
Este otoño, como los anteriores, practiqué uno de mis ritos preferidos, que disfruto a mares cuando me pierdo en las abigarradas callejuelas de ese bendito mundo de papel. Me pregunto si estas incursiones anuales a la Feria del Libro no son un gesto de rebeldía ante la presión digital.
Me gusta ser testigo de una maravilla: de que las multitudes no se juntan solamente para sufrir y gozar de un partido de fútbol o escuchar música en un recital, sino también para interesarse en lo que se piensa, se imagina y se escribe. La verdad, como la salvación, no es un hecho puramente individual sino que se busca y se encuentra en comunidad. Toda obra de arte es necesariamente individual y al mismo tiempo colectiva.
Una experiencia universal
Como si fuera poco, en un momento en que asoman los nuevos autoritarismos bajo un disfraz libertario que pretende una nueva entronización del individualismo destructor de los vínculos, la feria es un himno al pluralismo y a la diversidad. Es un canto a la Argentina plural: allí estamos todos: budistas, cristianos y masones, agnósticos y judíos, todos. Los de un lado, los de otro y los del medio. Es un acto de resistencia ante la nueva barbarie que se cierne oculta en el rostro ramplón pero feroz de la eficiencia.
En la Feria uno puede encontrar una presencia plebeya junto a esa aristocracia del saber que se derrama en forma transversal por toda la entera sociedad, porque la lectura es el lugar de todos. Se trata de un público universal, de todas las clases sociales, de todas las etnias y condiciones, de todos los estamentos, de todas las creencias, de todas las más diversas formas del sentir y del pensar.
Allí están en primer lugar los autores junto a sus frutos. Conocemos sus rostros y estrechamos sus diestras, es decir, los hacemos nuestros. Sus identidades coronan una obra que admiramos, pero escasamente se encuentran en lo nombres de nuestras ciudades y plazas sino más bien en nuestras vidas.
Hay pocas calles y parques que posean referencias a libros o escritores. Una sociedad que denomina casi exclusivamente a sus vías de comunicación de las grandes ciudades con nombres de militares, políticos, países o ciudades, pero silencia a sus filósofos, sus historiadores, sus músicos y sus novelistas, evidencia la enorme pobreza de carecer de algo esencial.
Leer, qué duda cabe, es una de las formas más sublimes de cultivar el ocio. Pero si éste es escaso en nuestro trepidante estilo de vida, hemos de hacernos el tiempo para no quedar inmersos en el activismo o cautivos de la adicción digital. La lectura, no importa si es agitada o reposada, no solo es uno de mis entretenimientos preferidos, sino una de las experiencias más interesantes que un ser humano puede tener a lo largo de toda una vida.
El consumo de sustancias adictivas se ha disparado en las metrópolis y es un viaje que termina en un infierno, pero la literatura es un viaje con pasaporte al paraíso, que como es sabido, según Borges (a quien es obligado citar si de letras se trata) podría ser una biblioteca.
Al poner sus ojos en la letra impresa, cualquier hijo de vecino y sin necesidad de ninguna parafernalia tecnológica, puede asomarse en un santiamén y sin ningún esfuerzo ni reparo al universo mundo, puede viajar a los parajes más ignorados que a uno se le antoje sin necesidad de sacar ningún boleto de tren o un pasaje de avión, e incluso puede hacerlo aun a los lugares más recónditos y hasta inexistentes.
La celebración de la palabra
El libro no tiene límites aunque comience con un prólogo y termine con un índice. Con el libro se puede entrar y salir de cualquier parte sin pedir permiso y cuando a uno le plazca, y se puede ir hacia un mundo maravilloso que es hacia lo más profundo de nosotros mismos.
Pero un libro es también un viaje hacia el otro. En la lectura se puede viajar hacia los demás encarnándose en las infinitas personalidades de cada ser y desde luego que se puede incursionar en las civilizaciones y las culturas de todos los tiempos.
Desde el papel, el libro no nos acosa con una retahíla infinita que cambia a cada momento y nos permite la reflexión. Nos regala un espacio para el silencio. La lectura sitúa a nuestro alcance vivir las experiencias más apasionantes, pero sobre todo uno puede aprender a ser más y gozar de la plenitud más rica y completa de lo humano.
La Feria del Libro, como las callecitas de Buenos Aires, tienen ese no sé qué bien porteño que es el sabor popular, pero hay que advertir que no se trata de un hecho puramente local sino universal. Como se ha dicho, es universal porque es local, recordando a Tolstoi: pinta tu aldea y pintarás el mundo.

Por eso no le faltaba razón a Félix Luna, un prócer gaucho de la cultura argentina, cuando se quejaba humorísticamente de que al trasladarse a la Rural, en la feria algo cambió y en un ambiente más aséptico y desodorizado se perdió ese olor a choripán tan característico de la locación anterior en el Centro Municipal de Exposiciones, al lado de la Facultad de Derecho.
Con y sin olor a asado, ir a la feria, como leer, es una romería florida, es también un acontecer mágico, que tiene el atractivo de la fascinación del descubrimiento y del conocimiento humano que es abrir nuevos caminos porque es el fruto de la inmersión en lo desconocido.
La feria es la celebración de la palabra y la fiesta del libro es el gozo del espíritu. Es un encuentro festivo con la cultura. Tiene algo de esas antiguas grandes celebraciones masivas y populares, pero su centro no es deportivo ni social o religioso sino que es cultural.
A partir de ella, otras ferias se han multiplicado en las provincias, en las ciudades, en las escuelas, en los museos, en las instituciones. Hay ferias especializadas, como por ejemplo la del libro antiguo y existen ferias comerciales como la de Frankfurt en Alemania donde concurren miles de editoriales, y otras multitudinarias como la de Guadalajara en México, pero la argentina es uno de los acontecimientos literarios más importantes de todo el mundo.
Abu, ¿nos llevás a la feria?
Hay libros que han sido fuentes de destrucción y hay libros que han cambiado el curso del acontecer humano para bien de todas las generaciones. La palabra Biblia proviene de una expresión griega que significa los libros y que remite a la ciudad fenicia de Biblos, actual territorio del sufrido Líbano.
Siempre me ha llamado la atención una invitación cuyo relato se encuentra en una de las obras más célebres de la historia de la humanidad. Es un convite amable que recibió san Agustín, el maestro espiritual del papa León, cuando un innominado personaje le acercó las escrituras y le exhortó: Tolle, lege: toma, lee (en latín). Entonces su vida cambió para siempre.
Hay hombres egregios como Iñigo López de Recalde (Ignacio de Loyola) que al leer un libro se han planteado un cambio radical de su existencia y una entrega gratuita a Dios y a los otros sus hermanos, algo poco comprensible para los intereses mezquinos que guían a tantos en nuestro tiempo. Me pregunto cuántas vidas han cambiado los libros al subir las miras del espíritu y abrir nuevos horizontes a la propia personalidad.

Entre esas excursiones literarias anuales a la feria hay una que posee una naturaleza un tanto peculiar porque consiste en una tarde dedicada a mis nietos, que son en la ocasión, junto con los libros, los protagonistas exclusivos. Conociendo los intereses de los niños cualquiera pensará que los llevo con engaños o artilugios, obligados o bajo la presión de serias amenazas, pero no es así: ellos mismos me lo piden y no hay cosa que me guste más que escuchar esa música celestial que endulza mi oído: abu, ¿nos llevás a la feria?
Un acontecimiento juvenil
Acabo de asistir también, a una clase de la diplomatura en cultura argentina que se viene dictando en diversas sedes del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes), sobre distintos géneros literarios, y coincidió que uno de ellos era también la literatura infantil.
Era una clase de Pablo de Santis, un consagrado guionista de historietas y autor de más de diez libros para adolescentes y jóvenes, en forma de diálogo con Eduardo de Jorge. Fue otra ocasión para percibir su magnífico desarrollo, muy superior al de mi niñez, cuando los libros de cuentos eran el patrimonio de unos pocos pero grandes autores ya consagrados y sus títulos designaban una temática amplia pero limitada.
En la conversación previa a la clase con los profesores, nos cuidamos de que aconteciera lo previsible cuando dos docentes se reúnen para un inevitable intercambio de experiencias, que es ponerse a lagrimear porque los alumnos no leen. Sin embargo, hay hechos que parecen desmentir esa creencia. Es verdad que hay una epidemia de las pantallas, pero en las pantallas también se lee.
De otra parte, la cantidad de ediciones que hoy se cuentan que están dirigidas a ese público parece desmentir audazmente dicha premisa. Uno entra a las principales librerías y ahí se puede ver una sección específica donde se ofrece una frondosa literatura de ese mismo tenor.
Hay una buena noticia que les puedo anunciar. Recorriendo la feria, observé que, como otros años, se repetía a mi alrededor un suceso primaveral. No puede negarse que se trata de un acontecimiento que como dicen los españoles, tiene su miga porque parece contrastar mitos instalados. Es una vez más la presencia viva de una multitud de jóvenes, casi todos adolescentes que no estaban solamente paseando y curioseando.
Seguramente para esta bullente juventud la feria representa no mucho más que una diversión como tantas otras, pero en esta ocasión ellos y ellas no están interesados en cualquier cosa sino en la oferta literaria. Pude ver muchos libros en sus manos y la prueba es que buena parte portaba esas típicas bolsas de género rústico que contienen siempre algún ejemplar.
El libro fluye a través de la historia. Las exposiciones y librerías de libros antiguos se han multiplicado y nos enriquecen desde el pasado. En el Museo Histórico Nacional se ha inaugurado un salón de los libros raros, que muestra una bibliografía del siglo XIX con su complementaria que la estudia en ese marco temporal.

En las mesas de las librerías ya hace rato que ha adquirido carta de ciudadanía el libro juvenil, un fenómeno no tan reciente que también se hizo visible una vez más en la feria. Las ferias del libro infantil y juvenil se han multiplicado. La Feria Internacional del Libro Infantil de Shangai (China) es hoy una de las más prestigiosas del mundo.
La Argentina es una referente mundial del libro infantil y juvenil. Una de las nuestras, María Teresa Andruetto ha obtenido el premio Hans Christian Andersen que es el nobel del rubro otorgado por la Organización Internacional para el Libro Juvenil (IBBY, según su sigla en inglés). Pablo de Santis ha sido y es también un calificado candidato al premio y posee merecidos reconocimientos internacionales. El prestigio del país está por los suelos en la economía pero goza de buena salud en la cultura.
La Feria de Bolonia, la más importante del mundo en su género, ha brindado un espacio al diseño y a la ilustración y en ella han sido distinguidos talentos argentinos como Mariana Ruiz Johnson, Sergio Eisen, Sabina Schurmann, Hernán Ronsino y Christian Montenegro.
La seducción de la letra impresa
La literatura es una convocatoria universal a grandes y chicos y la feria, como el libro, no es un patrimonio de los grandes sino también de los chicos. Ellos tienen sus gustos y también sus libros. No es bueno cerrar los ojos a la realidad. Es verdad que actualmente se verifica en los alumnos de todos los niveles una seria dificultad de comprensión, pero ella se cura leyendo. Como la democracia: los males de la democracia se curan con más democracia. Donde hay un libro, que se vengan los chicos de todas partes, que estén los de la Luna y los de Marte, ¡que estén todos los chicos del mundo entero!

Siempre he pensado que la fascinación por la letra impresa, mi atracción por la lectura proviene, como en tantos otros casos, de mi propia casa, de mi familia, de mis padres. Ver y escuchar a mi madre leerle a mi padre en voz alta durante las pausadas siestas estivales es un recuerdo de la infancia siempre presente en mi vida.
Cuando niños, mi madre siempre nos decía a mí y a mis hermanos: no les dejamos un patrimonio porque no tenemos bienes de fortuna, pero les dejamos el estudio y los libros. Gracias mamá y papá, me dejaron la mayor fortuna del mundo.
La materia prima de la literatura es la palabra. Los argentinos necesitamos escuchar más que hablar, un oficio difícil de aprender, pero no necesitamos que nos griten ni que nos insulten sino que nos hablen, y que nos hablen con la verdad. En los libros es donde aprendemos a escuchar porque leer es escuchar. Les anuncio una buena nueva: donde hay libros hay esperanza.
El papa León acaba de recibir a los directivos y al personal de la Libreria Editrice Vaticana en el centenario de su fundación y les ha compartido unas reflexiones que son un caricia para el espíritu y que merecen llegar a todos: leer es alimentar la mente, ayuda a cultivar un sentido crítico consciente y a guardarse de fundamentalismos, discierne León.
Por eso para el papa leer un libro es también un signo de libertad, porque es un antídoto contra una cerrazón mental que lleva a visiones limitadas de la realidad. Pero un libro es también y esencialmente, según el pontífice, un puente hacia el otro: hacia el autor y hacia los demás. León dice algo que parece definir a la feria como el lugar del diálogo: escritores y lectores se reúnen para hablar y escucharse.
Mis nietos terminaron rendidos de cansancio, pero quieren regresar a la feria y volver a vivir unas horas sin pantallas y con propuestas creadoras. Les quedó mucho para ver y abrigo la secreta ilusión de que el año que viene volveré a escuchar esa deliciosa cantinela plena de ternezas que me suena a música celestial: Abu, ¿nos llevás a la feria?

Este otoño, como los anteriores, practiqué uno de mis ritos preferidos, que disfruto a mares cuando me pierdo en las abigarradas callejuelas de ese bendito mundo de papel. Me pregunto si estas incursiones anuales a la Feria del Libro no son un gesto de rebeldía ante la presión digital.
Me gusta ser testigo de una maravilla: de que las multitudes no se juntan solamente para sufrir y gozar de un partido de fútbol o escuchar música en un recital, sino también para interesarse en lo que se piensa, se imagina y se escribe. La verdad, como la salvación, no es un hecho puramente individual sino que se busca y se encuentra en comunidad. Toda obra de arte es necesariamente individual y al mismo tiempo colectiva.
Una experiencia universal
Como si fuera poco, en un momento en que asoman los nuevos autoritarismos bajo un disfraz libertario que pretende una nueva entronización del individualismo destructor de los vínculos, la feria es un himno al pluralismo y a la diversidad. Es un canto a la Argentina plural: allí estamos todos: budistas, cristianos y masones, agnósticos y judíos, todos. Los de un lado, los de otro y los del medio. Es un acto de resistencia ante la nueva barbarie que se cierne oculta en el rostro ramplón pero feroz de la eficiencia.
En la Feria uno puede encontrar una presencia plebeya junto a esa aristocracia del saber que se derrama en forma transversal por toda la entera sociedad, porque la lectura es el lugar de todos. Se trata de un público universal, de todas las clases sociales, de todas las etnias y condiciones, de todos los estamentos, de todas las creencias, de todas las más diversas formas del sentir y del pensar.
Allí están en primer lugar los autores junto a sus frutos. Conocemos sus rostros y estrechamos sus diestras, es decir, los hacemos nuestros. Sus identidades coronan una obra que admiramos, pero escasamente se encuentran en lo nombres de nuestras ciudades y plazas sino más bien en nuestras vidas.
Hay pocas calles y parques que posean referencias a libros o escritores. Una sociedad que denomina casi exclusivamente a sus vías de comunicación de las grandes ciudades con nombres de militares, políticos, países o ciudades, pero silencia a sus filósofos, sus historiadores, sus músicos y sus novelistas, evidencia la enorme pobreza de carecer de algo esencial.
Leer, qué duda cabe, es una de las formas más sublimes de cultivar el ocio. Pero si éste es escaso en nuestro trepidante estilo de vida, hemos de hacernos el tiempo para no quedar inmersos en el activismo o cautivos de la adicción digital. La lectura, no importa si es agitada o reposada, no solo es uno de mis entretenimientos preferidos, sino una de las experiencias más interesantes que un ser humano puede tener a lo largo de toda una vida.
El consumo de sustancias adictivas se ha disparado en las metrópolis y es un viaje que termina en un infierno, pero la literatura es un viaje con pasaporte al paraíso, que como es sabido, según Borges (a quien es obligado citar si de letras se trata) podría ser una biblioteca.
Al poner sus ojos en la letra impresa, cualquier hijo de vecino y sin necesidad de ninguna parafernalia tecnológica, puede asomarse en un santiamén y sin ningún esfuerzo ni reparo al universo mundo, puede viajar a los parajes más ignorados que a uno se le antoje sin necesidad de sacar ningún boleto de tren o un pasaje de avión, e incluso puede hacerlo aun a los lugares más recónditos y hasta inexistentes.
La celebración de la palabra
El libro no tiene límites aunque comience con un prólogo y termine con un índice. Con el libro se puede entrar y salir de cualquier parte sin pedir permiso y cuando a uno le plazca, y se puede ir hacia un mundo maravilloso que es hacia lo más profundo de nosotros mismos.
Pero un libro es también un viaje hacia el otro. En la lectura se puede viajar hacia los demás encarnándose en las infinitas personalidades de cada ser y desde luego que se puede incursionar en las civilizaciones y las culturas de todos los tiempos.
Desde el papel, el libro no nos acosa con una retahíla infinita que cambia a cada momento y nos permite la reflexión. Nos regala un espacio para el silencio. La lectura sitúa a nuestro alcance vivir las experiencias más apasionantes, pero sobre todo uno puede aprender a ser más y gozar de la plenitud más rica y completa de lo humano.
La Feria del Libro, como las callecitas de Buenos Aires, tienen ese no sé qué bien porteño que es el sabor popular, pero hay que advertir que no se trata de un hecho puramente local sino universal. Como se ha dicho, es universal porque es local, recordando a Tolstoi: pinta tu aldea y pintarás el mundo.

Por eso no le faltaba razón a Félix Luna, un prócer gaucho de la cultura argentina, cuando se quejaba humorísticamente de que al trasladarse a la Rural, en la feria algo cambió y en un ambiente más aséptico y desodorizado se perdió ese olor a choripán tan característico de la locación anterior en el Centro Municipal de Exposiciones, al lado de la Facultad de Derecho.
Con y sin olor a asado, ir a la feria, como leer, es una romería florida, es también un acontecer mágico, que tiene el atractivo de la fascinación del descubrimiento y del conocimiento humano que es abrir nuevos caminos porque es el fruto de la inmersión en lo desconocido.
La feria es la celebración de la palabra y la fiesta del libro es el gozo del espíritu. Es un encuentro festivo con la cultura. Tiene algo de esas antiguas grandes celebraciones masivas y populares, pero su centro no es deportivo ni social o religioso sino que es cultural.
A partir de ella, otras ferias se han multiplicado en las provincias, en las ciudades, en las escuelas, en los museos, en las instituciones. Hay ferias especializadas, como por ejemplo la del libro antiguo y existen ferias comerciales como la de Frankfurt en Alemania donde concurren miles de editoriales, y otras multitudinarias como la de Guadalajara en México, pero la argentina es uno de los acontecimientos literarios más importantes de todo el mundo.
Abu, ¿nos llevás a la feria?
Hay libros que han sido fuentes de destrucción y hay libros que han cambiado el curso del acontecer humano para bien de todas las generaciones. La palabra Biblia proviene de una expresión griega que significa los libros y que remite a la ciudad fenicia de Biblos, actual territorio del sufrido Líbano.
Siempre me ha llamado la atención una invitación cuyo relato se encuentra en una de las obras más célebres de la historia de la humanidad. Es un convite amable que recibió san Agustín, el maestro espiritual del papa León, cuando un innominado personaje le acercó las escrituras y le exhortó: Tolle, lege: toma, lee (en latín). Entonces su vida cambió para siempre.
Hay hombres egregios como Iñigo López de Recalde (Ignacio de Loyola) que al leer un libro se han planteado un cambio radical de su existencia y una entrega gratuita a Dios y a los otros sus hermanos, algo poco comprensible para los intereses mezquinos que guían a tantos en nuestro tiempo. Me pregunto cuántas vidas han cambiado los libros al subir las miras del espíritu y abrir nuevos horizontes a la propia personalidad.

Entre esas excursiones literarias anuales a la feria hay una que posee una naturaleza un tanto peculiar porque consiste en una tarde dedicada a mis nietos, que son en la ocasión, junto con los libros, los protagonistas exclusivos. Conociendo los intereses de los niños cualquiera pensará que los llevo con engaños o artilugios, obligados o bajo la presión de serias amenazas, pero no es así: ellos mismos me lo piden y no hay cosa que me guste más que escuchar esa música celestial que endulza mi oído: abu, ¿nos llevás a la feria?
Un acontecimiento juvenil
Acabo de asistir también, a una clase de la diplomatura en cultura argentina que se viene dictando en diversas sedes del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes), sobre distintos géneros literarios, y coincidió que uno de ellos era también la literatura infantil.
Era una clase de Pablo de Santis, un consagrado guionista de historietas y autor de más de diez libros para adolescentes y jóvenes, en forma de diálogo con Eduardo de Jorge. Fue otra ocasión para percibir su magnífico desarrollo, muy superior al de mi niñez, cuando los libros de cuentos eran el patrimonio de unos pocos pero grandes autores ya consagrados y sus títulos designaban una temática amplia pero limitada.
En la conversación previa a la clase con los profesores, nos cuidamos de que aconteciera lo previsible cuando dos docentes se reúnen para un inevitable intercambio de experiencias, que es ponerse a lagrimear porque los alumnos no leen. Sin embargo, hay hechos que parecen desmentir esa creencia. Es verdad que hay una epidemia de las pantallas, pero en las pantallas también se lee.
De otra parte, la cantidad de ediciones que hoy se cuentan que están dirigidas a ese público parece desmentir audazmente dicha premisa. Uno entra a las principales librerías y ahí se puede ver una sección específica donde se ofrece una frondosa literatura de ese mismo tenor.
Hay una buena noticia que les puedo anunciar. Recorriendo la feria, observé que, como otros años, se repetía a mi alrededor un suceso primaveral. No puede negarse que se trata de un acontecimiento que como dicen los españoles, tiene su miga porque parece contrastar mitos instalados. Es una vez más la presencia viva de una multitud de jóvenes, casi todos adolescentes que no estaban solamente paseando y curioseando.
Seguramente para esta bullente juventud la feria representa no mucho más que una diversión como tantas otras, pero en esta ocasión ellos y ellas no están interesados en cualquier cosa sino en la oferta literaria. Pude ver muchos libros en sus manos y la prueba es que buena parte portaba esas típicas bolsas de género rústico que contienen siempre algún ejemplar.
El libro fluye a través de la historia. Las exposiciones y librerías de libros antiguos se han multiplicado y nos enriquecen desde el pasado. En el Museo Histórico Nacional se ha inaugurado un salón de los libros raros, que muestra una bibliografía del siglo XIX con su complementaria que la estudia en ese marco temporal.

En las mesas de las librerías ya hace rato que ha adquirido carta de ciudadanía el libro juvenil, un fenómeno no tan reciente que también se hizo visible una vez más en la feria. Las ferias del libro infantil y juvenil se han multiplicado. La Feria Internacional del Libro Infantil de Shangai (China) es hoy una de las más prestigiosas del mundo.
La Argentina es una referente mundial del libro infantil y juvenil. Una de las nuestras, María Teresa Andruetto ha obtenido el premio Hans Christian Andersen que es el nobel del rubro otorgado por la Organización Internacional para el Libro Juvenil (IBBY, según su sigla en inglés). Pablo de Santis ha sido y es también un calificado candidato al premio y posee merecidos reconocimientos internacionales. El prestigio del país está por los suelos en la economía pero goza de buena salud en la cultura.
La Feria de Bolonia, la más importante del mundo en su género, ha brindado un espacio al diseño y a la ilustración y en ella han sido distinguidos talentos argentinos como Mariana Ruiz Johnson, Sergio Eisen, Sabina Schurmann, Hernán Ronsino y Christian Montenegro.
La seducción de la letra impresa
La literatura es una convocatoria universal a grandes y chicos y la feria, como el libro, no es un patrimonio de los grandes sino también de los chicos. Ellos tienen sus gustos y también sus libros. No es bueno cerrar los ojos a la realidad. Es verdad que actualmente se verifica en los alumnos de todos los niveles una seria dificultad de comprensión, pero ella se cura leyendo. Como la democracia: los males de la democracia se curan con más democracia. Donde hay un libro, que se vengan los chicos de todas partes, que estén los de la Luna y los de Marte, ¡que estén todos los chicos del mundo entero!

Siempre he pensado que la fascinación por la letra impresa, mi atracción por la lectura proviene, como en tantos otros casos, de mi propia casa, de mi familia, de mis padres. Ver y escuchar a mi madre leerle a mi padre en voz alta durante las pausadas siestas estivales es un recuerdo de la infancia siempre presente en mi vida.
Cuando niños, mi madre siempre nos decía a mí y a mis hermanos: no les dejamos un patrimonio porque no tenemos bienes de fortuna, pero les dejamos el estudio y los libros. Gracias mamá y papá, me dejaron la mayor fortuna del mundo.
La materia prima de la literatura es la palabra. Los argentinos necesitamos escuchar más que hablar, un oficio difícil de aprender, pero no necesitamos que nos griten ni que nos insulten sino que nos hablen, y que nos hablen con la verdad. En los libros es donde aprendemos a escuchar porque leer es escuchar. Les anuncio una buena nueva: donde hay libros hay esperanza.
El papa León acaba de recibir a los directivos y al personal de la Libreria Editrice Vaticana en el centenario de su fundación y les ha compartido unas reflexiones que son un caricia para el espíritu y que merecen llegar a todos: leer es alimentar la mente, ayuda a cultivar un sentido crítico consciente y a guardarse de fundamentalismos, discierne León.
Por eso para el papa leer un libro es también un signo de libertad, porque es un antídoto contra una cerrazón mental que lleva a visiones limitadas de la realidad. Pero un libro es también y esencialmente, según el pontífice, un puente hacia el otro: hacia el autor y hacia los demás. León dice algo que parece definir a la feria como el lugar del diálogo: escritores y lectores se reúnen para hablar y escucharse.
Mis nietos terminaron rendidos de cansancio, pero quieren regresar a la feria y volver a vivir unas horas sin pantallas y con propuestas creadoras. Les quedó mucho para ver y abrigo la secreta ilusión de que el año que viene volveré a escuchar esa deliciosa cantinela plena de ternezas que me suena a música celestial: Abu, ¿nos llevás a la feria?
