
El envejecimiento de la población empieza a tensionar un sistema de salud que, en la Argentina, todavía funciona de manera fragmentada para la atención de las personas mayores. Consultas dispersas entre múltiples especialistas, tratamientos que no siempre dialogan entre sí y una escasez de profesionales formados en geriatría conforman un escenario cada vez más frecuente en hospitales, clínicas y consultorios.
La lógica actual del sistema hace que cada profesional intervenga sobre un aspecto puntual de la salud del paciente: cardiólogos, neurólogos, diabetólogos, psiquiatras o urólogos trabajan de manera independiente, muchas veces sin una coordinación integral. Frente a ese escenario, se vuelve urgente revisar el modo en que hoy se aborda el envejecimiento y replantear cómo acompañar a quienes atraviesan la vejez y desean sostener su autonomía sin abandonar el hogar.
Para profundizar en este diagnóstico y analizar el cambio de paradigma necesario, Fernando Shalom, especialista en gestión gerontológica, analiza las fallas del sistema actual y las claves de un abordaje verdaderamente integral.
El diagnóstico del sistema actual
—¿Qué vacío o qué falla concreta del sistema de salud se detecta al pensar el modelo actual?
—Nos encontramos con un sistema muy fragmentado. Hay una hiperespecialización y falta de coordinación entre los especialistas. Por ejemplo, el cardiólogo propone un tratamiento, el psiquiatra otro, el diabetólogo otro, y pueden contraponerse. Además, hay polifarmacia: los pacientes suelen estar sobremedicados. También falta una mirada integradora: muchas veces preguntás a un paciente por su medicación psiquiátrica y te dice que la receta no se ha cambiado en ocho años, cuando eso debería revisarse. Otro dato: hay falta de médicos geriatras en el país, solo setecientos registrados, y no se cubren las residencias. Además, las distintas disciplinas no tienen formación gerontológica.
La visión gerontológica debe contemplar las tres dimensiones de la persona: biológica, psicológica y social. La atención centrada en la persona implica no solo responder a lo clínico, sino comprender quién es esa persona y qué le da sentido a la vida. Se debe buscar preservar la autonomía, potenciar capacidades y acompañar decisiones, adaptando el cuidado al individuo y no al revés.

Las claves del abordaje integral
—La Valoración Gerontológica Geriátrica Integral se presenta como el eje para cambiar esto. ¿Qué información aporta que muchas veces queda afuera en una consulta médica convencional?
—La valoración es el punto de partida. No es una consulta aislada, sino un abordaje integral. Es una evaluación profunda, interdisciplinaria, que dura aproximadamente un mes. Incluye entrevistas con médico geriatra, gerontólogo, kinesiólogo, terapista ocupacional, psiquiatra y nutricionista. Se evalúan aspectos clínicos, funcionales, cognitivos, nutricionales, emocionales y sociales.
Por ejemplo, se analiza qué puede hacer la persona en su vida cotidiana, su memoria, su red de apoyo, el estado nutricional y emocional, el manejo de duelos y la motivación. También se evalúa el domicilio: riesgos en la casa, organización del día, con quién vive. A partir de esto, se dan indicaciones para minimizar riesgos y mejorar la calidad de vida. Todo este proceso implica unas quince horas de entrevistas y se elabora un informe integral para proponer un plan de trabajo por seis meses.

—¿Qué perfil de pacientes suelen necesitar este acompañamiento? ¿Hay un momento o una señal que indique cuándo una familia debería pensar en este tipo de abordaje?
—Habitualmente, está destinado a personas mayores de ochenta años, que son las más frágiles del sistema. Pero cualquier persona que empiece a perder autonomía, rutina, o que la familia note dificultades para organizar el cuidado, puede beneficiarse. La pérdida de rutinas, el aislamiento, problemas nutricionales o de movilidad, o la sobrecarga familiar, suelen ser señales para pensar en este abordaje.
—¿Qué cambia en términos concretos para una persona mayor que pasa de un esquema tradicional de atención a un modelo integral?
—A lo que se apunta es a mejorar la calidad y la dignidad de las personas mayores. El objetivo es sostener la autonomía, prevenir el deterioro y proponer un nuevo orden que acompañe el buen envejecer. El equipo interdisciplinario ayuda a reconstruir rutinas, a generar hábitos y a encontrar un propósito. Cuando falta propósito, baja la motivación y se acelera el deterioro. Además, se ofrece un lugar de referencia para resolver inquietudes cotidianas de manera ágil, algo que el sistema actual no da. Se organizan actividades cognitivas y funcionales, se promueve la vida social y se trabaja también con las familias, para que el cuidado no sea una carga sino un disfrute, ayudando a las familias a recuperar roles: que el hijo sea hijo y el padre sea padre.

—La integración de tecnología para seguimiento remoto, rehabilitación y estimulación cognitiva también empieza a ser clave. ¿Qué resultados se ven y qué límites tiene la virtualidad?
—La tecnología está influyendo en la vida de todos y también en las personas mayores. Cada vez más la incorporan: hoy el 80 % usa celulares. La virtualidad es un hecho. Se pueden promover talleres virtuales de estimulación funcional y cognitiva, o ejercicios a través de plataformas. Ya aparecen asistentes virtuales o tecnologías que favorecen la comunicación y el acceso a la información. Es un mito que las personas mayores no pueden usar tecnología: con acompañamiento y capacitación lo logran. La clave es facilitar herramientas y acompañar el proceso de adaptación.
La propuesta desde el sector privado y las inversiones en el modelo
Como respuesta práctica a este diagnóstico y con el objetivo de marcar un rumbo con un impacto real, surge el desarrollo de proyectos orientados específicamente a este segmento desde el sector privado. En este contexto, Fernando Shalom, en su rol de presidente de Manantial Grupo Humano, detalla cómo tradujeron estos conceptos en un modelo comercial y de inversión a través de sus nuevos consultorios integrales externos.

“Nosotros salimos, de algún modo, a dar una respuesta. Lo que queremos es convertir esto en un modelo gerontológico integral, integrado y centrado en la persona. Esto no ocurre en los modelos actuales, tanto en el sistema público como en el privado”, explica Shalom respecto a la propuesta de valor y la inversión de la firma.
El impacto económico y clínico de este tipo de proyectos ya se traduce en indicadores específicos dentro de la institución: “Detectamos que el 83 % de quienes ingresan a la institución tienen problemas nutricionales, pero a los seis meses mejoran notoriamente. Esto se puede replicar en los hogares”, destaca el directivo, evidenciando el retorno social y el éxito del modelo implementado por el grupo.
Ante una Argentina que envejece demográficamente, las inversiones en salud mayor empiezan a mover el tablero. Shalom concluye que este tipo de estructuras buscan liderar una transición inevitable: “Este modelo busca promover la mejor calidad de vida y la dignidad de las personas mayores. El envejecimiento poblacional cambia la vida no solo de las personas mayores, también impacta en las familias. Hace falta un cambio de paradigma en el cuidado, y creemos que estos modelos integrales, centrados en la persona y apoyados en la tecnología, pueden marcar ese rumbo”.

El envejecimiento de la población empieza a tensionar un sistema de salud que, en la Argentina, todavía funciona de manera fragmentada para la atención de las personas mayores. Consultas dispersas entre múltiples especialistas, tratamientos que no siempre dialogan entre sí y una escasez de profesionales formados en geriatría conforman un escenario cada vez más frecuente en hospitales, clínicas y consultorios.
La lógica actual del sistema hace que cada profesional intervenga sobre un aspecto puntual de la salud del paciente: cardiólogos, neurólogos, diabetólogos, psiquiatras o urólogos trabajan de manera independiente, muchas veces sin una coordinación integral. Frente a ese escenario, se vuelve urgente revisar el modo en que hoy se aborda el envejecimiento y replantear cómo acompañar a quienes atraviesan la vejez y desean sostener su autonomía sin abandonar el hogar.
Para profundizar en este diagnóstico y analizar el cambio de paradigma necesario, Fernando Shalom, especialista en gestión gerontológica, analiza las fallas del sistema actual y las claves de un abordaje verdaderamente integral.
El diagnóstico del sistema actual
—¿Qué vacío o qué falla concreta del sistema de salud se detecta al pensar el modelo actual?
—Nos encontramos con un sistema muy fragmentado. Hay una hiperespecialización y falta de coordinación entre los especialistas. Por ejemplo, el cardiólogo propone un tratamiento, el psiquiatra otro, el diabetólogo otro, y pueden contraponerse. Además, hay polifarmacia: los pacientes suelen estar sobremedicados. También falta una mirada integradora: muchas veces preguntás a un paciente por su medicación psiquiátrica y te dice que la receta no se ha cambiado en ocho años, cuando eso debería revisarse. Otro dato: hay falta de médicos geriatras en el país, solo setecientos registrados, y no se cubren las residencias. Además, las distintas disciplinas no tienen formación gerontológica.
La visión gerontológica debe contemplar las tres dimensiones de la persona: biológica, psicológica y social. La atención centrada en la persona implica no solo responder a lo clínico, sino comprender quién es esa persona y qué le da sentido a la vida. Se debe buscar preservar la autonomía, potenciar capacidades y acompañar decisiones, adaptando el cuidado al individuo y no al revés.

Las claves del abordaje integral
—La Valoración Gerontológica Geriátrica Integral se presenta como el eje para cambiar esto. ¿Qué información aporta que muchas veces queda afuera en una consulta médica convencional?
—La valoración es el punto de partida. No es una consulta aislada, sino un abordaje integral. Es una evaluación profunda, interdisciplinaria, que dura aproximadamente un mes. Incluye entrevistas con médico geriatra, gerontólogo, kinesiólogo, terapista ocupacional, psiquiatra y nutricionista. Se evalúan aspectos clínicos, funcionales, cognitivos, nutricionales, emocionales y sociales.
Por ejemplo, se analiza qué puede hacer la persona en su vida cotidiana, su memoria, su red de apoyo, el estado nutricional y emocional, el manejo de duelos y la motivación. También se evalúa el domicilio: riesgos en la casa, organización del día, con quién vive. A partir de esto, se dan indicaciones para minimizar riesgos y mejorar la calidad de vida. Todo este proceso implica unas quince horas de entrevistas y se elabora un informe integral para proponer un plan de trabajo por seis meses.

—¿Qué perfil de pacientes suelen necesitar este acompañamiento? ¿Hay un momento o una señal que indique cuándo una familia debería pensar en este tipo de abordaje?
—Habitualmente, está destinado a personas mayores de ochenta años, que son las más frágiles del sistema. Pero cualquier persona que empiece a perder autonomía, rutina, o que la familia note dificultades para organizar el cuidado, puede beneficiarse. La pérdida de rutinas, el aislamiento, problemas nutricionales o de movilidad, o la sobrecarga familiar, suelen ser señales para pensar en este abordaje.
—¿Qué cambia en términos concretos para una persona mayor que pasa de un esquema tradicional de atención a un modelo integral?
—A lo que se apunta es a mejorar la calidad y la dignidad de las personas mayores. El objetivo es sostener la autonomía, prevenir el deterioro y proponer un nuevo orden que acompañe el buen envejecer. El equipo interdisciplinario ayuda a reconstruir rutinas, a generar hábitos y a encontrar un propósito. Cuando falta propósito, baja la motivación y se acelera el deterioro. Además, se ofrece un lugar de referencia para resolver inquietudes cotidianas de manera ágil, algo que el sistema actual no da. Se organizan actividades cognitivas y funcionales, se promueve la vida social y se trabaja también con las familias, para que el cuidado no sea una carga sino un disfrute, ayudando a las familias a recuperar roles: que el hijo sea hijo y el padre sea padre.

—La integración de tecnología para seguimiento remoto, rehabilitación y estimulación cognitiva también empieza a ser clave. ¿Qué resultados se ven y qué límites tiene la virtualidad?
—La tecnología está influyendo en la vida de todos y también en las personas mayores. Cada vez más la incorporan: hoy el 80 % usa celulares. La virtualidad es un hecho. Se pueden promover talleres virtuales de estimulación funcional y cognitiva, o ejercicios a través de plataformas. Ya aparecen asistentes virtuales o tecnologías que favorecen la comunicación y el acceso a la información. Es un mito que las personas mayores no pueden usar tecnología: con acompañamiento y capacitación lo logran. La clave es facilitar herramientas y acompañar el proceso de adaptación.
La propuesta desde el sector privado y las inversiones en el modelo
Como respuesta práctica a este diagnóstico y con el objetivo de marcar un rumbo con un impacto real, surge el desarrollo de proyectos orientados específicamente a este segmento desde el sector privado. En este contexto, Fernando Shalom, en su rol de presidente de Manantial Grupo Humano, detalla cómo tradujeron estos conceptos en un modelo comercial y de inversión a través de sus nuevos consultorios integrales externos.

“Nosotros salimos, de algún modo, a dar una respuesta. Lo que queremos es convertir esto en un modelo gerontológico integral, integrado y centrado en la persona. Esto no ocurre en los modelos actuales, tanto en el sistema público como en el privado”, explica Shalom respecto a la propuesta de valor y la inversión de la firma.
El impacto económico y clínico de este tipo de proyectos ya se traduce en indicadores específicos dentro de la institución: “Detectamos que el 83 % de quienes ingresan a la institución tienen problemas nutricionales, pero a los seis meses mejoran notoriamente. Esto se puede replicar en los hogares”, destaca el directivo, evidenciando el retorno social y el éxito del modelo implementado por el grupo.
Ante una Argentina que envejece demográficamente, las inversiones en salud mayor empiezan a mover el tablero. Shalom concluye que este tipo de estructuras buscan liderar una transición inevitable: “Este modelo busca promover la mejor calidad de vida y la dignidad de las personas mayores. El envejecimiento poblacional cambia la vida no solo de las personas mayores, también impacta en las familias. Hace falta un cambio de paradigma en el cuidado, y creemos que estos modelos integrales, centrados en la persona y apoyados en la tecnología, pueden marcar ese rumbo”.
