Un reino, seis cuervos y los miedos heredados: creencias que nos ayudan a sostener lo que no podemos controlar

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Dicen que heredamos algunos de los miedos de nuestros padres, o que ellos se encargan, sin quererlo, de que los llevemos con nosotros un poco como el pelo rubio, la nariz respingada o el gen dominante de unos ojos marrones. Si bien me esquivaron sus maravillosos ojos azules, mi madre me legó su miedo a las arañas: me defino hoy como una aracnofóbica declarada. La sola presencia de un arácnido en una habitación puede expulsarme instantáneamente.

En algún momento de mi infancia creo haber registrado que tampoco le gustaba mucho volar en avión. Habré visto su nerviosismo en el despegue, la forma en que se agarraba con nudillos emblanquecidos al apoyabrazos o cómo inhalaba sonoramente y cerraba los ojos en cada pozo de aire.

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En algún momento del camino empezó a sucederme algo parecido que fui venciendo con los años y bastante trabajo, para convertirme en una suerte de experta en asuntos del aire. Hoy puedo decir que es algo que hago sin mayores problemas, aunque con poco placer, e involucra toda una serie de pensamientos y comportamientos muy racionales que hacen que me vea completamente funcional. Y por ende me sienta bastante cómoda caminando por la manga, saludando amablemente al personal de abordo mientras les informo con precisión mi número de asiento y aguardo las indicaciones del pasillo a tomar. La forma de pasajero frecuente en que abrocho mi cinturón, pongo el asiento en posición vertical, guardo las bandejas y coloco toda pertenencia debajo del asiento delantero a la vez que localizo visualmente las salidas de emergencia (recordando siempre que la más próxima “puede estar detrás suyo”) me hace ver de lo más confiada.

Hubo, hay y siempre debe haber al menos seis cuervos negros en la Torre de Londres

En un viejo sobre azul entelado, de esos que entregaban las agencias de viajes con los pasajes (cuando venían impresos como una interminable libretita apaisada con carbónicos de color rojo), guardo además de mi pasaporte, tarjetas de embarque y control de equipaje, un rosario plástico de color verde. No sería raro salvo que no soy una persona particularmente religiosa. Sin embargo, ese rosario que me acompaña desde 2013 cuando mi madre se salvó de una enfermedad y resurgió de las cenizas casi como el ave fénix siempre está en ese sobre. Por motivos que no recuerdo y tampoco entiendo, hace poco lo cambié de lugar y nunca lo volví a encontrar, algo que decidí negar hasta un inminente vuelo en febrero pasado. Toda esa confianza que había logrado parecía estar a punto de desmoronarse. ¿Es posible que mi vida pendiese de un collar de cuentas de plástico verde? ¿Soy simplemente supersticiosa o una persona de fe?

Hubo, hay y siempre deberá haber al menos seis cuervos negros en la Torre de Londres. Durante siglos, el lugar fue escenario de ejecuciones, y los cuervos —oportunistas— acudían allí donde la historia dejaba restos sangrientos para alimentarse. Dicen que si los cuervos abandonan la torre, esta se desmoronará y el reino caerá. No es una metáfora ligera ni un recurso poético para turistas con cámara: es una advertencia o una superstición cuidadosamente preservada.

Algunos sitúan el origen de esta devoción en tiempos de Carlos II de Inglaterra, allá por 1650, un monarca que entre intrigas y restauraciones habría recibido una advertencia casi literaria: si los cuervos se iban, la Corona también lo haría. No sabemos si fue miedo o intuición, pero ordenó protegerlos. Desde entonces, la superstición se institucionalizó con la elegancia británica: un decreto tácito, sostenido más por la tradición que por la evidencia. Tal vez lo que se protege no es a los cuervos, sino a la idea de que el orden puede depender de algo tan frágil como un puñado de pájaros.

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En ese rincón donde la historia británica se vuelve casi teatral —con verdugos importados de Francia como en el caso de Ana Bolena, reinas decapitadas, principitos asesinados y fantasmas—, los cuervos no son aves: son custodios.

Los llaman por su nombre, como si fueran personajes de una novela victoriana. Hoy son: Jubilee, Harris, Poppy, Georgie, Edgar, Branwen, Chaos, Henry y Poe. (Los seis necesarios y tres reemplazos). Tienen un Maestro de Cuervos (el Ravenmaster) a cargo de que cada día del año estén registrados, alimentados y observados. Pero ni todo el protocolo pudo evitar que a principios de 2021 se llevaran un susto de proporciones shakesperianas con la desaparición de Merlina, una de las aves. Durante semanas se esperó un milagro, pero el veredicto del Maestro de los Cuervos fue implacable: se la dio por muerta. Por suerte para los monárquicos, la Torre siempre tiene “suplentes”. La cuota de seis cuervos se mantuvo gracias a los jóvenes reclutas que esperan en la reserva. Y la torre y el reino se mantuvieron en pie.

Cuando admití que ya no encontraría el rosario me convencí de que otro cumpliría con la misma tarea de resguardarme en mis vuelos. Le pedí uno a mi madre y lo llevé en mi sobre de viaje azul. Fui y volví. Recé y agradecí. Porque incluso los imperios necesitan, de vez en cuando, creer que alguien, algo, vela por su destino.

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