Los técnicos del superclásico: Ubeda le cortó el invicto a Coudet, extendió el suyo y reafirmó su mejor momento en Boca

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En esa mirada al cielo, en ese puño en alto, en ese festejo sobrio pero cargado de desahogo, pareció soltar, al fin, los últimos restos de una mochila que cada vez pesa menos. Lo que tantos no pudieron en el último tiempo, lo consiguió él: el técnico que logró salir a flote en el momento más crítico y ahora recorre con una sonrisa el campo de juego del Monumental, fundiéndose en abrazos con los jugadores, con sus colaboradores, con ese grupo vestido de azul que salta y salta en el círculo central, mientras los hinchas de River despiden al equipo con una silbatina. El héroe inesperado de la película se llama Claudio Ubeda, un técnico que reconstruyó su camino y que hoy disfruta de su mejor presente.

El clásico dejó su resultado y sensaciones bien claras en cada uno de los bancos: festejo de un lado, bronca del otro. Pero, como siempre, no se jugó solo en la cancha. También se jugó afuera. Ubeda, que había ganado su único derby como técnico -aquel 2-0 del Clausura 2025-, tuvo que pasar una nueva prueba en un escenario que, muchas veces, no da segundas oportunidades.

El último técnico de Boca que había dirigido en el Monumental, Fernando Gago, había sido despedido tras la derrota 2 a 1, la tarde del golazo de Franco Mastantuono, más por las formas que por la caída, algo que en Boca, en definitiva, también tiene su peso. Enfrente, Coudet vivió su primer cruce como técnico de River ante Boca, equipo del que era hincha de chico, pero con el que fue construyendo su propia rivalidad, como jugador y como técnico, con duelos calientes, como aquel gol suyo en la Bombonera en el Clausura 2002, el de la “vaselina” de Ricardo Rojas; el tiro libre “atajado” en la semifinal de la Libertadores 2004 o, ya como entrenador, la final de la Copa Argentina 2015 con Rosario Central.

Ubeda ganó su segundo clásico consecutivo: el anterior había sido 2-0, en el Clausura 2025.

Con pasado en común en Racing, donde Ubeda fue coordinador de inferiores durante el ciclo de Coudet en la Primera, Chacho y el Sifón se saludaron afectuosamente en la previa. Pero luego, ya metidos de lleno en el partido, apenas si se dirigieron la mirada. Coudet, con su habitual chomba negra -la de la cábala, con la que llegó al clásico con seis triunfos y un empate-, y Ubeda, con su clásico atuendo deportivo, los dos vivieron el partido a su manera: el técnico de River, más activo, yendo y viniendo por el corralito, bebiendo agua de forma constante y copiando los gestos de sus jugadores.

En Ubeda, en cambio, la procesión fue por dentro. Casi no dio indicaciones, alentó constantemente a Tomás Aranda -que en el primer tiempo jugó por su sector- y celebró con cautela el gol de penal de Leandro Paredes.

Ubeda sostuvo lo que le venía dando resultados y volvió a apostar por el mismo 11 que ya sale de memoria, a pesar del contexto. Incluso con Miguel Merentiel entre algodones, y ante la duda sobre cómo podía reaccionar Aranda en su primer partido grande, se mantuvo firme en su idea. Aunque Boca no brilló en el Monumental, su equipo tampoco sufrió, y se permitió un triunfo de esos que quedan para el recuerdo: hacía cuatro años que el Xeneize no ganaba allí.

Coudet vivió el clásico con intensidad: fue y vino por el corralito y dio indicaciones constantes a sus jugadores.

El decimotercer partido seguido sin derrotas para Ubeda marcó, además, el fin del invicto de siete partidos para Coudet. Boca, que pasó de la reprobación al aplauso luego de la goleada 3 a 0 sobre Lanús, hoy es uno de los animadores del Apertura, suma dos victorias en la Libertadores -con puntaje ideal- y sigue con vida en la Copa Argentina: un panorama impensado hace apenas 50 días, cuando la Bombonera explotó tras el 1 a 1 frente a Gimnasia de Mendoza.

“Lo más importante es sentir que el grupo responde a lo que uno quiere, eso nos da crecimiento. Este es un plantel de jerarquía”, destacó el entrenador, que más allá de los altibajos es el técnico con mejor porcentaje de puntos en toda la era de Juan Román Riquelme como dirigente, con el 66,7% de efectividad. “Hicimos un partido muy ordenado, muy inteligente. Supimos manejar los tiempos. No sufrimos de una manera que nos metieran en un arco”, explicó, feliz por la victoria. “Tal vez podríamos haber convertido un gol más, haberlo liquidado antes”, agregó, y contó que afrontó este partido “con la misma tranquilidad que en estos cinco meses” que lleva su ciclo.

Lo mejor del partido

Coudet lo definió como un partido “bastante chato, típico de un clásico muy disputado”; dijo que “no se vio tanto juego” en ninguno de los dos equipos y que el desarrollo se empezó a complicar con la salida de Sebastián Driussi (a los 18 minutos del primer tiempo). Además, asumió errores propios, deslizó que la jugada del final debió sancionarse como penal de Lautaro Blanco sobre Lucas Martínez Quarta y se comprometió a “seguir trabajando”, aunque reconoció que el golpe anímico se sentirá: “Es imposible que no te pegue. Te tiene que pegar. Te afecta. Por el contrario: me parece que hay que levantarse, pero también hay que sufrirla”.

Para uno, el triunfo marcó el pico de su era. Para otro, el primer tropiezo del suyo. Dos realidades que se cruzan en sentidos opuestos.

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