En un taller en las afueras de Rennes, en la región francesa de Bretaña, Thibault Philip trabaja con un material atípico, inédito, que lo ubica entre los diseñadores más disruptivos de su generación: las tripas naturales, los intestinos de animales que descartan las carnicerías de la zona. Philip transforma estos desechos en esculturas luminosas, objetos y líneas de mobiliario. Un potencial ilimitado. Un resultado que sorprende y, lejos de provocar rechazo, reconfigura la noción estándar de la belleza o la estética.
Etéreas y traslúcidas las luminarias crean ambientes con identidad propia. Un adn desde las tripas, que ubica la trazabilidad de la industria alimentaria en el centro de la conversación. Graduado en la Escuela de Bellas Artes de Rennes (Essab), el diseñador utiliza recortes conservados en salmuera, enjuagados, trenzados y superpuestos. Los deja secar bajo técnicas específicas, los refrigera y luego, aprovecha el colágeno natural para adherir piezas sin agregados sintéticos. Así, logra piezas livianas, pero ultra resistentes. Cada una es única, no hay series ni repeticiones exactas.
Los objetos que conservan las huellas del proceso biológico asumen gestos de filigranas. A cierta distancia, nadie podría afirmar que se trata de tripas de animales. Más bien, las lámparas, máscaras, vasos de vidrio con impresiones, indumentaria y objetos de decoración asumen la materialidad de una piel suave, más parecida al papel que a las vísceras.



Los recortes y entramados están teñidos con tinturas vegetales o tinta de calamar. Trazan un atajo para investigar el alcance de estos materiales de origen vivo, la reducción de insumos petroquímicos y la revalorización de técnicas ancestrales. Mientras gran parte de la industria explora los bioplásticos y compuestos derivados de laboratorios, Philip desentraña prácticas históricas que, después de la revolución industrial, quedaron en desuso (como cuerdas para instrumentos musicales, envoltorios para productos embutidos, capas impermeables para enfrentar temperaturas extremas, herramientas).
En este contexto, el diseño funciona como un catalizador que reformula la percepción de los materiales y cuestiona sobre los recursos del planeta. Thibault Philip se define como explorador de membranas orgánicas, como observador de los ciclos naturales y, sobre todo, como artista que respeta el origen y el fin de la materia. Acaba de ser seleccionado para realizar una residencia impulsada por el Instituto Francés NL para integrar la cohorte 2026 del programa Nouveau Grand Tour NL, que convoca artistas franceses con sede en los Países Bajos.
–¿Cómo se estructuran tus procesos, desde la obtención y limpieza del material hasta el diseño final?
–Desde hace seis años mi estudio colabora con una empresa especializada en el control de calidad y clasificación de intestinos. Se trata de GBB Boyau Breton, ubicada a unos 50 kilómetros de mi taller. Su directora ejecutiva, Sabrina Roland-Guyot, viene de una familia de carniceros y promueve el uso de tripas naturales para productos de alta calidad. La empresa preserva oficios tradicionales a escala semiindustrial. En su trabajo cotidiano suelen encontrar intestinos con medidas incorrectas o perforaciones, no aptos para la industria alimentaria. El proceso implica conservarlos en una salmuera, que me permite reutilizar los descartes. Se almacenan en frío, solo necesito enjuagarlos para retirar la sal antes de usarlos.
–¿Con qué intestinos de animales aún no trabajaste y te gustaría explorar?
–No busco necesariamente trabajar con todos los tipos. La idea central es reutilizar un material proveniente del mundo vivo para desarrollar un enfoque sobre la materia ligado a la ecología, la reutilización y la forma orgánica. Sin embargo, dado que los animales ocupan un lugar simbólico en relatos y mitologías, me interesa trabajar con especies de fuerte carga evocativa. Pienso en la ballena, en el mito de Jonás o en la historia de Pinocho. Ese animal se convierte, por un momento, en un espacio habitable para personajes en transformación. También dialogaría con la cultura inuit (pueblos originarios del Ártico), que ha trabajado con intestinos y mantiene una relación particular con la figura de la ballena.
–¿Comés carne o sos vegetariano?
–Como carne.
–De chico, ¿pasabas tiempo observando ranas, insectos o animales? ¿Cuál es tu primer recuerdo vinculado a esas experiencias?
–Fue la observación del mundo vivo lo que me trajo a profundizar la investigación sobre este material. De chiquito vivía en París, y la repetición geométrica de la arquitectura, el predominio del hormigón y el urbanismo tan controlado me generaban tristeza. Pero durante las vacaciones en el mar o en el campo tenía libertad para explorar. Allí nació mi interés por los insectos, ranas, tritones y cangrejos. Pasaba horas observándolos, atento a sus comportamientos, sus formas y su hábitat, tan diferente de las ciudades. Esa curiosidad infantil persiste en mi trabajo, donde observo y acompaño la transformación de la materia biológica, como el simple y asombroso paso de renacuajo a rana.
–¿Tu familia participa de algún modo en la producción?
–En cierto sentido, sí. Mi padre alentó mi interés por el universo natural. Me enseñó a observar cangrejos y a guardar silencio para no ahuyentar ranas. Cumplió un rol formativo y me dio tiempo para descubrir la riqueza formal de lo vivo, que hoy traslado a mi práctica.
–¿Recibís críticas o reacciones de sorpresa?
–Hay sorpresa, sí. Pero sobre todo preguntas, muchas preguntas. El diseño y el arte deben abrir interrogantes sobre el entorno y su funcionamiento. En mi trabajo intento mostrar que este material fue utilizado por pueblos antiguos en distintas regiones: calabazas en África, capas de lluvia en América del Norte, cuerdas de instrumentos en Asia. Entonces, lo que busco es simplemente trasladar saberes ancestrales para transformar los descartes contemporáneos. Solo utilizo intestinos con medidas incorrectas o perforaciones. La sorpresa inicial cede ante la explicación del proceso y sus aspectos formales y técnicos. Trabajamos con materiales provenientes de lo vivo; los de origen animal forman parte de ese conjunto.

–¿Hay algún otro uso actual de estos descartes?
–Sí, se consignan en el libro Pig 05049, de Christien Meindertsma, donde analiza y documenta la gran cantidad de productos de consumo elaborados a partir de un tipo de cerdo llamado 05049. El libro ofrece una mirada detallada sobre cómo un solo animal, una única fuente, puede convertirse en materia prima para una amplia variedad de objetos de uso cotidiano. Desde filtros de cigarrillos, papel de lija, hormigón, jabón, pintura, yeso o componentes electrónicos. Mi práctica hace visible esa presencia. Y la asume.
–¿Cómo es tu estudio? ¿Dónde almacenás los materiales?
–Mi estudio está en las afueras de Rennes, capital de Bretaña. Es una casa destinada exclusivamente al trabajo de producción, con funciones diferenciadas por ambiente. Hay un laboratorio donde investigo formas y colores. Es un espacio de exploración. El área de producción permite trabajar a gran escala, en el piso y las paredes. También realizo allí las cajas para envíos. Hay un jardín que rodea el taller, con un estanque que atrae ranas, lagartijas y aves. No realizo jardinería intensiva; dejo que las plantas crezcan para generar refugios. Pronto crearé un jardín tintóreo, ya que solo utilizo plantas y elementos naturales para teñir los intestinos.
–Además de mobiliario, ¿Desarrollás otros productos con este material?
–Abordo el diseño, que incluye artesanía, función, reutilización y ecología. En el campo del arte contemporáneo, mediante escultura e instalación, trabajo sobre la fricción entre animalidad y humanidad, conexión y dominación. Allí exploro símbolos, relatos agrícolas, mitos e historia. He colaborado con centros de arte en proyectos sobre Deméter, el arte rupestre prehistórico o la caza de jabalíes en la época medieval. Próximamente trabajaré en Rotterdam, en el centro Brutus, sobre el sistema de producción neerlandés y el límite entre animales de granja y mascotas.

–¿Cómo es el proceso de impresión de las vísceras en los vasos de vidrio?
–Esa línea, Service Viscere, está inspirada en los primeros recipientes de la humanidad, confeccionados con pieles animales, y la antigua técnica del soplado de vidrio. La colección de vajilla está arraigada en la vida misma. En un proceso experimental, los órganos se moldean primero en yeso antes de ser soplados por vidrieros expertos. A través de la observación y el ajuste, de la escucha y la selección del material, la serie toma forma, en la intersección entre arte, diseño y artesanía.
–En tus luminarias y objetos, la forma surge del secado y la tensión. ¿Cuánto control tenés sobre el resultado?
–Incorporo un margen para el comportamiento propio del material. El ritmo de secado genera variaciones, lo que impide la repetición exacta. Trabajo en colaboración con la materia. Diseño herramientas y protocolos que orienten la forma sin forzarla. Cada pieza es única. Trabajo por familias y colecciones, no por series.
–¿Cómo definís tu trabajo inspirado en el cuento “Tres cerditos”?
–Forma parte de una investigación en arte contemporáneo. Representé las tres casas —paja, madera y ladrillo— combinando materiales. Para la casa de paja quise expresar fragilidad y peligro. Lo resolví mediante objetos vinculados al sueño. Dormir implica desprotección. Antiguamente se rellenaban sacos con paja para dormir. Realicé sábanas de intestino rellenas con paja. La cama es también el lugar donde se transmiten relatos infantiles. Trabajo la materialidad de las historias para darles forma tridimensional y habilitar nuevas interpretaciones.



—¿Sos profesor? ¿En qué área y qué te interesa transmitirle a los alumnos?
–Trabajo como docente en arte y diseño. Acompaño a los estudiantes en la construcción de su identidad y en la profundización de sus investigaciones. Escucho, aporto referencias y estimulo la exploración. Luego llega el momento de decidir cómo traducir una idea en volumen, prototipo o lenguaje poético. Allí cada elección debe justificarse.
–¿Te interesan otros materiales además de los de origen animal?
–Busco desarrollar un enfoque basado en materiales de origen vivo, excluyendo insumos petroquímicos. Investigo micelio y utilizo plantas como rubia tintórea, palo de campeche o curry para teñir. Para el negro empleo tinta de calamar.
–¿A quiénes considerás tus referentes?
–Admiro poblaciones como los inuit, por su relación con el territorio y su resolución material de las condiciones climáticas. Habitan regiones de Canadá, Groenlandia y el estado de Alaska en los Estados Unidos, en climas de frío extremo. También pueblos antiguos que dejaron pinturas y grabados rupestres, cuya claridad formal aún perdura.
–¿Qué técnicas históricas investigás y cómo las adaptás?
–Estudio colecciones museísticas para comprender técnicas en desuso. Descubrir que las cuerdas de la lira eran de intestinos me llevó a desarrollar estructuras textiles con descartes.
–¿Las piezas son solo de uso interior? ¿Por algún motivo?
–Aunque parece frágil, el material es resistente. Su única limitación es el contacto con agua en exceso; por eso diseño piezas para interiores.
–¿Qué variables medís para evaluar el impacto ambiental?
–Trabajo con la empresa GBB Boyau Breton, especialistas en el tema hace más de 50 años. Me provee intestinos descartados por tamaño o perforaciones. Su reutilización reduce costos de eliminación.
–¿Cómo definís la forma orgánica de tus diseños?
–Hay una colección en especial, Louvanes, que encarna la idea del vitral y de los nidos biológicos. Es el resultado de un proceso lento y minucioso que lleva el material hasta sus límites. Toma como referencia los sistemas en red, los anatómicos, urbanos o digitales.
