando en la academia de Saddlebrook, con Betancur, me dice que Sampras, que vivía en Tampa, necesitaba a alguien para entrenar. ‘¡¿Sampras?! ¿Te parece?’, le digo. ‘Sí, ser sparring, ayudarlo un poco’. Ok, fui. Compartí varias jornadas con él, jugamos, fue una experiencia fantástica. Era muy buena onda, venía de ganar Wimbledon, en 1998. No movía un pie, jugaba parado. Un día le pregunto: ‘¿Te muevo un poco? ¿Te voleo? ¿Te hago algún ejercicio?’. Me dijo que sí, me quedé en la volea, pasaron dos o tres minutos y me dijo que no podía más. ‘¿Qué te pasa?’, le digo. ‘Me acabo de comer una pizza de pepperoni’ (lanza una carcajada). ¿Qué le iba a decir? ¿Que no lo hiciera? ‘Descansá hasta que te sientas bien’, le dije. Seguimos jugando un rato. Al otro día hicimos otro entrenamiento, al lado había una cancha de básquet, vino un chiquito con la pelota y me dice: ‘Roberto, perdóname, en cinco minutos vuelvo’. Se fue con el chico a tirar al aro, jaja. Volvió y seguimos. Un fenómeno.

El particular estilo técnico de Argüello:

-Después entrenaste a Jennifer Capriati.

-Sí. Con su padre, Stefano, que era una persona difícil, dentro de la cancha. La entrené en doble turno como tres meses; estaba contento. A los 14 años ya había llegado a las semifinales del US Open. Después tuvo problemas con algunos robos y por eso fue arrestada. Después la agarraron fumando marihuana. Tuvo mucha presión del padre y explotó en una etapa de rebeldía. Cuando la entrené yo tenía los pelos colorados, era medio punk. Estábamos para salir en el circuito y, de un día para el otro, el papá me dijo que no, que iban a ir a Francia y se terminó. Al poco tiempo cambió el look, ganó el Abierto de Australia y Roland Garros [en 2001]. Hizo un clic y fue la número 1 del mundo.

-También viviste en Basilea y trabajaste en el Tennis Club Old Boys, donde se formó Roger Federer.

-Sí. Estaba cansado de viajar y me instalé en Basel. Era un club chico, de barrio, todavía estaba el primer entrenador de Federer y Roger aparecía de vez en cuando. Una vez vino después de ganar Wimbledon. Yo todavía jugaba bastante bien, así que jugaba dobles en el equipo de primera y un día me tocó hacerlo contra [Stan] Wawrinka, que ya era 25 del mundo y lo hacía para un club de Ginebra. Vinieron al club, me tocó jugar con un compañero que era bueno, Yves Allegro [32° de dobles en 2004]. Yo con todas las pilas. Empieza el partido, Wawrinka jugaba del lado del revés, obvio, y cuando me toca sacar a mí, pienso: ‘¿Cómo le saco? ¡Me va a matar!’. Pensé en sacarle con toda mi fuerza, un palo y listo. Pero hizo pim, sacó un winner paralelo que Allegro ni vio pasar. Entonces me paré bien en la línea de dobles, le empecé a sacar a 20 por hora, cortadito, bajito y empezó a tirarlas afuera. ‘¡Qué saque de mieeerda!’, decía, jaja. Ganamos el primer set 7-6; después perdimos 6-3 y 6-4.

Argüello, jugando el Abierto de la República de 1986, en el BALTC: alcanzó las semifinales, donde cayó con Franco Davin

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Luego de tantos años en el exterior, Argüello volvió a radicarse en Rosario. Vivió la pandemia en el país. Pero, más allá de la peste mundial, se encontró con un escenario laboral y emocional mucho más espinoso y chocante del que esperaba. Le cerraron puertas, se topó con obstáculos. Le costó hallar un trabajo estable. Se le frustraron proyectos que lo entusiasmaban. Y decayó.

“Por un lado, me encontré con mis hijos, a quienes no veía; fue un buen reencuentro -confiesa-. Pero quise trabajar en los clubes en los que había jugado y, prácticamente, no pude; la gente de mi época no estaba, hubo cambios en las comisiones directivas, hice propuestas para seguir adelante con una academia y se la otorgaron a otro profe… Quise entrar a trabajar en el Buenos Aires Lawn Tennis y no pude. Tampoco tuve contacto con la Asociación Argentina de Tenis. Entonces, fue un golpe duro a nivel emocional. Me sentí rechazado, no valorado. Sentí una falta de reconocimiento. Hay mucha política en los clubes y no fue fácil. Igual, tuve trabajo. ¿Qué hice? Agarraba el canastito de pelotas, la raqueta, me tomaba el colectivo y me iba a los pueblos a dar clases por la zona. A Timbúes, a Álvarez, a Granadero Baigorria…”.

-¿Cuánto te afectó la situación?

-Estuve muy mal anímicamente. Sentí angustia por la falta de reconocimiento a lo que había hecho como jugador. Ahora me doy mucho valor y me doy cuenta de que no merecía eso. Pero la pasé mal, mal, mal. Sentí que toqué fondo. Fui a un psicólogo, gente de mi familia me ayudó, también Luis Pianelli [reconocido encordador del equipo de Copa Davis entre 2005-2011 y 2015-2020, oriundo de Arroyo Seco, Santa Fe], pero más que nada fui yo. Cambié el chip y la forma de vivir. Me sentía match point abajo, pero todavía no había perdido el partido. Dije que el partido lo levantaba y así fue. Tuve el apoyo de los médicos, de mi gente más cercana (se emociona). Seguí dándole para arriba y la energía fue cambiando.

En la actualidad, practicando en El Salvador

-¿Qué te hizo reaccionar?

-Un día, así de la nada, Luis Pianelli me contacta porque se había enterado que buscaban un profe en El Salvador y que era justo para mí, entre 40 y 60 años. Yo tenía 61. ‘¡Es para vos! ¡Llamá ya!’, me dice. ‘¿Te parece, Luigi?’. Yo no tenía ni batería en el teléfono, pedí una prestada en el club. Generalmente, cuando llamás por un trabajo es muy difícil que te atiendan de primera, pero acá fue distinto: me atendió el director de la federación, me contactó con el presidente, que es Rafael Arévalo, el hermano de Marcelo [N° 1 en dobles en 2024, actual 9°]. Fue todo muy rápido, empecé a trabajar y cambió mi vida por completo. Llegué con la valija, la raqueta y muchas ganas. Ni ropa propia tenía: fue Luigi el que me dio. Le digo: ‘Mirá, sólo tengo ropa vieja de tenis. ¿No te sobrarán unas zapatillas?’. Me dio un montón de cosas y llegué bien pituco. Me puse en forma otra vez, física y mentalmente. Mejoré la salud. Juego al tenis, hago natación. Cambió mi vida por completo. Tuve que pasar por experiencias muy malas para valorar lo bueno que tengo y que hice. Crecí como persona; estoy en paz conmigo mismo. Acá tienen un centro nacional impresionante, me gané el puesto, los profes me valoran, pero siempre con un perfil bajo.

-El Salvador es un país sin tradición de tenis, pero tuvo un N° 1.

-Exacto. La gente común no está tan pendiente del tenis, todavía están aprendiendo. Pero con Arévalo todo se potenció. También estuve como asesor del equipo de Copa Davis. Se hicieron Futures, donde jugadores locales a los que yo coacheé, sacaron sus primeros puntos de ATP.

Argüello trabaja para la Federación Salvadoreña de Tenis desde octubre de 2024: forma a chicos y, también, asesoró al equipo de Copa Davis, donde actúa el doblista Marcelo Arévalo, ex N° 1

-¿Cómo es el día a día en el país de Nayib Bukele?

-Es un lugar muy seguro, tranquilo. Vivo cerca del club. Trabajo a la tarde y tengo la mañana libre: voy al gimnasio, tengo una vida ordenada. Me gané el respeto y el cariño de los padres y de los chicos.

-¿En el futuro volverías a trabajar a Argentina?

-Por ahora no me gustaría volver. Mi última experiencia no fue buena. La pasé muy mal las dos veces que volví. Por ahí un fin de año, cuatro o cinco días, pero no a instalarme. La vida va dando vueltas y no sé qué pasará más adelante. Siempre estoy buscando oportunidades de trabajo. Es lo que hice toda mi vida.

Argüello, a pocos días de cumplir 63 años: luego de haber atravesado tormentos personales en sus últimos años, vive en El Salvador y se siente pleno física y emocionalmente

-¿Qué representa el tenis para vos?

-Mi pasión. Me permitió conocer el mundo, tener una vida diferente. Tuve padres maravillosos que me dejaron viajar en una época en la que casi no había comunicaciones y, por ahí, no tenían noticias durante un mes o sólo por carta. Mi mamá tuvo una gran visión, sé que fue duro para ellos también, pero valió la pena. Estoy de pie y dispuesto a seguir este camino, cada día teniendo una mejor versión de mí.

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