No hubo clima de despedida anoche en Tecnópolis. Primero y principal, porque quizás no lo haya sido: Dave Mustaine dijo que el This Was Our Life era, efectivamente, el tour del adiós para Megadeth, pero también dijo que se va a extender por tres o cuatro años, siempre y cuando la dolencia que lo aqueja en las manos y le complica tocar (contractura de Dupuytren) se lo permita. Así las cosas, no se puede confirmar pero es esperable tenerlos de vuelta entre nosotros en un futuro no tan lejano, y más sabiendo la relación especial que tiene desde hace décadas con el público argentino.

Segundo, porque se trata de Megadeth. Quien espere demostraciones exageradas de sensibilidad de este grupo no lo conoce bien: lo suyo es llegar, tocar el thrash más eficiente que cualquiera escuchó en su vida e irse. Sus conciertos no son montañas rusas de emociones: son un camión a 120 que en un momento se detiene para que nos bajemos. Eso eligió el Colorado: ser siempre el gesto adusto que la ortodoxia heavy reclama, sin renuncias más allá de uno o dos agradecimientos.
Tercero, porque no se hizo nada especial para la ocasión. Más bien al contrario: fue un concierto austero, de una hora y media clavada, con una puesta en escena particularmente minimalista (un telón con el logo de la banda en el fondo, dos pantallas siguiendo a los músicos a los costados, ni visuales revolucionarias ni pirotecnia ni invitados especiales ni rarezas del catálogo resucitadas ni nada por el estilo) y un par de falencias técnicas menores (Mustaine parecía no escuchar su propia voz por momentos, lo cual lo llevaba a irse de registro para después recuperar el pitch en la siguiente canción). De nuevo, no suele haber exceso de adornos en los shows de Megadeth, pero se los ha visto con más despliegue.
Cuarto, y relacionado con lo anterior: otra razón por la que no había épica en el aire es que este fade out encuentra a la banda con una formación con escasísimo peso en su historia. No porque sean malos músicos, en absoluto: más bien tiene que ver con su inserción en las grandes páginas del catálogo y su relevancia para el legado del grupo. El baterista Dirk Verbeuren lleva diez años en la alineación y participó de The Sick, the Dying… and the Dead! (2022) y el reciente Megadeth (2026), dos buenos discos que, sin embargo, nadie ubicaría entre las joyas más valiosas del cofre. James LoMenzo tuvo dos etapas en la banda (grabó United Abominations en 2007 y Endgame dos años más tarde, y volvió tras el despido de Dave Ellefson, quien a su vez lo había reemplazado a él antes) pero tampoco puso su firma en ningún hito. El guitarrista Teemu Mäntysaari ocupó la vacante que dejó Kiko Loureiro en 2023 y -si bien es intachable en lo técnico- todavía está en la etapa de entender el ADN de Megadeth más que de reinventarlo. Insistiendo en su talento, ninguno de ellos aparece en la discusión de los históricos al lado de nombres como Marty Friedman, el mencionado Ellefson o Nick Menza, fallecido en 2016. La trilogía sagrada de Rust in Peace (1990), Countdown to Extinction (1992) y Youthanasia (1994), por ejemplo, no tuvo más representantes en Tecnópolis que el pelirrojo líder.

Quinto, y también vinculado con esta cuestión de no haber incluido incidencias que hicieran pensar en un show “inolvidable”: el setlist no tuvo sorpresas más allá de la inclusión de los tres cortes de difusión de Megadeth (“Tipping Point”, “I Don’t Care” y “Let There Be Shred”). Hace años eligieron reforzar el bloque noventoso con mucha incidencia de los álbumes clásicos (“Hangar 18”, “Tornado of Souls”, “Symphony of Destruction”, “Peace Sells”) y al mismo tiempo ignorar casi toda la producción posterior, con excepción del elepé que estuvieran presentando. Así, la canción más nueva por fuera de los estrenos en este concierto termina siendo “She-Wolf” de… ¡1997! (del disco Cryptic Writings). Está claro que nadie se va a quejar de que Megadeth toque los hits en vez de -por decir- algo de Risk (1999) o Super Collider (2013), pero tampoco es desacertado señalar que sus setlists, más allá de una mínima rotación, se vienen pareciendo.

Y por último, la razón principal por la que el público no se fue de Villa Martelli pensando en el final es que Megadeth sigue sonando intenso, nervioso, presente. Tocan temas de hace treinta años pero son una banda de hoy, y lo demuestran con un amplio abanico de virtudes: el gancho de “Hangar 18”, la melodía de “She-Wolf”, la ascendencia de Angus Young (reconocida por Mustaine) en el riff de “Sweating Bullets”, ese breakdown medio tiempo hiperpesado de “Wake Up Dead”, el entrecruce de solos con Teemu a velocidades insalubres en “Tipping Point”, la demencia localista que desata “Symphony of Destruction”, el guiño a su propia influencia con “Mechanix” y el autocover de “Ride the Lightning”, la perfección thrashera en el cierre con “Holy Wars… The Punishment Due”. Dijo Mustaine respecto de su retiro: “Quiero terminar en lo más alto, no cuando ya no podamos hacerlo bien”. Si es por eso, hacemos bien en no sentir el final: a Megadeth, por ahora, no parece estar terminándosele la cuerda.
