Flores: el barrio porteño que vio nacer al papa Francisco cumple 220 años

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Jorge Bergoglio es su habitante más ilustre, pero no el único. Los escritores Alejandro Dolina, César Aira y Roberto Arlt, la actriz y cantante Libertad Lamarque, los corredores de autos y hermanos Gálvez, la banda Los Tipitos, el artista plástico Guillermo Roux, Canela (la popular figura de la TV), el doctor Florencio Escardó, el pianista Miguel Ángel Estrella y el insigne poeta Baldomero Fernández Moreno forman parte de la lista de notables vecinos del barrio, que el 31 de mayo celebró 220 años de vida oficial.

Ese día de 1806, el virrey Sobremonte dio el visto bueno para construir, en ese páramo distante del puerto, una capilla en honor al patrono San José. El agregado “de Flores” surgió por ser el apellido del dueño de estas tierras campestres. Efectivamente, fue don Ramón Francisco Flores quien creó el pueblo junto con don Antonio Millán, administrador de sus bienes, y quien donó las parcelas para la plaza y la parroquia, a ambos lados del Camino Real (hoy Rivadavia).

Mural del Papa Francisco realizado por Martín Ron en Alberdi esquina Carabobo. Se ve al Santo Padre en plenitud

El templo resultó crucial. Primero, porque el 11 de noviembre de 1859 se rubricó el trascendental Pacto de San José de Flores, firmado entre representantes de la Confederación y el Estado nacional, concilio patriótico que forjó la unión territorial de la Argentina, que así empezó a llamarse oficialmente en 1860. Y segundo, porque fue el recinto litúrgico que permitió que todo el mundo tuviera un “papa argentino” y que turistas de todos los puntos cardinales vinieran a Buenos Aires a realizar tours para conocer su lugar de origen.

Como siempre, la columna dinámica del ejido fue la estación ferroviaria, que en un principio (1857) apenas mostraba un tinglado de madera con techo de cartón, cubierto de brea, y emplazada entre las actuales calles Caracas y Gavilán. Siete años después se alzó una edificación menos precaria y, recién en 1885, la buena estructura que vemos entre Artigas y Condarco, junto a las vías del Ferrocarril Sarmiento.

Sin embargo, en rigor, San José de Flores formaba parte de la geografía provincial bonaerense y se incorporó a la Ciudad de Buenos Aires en 1887. De tal modo, su extensión de 7,8 km2 está limitada al norte por Villa General Mitre y Villa Santa Rita, al oeste por Floresta y Parque Avellaneda, al sur por Villa Soldati y al este por Caballito, Parque Chacabuco y Nueva Pompeya.

Los pioneros de las casaquintas

Mural de la Basílica de Flores en Alberdi y Carabobo

Al margen de la data institucional, se podría decir que Flores tiene en realidad 417 años. Vayamos a la “prehistoria”: fue en 1609 que un oficial y burócrata español, don Mateo Leal de Ayala, adquirió de un viejo poblador, Juan García de Tamborejo, las hectáreas que, tiempo después, formarían parte de un paraje ocupado por ganado y arboledas, hasta ser loteado dos siglos más tarde. Así fue la génesis y, claro, no hay acta de nacimiento.

Los tiempos cambian las costumbres. Tanto que, hacia finales del siglo XIX, veranear en las quintas y chacras de los pagos de San José de Flores pasó a integrar los buenos hábitos solariegos de la gente de alcurnia, feliz poseedora de alguna fortuna generosa, que mandaba a construir caserones o palacetes de arquitectura señorial. Pasando lista: entre los apellidos de prestigio social y económico que se escuchaban por aquí hacia 1870 estaban Cárdenas, Soriano, Terrero, Marcó del Pont, Alsina, Castro… En esos años, transitar los lodazales del Camino Real era toda una proeza para las galeras tiradas por caballos. Es más, a veces los vecinos recurrían a pesados carros con yuntas de bueyes, a paso lento, para volver al bajo urbano.

Quizás era preferible subirse a un vagón del Ferrocarril Oeste. Pero muchos rechazaban este medio, disponible desde el 30 de agosto de 1857, cuando la locomotora La Porteña concretó su viaje inaugural desde la Estación del Parque −donde hoy se encuentra el Teatro Colón− hasta Floresta, pasando por el pueblo de Flores, donde efectuó una parada mientras una banda militar tocaba alguna fanfarria.

La Casa Marcó del Pont una de las residencias más emblemáticas del barrio, convertida en centro cultural

Entre los sitios renombrados de aquellas reuniones de la crème de la crème estuvo el Palacio Miraflores, que perteneció a la encumbrada familia de Manuel Ortiz Basualdo y su esposa Ángela Dorrego Indart. Se ubicaba entre Rivadavia, Yerbal, Boyacá y Fray Luis Beltrán. El distinguido edificio de cuatro plantas fue construido alrededor de 1886 por el arquitecto inglés Charles Ryder, quien diseñó residencias para la élite porteña. Lo disfrutaron durante tres décadas y, algún tiempo después, fue sede del Club de Flores, aunque deudas y desidia decretaron su demolición en 1941.

Otro destino de tertulias ameno, anterior al palacio, fue la quinta de estilo italiano de Antonio Marcó del Pont, descendiente de una próspera familia catalana y apasionado por la numismática. Edificada en 1860, en José Gervasio Artigas 202, disponía de 15 habitaciones para alojar a personalidades. Fue declarada Monumento Histórico Nacional y se mantiene activa como sede de la Casa de la Cultura de Flores, mientras una de sus medianeras se viste con un colorido mural sobre cuestiones florenses de la artista Adriana Vallejos.

Los ámbitos primordiales

La plaza principal, que rinde homenaje a Juan Martín de Pueyrredon (1777-1850), patriota político y militar con muchos merecimientos, se dispuso en la parcela cedida por don Flores y que había sido corral de carruajes de todo tipo, campamento militar y hasta patíbulo de condenados a muerte. Variedad de árboles, juegos, entrada del subte A, mástil, monumento al prócer, gente paseando o ejercitando sus cuerpos, mascotas y calesita le brindan el clásico perfil de epicentro de la barriada.

Juegos en la Plaza Flores

Un mérito poco conocido de esta manzana es que aquí se realizó, el 18 de marzo de 1919, un simulacro de votación pública con la asistencia de más de 2.000 personas. Fue convocado por la médica y propulsora de los derechos femeninos Julieta Lanteri (una calle de Puerto Madero recuerda a la fundadora del Partido Feminista Nacional), en protesta por la falta de reconocimiento legal de su candidatura a diputada. Fue un acto de astucia, ya que la ley decía que las mujeres no podían votar; sin embargo, no se establecía que no pudieran ser elegidas.

Al cruzar la avenida Rivadavia está la edificación emblemática del distrito, la Basílica San José de Flores, categoría eclesial que recibió en 1912. El templo que conocemos empezó a construirse en 1879 y se concluyó en 1883, notable por sus columnas corintias, el frontis con los 12 apóstoles y su interior impresionante, donde tanto la nave como el presbiterio y el ábside están relucientes, y uno se siente como en una catedral europea. Digna de verse.

Aclaremos que hubo santuarios anteriores que fueron dejados de lado por distintos motivos estructurales. El primero tuvo sus cimientos en 1810, pero sufrió varias postergaciones, y la feligresía y los curas aceptaron con resignación las misas en un rectángulo precario.

La Basílica de San José de Flores

Dos décadas después, se erigió otro según los planos del ingeniero Felipe Senillosa, inaugurado el 11 de diciembre de 1831 con la asistencia del gobernador Juan Manuel de Rosas. Sabemos de esa etapa gracias a la acuarela costumbrista que nos legó el francés Charles Henri Pellegrini (padre de Carlos Pellegrini, quien fue presidente), en la que se muestra la vida de la época con carretas y bueyes.

Así como tener una plaza y una parroquia eran los hechos institucionales que daban patente de existencia y nombradía a un barrio, una vez que se empezaba a poblar surgía la necesidad educativa. De tal modo, Flores tiene el mérito de haber contado con una de las primeras escuelas porteñas, fundada en 1818 (apenas dos años después de declararse la Independencia).

Nació como “escuela de campaña para varones” y hoy es la Escuela Museo de Bellas Artes Gral. Urquiza, en Yerbal casi Caracas, diseñada y construida entre 1894 y 1895 por el prolífico arquitecto noruego Alejandro Christophersen. Salones, galerías y aulas atesoran una valiosa pinacoteca, fruto del empeño original de Benito Quinquela Martín, donde se lucen pinturas de Guillermo Roux, Raúl Soldi, Luis Perlotti y Lola Frexas.

Patio de la escuela museo Urquiza

Vestigios del pasado o recuerdos

Rescatar lo patrimonial, a menudo pintoresco, también habla de la identidad, del mismo modo que lo perdido apenas anida en el recuerdo de la gente. Por ejemplo, la barriada fue una zona clásica de boliches o discotecas. Los vecinos mayores recordarán con nostalgia la discoteca Bamboche, que estaba en Rivadavia al 7200 y fue top en los años 60.

O tantas tardes y noches frente a la pantalla del Teatro Pueyrredon, nacido en 1911, a metros de la plaza (Rivadavia 6871), que luego fue cine. Está abandonado, tanto que cuesta distinguir las letras de su cartel y nadie advierte su estilo art déco. El auditorio solía colmar sus 2.000 localidades cuando subían al escenario Osvaldo Pugliese, Mercedes Sosa, Fito Páez o el genial Luis Alberto Spinetta, quien hizo vibrar al público el 11 de mayo de 1991.

Una placa en la fachada parece una ironía: “Declarado sitio de interés cultural por su valor simbólico e identitario, 2010”. Aún se mantiene, en pésimo estado, pero ahí está como testimonio de que la gloria no siempre es eterna, por más que originalmente −en 1873− se llamó “Palacio de la Alegría”.

La Galería San José de Flores, con entradas por Rivadavia, Membrillar y Falcón.

La otra cara de la moneda resplandece enfrente desde 1956: la Galería San José de Flores, con entradas por Rivadavia, Membrillar y Falcón. Es magnífica por su cúpula central, con una gran claraboya ovalada rodeada de obras de cuatro grandes maestros de la plástica: Juan Carlos Castagnino, Demetrio Urruchúa, Enrique Policastro y Lino Enea Spilimbergo, quien se enfermó sin poder concluir su boceto y lo terminaron sus compañeros. Los frescos de temáticas argentinas se conservan lozanos gracias a la restauración de 2002.

Por otra parte, un testimonio de ciertos conceptos estéticos asociados a lo ideológico se halla en el complejo residencial Mansión Popular de Flores, de 1924, enmarcado por Yerbal, Caracas y Gavilán, que fue la primera casa colectiva de la ciudad. La diseñó el mismo arquitecto del posterior Barrio Parque Los Andes (Chacarita), Fermín Bereterbide, quien, con apenas 22 años y afín a las ideas socialistas, ganó el concurso de la Unión Popular Católica Argentina para construir un barrio obrero, con lo cual el término “mansión” suena contradictorio, más allá de sus dimensiones y calidad constructiva.

La Mansión Popular, inspirada en las viviendas obreras españolas, se construyó en terrenos que Inés Ruperta Dorrego donó en 1916 a la Unión Popular Católica Argentina.

También sorprende un rincón interesante y casi inadvertido que tiene su encanto: el singular pasaje Marcoartú, que corre paralelo a la estación del Sarmiento, con un núcleo habitacional destinado al personal de la compañía ferroviaria. Sólo una reja lo separa del terraplén de pasajeros que suben y bajan de los trenes. En un costado de la puerta enrejada hay un buzón y su dirección postal: Bolivia 202. Son dos plantas con seis ingresos, donde sobresalen cuatro balcones, tres de ellos apoyados en pórticos de dos columnas. El nombre alude al vecino que legó este solar de 450 m2, Daniel Marcoartú. En la fachada se lee “J. Arnavat ing.”, es decir, el ingeniero catalán José Arnavat, quien a principios del siglo pasado contribuyó a embellecer la ciudad con obras como el Instituto Inmaculado Corazón de María “Adoratrices” (Paraguay 1419) y el Gran Hotel España (Avenida de Mayo 916).

Una pérdida irreparable fue la demolición de la casa de don Antonio Millán en el año 2000. Su antigua residencia, la más añosa del pago, estaba en Juan Bautista Alberdi 2476. Para mantenerla viva, el Museo de Flores expone un cuadro del artista plástico Blas Vidal −de la década del 80− que muestra cómo era.

Los pasos del pontífice y los vecinos notables

El primero de los cinco hijos del ferroviario piamontés Mario José Francisco Bergoglio y de Regina María Sívori nació en 1936 en Varela 268; sus hermanos, en cambio, en el nuevo domicilio de Membrillar 531. Jorge hizo el jardín de infantes en el Instituto Nuestra Señora de la Misericordia, donde empezó a asistir a las misas; luego cursó en la Escuela Primaria N° 8 Pedro Antonio Cerviño (Varela 358) y, fuera del horario de estudio, jugaba con sus amigos, sobre todo, a la pelota.

Sobre esta pasión, es ineludible citar algo sabido: que fue hincha fervoroso de San Lorenzo y que, desde 1993, el barrio aloja el Nuevo Gasómetro. De hecho, el equipo de primera lo visitó en el Vaticano en septiembre de 2016, con motivo de un partido ante la Roma a beneficio de las víctimas del terremoto ocurrido en el centro de Italia.

Confesionario donde descubrió su vocación sacerdotal el Papa Francisco

Uno de los potreros para patear “la de cuero” en la niñez fue la actual plazoleta Herminia Brumana, en Francisco Bilbao al 2300. En el presente es punto de encuentro de los jóvenes. Suelen realizarse allí celebraciones de egresados. En el corazón de la plazoleta, una gran placa esférica le rinde homenaje: “Aquí corría tras la pelota con sus amigos. Eran tardes de juegos, encuentros y amistad”.

En cuanto a la vocación sacerdotal, creció en la basílica y, a los 17 años, luego de confesarse, sintió el llamado de Dios, como lo testimonia el confesionario evocativo a la izquierda de la nave central. El resto de su vida pastoral se hizo ecuménico, aunque siempre mantuvo lazos con Flores.

Quizás el homenaje más representativo sea el enorme mural del gran Martín Ron en Alberti esquina Carabobo. Se ve al Santo Padre en plenitud y envuelto en imágenes de contexto donde resaltan personas sonrientes, la basílica, el subte, un cartel de Flores y San Lorenzo. Quienes pasan delante por primera vez (incluso los automovilistas) se toman selfies o fotografían la obra de arte.

La plaza del Ángel Gris cuenta con una réplica de la pagoda Dabotap del templo coreano de Bulguksa, regalo de ese país a la Argentina

Pero también, como se dijo, entre los vecinos famosos hay sitios que los homenajean. Empecemos por alguien que no vivió en el barrio, pero lo eligió como escenario de sus historias. Por eso, uno de los espacios verdes es la Plaza del Ángel Gris, dedicada al personaje creado por el escritor Alejandro Dolina y que ocupa la manzana de las avenidas Avellaneda, Donato Álvarez, Bogotá y la calle Cálcena, un cuadrado que antes fue un importante sanatorio neuropsiquiátrico.

Otro habitante reconocido fue el formidable autor Roberto Arlt, quien pasó parte de su infancia y juventud en una casa de Méndez de Andes, casi esquina Boyacá. El jorobadito, Los siete locos, Los lanzallamas, El amor brujo y piezas de teatro como Saverio el cruel y La isla desierta son algunas de las obras que lo elevan como “un escritor de Flores”.

En Bonorino casi Directorio, un mural en una de las paredes del Colegio de la Misericordia lo representa muy bien. Son tres paños, creados con distintas técnicas y materiales, realizados por el artista Maticus junto con Martín Ron.

Mensajes al Papa Francisco en el confesionario consagrado a él en la iglesia del barrio

Y entre los más leídos del país y vecino desde joven está el prolífico y premiado César Aira. Una colección casi completa de su obra puede hallarse precisamente en el Museo de Flores, en Ramón Falcón 2207, cuyo director, Roberto “Roby” D’Anna, es incluso personaje en una de sus novelas, además de editar el periódico Flores de papel. A propósito, este es el único museo dedicado a un barrio de la Ciudad y que abrió sus puertas gracias a una asociación sin fines de lucro en 2018.

Una calle, un mundo

Fenómeno de la última década, “Avellaneda” pasó a ser sinónimo del enorme polo de indumentaria que abarca varias calles aledañas (Aranguren, Cuencanérica , Nazca, Bacacay…) que se inundan de vehículos (muchos en segunda fila) y compradores con carritos, mochilas, valijas con ruedas y bolsas para satisfacer a multitudes que recorren los locales (sobre todo, los sábados a la mañana) y buscan conciliar calidad y buen precio.

Desde luego, es el manantial de ropa que congrega también a negociantes de las provincias para nutrir sus vidrieras, percheros y estanterías. Se constituyó en una poderosa industria de pequeños y medianos fabricantes textiles que tratan de competir con la llegada aluvional de prendas baratas desde el exterior a través de sitios online.

Iglesia coreana Unión Asamblea de Dios en el barrio de Flores

La dinámica tiene una fuerte participación de la colectividad coreana, asentada en Flores desde hace unos 60 años y enfocada en el rubro textil. Paralelamente, almacenes, verdulerías, farmacias, restaurantes y todo tipo de comercios, incluyendo boliches de karaoke, forman parte de la identidad de la zona, donde la avenida Carabobo (entre Eva Perón y Castañares) es el núcleo de la “pequeña Corea” o “Baek-gu” (se pronuncia pegu), que significa 109, en alusión a la línea de colectivos que recorre sus calles.

Así como una referencia típica es el Autoservicio Paldo (Carabobo 1651), para adquirir comestibles y verduras característicos, o la pastelería artesanal Manna para saborear los tradicionales pat pang (pan relleno con pasta de aduki dulce).

Pero no sólo de pan vive el hombre; las prácticas religiosas están contenidas en muchos templos. Uno de ellos funciona desde hace 37 años y sigue convocando a los jóvenes. Es la Iglesia Evangélica Metodista Coreana “Gracia y Paz”, en Carabobo 876. El pastor Roberto Kim y su hijo Matías comentaron a LUGARES: “Además de los encuentros de culto, hay espacios culturales y cursos de coreano; también un coro y una banda de música para cantos, oraciones y alabanzas”.

No es casualidad que más de uno se sorprenda cuando trata de descifrar un monumento en la Plaza del Ángel Gris. Hay una réplica de la pagoda Dabotap del templo coreano de Bulguksa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995. ¿Cómo llegó ahí? Fue un regalo de la República de Corea a la Argentina.

Casa Feliz, uno de los restaurantes coreanos del barrio

Asimismo, en otro punto florense está el pasaje Ruperto Godoy, con un gran mural temático coreano y varios locales de comida que atraen a muchos comensales. Desde luego, no puede soslayarse cómo la moda y la música K-pop se han impuesto entre los jóvenes, muchos fanáticos de bandas exitosas como BTS.

Pero el hit gourmet del distrito es Una canción coreana, cuyos exquisitos platos tradicionales ya tienen fama y prestigio. Fue creado por la cantante lírica Ana Cheong y Víctor Ho, hoy productor ejecutivo, quienes se conocieron y se enamoraron de jóvenes, cuando ella era estudiante y él, profesor de español. El nombre del restaurante repite el título de un documental en homenaje a la artista y pronto abrirán un nuevo local en Caballito.

“Quien maneja la cocina es el chef Esteban Ho, mi hijo, que además es coconductor del programa El tío y el sobrino, por América TV. Lo principal es que cuidamos muchísimo la calidad de los ingredientes y las preparaciones”, refirió Víctor a LUGARES. Algo evidente al ver los menús en las mesas de los comensales.

“Por ejemplo −prosiguió Víctor−, con pulpitos traídos de Las Grutas, en Río Negro, elaboramos el jjukkumi salteado con panceta de cerdo, que va acompañado de ñoquis de arroz y vegetales con salsa de ají gochujang. Y, en cuestión de condimentos, es importante decir que los ajíes gochujang y gochugaru son los frutos de semillas ue importamos de Corea y que sembramos, cultivamos, cosechamos, procesamos y empaquetamos en Salta”. Otra opción muy frecuentada por orientales y occidentales es Casa Feliz (Carabobo 1537).

El clásico Café La Farmacia

En línea con el buen comer y beber, La Farmacia es el primer y único Bar Notable de Flores, como certifica la placa de la ochava en la avenida Directorio y Rivera Indarte. Preserva el mobiliario y, en frascos y preparados especiales, los medicamentos, junto con fotos del dueño de la vieja botica, don Mauricio. El mozo Brian Ávalos aseguró que la especialidad son las picadas. Lo dice la carta: La Romántica, Ménage à trois y La Grupal, además de la Calentita, compuesta por rabas, buñuelos de espinaca, pollo rebozado, milanesas de ternera cortada, papas bravas, salchichas, milanesas de muzzarella… ¡para compartir!

Espacio habitual también de los florenses, en Rivadavia al 6500, es Fiamma, con horario muy extendido y platos abundantes: atiende sin interrupciones para desayunos, café, almuerzo, picadas y cenas. Su mayor virtud es la versatilidad.

Qué visitar en Flores

La farmacia Av. Directorio 2398. 2034-5253 @restobarlafarmacia. Bar Notable con ambientación farmacéutica, especializado en picadas y con buenas minutas. De lunes a sábado, de 8 a 24.

Casa Marcó del Pont Gral. José Gervasio Artigas 202. 4612-2412. @ccmpont Espectáculos, actividades culturales gratuitas y talleres de grabado y arte impreso, percusión afrolatina, danzas folclóricas, tango, teatro, tejido y crochet.

Basílica de San José de Flores Av. Rivadavia 6950. 4612-2629 @sanjosedeflores. Parte de la labor pastoral consiste en el trabajo con grupos de jóvenes, la catequesis y el escautismo. Está abierta a la feligresía todos los días, de 7.30 a 21. Resultan interesantes su arquitectura y su ornamento, amén del confesionario dedicado al papa.

Galería San José de Flores Av. Rivadavia 6836 @galeriasanjosedflores. Paseo de compras abierto de lunes a sábado, de 10 a 20. No hay que perderse los murales de la cúpula.

Fiamma Av. Rivadavia 6511. 4632-8976. Punto de encuentro tradicional del vecindario, siempre dispuesto a satisfacer los pedidos. Con desayunos, almuerzos, cenas o brunch, apto para vegetarianos. Todos los días, de 7 a 24.

Museo del barrio de Flores Ramón Falcón 2207. 2611-9800 @museobarriodeflores. Tiene actividades toda la semana y recibe visitas los sábados para conocer su valiosa muestra de piezas históricas y actuales, con fotos, medallas, postales, libros, objetos y obras de arte, vinculados al devenir del distrito.

Una canción coreana Av. Carabobo 1549. 3089-6224 @una.cancion.coreana. Punto clave de la cocina gourmet coreana en la Argentina, a cargo de una familia de inmigrantes, también conductora de un programa televisivo. Con el lema “Una armonía de sabores”, abre de martes a domingo, de 12 a 23.30 (la cocina cierra a las 22.30). Los lunes, cerrado.

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